2 de noviembre de 2019

156ª noche El diablo siempre llama dos veces Capítulo V



Capítulo V


Se acercaba la Navidad de 2006 y Ben quería comprar algunos regalos para quienes acudieran ese día especial. Igual que en años anteriores, vendrían a comer algunas familias de los peones del rancho cercano y quizá algún viajero despistado. Una mañana cogió su destartalado todoterreno y decidió ir a Vernon, una ciudad más pequeña que Lubbock pero más cercana, en el mismo límite con Oklahoma. Recorrió varias tiendas, compró algunas flores secas, ramos de acebo y otros adornos, también dulces y una muñeca para la niña que vendría con sus padres. Por último, encargó el asado, que debían entregarle el día veinticuatro. Ya se disponía a regresar al auto cuando se cruzó en la calle con un gigante. No podía creerlo, ¡era Steve!, el hombre que estuvo con él en la clínica unos pocos años antes. Al reconocerse, se saludaron alegremente.
—¡Steve!, ¿de veras eres tú? —exclamó, jovial.
—¿Hará falta que te enseñe el tatuaje de la espalda, viejo gruñón? —Los dos hombres se abrazaron efusivamente—. Aquí es donde vivo cuando no estoy embarcado —añadió Steve. 
—Vamos a tomar una cerveza. Estás fantástico, has engordado. La verdad es que pensé... —Ben no terminó la frase.
—Pensabas que estaría bajo tierra, ¿eh? —Steve hizo un extraño gesto con la mano, como un conjuro—. Ya me ves...
Entraron a un bar y pidieron las bebidas en la barra.
—Sí,  creí que lo tuyo no tendría cura. ¡Por la buena vida! —Brindó Ben.
—¡Por la amistad! —Correspondió Steve. Después del trago, siguió—: En el hospital no sabían qué hacer conmigo. Tres meses me daban, quizá seis. Pero yo tengo buena medicina. 
—¿Te curaste tú? —Ben se mostró incrédulo.
—Hice lo que me dijeron los hunganes. Cada día durante un mes tomé una medicina que sabía a rayos. No quiero ni saber qué era. Pero funcionó. Los médicos tampoco podían creerlo. 
—¡Asombroso! —exclamó Ben, y le ofreció un cigarrillo.
—Ya no fumo. Ahora he de cuidarme. —Steve se rio, divertido al recordar a las enfermeras y su búsqueda diaria—. Deberías dejarlo.  Tú ¿cómo andas? Tienes buen aspecto, aunque tu mirada es triste.
—Voy tirando. Volví al motel y ahora estoy allí casi todo el tiempo. Ven cuando puedas,  haremos una buena barbacoa y me contarás eso de los hunganes. ¡Quién sabe si algún día los necesite! Si no tienes plan por Navidad, allí estaré. —Y explicó el modo de llegar a la casa.
—Mañana he de embarcar. Pero iré a verte cuando regrese, lo prometo. 

