8 de octubre de 2011

59ª noche - Fábula de los agraviados

La señora Cabra y el señor Cerdo aguardaban impacientes tras la línea dibujada en el suelo frente al mostrador que lucía el rótulo 'Oficina de Agravios'.   Detrás del tablero, Miss Mare —ella se empeñaba en que la llamasen así desde que supo que sus antepasados procedían de Edimburgo— atendía con amabilidad a una joven gallina que, con aspecto indignado, rellenaba a toda prisa un impreso oficial, murmurando:
—Una hace lo que le da la gana sin que nadie tenga que venir a criticar, ¡sólo faltaría eso! ¿A usted no le gustan los caballos? —Miss Mare se ruborizó, a pesar de que obviamente la pregunta era retórica—. Pues a mí me gustan los gallos. ¡Y no conozco otra forma de tener polluelos!
Con gesto airado la señorita Gallina rubricó el impreso y lo entregó a su interlocutora que, tras estampar un sello de fechas, lo depositó en una bandeja, a su izquierda.
—Ya está en marcha su reclamación. Dentro de unos días recibirá noticias del Comité. No se impaciente, el proceso es un poco largo, la comunicación con los humanos no es fácil. Buenas tardes. —Miss Mare, aliviada por haber terminado la entrevista, despidió a la gallina, bebió un sorbo del refresco de alfalfa que ocultaba bajo el tablero y anunció en voz alta:
—¡El siguiente…!
La cabra avanzó hasta situarse frente a ella.
—¿Qué hay de lo mío, se sabe algo o qué? —espetó, a modo de saludo.
—Pero usted presentó ayer su reclamación. No ha habido tiempo... —explicó su interlocutora, reconociéndola.
—¿Ayer? Por la mañana, ¿no? ¿O fue por la tarde?  Es mucho tiempo...
—Más o menos se demora un mes, a veces más...  Tenga paciencia.
De un salto la cabra subió al mostrador y empezó a caminar  entre los papeles que había sobre él.
—Por favor, baje de ahí enseguida —suplicó Miss Mare.
La cabra parecía no oírla. De un nuevo salto colocó sus cuatro pezuñas sobre un pesado pisapapeles de granito y se quedó inmóvil.
—Tendré que dar parte de su comportamiento en esta oficina, eso no favorecerá a su reclamación —amenazó la funcionaria.
—Está bien, está bien, ya bajo...
—¡Hasta el suelo! —ordenó la yegua con firmeza.
Aliviada, comprobó que la cabra, por una vez,  hacía caso. Sólo deseaba que la señora Cabra desapareciese cuanto antes, le daba igual que se la tragara la tierra o la abdujese un platillo volante.
—Entonces, ¿cómo quedamos? ¿Vuelvo mañana?
—¡No, no venga mañana!  —estalló Miss Mare, golpeando con fuerza la madera del mostrador.
La cabra se desplomó como si le hubiesen disparado. Rápidamente se acercaron dos miembros de seguridad.
—¿Otra vez ella? —comentó el agente Perro con fastidio—. Ayúdame a sacarla de aquí —pidió a su compañero—, a ver si con el  fresco se le pasa.
El señor Cerdo miró a la yegua con aire indeciso, sin atreverse a avanzar. No sabía si era buen momento para abordarla.
—Pase, pase —pidió Miss Mare, con deseos de terminar cuanto antes su trabajo.
—He recibido esta carta... —dijo el cerdo, mostrando un papel que sacó de un sobre sucio y arrugado.
—Ah, sí. El secretario del Comité lo está esperando. Sígame, por favor...
El señor Cerdo fue tras la yegua hasta un despacho situado al fondo del vestíbulo. Sentado tras una mesa cubierta de papeles, el secretario levantó la vista al notar su presencia. Miss Mare se dirigió hacia él y le mostró la carta, comentando algo en voz baja, antes de dejarlos solos.
—Siéntese, por favor —pidió el secretario—. Verá, señor Cerdo, como sabe ya es la cuarta vez que presenta usted este tipo de reclamación...
—Por supuesto, es un caso grave. Nunca he visto nada igual, señor Lince. Los humanos la han tomado conmigo.
—A ver... —Lince echó un vistazo al expediente que tenía sobre la mesa—. Cuando usted era conocido como señor Marrano se quejó de que su nombre fuese equivalente a un insulto, a alguien de aspecto sucio y desaliñado. Su reclamación fue atendida y se le cambió el nombre, que pasó a ser señor Puerco. Pero poco después, también puerco se transformó en insulto, con el mismo significado. De nuevo atendimos su queja y le dimos un nuevo nombre: señor Guarro. No había pasado un año y tuvimos el mismo problema. Por tercera vez se le rebautizó y a pesar de todo seguimos en lo mismo...
—Ya le digo, es un acoso inaudito —explicó el cerdo, satisfecho por la clara exposición del problema que había hecho el señor Lince.
—Esto...  señor Cerdo... —El secretario parecía elegir cuidadosamente las palabras—. ¿Usted no ha pensado que podría haber un motivo para este “acoso”?
—¿Motivo? —El cerdo estaba sorprendido—. ¿Qué motivo podría haber? No comprendo...
—Mire, está claro que, se llame usted como se llame, al cabo de poco tiempo ese nombre equivale al de alguien sucio. Ya sabe como es el cerebro de los humanos, tan aficionados a  la analogía...
—¿Está usted insinuando...?
—No; insinuando no. Estoy explicándole cuál es el problema y por qué los cambios de su nombre son inútiles. Y ahora le voy a  dar la solución.
El señor Lince abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó un paquete pequeño, que dejó sobre la mesa al alcance del señor Cerdo. Este lo cogió y arrancó con rapidez el envoltorio de papel. Apareció una pastilla de jabón.
—¡Y no meta las patas en la comida! —oyó decir al secretario, mientras él abandonaba el despacho, como siempre, cabizbajo

