20 de marzo de 2016

109ª noche - Si sueñas, loterías.

"Si sueñas, loterías", así te invita la publicidad a participar en los numerosos sorteos que se realizan en nuestro país. Y, en efecto, la lotería es para soñadores. Soñadores ilusos, en concreto.
Las loterías se basan en un sorteo donde, entre un conjunto de posibilidades, ocurre un suceso que señala al ganador. Este suceso se asocia al azar, normalmente al movimiento de unas bolas dentro de un bombo, o a un acontecimiento futuro e incierto, como el resultado de un partido, etc.
Cada participante paga su APUESTA. La suma de todas las apuestas es la RECAUDACIÓN total, de la que se paga el PREMIO. La relación entre la apuesta y el premio depende, entre otras cosas, de la PROBABILIDAD de acertar.
 
Primer ejemplo: Juan y Luis apuestan 100 euros a que el domingo llueve o no. La apuesta es 100, los participantes, 2. La recaudación, 200. El premio, también 200. Y la posibilidad de ganar cada uno de ellos es 1/2, o sea, 0.5    En este ejemplo el juego es del todo limpio: multiplicando el premio por la probabilidad se obtiene la apuesta.
200 * 0.5 = 100
 
Premio * probabilidad = Apuesta
 
En este caso el juego es equitativo, sin ventaja para ninguno de los dos.
 
 
Segundo ejemplo: Rafa decide hacer un sorteo en su bar. Para ello, vende 100 boletos a 10 euros cada uno. La recaudación es 100 * 10 = 1000 euros. Por lo tanto el ganador debería recibir mil euros. Pero Rafa decide que su trabajo en la organización ha de tener compensación, y anuncia que el premio será sólo de 900 euros, los 100 restantes se los quedará él. Si analizamos este caso:
Apuesta= 10
Esperanza matemática = 1/100 = 0.01
Recaudación = 1000 = Premio teórico
Premio real = 900
900 * 0,01 = 9 euros  menor que apuesta, que es 10
 
El juego no es equitativo.  
Como cada participante pagó 10, 1 euro va directamente para Rafa.
 
En este segundo ejemplo, la situación ya no es totalmente justa, aunque parece aceptable. Sólo un 10% de la apuesta se pierde, un euro de cada diez.
 
 
Tercer ejemplo: ¿Y si Rafa decidiera que, por su trabajo, ha de quedarse 600 euros de la recaudación? Entonces el premio sería sólo de 400 euros y la apuesta justa sería:
400 * 0.01 = 4 euros
Es decir, de los diez euros apostados, sólo 4 serían para el sorteo, los otros seis se los queda Rafa por la cara.
Seguramente en este tercer ejemplo Rafa no venderá muchos boletos, que la gente no es tonta. A no ser que diga que los beneficios son para alguna organización altruista, pero ahí entran ya otros factores ajenos a lo que se está tratando ahora.
 
Cuarto ejemplo: Lola decide comprar un billete de la Lotería de Navidad 2015, por lo que desembolsa 200 euros. Ésa es su apuesta. Con ese billete opta a varias posibilidades de premio, desde la devolución de lo apostado hasta 4.000.000 de euros del premio gordo, pasando por la pedrea, y otros premios de creciente importancia, y Lola concurre en un solo sorteo a todos ellos, con el mismo boleto. Hay 160 series, idénticas, sin premios añadidos por número de serie, así que podemos centrarnos en una sola serie para hacer los cálculos más sencillos.
Estos son los premios por cada serie:
  • 1º premio o el ‘Gordo’: 4.000.000 euros
  • 2º premio: 1.250.000 euros
  • 3º premio: 500.000 euros
  • 4º premio: dos premios de 200.000 euros
  • 5º premio: ocho premios de 60.000 euros
  • Pedrea: 1.794 premios de 1.000 euros
  • Números anterior y posterior al 1º premio: dos premios de 20.000 euros
  • Números anterior y posterior al 2º premio: dos premios de 12.500 euros
  • Números anterior y posterior al 3º premio: dos premios de 9.600 euros
  • Centenas del 1º, 2º y 3º premio: 297 premios de 1.000 euros
  • Centenas del 4º y 5º premio: 198 premios de 1.000 euros
  • Con las dos últimas cifras del 1º, 2º y 3º premios: 2.547 premios de 1.000 euros
  • Reintegro: 8.499 premios de 200 euros
Veamos ahora las probabilidad de cada uno, y la apuesta equitativa para cada caso:
La probabilidad de que toque a Lola el premio gordo, 4.000.000 de euros, es 1/100.000, o sea, 0,00001
  • Si multiplicamos 4.000.000 * 0,00001 = 40
 