A finales de ese invierno, una mañana Ben vio una polvareda que se acercaba por el camino. Al aproximarse distinguió una pequeña moto sobre la que montaba un hombrón enorme: era Steve. 
Después de la barbacoa, se sentaron en el porche, como era habitual para Ben, en sendas mecedoras. Hacía frío pero lucía el sol y el ambiente era agradable. Steve prefería el ron y Ben sacó una botella de Stolen, un blanco jamaicano que guardaba para una ocasión especial. Relajados en sus asientos, quedaron un rato en silencio, saboreando la bebida. Ben estaba interesado en algo y no sabía por dónde empezar.
—Steve, ¿tú crees en la magia?
—Estoy vivo, ya lo ves. Y no fue por las pastillas que me daban. Casi me matan.
—¿Qué es eso de los hunganes?
—Eso... Eso es magia. Magia negra. ¿Tú no crees?
—Nunca he tenido contacto con ese tipo de cosas. La verdad, no sé.
—La magia existe, Ben. Son fuerzas ocultas muy poderosas. Hay personas que pueden usarla. Son los bokós, los hunganes. Conocí a algunos en Haití, cuando iba con frecuencia a Puerto Príncipe. Mi padre nació allí. Los hunganes parecen personas normales, como tú y como yo, pero ellos saben. A dos manos, blanca y negra. Los he visto hacer cosas increíbles. Cuando estuve tan enfermo escribí a uno que es pariente y me respondió enviándome una caja llena de pasta oscura con una nota: «Toma una cucharada cada día disuelta en ron añejo, de luna a luna, y curarás».  Eso decía. Y eso hice. 
—¿Y cuál fue el precio?
—Nada. Pero si lo que me preguntas es si he vendido el alma al diablo, queda tranquilo. ¡Ya tenía el infierno bien ganado desde mucho antes! —Steve soltó una carcajada—. No, Ben, eso son leyendas. Sólo hay que creer. 
El resto del día voló hablando de las anécdotas del marinero y de los tiempos gloriosos del Ben´s House. Cuando oscureció, Ben propuso:
—Quédate a dormir, hay sitio de sobra. 
—Estaré un par de días, si no tienes inconveniente. No embarco hasta la semana próxima.
—Ven siempre que quieras. Vivo solo y me gustará recibirte.
Dos días más tarde, cuando Steve arrancaba su moto después de despedirse, el coche de línea hizo parada frente al motel. Descendieron dos mujeres y el autocar siguió su camino. Los hombres se quedaron mirando mientras ellas se acercaban a la entrada. Ben se dirigió a su encuentro y estuvieron hablando. Desde la distancia, Steve no podía oír lo que decían. 
Ben no recordaba que antes alguien hubiera llegado al motel en autobús, por eso estaba tan sorprendido. Más aún, por que llegaran dos mujeres solas. Al acercarse, la cara de la mayor le resultó familiar.
—Hola, Frank. 
Al oír su antiguo nombre, un montón de recuerdos se agolpó en su cabeza. ¡Había pasado tanto tiempo! 
—No esperaba volver a verte después de tantos años, Martha. Has cambiado.
—Mi vida no ha sido fácil —replicó.
—¿Es tu hija? —Ben señaló a la muchacha que la acompañaba.
—Sí, se llama Ruth. ¿Podemos entrar? Vengo destrozada...
—Claro, claro. —Ben tomó la maleta y los tres entraron a la casa.
 A lo lejos, la polvareda levantada por la moto de Steve se iba perdiendo hacia el horizonte.
Martha y Ruth habían salido el día anterior de Nueva Orleans para recorrer en autobús las mil millas que las separaban de su destino. Por el camino, la mujer iba pensando el modo de conseguir de Frank lo que quería. Sospechaba que seguiría siendo el mismo hombre frío y práctico de antaño; enfrentarse a él no daría buen resultado. Debía ser hábil. 
—Os prepararé una habitación. Porque os quedaréis a dormir, ¿no?
Sin responder, Martha ocupó una de las mesas del salón.
—Estoy muerta de sed,  ¿tienes algo de beber?
Fue tras la barra y volvió con unas botellas de cola. 
—¿No tienes algo más fuerte? —pidió Martha—. Y siéntate, hablemos un poco.
Frank trajo una cerveza y quedó en silencio. Ella dio un buen trago y encendió un cigarrillo antes de preguntar:
—Y bien, ¿qué pasó?
—Tuve que huir, nena, sabes que estaba metido en algunos asuntos complicados. No pude hacer otra cosa.
—¿Te costaba mucho haberme llevado contigo, o al menos avisarme?
—No eras mi esposa, Martha. Ya sabías que aquello no iba a durar siempre. —Al momento se arrepintió de haber sido tan duro—. No pude hacer nada. Tuve que cambiar de nombre y esconderme durante todos estos años. Volver por la casa habría sido muy peligroso para los dos. 
—¿Qué fue eso tan grave por lo que te buscaban? —preguntó Martha con ironía. 
—Negocios. Ya sabes, los detalles son lo de menos. Algo salió mal.
La mujer sacó del bolso la vieja revista y la dejó sobre la mesa, abierta por donde aparecía la foto de Frank.
—Ah, no me tomes por idiota, Frank. ¿Crees que no sé lo que hiciste? Te largaste con un millón de dólares y me dejaste tirada.
Ella estaba al tanto de todo, debió suponerlo. De nada valdría negarlo. 
—Si ya lo sabes, no entiendo por qué me preguntas. Me porté mal contigo, de acuerdo. Lo siento. Y ¿qué? ¿Vas a denunciarme? Han pasado muchos años, Martha. Podría ir a la oficina del sheriff, gritar que soy Frank Murray y nadie movería un dedo. Si quieres algo de dinero, puedo ayudarte, nena, pero no me vengas con viejas historias.
Martha suavizó su tono y trató de conmoverlo.
—Sufrí mucho cuando te fuiste. Fue muy duro que desaparecieras sin más, te esperé inútilmente durante varios días. Y yo... Yo estaba embarazada. Ruth es hija tuya. 
La noticia no sorprendió a Frank. Un sexto sentido, como una premonición lo asaltó cuando vio a la muchacha. Y la edad que ella aparentaba coincidía con su salida de Luisiana. Martha continuó.
—No lo supe hasta que te marchaste. Tuve que volver al puerto, no tenía otro modo de salir adelante, pero por entonces ya estaba preñada. La hija es tuya, Frank, puedes estar seguro. 
Frank miró a Ruth, que permanecía sentada al lado de su madre, aparentemente ajena a la conversación. El parecido con él era notable.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó.
—He hecho averiguaciones. Sé que este lugar ha sido un burdel durante muchos años, sé que ahora estás solo y enfermo, y que no hay ninguna mujer en tu vida. Quiero que seamos una familia. Como si el tiempo no hubiera transcurrido.
—Eso no es fácil. Has cambiado, Martha. 
—Tú también has cambiado. Te haces mayor y te conviene tener a tu lado a alguien que se ocupe de ti. Volverás a sentirte bien conmigo, ya verás.  Te he maldecido mil veces pero nunca he dejado de quererte. Y tu hija te necesita.
Frank, la mirada perdida, martilleaba la mesa con los dedos, en silencio.
—Intentémoslo. No pierdes nada. Dentro de un tiempo te alegrarás —insistió Martha. 
El hombre por fin se levantó; parecía hervirle la cabeza.
—Veo que os quedaréis unos días. Subid a la habitación a dejar vuestras cosas. Ya veremos. ¡Ah!, es mejor que me llaméis Ben. Aquí todos me conocen así. 
—Lo intentaré —prometió Martha.
Ruth no abrió la boca hasta que estuvo a solas con su madre.
—¿Hemos venido a formar una familia? —preguntó en tono socarrón—.  Esto es asqueroso. —Pasó el dedo por encima del lavabo y lo miró con repugnancia—. No cuentes conmigo por mucho tiempo. 
—Ten paciencia. Tu padre tiene mucho dinero; valdrá la pena. Si nos enfrentamos no sacaremos nada. Mañana, podríamos levantarnos y no estar él aquí. Ya lo hizo una vez.
—¿Es verdad eso de que nunca has dejado de quererle?  —Era un reproche.
Como si no hubiera oído, Martha abrió la maleta y se puso a colgar la ropa en el armario. 
—Ese hombre no es mi padre —añadió Ruth con furia—. Es el cabrón que nos abandonó, ¿recuerdas? No esperes que le demuestre otra cosa que odio.
Martha miró a su hija con desaliento.
—Arreglemos un poco todo esto antes de bajar.

