6 de febrero de 2016

105ª noche- Pepe Iglesias "El Zorro"

José Ángel Iglesias Sánchez, conocido artísticamente como Pepe Iglesias «El Zorro» fue un humorista argentino que, si bien desarrolló gran parte de su carrera en su país natal, también estuvo afincado temporalmente en Chile y España.

Hijo de inmigrantes españoles, tras desarrollar su carrera artística en su Argentina natal se instaló en España a través  de  Radio Madrid y de la Cadena SER y se convirtió en una de las estrellas radiofónicas más cotizadas en España. Dotado de una asombrosa capacidad para interpretar a diferentes voces, atribuidas a diferentes personajes, como Don Tapadera, Porotita y el Finado Fernández, que fue uno de los más populares, todos ellos conviviendo en un imaginario "Hotel la Sola Cama" (donde hay bronca toda la semana). Asimismo, ejecutaba melodías con un silbido extraordinariamente brillante. Iglesias, bajo el apodo de El Zorro, pasó a ser uno de los cómicos por excelencia de la España de los años cincuenta.

Sus coletillas pronto pasaron al lenguaje cotidiano y era habitual escuchar frases que hizo famosas como "Seré bereve..." en lugar de seré breve; "está loca la pelota, ¡Ay que risibilidad me dan las cosas risibles!" o "del Finado Fernández nunca más se supo". Como famosa se hizo la sintonía con la que comenzaban sus programas: "Yo soy El Zorro, zorro, zorrito, para mayores y pequeñitos; yo soy El Zorro, señoras, señores, de mil amores, voy a empezar", seguida de una de sus características melodías silbadas.
 
Durante los años 50 la radio aglutinaba a las familias como más tarde lo hizo la televisión. Los lectores de más de 60 años quizá recuerden el programa de El Zorro en la cadena SER.



Tal fue su popularidad que en 1958 un semanario de humor (Tío Vivo, antes de la etapa de Editorial Bruguera) le dedicó un número especial. Es uno de los recuerdos de mi infancia. Aquí se puede ver completo en PDF.





"Pepe Iglesias" falleció en Santiago de Chile el 4 de marzo de 1991, a los 76 años.

24 de enero de 2016

104ª noche - Piadosa limosna


Dos mendigos, uno a cada lado de la puerta del templo, piden limosna a los pocos feligreses que la cruzan. El más joven, de tupida barba, sentado en el suelo con los ojos cerrados, tiene junto a sus piernas cruzadas un vaso de plástico y un cartel de cartón que con letras toscas cuenta en pocas palabras su miseria. El otro, de pie, lleva un vaso similar en la mano y agita las escasas monedas que contiene frente a los que pasan junto a él. Pero los que entran o salen de la iglesia no prestan atención a uno ni a otro.
 De pronto surge del interior un hombre de mediana edad, de aspecto elegante. Tiene los ojos enrojecidos y un rictus de tristeza, casi desconsuelo. El pordiosero una vez más agita su vaso con gesto de súplica. El caballero, que hasta ese momento no había reparado en él, lo mira con sorpresa, como quien encuentra casualmente algo que necesita. Se palpa los bolsillos y hace una mueca de disgusto. Junta las manos y, tras un momento de vacilación, desabrocha su reloj de pulsera, lo deja en el vaso del viejo y sigue camino hacia la calle. Ninguno de los dos hombres ha dicho una palabra.
 El anciano toma el reloj y deja el vaso en el suelo. Lo examina con atención. Es de metal amarillo y brillante. Lo acerca al oído para escuchar el tic-tac sin conseguirlo, aunque la manecilla se mueve dentro de la esfera. El otro indigente abre un ojo. El viejo advierte la escrutante mirada y se apresura a guardar con disimulo el reloj en el bolsillo de su chaqueta, junto con las monedas del vaso. Después, con un gesto de la mano se despide de su compañero, se aleja y desaparece al doblar la esquina.
 Camina deprisa un largo trecho hasta esconderse en el umbral de un edificio abandonado. Se sienta en una piedra y observa de nuevo el reloj. Lo sopesa, lo mira por todos lados... Le parece una valiosa joya. Pero su alegría está teñida de angustia.  ¿Cómo podrá venderlo? Todos creerán que lo ha robado.  Lo devuelve al bolsillo y cuenta las monedas. Pocas, mas darán para un bocado.
 El hombre pasa la tarde deambulando por el extrarradio, sólo piensa en el modo de vender el reloj, pero no conoce a nadie que pueda comprarlo. ¿Cuánto valdrá?, se pregunta. Y se hace ilusiones de que valga mucho dinero, suficiente para salir, al menos por una temporada, de su miseria. Lo aprieta en el puño dentro del bolsillo como una balsa de salvación.
 Al oscurecer se dirige al portal de oficinas donde pasa las noches sobre un lecho de cartones doblados. Se asegura de que nadie lo ve cuando esconde el reloj entre ellos. Y, en su obsesión, trata en vano de dormir durante unas horas.
 Amanece. Es hora de levantarse y esconder los cartones, antes de que los empleados más madrugadores lo sorprendan. Pero hoy el viejo no se ha despertado, quizá por tanto como le costó conciliar el sueño. La señora de la limpieza es la primera en llegar y ve el bulto del hombre tendido bajo el sucio gabán que le sirve de manta. Contrariada, le pide a gritos que se largue y se lleve todas sus cosas; pero el hombre no se mueve. Cuando se decide a tirar del abrigo, descubre la gran mancha de sangre sobre el cuerpo inerte.