  • Para el segundo premio 1.250.000 * 0,00001 = 12,5
 
  • El tercero 500.000 * 0,00001 = 5
 
  • Dos cuartos premios 200.000 * 0,00002 = 4 (nótese que la probabilidad es ahora doble)
 
  • Ocho quintos premios 60.000 * 0,00008 = 4,4
 
  • La pedrea, 1.000 * 0,01794 = 17, 94 (nótese que son 1974 números premiados, y por tanto posibilidades)
 
  • Anterior y posterior 1º premio 20.000 * 0.00002 = 0,4
 
  • Anterior y posterior 2º premio 12.500 * 0.00002 = 0,25
 
  • Anterior y posterior 3º premio 9.600 * 0.00002 = 0,192
 
  • Centenas varias 1.000 * 0.00495 = 4,95
 
  • Dos últimas cifras 1.000 * 0.02547 = 25,47
 
  • Reintegros 200 * 0.08499 = 17
Lola participa en todos esos sorteos, y los 200 euros de su apuesta se pueden dividir en las cantidades que aparecen al final de cada línea, cuya suma da 156,85 euros, no 200. La diferencia 200 - 156,85 = 43,15 euros de Lola que no tienen nada que ver con el sorteo y van directamente al saco, una vez cubiertos los gastos reales de organización, le toque la lotería o no. En realidad, un poco más, porque algunos de los premios no son acumulables, cosa que en este resumen no se ha tenido en cuenta. Loterías anuncia de el 70% de la recaudación es para premios. En ese caso, son 60 los euros que el Estado se queda de cada billete de valor nominal 200.
Por eso los premios de lotería hasta hace muy pocos años estaban libres de impuestos, porque el Estado ya saca su tajada antes del sorteo, del bote generado. Pero ahora se aplica un impuesto sobre esos premios, el 20%, de modo que si a Lola le toca el primer premio, por ejemplo, que son 4 millones de euros, cobrará sólo 3.200.000 euros. Y esto me parece a mí doble imposición y mala memoria.
Por otra parte, todo el mundo suele decir "qué bien, que el premio ha salido repartido, así sirve a mucha gente". Pero deduzco que eso ha de ser una hipocresía, porque si se quisiera que los premios fueran repartidos, se harían los sorteos con más premios pequeños y no esas barbaridades  para un único ganador; y se repartirían los premios sin ganador entre los acertantes de menor grado, como se hacía antes en las quinielas. Pero no,  se generan botes asombrosos para un solo ganador que sueñe mucho y se hacen sorteos imposibles que a nadie tocan, quedándose los remanentes a disposición del organizador, como si fueran de su propiedad, cuando yo creo que son propiedad del conjunto de participantes en el sorteo para el que han apostado.
En la ONCE es aún peor, se reparte en premios sólo el 55% de la recaudación.  http://www.estadisticaparatodos.es/taller/loterias/once.html .
En el sorteo de hoy, Día del Padre, se anuncia uno de 17 millones de euros. La probabilidad de que te toque es de 1/15.000.000 = 0,0000000666 es decir, tendrías que comprar un boleto cada día (365 días al año)  y te tocará por término medio salvo que seas muy gafe al cabo de 20.000 o 30.000 años. Un poco mayor te va a pillar. Y, si no toca, ¿quién se queda el dinero? ¿Para botes aún mayores?
 