MORALEJA
Si con tu conducta plantas
de tu mala fama esquejes,
cuando crezcan, no te quejes.





 
 



Fábula de los agraviados, copyright Fernando Hidalgo Cutillas 2008.

 
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2 de octubre de 2011

58ª noche - Fábula de la cebra Felipa

Al sur de Massai Mara, en la amplia sabana de África Central, vivía desde tiempos remotos una manada de cebras grande y poderosa, liderada por un impresionante macho de largas crines llamado Gedeón. La vida de la manada era plácida y sencilla. Pastaban las jugosas hierbas de la ladera, bebían en las aguas del arroyo, llegando hasta el lago cercano en los meses de sequía. Las cebras parecían vivir en el paraíso excepto por un problema: una familia de leones había encontrado guarida en un rocoso montículo cercano. Raro era el día en el que la manada no sufría el ataque de dos o tres leonas hambrientas, encargadas de servir la mesa. A veces, alertada con tiempo por el siempre oteante Gedeón, la manada lograba escapar del ataque huyendo a gran velocidad. Pero muchas otras, alguna cebra era alcanzada y devorada por los felinos mientras las demás galopaban con todas sus fuerzas, aterrorizadas. Había sido así durante miles de años. Era la dura ley de la supervivencia.

Una de las cebras jóvenes, llamada Felipa, destacaba entre las demás por una rareza natural: tenía una sola franja negra a cada lado, tan ancha que ocupaba casi todo el flanco. Un día Felipa pidió a la manada que se reuniese a su alrededor y les habló así:
—¿Veis lo que sucede cada día? Esos gatos se nos echan encima a cada momento y no sabemos hacer otra cosa que salir corriendo. Los más jóvenes y fuertes galopamos veloces y conseguimos escapar pero ¿y los más débiles? ¿Qué le pasó ayer a tu padre? —preguntó Felipa, señalando con el hocico a una de las cebras, que  escuchaba con atención—. ¿O, hace pocos días, a tu hijo, que apenas tenía un mes? —añadió, señalando de igual modo a otra de ellas.
Felipa hizo una larga pausa esperando que se apagara el murmullo que sus palabras habían levantado.
—¡Han sido devorados por los leones, como tantos otros! —continuó Felipa por fin, teatralmente—. ¿Qué será de cualquiera de nosotros si cae enfermo o cuando los años nos vuelvan más torpes? Lo sabéis, ¿verdad? —Felipa llevaba su mirada desafiante de una a otra cebra, fijándola finalmente en Gedeón—. Yo os lo diré: ¡que nos comerán los leones!
Espantada por las palabras de Felipa y sintiendo real un peligro aún imaginario, la manada se agitó.
—Alto, alto, amigos, no os pongáis nerviosos —gritó Gedeón—. No hay peligro en este momento, tranquilizaos y volved a la reunión.
—Felipa tiene razón —opinó la cebra que había perdido a su cría no hacía mucho tiempo.
—Acabarán por comernos a todos —sentenció la cebra recientemente huérfana.
—¡Es horrible, no podré soportarlo! —suspiró una joven cebra gestante, sin apenas aliento.
—Bueno, calma —pidió Gedeón—. Siempre ha sido así. Nuestros antepasados han vivido así desde los tiempos más remotos y aquí estamos nosotros. La manada no se ha extinguido. Es ley de vida. De algo hay que morir y éste es nuestro destino. Los leones se alimentan de nosotros como nosotros nos alimentamos de las hierbas del campo, que también son seres vivos. Prefiero morir en un instante, cuando empiece mi declive, que morir de enfermedad o decrepitud poco después. Olvidemos eso y vivamos felices porque nada se puede hacer.
—¡Sí se puede hacer algo! —anunció solemnemente Felipa—. Yo tengo un plan...
La atención de todos se centró sobre ella y se hizo un silencio en el que se hubiera podido oír la caída de una espina de acacia. Felipa continuó:
—Siempre son dos o tres las leonas que nos atacan. Nosotros somos más de ochenta. Pero, en lugar de defendernos, siempre salimos al galope, esperando tener la suerte de que no nos alcancen y dejando desamparados a los más débiles.
Las orejas de los oyentes no podrían estar más tiesas.
—Pero ¿qué pasaría si les hiciésemos frente? —inquirió Felipa
Un murmullo de asombro surgió entre los presentes.
—Las cebras no podemos luchar con los leones —argumentó una vieja hembra que había visto actuar a los felinos muchas veces.
—Es una locura —añadió otra un poco más allá