 El mendigo de barba cerrada lleva un rato mirando el escaparate de la joyería. Tanto, que ha levantado las sospechas del dueño, que lo vigila desde el interior con desconfianza. Por el extremo de la calle aparece un agente de policía y el hombre de la barba echa a andar, alejándose del escaparate. No se ha atrevido a preguntar el valor del reloj que guarda celosamente en el bolsillo de su chaqueta, aunque ha visto algunos similares en el aparador de la tienda que cuestan mucho dinero. Durante la mañana recorre varios establecimientos. Él sabe que, además de vender, compran. Pero también sabe que le harán preguntas que no puede contestar.  No debe arriesgarse.  Quizá a algún conocido le interese el reloj, alguno de los pequeños rateros con los que ha coincidido alguna vez. No le dará todo lo que vale pero tampoco podrá engañarlo, él ya se ha hecho una idea... Todo esto cavila mientras va camino del tugurio donde a veces toma unas cervezas. Piensa en el Carapena, que anda a menudo con cosas robadas.

 El Carapena lo mira de arriba abajo con prepotencia y tira el reloj sobre la mesa del rincón que ocupan.
—Esto no vale nada, es bisutería.
—Esto es oro y vale un buen dinero —insiste el otro.
—Mira... y mira... —El Carapena ha cogido el reloj y señala con el dedo varios puntos—. Es una imitación de ésas que traen de China. Te doy veinte euros y aún pierdo dinero. —Vuelve a tirar el reloj sobre el mármol.
—¡Veinte euros! ¡¿Te crees que me vas a engañar, miserable cabrón...?!
 El Carapena se enciende, pero conserva la calma.
—Veinte euros es mi última palabra. Y lleva cuidadito con lo que dices —amenaza.
 El mendigo recoge el reloj, lo guarda y con una mirada de despecho abandona el bar. Un momento después, otro hombre sale también y cautelosamente le sigue los pasos. Esta misma noche lo verán tratando de vender un valioso reloj en el puerto.

Piadosa limosna © Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2016

4 de diciembre de 2015

103º noche - El aullón

 
Este cuento recoge una antigua costumbre de algunos lugares de Extremadura,
que perduró hasta bien entrado el pasado siglo XX.


La tía Tomasa enviudó hace tres años. Aún va de luto, aunque ya no se cubre la cabeza con la saya como hizo durante el primer año. Arrendó las tierras y va saliendo adelante. Desde que se casó su hijo, vive sola, en una casina a las afueras del pueblo. "Una hija que tuvieras y no te verías así", le dicen las vecinas, sin misericordia. Tomasa desvía la mirada y no hace caso. "¡Qué sabrán ellas!", piensa.