Otro día hablaremos de esos sorteos con premio especial a la serie. Y de las máquinas tragaperras, y de la publicidad de casinos on line por parte de ídolos de los jóvenes como son los futbolistas de éxito.
Por eso, si sueñas, loterías.

14 de marzo de 2016

108ª noche - El Orotava

Habíamos coincidido en los últimos años de colegio. Antonia era morena, alta como un ciprés, desgarbada como un avestruz y tenía cara de antipática. En resumen, la amiga perfecta para acompañarme al baile. Por entonces empezaban a llamarlos discoteques, sonaba muy moderno. Todos los domingos por la tarde se llenaban de chicos y chicas. Por alguna ley no escrita íbamos siempre en parejas: dos chicos, dos chicas.  Al lado de Antonia, mi melena cuidadosamente oxigenada y mi figura armoniosa hacían que yo pareciera Marilyn. Ella asumía su papel de patito feo sin rechistar, y es que en cierto modo nos utilizábamos mutuamente: Antonia era mi carabina y yo era su gancho.

  Uno de esos domingos estábamos sentadas en una de las pequeñas mesas que bordeaban la pista, hablando de nuestras cosas y simulando no prestar atención a lo que sucedía alrededor.
  —¿Te has fijado en ése? —me preguntó Antonia, señalando discretamente con su afilada barbilla—. Es un bombón.
  Yo lo había visto desde que entró y habló un rato con el camarero. Su acompañante era un joven regordete, con gafas. Ambos vestían traje, como era norma por entonces.
  —¿Quién? —Lancé una mirada perdida, sin mucho interés—. Ah, ése. Pseee, no está mal —juzgué con displicencia.
  —Está buenísimo —insistió.
  ¡Claro que estaba buenísimo! Pero yo no pensaba admitirlo mientras él no picara el anzuelo. ¡Qué poca clase tenía Antonia!, no dejaba de mirarlo con torpe disimulo. Poco después, ellos se acercaron. En torno a la mesita había cuatro sillas.
  —¿Podemos sentarnos? —preguntó el bombón.
  —Bueno —respondí. Y retiré el bolso de la silla donde lo había dejado, para hacer sitio.
  En contra de lo previsto y antes de que yo pudiera reaccionar, el guaperas se sentó junto a Antonia; y el gordo, a mi lado. Se presentaron: Enrique y Daniel.
  Yo estaba furiosa. Se me pasó el recato de golpe, no hacía más que lanzar miradas a Enrique diciéndole con los ojos: "¿Cómo está con esa fea un hombre como tú?". Pero Antonia no paraba de hablar y distraerlo, captando toda su atención. Entonces pusieron una canción lenta. Era mi oportunidad.
  —Me encanta esta canción —dije, mirando directamente a Enrique.
  —A mí también. ¿Bailamos?
  El muy imbécil se lo pidió a Antonia. Daniel apenas sabía bailar y yo estaba bastante enojada. Así que la tarde fue un desastre para mí, mientras la bruja, a la que sólo faltaba la escoba, se divertía con "mi" chico.
 
  Aquél fue el final de mi amistad con ella. A Enrique volví a verlo en mi boda, un año después. Fue uno de los padrinos, como amigo íntimo de Daniel. Una boda un poco precipitada, como todas las de penalti.

El Orotava © Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2016

27 de febrero de 2016

107ª noche - Pequeño caballo

   Cuando Fonsito contaba cinco años, sus padres lo llevaron al cine, a ver una película de indios. El crío quedó tan impresionado por la belleza y la fuerza de las monturas que decidió que, de mayor, quería ser caballo. La mamá le dijo: "Eso no puede ser, tú eres un niño y de mayor serás un hombre". Fonsi se echó a llorar. Él quería ser caballo por encima de todas las cosas.