—Entre nosotros hay cebras fuertes y valientes. —Felipa intentaba recuperar el control de la situación—. La coz de una de ellas podría dejar inerme a una leona. Entre dos o tres de nosotros podemos acabar con cualquiera de esos gatos.
Un tenso silencio volvió a cubrir la manada. Los más ancianos y débiles, sabiéndose fáciles víctimas de próximas cacerías, empezaban a acariciar la idea propuesta por Felipa. Los más poderosos y fuertes dudaban de que fuese posible algo tan temerario y que nunca se había intentado, debatiéndose entre el temor a una lucha desigual y el amor que sentían por sus familias. Por fin Gedeón intervino:
—Como jefe de la manada he tomado las decisiones hasta ahora, siempre pensando en el bien de todos. Pero en esta ocasión no estoy seguro de qué decisión he de tomar. Por una parte veo una temeridad lo que propone Felipa; por otra, veo justo que ayudemos a nuestros compañeros más débiles. Propongo que hagamos una votación.

El sol estaba ya muy bajo cuando Walia dio la voz de alarma. Una instintiva sacudida recorrió la manada, que inició veloz galope de huída, pero casi inmediatamente cambiaron de dirección reagrupándose alrededor de un árbol cercano.
—Rápido, los potros y ancianos junto al tronco, deprisa —ordenaba Gedeón, resoplando agitadamente.
—Vosotros, los guerreros, id cubriendo todos los flancos, pero dejad pasar a los más débiles hacia el centro. ¡Rápido!, que ya casi están aquí —gritaba Felipa.
Dos leonas se acercaban sin disimulo, sabiéndose descubiertas. Apenas estaban a cincuenta metros del grupo. Los relinchos y bufidos de las cebras eran signo evidente de la gran excitación de la manada. Una tercera leona, oculta hasta entonces por unos matorrales, apareció de súbito muy cerca, hacia el Oeste.
Las leonas estaban sorprendidas por la actitud de la manada de cebras. ¡No huían! Guiadas por su instinto, saltaron sobre las cebras del círculo exterior. Éstas, no habituadas a la lucha, eran presa del pánico al sentir las afiladas garras sobre sus lomos y propinaban tremendas pero descontroladas coces aquí y allá, las más de las cuales se perdían en el aire o impactaban contra sus propios congéneres. Una nube de polvo denso atenazaba todas las gargantas y hacía que los relinchos y rugidos fuesen aún más desgarrados. De improviso las leonas se retiraron unos metros, cesando en su ataque. Una de ellas cojeaba visiblemente. Las cebras se mantuvieron a distancia en angustiosa espera.
Dos leones machos se hicieron visibles a lo lejos. Sus enormes cabezas parecían gigantescas enmarcadas por la oscura melena. Felipa gritó, desde dentro del círculo:
—No os preocupéis, amigos, los machos nunca cazan; no se meterán con nosotros....
—Creo que tiene razón —opinó Gedeón, no muy convencido al ver que los leones iniciaban un rápido trote.
El instinto de los leones machos no juzgó a las cebras como presas de caza. Las presas de caza huían y nunca luchaban, o si lo hacían era débilmente, en la desesperación del último momento. La nueva actitud de las cebras conducía a la lucha abierta, y ésa sí era objetivo de los machos.
Cuando los leones se lanzaron sobre la manada, las leonas que antes se habían retirado los siguieron. El pánico se apoderó definitivamente de las cebras, emprendiendo muchas de ellas una huída desesperada. La mayor parte de las que quedaron rezagadas, las más fuertes y generosas, pagaron con su vida su gesto de lealtad al rebaño. Gedeón escapó en el último momento, viendo que nada se podía hacer.
Los leones empezaron un festín como nunca lo habían tenido. Cinco cebras, alguna aún agonizante, yacían a su alrededor. La leona coja lamía su garra magullada y uno de los leones tenía una hemorragia en su ojo izquierdo, seguramente producto de una coz. Otros felinos, incluyendo a un buen número de cachorros,  iban acercándose al banquete.
Las cebras galoparon durante mucho tiempo antes de sentirse seguras. Jamás se vio ejército más derrotado. Gedeón procuró reunir los restos de la manada antes de que la oscuridad lo hiciera más difícil. Poco a poco fueron llegando las cebras supervivientes, extenuadas. Cabizbajos y doloridos, todos se prepararon para descansar, sin mediar palabra.
Y así cayó la noche sobre Massai Mara.

