3 de septiembre de 2020

168ª noche - La escuela de la señora Max

La señora Max es una mujer importante. Tiene una buena cultura general, está al día de todo lo políticamente correcto y suple su falta de experiencia laboral con las múltiples actividades de tipo social que realiza desde mucho tiempo atrás. Es una mujer con clase, de edad intangible, sólo por tener una hija que ronda los treinta —secuela de un matrimonio equivocado— se puede suponer que anda ya en los cincuenta. Es un buen partido, y el que consta en su carnet de afiliada también. Es lo único bueno que le dejó su exmarido. 

La señora Max tiene un buen nivel de vida. Al observarla, con tanta clase, uno piensa que vivir así forma parte de ella misma, que es su derecho por nacer con las virtudes que la adornan. Habla muy bien. Pero esas virtudes  no se pagan en el mercado laboral, así que la señora Max se ha ofrecido a dirigir una serie de proyectos benéficos a través de una organización —sin ánimo de lucro, ¡por supuesto!—,  que paga dignamente a las personas que en ella trabajan y, sobre todo, les cubre los gastos de su actividad. Que una cosa es ánimo de lucro y otra, vivir del trabajo honrado. 


La organización sin ánimo de lucro que preside la señora Max tiene un proyecto humanitario muy interesante: va a construir una escuela en un lugar muy pobre de Sudamérica. Una escuela para casi cien niños. Será sólo el local, de ponerla en marcha se encargará otra ONG del mismo país donde estará la escuela, con la que la señora Max ya ha contactado. Los trámites están muy avanzados, en pocas semanas vendrá a Barcelona una delegación de la ONG americana para conocerse y ultimar los detalles. 

Es la primera vez que los cuatro integrantes de la delegación vienen a España. Y a Europa.  El presidente, el secretario y dos personas que se merecen el viaje por su dedicación y que, casualmente, son sus esposas. Aparte de concretar los detalles del proyecto, aprovecharán, ya que están en Barcelona, para conocer la ciudad, los alrededores, la gastronomía y algunas cosas más, todo ello en compañía de la cúpula de la organización que preside la señora Max. Se alojarán en un buen hotel y recibirán toda clase de atenciones por cuenta de la organización. Es lógico,  están trabajando y hay que quedar en buen lugar. 

Cuando se van, una semana después, se llevan un magnífico recuerdo. La señora Max ha dejado bien alto el estandarte de la hospitalidad de su ONG. Cierran un acuerdo: en dos meses les devolverán la visita, coincidiendo con la terminación de la obra escolar. La presencia de los benefactores en la fiesta de inauguración será algo que agradará a los niños. 

La señora Max quiere ir con su hija, pero hay un problema: la hija no pertenece a la organización. Sin embargo, ejerce medicina en un ambulatorio de la ciudad, así que logra engancharla como apoyo sanitario en el pequeño grupo de seis personas que vuela hacia el Nuevo Mundo una mañana soleada de finales de agosto, para regresar en septiembre. 

A los pocos días, la doctora Max, como actividad lúdica, presenta en su ambulatorio un reportaje en diapositivas que trata de la expedición. Han estado diez días recorriendo el país en distintos vehículos, probando todo lo típico, visitando todo lo exótico, comiendo todo lo especial y haciendo todas las excursiones posibles, siempre acompañados y asesorados por los anfitriones del lugar. Unas vacaciones maravillosas, irrepetibles. En las últimas imágenes vemos al grupo de niños en la nueva casa escuela, riendo y jugando. Contentos en la nueva aula,  una nave de ladrillo sin revestir, con unos pocos pupitres reciclados. La escuela tiene una sola planta. Estaba previsto un segundo piso, pero se acabó el dinero. A ver, más adelante...





©Fernando Hidalgo Cutillas - 2020
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