   Estuvo un buen rato berreando, mientras en los padres crecía un sentimiento de culpa: ¿estarían coartando la libertad y los sentimientos del niño? ¿Y si fuera realmente un caballo, dentro de un cuerpo equivocado? A la semana siguiente, transformaron el dormitorio del hijo en un pequeño establo. Fonsi rebuznaba de felicidad.

Pequeño caballo © Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2016

13 de febrero de 2016

106ª noche - Fábula de las abejas

 
 
  Pese a la aparente calma, en el enjambre crece la tensión por momentos. Las abejas obreras están alteradas, en sus idas y venidas emiten un zumbido especial, que zánganos, princesas y reina no saben cómo interpretar. Pero la vida, por ahora, continúa sin sobresaltos.
  Entre las obreras destaca una de aspecto robusto, parece un zángano. Se la puede ver en casi todos los corros, zumbando con sus alas más fuerte que ninguna otra. Es un lenguaje que sólo ellas conocen:
  —Trabajamos como esclavas sólo para ella y sus secuaces, esos zánganos que no dan golpe en todo el día pero viven a cuerpo de rey. Y las princesitas ¡qué se habrán creído! Ningún derecho tenemos, sólo ir a buscar comida, cuidar de sus hijos, construir el panal, limpiar, ventilar la colmena... No es justo.
  La obrera robusta zumba fuerte, con indignación, las otras la escuchan con interés y repiten el mensaje con sus alas. Los corrillos se hacen más numerosos, el mensaje crece y se multiplica:
  —No podemos seguir así ni un día más. No tienen derecho a esclavizarnos, juntas podemos cambiarlo todo...
  Llega el momento en que las obreras, todas reunidas, zumban al unísono y del enjambre se desprende el fuerte olor que presagia tormenta. Los pájaros y otros habitantes del lugar se alejan con prudencia del árbol donde todo ello sucede. Y, de pronto, silencio absoluto.
  La revuelta ha empezado. Obreras sedientas de venganza irrumpen en los pasillos de la colmena. Los huevos y pequeñas orugas que ocupan las primeras celdas son devorados o arrojados al vacío. Los zánganos, sorprendidos por el repentino ataque, sufren igual suerte, mas unos pocos consiguen escapar volando desesperadamente. Llevan consigo a las pocas princesas que se han librado del ataque de sus antiguas nodrizas. La reina, abandonada a su suerte e incapaz de moverse con su abdomen enorme, es destrozada a aguijonazos. La colmena es ahora libre.
  Las obreras pasan el tiempo tomando su propia miel, antes vedada. Son felices, el dulce néctar las emborracha de placer. Transcurre así un par de días descansando, dueñas de sí mismas. Pero al tercero, ahítas ya de miel y de descanso, un zumbido distinto empieza a correr de celda en celda.
  —¿Qué haremos ahora? ¿Quién tendrá los hijos? ¿Cuáles de nosotras irán a libar las flores y harán la miel, que ya escasea?
  La "obrera zángano" trata de tranquilizar a sus compañeras dibujando un futuro feliz, sin ataduras, pero no consigue convencerlas.
  —¡Una colmena sin reina!, ¿cuándo se ha visto? Necesitamos abejitas que cuiden de lo nuestro cuando nosotras no podamos. ¡Ay, Dios, qué hemos hecho! —se lamentan.
  La colmena es grande y, con la esperanza de haber pasado por alto algunas de las celdas de las crías, la registran a fondo. Tal como han imaginado, en las zonas más alejadas de la entrada, unas pocas celdas han escapado del ataque y unos cuantos huevos permanen intactos y a punto de eclosionar. Suspiran con alivio: aún habrá solución. Pero la "obrera zángano" con las más furiosas de sus secuaces las han seguido y arrasan por completo la zona que se libró del anterior ataque. Ya no habrá más reinas en esa colmena.