A la mañana siguiente, un nuevo sol radiante iluminó la llanura como si nada hubiera pasado. Gedeón contó las bajas. Bastantes entre los más fuertes estaban malheridos, algunos de ellos con lesiones que, en el caso de que llegasen a curar, habrían de dejar secuelas graves. Durante unos días la manada se dedicó a recuperarse y descansar sin sufrir nuevos ataques de los leones, que tenían bien repleta su despensa.
Por fin Gedeón reunió a todos y les habló:
—Amigos, hemos pasado una mala experiencia.
—¿Dónde está Felipa? —preguntó un macho superviviente, aunque con la piel hecha trizas.
—Sí, ¿dónde está esa traidora? —increpó otra cebra, ahora tuerta.
Felipa se había mantenido oculta de la manada todo ese tiempo, temerosa de sufrir represalias por las consecuencias de su idea.
—Felipa hizo sólo una propuesta que creyó buena —continuó Gedeón—. No debéis culparla de lo que ha sucedido porque no hemos hecho más que lo que entre todos se decidió. ¿O habéis olvidado la votación?
—Pero ¿dónde se metió durante la batalla? —preguntó una hembra joven, milagrosamente indemne—. Yo no vi que participase en la defensa. Esa cebra cobarde nos ha metido a todos en un buen lío...
—La idea de Felipa era buena —interrumpió un viejo macho que apenas se aguantaba en pie—. Sois vosotros los que habéis fracasado. Os habéis portado como inútiles. ¡Qué de coces al viento! Y entre vosotros mismos. Yo he visto como Jonás ha derribado a Walia de una coz. Pobre Walia, allí quedó. No habéis tenido valor para una defensa eficaz —acusó el anciano.
—Era mi mejor amigo, bien que lo siento. Pero yo no podía ver nada, me atacaban por todas partes y tú, anciano, no sabes lo que se siente cuando esas garras se clavan en tus costillas... —explicó Jonás, apesadumbrado
—Abuelo —tomó Gedeón la palabra—, no debes ofender así a los que han dado su vida por la tuya. Las cebras no somos guerreros y es natural que hayamos fracasado en la lucha. No es un problema de cantidad, es un problema de eficacia. La idea de Felipa me hizo dudar. Por eso dejé que decidieseis vosotros. Ahora ya no tengo ninguna duda. Lo que propone Felipa conduce a la extinción de la manada en poco tiempo. Esta vez éramos bastantes y no nos ha ido bien. La próxima, seremos menos y aún nos iría peor.  Si siguiéramos el plan de Felipa, cada vez habría menos cebras poderosas en el exterior del círculo y más ancianos, lisiados y débiles en el centro. Si sometiésemos a votación la decisión a tomar cada uno votaría por sus propios intereses y cada vez ganaría con mayor número de votos la opción equivocada, es decir, la de los que querrían seguir en el centro mientras mueren por ellos otros individuos más útiles y necesarios. La manada sobrevivirá a esta catástrofe pero en lo sucesivo no volveremos a luchar con los leones.
Gedeón se retiró y la asamblea fue dispersándose. A lo lejos, Felipa observaba al grupo sin atreverse a intervenir. Nunca reuniría suficiente valor para volver con la manada. Vio a Gedeón trotar en su dirección y sintió miedo. ¿Por qué siempre sentía miedo...? Giró en redondo y se alejó velozmente hacia el Norte.