Los días siguientes fueron tensos. Ruth, casi siempre callada, seguía ignorando a Ben. Martha intentaba adaptarse y a ratos parecía contenta en el papel de ama de casa que se había asignado. Y Ben, más taciturno de lo habitual, pasaba casi todo el tiempo en la mecedora, sumido en sus preocupaciones. Pensaba en lo que dijo Martha, que siempre le había querido. ¿Habría algo de cierto?  Recordaba el tiempo pasado con ella, cuando era joven y atractiva. ¿Llegó a amarla? Creía que no, pues la olvidó en un instante. Le gustaba y era dócil tras su aparente rebeldía de mujer fatal, la misma que tanto lo atrajo al principio. Pero se había convertido en una mujer gruesa, de aspecto descuidado, maltratada por la vida. Sentía repugnancia al pensar en acostarse con ella y Martha parecía no darse cuenta pues ya se había insinuado en un par de ocasiones desde que llegó. «Volvamos a ser una familia», decía. ¿Acaso lo fueron alguna vez? Sin embargo, y a pesar de su enfado inicial, ella seguía siendo una mujer dócil. En eso no había cambiado. Al cabo de una semana Ben empezó a sentirse cómodo.  
Por el contrario, Ruth estaba cada día más inquieta. Veía que su madre había tomado en serio lo de ser una familia y Frank se había dejado convencer, pero no eran esos sus propios planes. Ella estaba acostumbrada a la vida bulliciosa de Nueva Orleans, donde podía permitirse lujos y complacer sus caprichos de todo tipo. Allí se sentía encerrada, se aburría cada minuto y, lo que más la irritaba, debía atender la casa como si fuera una criada. Con frecuencia recriminaba a Martha su pasividad, pero su madre sólo le respondía que tuviera paciencia. Su meta era conseguir que Frank la reconociera como hija, con lo que pasaría a ser su única heredera y eso les proporcionaría mucho dinero. 
 —¿No hay pruebas médicas que lo pueden confirmar? No necesito estar aquí encerrada para tener mis derechos —argüía la joven. Pero su madre insistía diciendo que era mejor no tener que recurrir a la justicia ni enfrentarse a Frank. No se sabía lo que podría pasar y había demasiado en juego.
Ruth pensaba que Martha seguía en el fondo enamorada, tal como dijo el primer día, aunque ella lo negaba explicando que sólo fue una argucia para convencerlo de que las acogiera. El odio que la madre había inculcado en la joven desde pequeña provocaba un rechazo acérrimo que no podía controlar. 
—¿Qué pasaría si Frank muriese antes de reconocerme? —preguntó Ruth.
—Entonces no habría más remedio que acudir al juez y reclamar la paternidad. A un muerto también se le pueden hacer exámenes —explicó Martha, un poco sorprendida por la idea. 
—Entonces no sé qué hacemos aquí. Sólo hay que esperar a que él muera.
—Pero ¡Ruth!, ¿qué haremos mientras tanto? Tu padre es muy joven todavía para pensar en eso. Nos quedaremos aquí, quieras o no. Aún eres menor y harás lo que yo te diga —ordenó Martha. 
Ruth se dijo que era menor, sí, pero por poco tiempo. En unos meses cumpliría la edad y entonces podría hacer lo que deseara. 