  El zumbido del enjambre suena a llanto y del árbol se desprende el olor de la muerte. La obreras no comen, no trabajan en los pasillos ni van a buscar polen. Solo mueven las alas como chicharras ociosas. Unas pocas van y vienen de árboles cercanos. Y una de ellas trae la noticia: en la encina cercana al riachuelo, una de las princesas se ha instalado. Ya es reina, y, con su pequeño séquito, se ha iniciado una colmena nueva.
  Corre otra vez la noticia de ala en ala, un fragor de culpa y arrepentimiento con unas notas de temor. ¿Las aceptarán, después de lo ocurrido? ¡Cómo podrían impedirlo! Ellas son muchas y el nuevo enjambre es muy débil. Las necesitan. En realidad, las necesitan tanto que ya nada será como antes. Porque ahora las obreras tienen el poder y son ellas las que deciden.
  El enjambre ha recuperado la vida anterior, en otro lugar, con una nueva reina. Hace tiempo que los zánganos desaparecieron, inútiles tras el apareamiento. Las obreras son las únicas que trabajan, nuevas princesitas han venido al mundo y los necesarios zanganillos reaparecerán pronto. Todo es igual que era antes. Pero ahora las obreras están tranquilas, se sienten libres. Aunque siguen haciendo lo mismo, hacen lo que decidieron hacer .

  Hasta que, con el paso del tiempo, lo olviden. Entonces, pese a la aparente calma, en el enjambre crecerá la tensión por momentos. Las abejas obreras estarán alteradas, en sus idas y venidas emitirán un zumbido especial...
 

Fábula de las abejas © Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2016

6 de febrero de 2016

105ª noche- Pepe Iglesias "El Zorro"

José Ángel Iglesias Sánchez, conocido artísticamente como Pepe Iglesias «El Zorro» fue un humorista argentino que, si bien desarrolló gran parte de su carrera en su país natal, también estuvo afincado temporalmente en Chile y España.

Hijo de inmigrantes españoles, tras desarrollar su carrera artística en su Argentina natal se instaló en España a través  de  Radio Madrid y de la Cadena SER y se convirtió en una de las estrellas radiofónicas más cotizadas en España. Dotado de una asombrosa capacidad para interpretar a diferentes voces, atribuidas a diferentes personajes, como Don Tapadera, Porotita y el Finado Fernández, que fue uno de los más populares, todos ellos conviviendo en un imaginario "Hotel la Sola Cama" (donde hay bronca toda la semana). Asimismo, ejecutaba melodías con un silbido extraordinariamente brillante. Iglesias, bajo el apodo de El Zorro, pasó a ser uno de los cómicos por excelencia de la España de los años cincuenta.

Sus coletillas pronto pasaron al lenguaje cotidiano y era habitual escuchar frases que hizo famosas como "Seré bereve..." en lugar de seré breve; "está loca la pelota, ¡Ay que risibilidad me dan las cosas risibles!" o "del Finado Fernández nunca más se supo". Como famosa se hizo la sintonía con la que comenzaban sus programas: "Yo soy El Zorro, zorro, zorrito, para mayores y pequeñitos; yo soy El Zorro, señoras, señores, de mil amores, voy a empezar", seguida de una de sus características melodías silbadas.
 
Durante los años 50 la radio aglutinaba a las familias como más tarde lo hizo la televisión. Los lectores de más de 60 años quizá recuerden el programa de El Zorro en la cadena SER.



Tal fue su popularidad que en 1958 un semanario de humor (Tío Vivo, antes de la etapa de Editorial Bruguera) le dedicó un número especial. Es uno de los recuerdos de mi infancia. Aquí se puede ver completo en PDF.





"Pepe Iglesias" falleció en Santiago de Chile el 4 de marzo de 1991, a los 76 años.