MORALEJA
Se juntaron cuatro pillos, cinco necios
y dos que tenían razón.
Y en un tema de importante relevancia
propusieron votación.
Los pillos por interés, los necios por necedad,
de todo se dijo menos la verdad.
¿Queréis saber quién ganó?
Pues, naturalmente, yo.

Kiro, el león.

**************

Fábula de la Cebra Felipa. Copyright: Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 1997
Prohibida la reproducción por cualquier medio sin permiso por escrito del autor
  




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22 de septiembre de 2011

57ª noche - Fábula de la serpiente y las gallinas

  En un claro cerca del recodo, en la ribera, pasaba sus días un grupo de gallinas con sus gallos y polluelos. Lejano ya el tiempo en que sus antepasados compartieron el Edén con los nuestros, también las aves aprendieron a esforzarse para ganar su sustento y conocieron el dolor y la desgracia. Picoteando aquí y allá, desgranando las espigas silvestres, tragando insectos y aprovechando cuanto la Naturaleza les regateaba, el grupo sobrevivía sin demasiadas dificultades.
Al contrario que sus esposas, los gallos tenían mal carácter. No se soportaban unos a otros y eran frecuentes las trifulcas en las que alguien salía malparado. Eso no preocupaba mucho a los demás; en realidad los gallos no servían para gran cosa, en opinión de sus gregarias y laboriosas hembras. Pero, claro, había que tener polluelos...
Todos miraban la linde del bosque con recelo. Les parecía un lugar terrible, habitado por criaturas ominosas cuyo simple recuerdo los espantaba. Seres con todo el cuerpo cubierto por extraños filamentos, de cabeza casi triangular, mirada penetrante y —un escalofrío estremecía sus crestas al pensarlo— enormes dientes en sus fauces. Cuando aparecía el zorro se producía un enorme revuelo. Después todo volvía a la normalidad, excepto por un pequeño charco de sangre y plumas que quedaba en alguna parte. Del bosque nunca salía nada bueno.
Del río, sí. Les proporcionaba toda el agua que necesitaban, además de mantener frondosa la ribera. Las aves no eran muy listas pero sentían que el fluir de su corriente les era tan vital como el de su propia sangre. También el cielo era generoso. El sol y la lluvia eran para ellas una bendición. Pero a veces el río se enojaba. Sus aguas bajaban turbias y encrespadas, arrasándolo todo. Debía de haber un poderoso motivo, porque en estas ocasiones el cielo solía unirse a esa furia enviando agua a raudales y, lo peor de todo, unas luces cegadoras que se acompañaban de un terrible estruendo. Hasta el sol se ocultaba en esos casos; eran momentos terribles en los que las azoradas gallinas enloquecían de pavor. Pero, como dijo alguien una vez, después de la tempestad siempre viene la calma: volvía a salir el sol, el viento amainaba y las aguas tornaban a su cauce. Todo alrededor quedaba arrasado y maltrecho, aunque la Naturaleza no tardaría en hacer las reparaciones necesarias. Las gallinas entendían muy bien que, pasara lo que pasare, nunca pasaba nada. Al final la vida siempre seguía como antes. Para algunos no,  pero... esos ya no contaban.
Un día de primavera, entre los destrozos que dejó la tempestad apareció algo nuevo. Las gallinas lo miraron, sorprendidas. Se trataba de un ser cubierto de escamas parecidas a las de sus propias patas, largo y estrecho como un palo, que yacía en el suelo sin que aparentemente tuviese nada con qué moverse. Había en él algo siniestro, tal vez sus ojos astutos, su cabeza más triangular aún que la del zorro… pero sin garras ni terribles dientes, sin patas siquiera, les pareció inofensivo. La serpiente irguió su cabeza al sentirse acosada y los demás, cautos ante lo desconocido, se dispersaron.
Aunque no volvieron a verla en varios días, presentían que el reptil seguía por allí. No tardó en suceder el primer incidente. El cacareo desconsolado de una joven clueca alarmó al grupo: había desaparecido un huevo. El misterio no se resolvió y el robo de huevos siguió sucediendo con regularidad. Cada tres días desaparecía uno. Todos pensaron que el ladrón no era otro que la serpiente y después de ponerse de acuerdo, decidieron dar una batida por los alrededores, escrutando la zona hasta encontrarla y dejarla a merced de los gallos.