Las mujeres llevaban varias semanas en el motel y el nuevo orden se empezaba a convertir en rutina. Cada noche, cuando Martha quedaba sola en el salón dominada por el insomnio, bebía hasta apenas poder subir y meterse en la cama. Era su modo de soportarlo. Un día Ruth se quedó con ella. 
—He pensado en lo que dijiste de Frank. Es verdad que es joven todavía. Pueden pasar quince o veinte años antes de que muera —explicó a su madre en voz baja—. Tú serás una anciana y yo una mujer mayor. 
Martha fumaba y daba tragos en silencio.
—Eso no nos sirve, madre. Necesitamos el dinero ahora. Frank podría tener un accidente, ¿no te parece? Después yo reclamaría la paternidad y todo sería nuestro —expuso con malicia.
—¡Hija!, ¿qué estás diciendo? ¿Cómo se te ocurre eso? —respondió Martha alarmada. 
—Sólo pensaba en voz alta.
—¿No estarás planeando? ¡Oh, Dios mío!, debes de estar loca si piensas así. Más vale que no le pase nada a tu padre porque nosotras seríamos las primeras sospechosas. ¿Serías capaz? Algo en tu cabeza no está bien, siempre lo he sabido, Ruth. Prefiero creer que no lo has dicho en serio. ¡Vete, vete a la cama ahora mismo!
Ruth subió las escaleras y se sentó en su habitación. No había calculado que su madre se opusiera a su plan y habérselo contado era un grave inconveniente. ¡Qué mujer más estúpida!, toda su vida una puta muerta de hambre y cuando se presentaba la oportunidad no sabía aprovecharla. Pero no le permitiría que arruinara su vida. 
Martha bebió aquella noche más de lo habitual. La indiferencia de Frank, el rechazo que percibía en su mirada y, sobre todo, las palabras de Ruth le provocaban una ansiedad sin control. Cuando el alcohol la adormeció decidió ir a la cama. Subió tambaleante la escalera. Al llegar a lo alto le pareció ver moverse a una sombra, sintió un fuerte empujón en el pecho y con un grito ahogado su cuerpo rodó escalones abajo. 
El estruendo despertó a Ben. Salió precipitadamente al pasillo que, como el resto de la casa, estaba a oscuras. 
—¡Martha!, ¡Ruth! —gritó, alarmado. 
Encendió la luz y se dispuso a bajar. Cuando encaró la escalera, descubrió al pie el cuerpo deformado de Martha. Descendió con rapidez adonde ella se encontraba. En seguida vio que estaba muerta, con el cuello fracturado por el golpe. No tenía pulso. Al momento Ruth apareció arriba, soñolienta y en pijama. Al ver a su madre en el suelo, bajó dando gritos y se puso a llorar desconsoladamente. Por primera vez desde su llegada Ben la abrazó, intentando consolarla. 
La autopsia confirmó que la mujer había muerto por las contusiones producidas al caer, en concreto por la fractura de dos vértebras del cuello. El nivel de alcohol en sangre, muy elevado, explicaba la causa del accidente. Un caso que no necesitó investigación. 
La tragedia hizo sentir a Ben algún remordimiento. Sabía que Martha acostumbraba a beber y fumaba marihuana algunas veces, ya desde su juventud, pero también él lo había hecho, y aún lo hacía de vez en cuando, sin llegar a ese extremo. Pensó en lo desgraciada que debió de sentirse cuando la dejó en la calle, con una hija a su cargo. En lo dura que debió de ser su vida, en lo poco amable que había sido tras el reencuentro. Se sentía responsable. Ello lo acercó a Ruth, víctima también de la misma situación. Además, la pérdida de una madre a esa edad era un daño irreparable. Muchas eran sus deudas, pensó Ben. 
Al regresar del entierro, Ben le dijo:
—Lamento el accidente tanto como tú, hija. —Nunca antes la había llamado así—. Puedes quedarte aquí si lo deseas, o puedes ir adonde quieras. Si decides marcharte te daré algo de dinero, pero recuerda que aún eres menor de edad y me siento responsable de ti. 
—Me quedaré, Frank. No tengo adonde ir —respondió ella con frialdad. 
Ruth seguía siendo reservada y distante, pero se hizo más colaboradora y atendía las obligaciones del motel sin reparos. Si hubieran sido mudos, la casa no habría sido más silenciosa. Sólo coincidían en las horas de comedor, cuando Ben atendía las mesas y Ruth la cocina, para los pocos clientes que solían acudir.