24 de enero de 2016

104ª noche - Piadosa limosna


Dos mendigos, uno a cada lado de la puerta del templo, piden limosna a los pocos feligreses que la cruzan. El más joven, de tupida barba, sentado en el suelo con los ojos cerrados, tiene junto a sus piernas cruzadas un vaso de plástico y un cartel de cartón que con letras toscas cuenta en pocas palabras su miseria. El otro, de pie, lleva un vaso similar en la mano y agita las escasas monedas que contiene frente a los que pasan junto a él. Pero los que entran o salen de la iglesia no prestan atención a uno ni a otro.
 De pronto surge del interior un hombre de mediana edad, de aspecto elegante. Tiene los ojos enrojecidos y un rictus de tristeza, casi desconsuelo. El pordiosero una vez más agita su vaso con gesto de súplica. El caballero, que hasta ese momento no había reparado en él, lo mira con sorpresa, como quien encuentra casualmente algo que necesita. Se palpa los bolsillos y hace una mueca de disgusto. Junta las manos y, tras un momento de vacilación, desabrocha su reloj de pulsera, lo deja en el vaso del viejo y sigue camino hacia la calle. Ninguno de los dos hombres ha dicho una palabra.
 El anciano toma el reloj y deja el vaso en el suelo. Lo examina con atención. Es de metal amarillo y brillante. Lo acerca al oído para escuchar el tic-tac sin conseguirlo, aunque la manecilla se mueve dentro de la esfera. El otro indigente abre un ojo. El viejo advierte la escrutante mirada y se apresura a guardar con disimulo el reloj en el bolsillo de su chaqueta, junto con las monedas del vaso. Después, con un gesto de la mano se despide de su compañero, se aleja y desaparece al doblar la esquina.
 Camina deprisa un largo trecho hasta esconderse en el umbral de un edificio abandonado. Se sienta en una piedra y observa de nuevo el reloj. Lo sopesa, lo mira por todos lados... Le parece una valiosa joya. Pero su alegría está teñida de angustia.  ¿Cómo podrá venderlo? Todos creerán que lo ha robado.  Lo devuelve al bolsillo y cuenta las monedas. Pocas, mas darán para un bocado.
 El hombre pasa la tarde deambulando por el extrarradio, sólo piensa en el modo de vender el reloj, pero no conoce a nadie que pueda comprarlo. ¿Cuánto valdrá?, se pregunta. Y se hace ilusiones de que valga mucho dinero, suficiente para salir, al menos por una temporada, de su miseria. Lo aprieta en el puño dentro del bolsillo como una balsa de salvación.
 Al oscurecer se dirige al portal de oficinas donde pasa las noches sobre un lecho de cartones doblados. Se asegura de que nadie lo ve cuando esconde el reloj entre ellos. Y, en su obsesión, trata en vano de dormir durante unas horas.
 Amanece. Es hora de levantarse y esconder los cartones, antes de que los empleados más madrugadores lo sorprendan. Pero hoy el viejo no se ha despertado, quizá por tanto como le costó conciliar el sueño. La señora de la limpieza es la primera en llegar y ve el bulto del hombre tendido bajo el sucio gabán que le sirve de manta. Contrariada, le pide a gritos que se largue y se lleve todas sus cosas; pero el hombre no se mueve. Cuando se decide a tirar del abrigo, descubre la gran mancha de sangre sobre el cuerpo inerte.

 El mendigo de barba cerrada lleva un rato mirando el escaparate de la joyería. Tanto, que ha levantado las sospechas del dueño, que lo vigila desde el interior con desconfianza. Por el extremo de la calle aparece un agente de policía y el hombre de la barba echa a andar, alejándose del escaparate. No se ha atrevido a preguntar el valor del reloj que guarda celosamente en el bolsillo de su chaqueta, aunque ha visto algunos similares en el aparador de la tienda que cuestan mucho dinero. Durante la mañana recorre varios establecimientos. Él sabe que, además de vender, compran. Pero también sabe que le harán preguntas que no puede contestar.  No debe arriesgarse.  Quizá a algún conocido le interese el reloj, alguno de los pequeños rateros con los que ha coincidido alguna vez. No le dará todo lo que vale pero tampoco podrá engañarlo, él ya se ha hecho una idea... Todo esto cavila mientras va camino del tugurio donde a veces toma unas cervezas. Piensa en el Carapena, que anda a menudo con cosas robadas.