Diego cumplió los cincuenta hace poco. Es uno de los escasos solterones del lugar. Un hombre de campo que ha dormido más noches en los chozos con el ganado que en su casa del pueblo. Es de pocas palabras y mirada esquiva con las mujeres. Le han puesto fama de huraño y solitario. Cuando dio el pésame a la viuda, no llegó a hablarle. Sólo la miró. A Tomasa se le grabó esa mirada, tan distinta de las otras.

Ambos han coincidido en misa algunas veces desde entonces. Encuentros breves, aparentemente desabridos. Desde hace tiempo se les ve juntos todos los domingos al salir de la iglesia. Sólo unos minutos, la ocasión no da para más. Y pasan los meses.

Uno de esos domingos, él toma una decisión. A ella le da apuro, pero Diego está resuelto. "No hay más que hablar", dice.


Aquella noche, sobre la fuente del Castaño, una figura siniestra envuelta en una sábana da terribles aullidos. Las pocas almas que circulan por las calles corren a sus casas, persignándose. Algunos se preguntan: "¿Quién será?, ¿adónde irá?". Las calles han quedado inusualmente vacías pero, tras los postigos entornados, algunos pares de ojos escrutan la oscuridad. El fantasma baja de la fuente y cruza el umbral de Tomasa.

Al día siguiente no se habla de otra cosa en todo el pueblo. "El aullón ha vuelto", comentan las comadres. Todas miran a Tomasa, como quien sabe algo y calla. Si no fuera por los hombres le darían a la lengua, pero la desgracia está siempre al acecho y la ley del silencio es sagrada.

La viuda ha salido a barrer el porche con el corazón encogido y un rubor en la cara. Por fin, la tía Julia, ¡buena es ella!, no puede contenerse más y rezonga:

—¡Vaya!, parece que tendremos boda.

Todas las mujeres ríen sin malicia.

Tomasa las mira de lejos y sonríe. "¡Ya está!", piensa con alivio. Y sigue barriendo la calle.

El aullón © Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2011

6 de noviembre de 2015

102ª noche - El diablo siempre llama 2 veces

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30 de agosto de 2015

101ª noche - El ka

Vi a Ernesto tan hundido que pensé que no saldría adelante. Por eso, le pedí a mi amiga Gloria que echara al correo una carta seis meses después de que yo me hubiera ido. Casi se cae de espaldas al reconocer mi letra. Le rogaba que rehiciera su vida, que no debe quedarse solo, que yo hubiera hecho eso mismo.
 
Lo que yo no podía imaginar es que los antiguos egipcios tenían razón y mi ka andaría algún tiempo vagando por aquí. Y tampoco sabía que mi amiga Gloria es una lagarta de cuidado. Y ahora, desde que convencí a Ernesto con la maldita carta, he de verlo a diario andar tras ella como un tortolito, mientras Gloria luce las joyas que una vez fueron mías y yo me muerdo las uñas de este jodido ka esperando el juicio de Osiris, en algún lugar entre la vida y la muerte.

©Fernando Hidalgo Cutillas - 2012

 
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24 de julio de 2015

100º noche - Del 24 al 26 de julio

 
EL DIABLO SIEMPRE LLAMA 2 VECES
Novela negra
Gratis del 24 al 26 de julio.
 

23 de julio de 2015

99º noche - Fábula del castaño y el olivo

 
 
 
 
Frondoso en el verano aquel castaño,
ufano por su copa y su follaje,
dijo al olivo: No ha de ser buen paño
el que solo te da para ese traje.
 
Mas acercándose el final del año
y con él los rigores del invierno,
el aceituno quiso darle un baño
cuando vio los efectos del galerno:
 
¿Qué fue de tu follaje y de tu terno,
del traje del que tanto presumías?
¿Acaso te pensabas que era eterno?
 
Si tus hojas son flor de un par de días
mientras vas a buscarlas al averno
te esperaré yo aquí junto a las mías.

MORALEJA
 
No presumas de glorias pasajeras
que puede que, con tiempo, las perdieras
y, al darles importancia,
transformes en vergüenza tu arrogancia
 
©Fernando Hidalgo Cutillas 2011