Una semana más tarde Steve volvió a visitar a su amigo. En seguida percibió una atmósfera enrarecida. Ben lo puso al corriente. 
—Creo que he elegido mal momento —dijo el gigante—, tienes muchos problemas en la cabeza y no querría molestar.
—Me ayuda compartirlos. Te quedarás a comer. 
Steve ocupó una mesa apartada del comedor. Sólo cuando el servicio hubo terminado, Ben se sentó con él a tomar café y unos tragos. Le mostró una foto de Ruth. 
—¿A que la chica se parece a mí? —preguntó Ben, con cierto orgullo.
—Es difícil tu situación. No se encuentra uno con una hija así de crecida todos los días. 
—Por el momento se quedará conmigo. Ya veremos, después. No quiero pensar, el tiempo lo dirá. 
—Ben, eres joven aún. Todavía podrías casarte, o al menos tener a una mujer a tu lado. La chica será un inconveniente si aparece tu oportunidad. ¿Qué pasará si ella se marcha dentro de unos años, cuando tú ya no puedas valerte? Es lo más probable. 
—Pues lo mismo que si no hubiera venido nunca, ¿no crees? No tengo suerte con las mujeres.
—Yo tampoco —confesó Steve—, pero quizá la culpa sea mía. Este trabajo me lleva de un lado a otro todo el tiempo. Y nunca he sabido elegir bien. 
—¡Por nuestros errores! —brindó Ben con sarcasmo. 
Algo más tarde, Steve subió a la moto y se alejó por donde había llegado. Iba preocupado por su amigo. Lo había notado extraño, distante, muy diferente de como lo conocía. Y en la foto de aquella joven que decía ser su hija percibió una mirada de maldad como pocas veces había visto. 

