30 de mayo de 2020

164ª noche : La tormenta


   Nunca me avisaron de que esto podría suceder. Desde muy joven, desde siempre, me dijeron: "Si quieres, puedes". Y yo quería, ¡vaya si quería! Lo quise todo y pude con todo. Me enseñaron que la vida era una senda de obstáculos y vivirla consistía en embestir con fuerza contra ellos; que lo único que podría detenerme era mi propia quietud. Y les creí. Los mayores me contaron sus vidas, empantanadas en el fango de sus temores, de sus debilidades, de sus compromisos.  Pude verlos en su mundo gris, donde no luce el mismo sol que me ilumina. Porque yo soy diferente, toda mi generación es diferente. Hemos sido elegidos para reinar en el paraíso, del que nunca debimos salir. Tenemos todos los derechos, nos pertenecen sin discusión. Mi hábitat es la felicidad; mi ley, la que yo quiero; mi único límite, yo mismo. Así fue hasta hoy. 
   Pero hoy partí temprano, de buen puerto, en buena barca, con buen rumbo, sin hacer caso a las voces grises. Como siempre.
   —¡Cálmate, mar, yo te lo ordeno! ¿Con qué derecho me amenazas? ¿No has oído hablar del imperio del hombre? —clamo desde hace horas con toda mi potestad a este embravecido océano.
   Tantas horas, que mi garganta ha claudicado, incapaz de producir sonido alguno. Ya sólo queda el bramido del mar, mientras la tormenta desarbola mi barca, simple cascarón a merced de la tempestad. Las olas ríen, como ninfas perversas en su montaña rusa. Y mientras aguardo el momento final, ya sin esperanza, lo comprendo. Siempre ha sido así, todo lo demás es sólo una quimera. Aquí abajo siempre estuvo el mar, el oleaje, la tormenta...



©Fernando Hidalgo Cutillas - 2011
Todos los derechos reservados - Prohibida la reproducción

1 comentario:

Blanca Miosi dijo...

Una magnífica alegoría, Fernando. La vida es así, tiene tormentas y días calmos, y nos creemos diodes hasta que topamos con la primera tormenta, entonces comprendemos que existe el abismo, ahí abajo.