 El Carapena lo mira de arriba abajo con prepotencia y tira el reloj sobre la mesa del rincón que ocupan.
—Esto no vale nada, es bisutería.
—Esto es oro y vale un buen dinero —insiste el otro.
—Mira... y mira... —El Carapena ha cogido el reloj y señala con el dedo varios puntos—. Es una imitación de ésas que traen de China. Te doy veinte euros y aún pierdo dinero. —Vuelve a tirar el reloj sobre el mármol.
—¡Veinte euros! ¡¿Te crees que me vas a engañar, miserable cabrón...?!
 El Carapena se enciende, pero conserva la calma.
—Veinte euros es mi última palabra. Y lleva cuidadito con lo que dices —amenaza.
 El mendigo recoge el reloj, lo guarda y con una mirada de despecho abandona el bar. Un momento después, otro hombre sale también y cautelosamente le sigue los pasos. Esta misma noche lo verán tratando de vender un valioso reloj en el puerto.

Piadosa limosna © Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2016

4 de diciembre de 2015

103º noche - El aullón

 
Este cuento recoge una antigua costumbre de algunos lugares de Extremadura,
que perduró hasta bien entrado el pasado siglo XX.


La tía Tomasa enviudó hace tres años. Aún va de luto, aunque ya no se cubre la cabeza con la saya como hizo durante el primer año. Arrendó las tierras y va saliendo adelante. Desde que se casó su hijo, vive sola, en una casina a las afueras del pueblo. "Una hija que tuvieras y no te verías así", le dicen las vecinas, sin misericordia. Tomasa desvía la mirada y no hace caso. "¡Qué sabrán ellas!", piensa.

Diego cumplió los cincuenta hace poco. Es uno de los escasos solterones del lugar. Un hombre de campo que ha dormido más noches en los chozos con el ganado que en su casa del pueblo. Es de pocas palabras y mirada esquiva con las mujeres. Le han puesto fama de huraño y solitario. Cuando dio el pésame a la viuda, no llegó a hablarle. Sólo la miró. A Tomasa se le grabó esa mirada, tan distinta de las otras.

Ambos han coincidido en misa algunas veces desde entonces. Encuentros breves, aparentemente desabridos. Desde hace tiempo se les ve juntos todos los domingos al salir de la iglesia. Sólo unos minutos, la ocasión no da para más. Y pasan los meses.

Uno de esos domingos, él toma una decisión. A ella le da apuro, pero Diego está resuelto. "No hay más que hablar", dice.


Aquella noche, sobre la fuente del Castaño, una figura siniestra envuelta en una sábana da terribles aullidos. Las pocas almas que circulan por las calles corren a sus casas, persignándose. Algunos se preguntan: "¿Quién será?, ¿adónde irá?". Las calles han quedado inusualmente vacías pero, tras los postigos entornados, algunos pares de ojos escrutan la oscuridad. El fantasma baja de la fuente y cruza el umbral de Tomasa.

Al día siguiente no se habla de otra cosa en todo el pueblo. "El aullón ha vuelto", comentan las comadres. Todas miran a Tomasa, como quien sabe algo y calla. Si no fuera por los hombres le darían a la lengua, pero la desgracia está siempre al acecho y la ley del silencio es sagrada.

La viuda ha salido a barrer el porche con el corazón encogido y un rubor en la cara. Por fin, la tía Julia, ¡buena es ella!, no puede contenerse más y rezonga:

—¡Vaya!, parece que tendremos boda.

Todas las mujeres ríen sin malicia.

Tomasa las mira de lejos y sonríe. "¡Ya está!", piensa con alivio. Y sigue barriendo la calle.

El aullón © Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2011