Hasta avanzado el verano, la actividad en los ranchos era notable. Los temporeros contratados acudían al restaurante de Ben con frecuencia y el trabajo era una distracción. Pero al acercarse agosto todo quedó en calma y apenas había nada que hacer. Sólo de tarde en tarde llegaba a comer alguno de los trabajadores fijos o algún viajero de paso. 
A principios de agosto Ruth sorprendió a Ben con una noticia:
—Frank —nunca lo llamaba de otro modo—, hoy es mi cumpleaños. Cumplo dieciocho; soy mayor de edad. Mi madre me había prometido un coche pero ella no está y me gustaría que tú cumplieras su promesa. Y también que a partir de ahora me pagaras una asignación cada mes. Con un coche y algo de dinero se me hará la vida más fácil. 
Ben se alegró de que hubiera roto el hielo y de sus planes de seguir con él en las nuevas condiciones. 
—Me parece bien. ¿Has pensado en algún auto? ¿Y cuánto te parece que debo pagarte cada mes?
—El coche que quiero cuesta unos doce mil dólares. De mi sueldo, ya hablaremos. ¿Me das mi regalo? —Al parecer Ruth deseaba el dinero en aquel mismo momento.
—Yo no tengo esa cantidad en casa.
—Sí la tienes —afirmó Ruth con seguridad. 
Ben titubeó. Era verdad que la tenía pero ¿cómo lo sabía Ruth? Ella lo sacó de dudas:
—Te vi abrir la caja fuerte que hay tras una tabla, en el sótano. Un día lo hiciste sin darte cuenta de que yo estaba allí limpiando. Y había bastantes billetes. 
—¿No estará más seguro el dinero guardado? —adujo Ben. 
—Mi madre decía que los regalos deben entregarse en la fecha señalada. No puedes darme el coche pero sí el dinero. 
—De acuerdo —cedió Ben—. Haremos una buena comida y después te lo daré. Pero mira de guardarlo bien, y recuerda que es para el coche.
Le pasó por la cabeza que Ruth pensara escapar. No le preocupaba, ella podía irse cuando quisiera y en ese caso él pensaba darle una cantidad incluso mayor. La joven se mostró un poco más locuaz de lo habitual durante la comida. Al terminar, Ben trajo del sótano un sobre con el dinero prometido. 
—El sábado iremos a Lubbock a comprar tu coche. 
Ruth sonrió. Su plan se iba cumpliendo paso a paso. Ya sólo faltaba que apareciera la oportunidad que esperaba.

Steve había tenido varias ocasiones para visitar a su amigo, que no aprovechó. Le cortaba la situación tensa que percibió la última vez. Por otra parte, le preocupaba que tuviera  problemas y su intuición le decía que era así. Al regreso de una travesía, se decidió una mañana muy temprano a ir al motel. Llegó demasiado pronto para una visita, de modo que cuando avistó la casa se detuvo a lo lejos para hacer tiempo contemplando el amanecer, bajo la fina lluvia que caía desde un rato antes. Al fijarse, le sorprendió ver a una persona en el porche. ¿Habría pasado algo? Se acercó a pie y distinguió que se trataba de Ruth, la hija de Ben. Se preguntaba qué podría hacer allí sola tan temprano, cuando salió un hombre que se dirigió al único coche del aparcamiento. Entonces ella entró al motel, mientras tanto él puso en marcha el motor. Ruth regresó y arrancaron a toda prisa. 
Steve volvió a donde había dejado la moto. Mientras caminaba, observó que una columna de humo ascendía desde la parte posterior de la casa. Se apresuró pero cuando llegó al motel las llamas asomaban ya por el tejado y alcanzaban también la planta baja. El incendio había prendido en el edificio de madera con sorprendente rapidez, era imposible entrar. Llamó a Ben a gritos sin obtener respuesta. Rodeó el motel dando voces y buscándolo infructuosamente. Después, viendo que nada podía hacer, se alejó de allí con rapidez. Era mejor no meterse en problemas.

     ©Fernando Hidalgo Cutillas - 2013
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2 comentarios:

Anónimo dijo...

He leido tus 5 capitulos. Eres un verdadero maestro.
El "tempo", la psicologia de los personajes, la trama...todo encaja de maravilla.
Esperando el final.
Un abrazo.

Panchito dijo...

Hola, seguramente nos conocemos, pero no sé quién eres. Me alegro de que te esté gustando la historia, que puede considerarse una novela muy corta o un cuento muy largo. En pocos días pondré el sexto y último capítulo, ojalá te agrade el desenlace.
En este blog encontrarás algunos cuentos escritos hace ya unos años, y unas pocas fábulas, por si quieres dar un vistazo.
Gracias por tu comentario. Abrazos.

Fernando