La serpiente reptó veloz, se escondió en las grietas y quedó más quieta que un muerto, pero no sirvió de nada. El grupo era numeroso y las gallinas conocían muy bien la zona. Cuando la descubrieron, el gallo más lanzado le propinó un terrible picotazo en la cola. El reptil se irguió, siseó, blandió su bífida lengua y mostró todo su repertorio de amenazas, pero los gallos no se echaron atrás. A toda velocidad, el pequeño cerebro de la serpiente trataba de encontrar una salida a aquella situación desesperada. Su veneno podría acabar con uno de ellos, pero los demás la destrozarían. Había que evitar una lucha que con seguridad iba a perder.
—¡Un momento, señores gallos! ¿Por qué se enojan conmigo? ¿Qué les he hecho yo para que me ataquen con tanta furia? —gritó con aire inocente.
—Bien lo sabes, reptil inmundo. Desde que llegaste has estado robando los huevos de nuestras gallinas y eso se va a acabar —sentenció el gallo del picotazo.
—¡Eres injusto! Yo no tengo elección, he de comer o moriré de hambre. Pero tenéis razón, robar no está bien, pagaré por los huevos el precio que pidáis... —ofreció la astuta serpiente—. Es más de lo que vosotros mismos hacéis, ¿o acaso pagáis por el grano y los insectos que os lleváis al pico?
Los gallos quedaron sorprendidos por el ofrecimiento de la serpiente. Era cierto que ella, como todos, necesitaba comer para sobrevivir. Quizá el negocio fuese interesante. Se reunieron y hablaron en voz baja durante un rato, antes de acercarse de nuevo al reptil.
—Creo que podremos llegar a un acuerdo —anunció por fin el que se había erigido en líder—. Verás, hay un zorro en el bosque, quizá dos o tres. Es frecuente que salgan y nos ataquen. Si nos libras del zorro tendrás un huevo cada tres días. Pero te advierto que si el zorro vuelve a perseguirnos será tu fin.
—Caro me hacéis pagar el alimento, pero acepto el pacto. En tres días volveré a por mi huevo. Os aseguro que el zorro no volverá a molestaros.
La serpiente se arrastró lentamente hacia el bosque mientras las aves regresaban a su base. El alboroto había tenido un desenlace imprevisto y todos, aunque desconfiaban, estaban esperanzados por poder librarse de la terrible amenaza del zorro de modo tan sencillo. Un huevo cada tres días... con tantas gallinas eso no era nada.
Pasaron los tres días y la serpiente volvió.
—El zorro ya no es problema, he venido a por mi huevo —anunció al jefe del grupo.
—Pronto se verá. No descuides el asunto, si el zorro vuelve eres reptil muerto —contestó el gallo, amenazador—. Ahora toma tu huevo y procura apartarte de nosotros.
—Hasta dentro de tres días —se despidió la serpiente, con fingida sumisión.
A partir de entonces las aves se vieron libres de los ataques de su pérfido enemigo. Ya no veían el bosque tan terrible, hasta se atrevían a buscar alimento en zonas cada vez más próximas a él. Poco a poco olvidaron la amenaza. Pero a finales del otoño, un nuevo charco de sangre y plumas acabó con su tranquilidad. Cuando la serpiente acudió a buscar su huevo el gallo montó en cólera.
—Te lo advertí, si esto volvía a pasar lo pagarías con tu vida —amenazó, exhibiendo sus temibles espolones.
—Gallo —adujo con tono tranquilo la serpiente—, ¿no comprendes que estos son otros zorros? Yo cumplí el pacto; hace meses que no os molesta ninguno de ellos. ¿Qué puedo yo hacer, si han llegado más? Ahora tenéis otro problema y si me matas no podréis resolverlo. ¿No sería mejor para tus gallinas que llegásemos a un nuevo acuerdo?
—Hummm —meditó el gallo, sopesando las razones de la serpiente. Si mataba al reptil nadie podría librarlos de los zorros, eso era cierto. Y habían estado tan tranquilos todo el verano...— ¿Qué propones?, habla claro.
—Cuando yo necesité algo que me era indispensable os ofrecí pagar un precio. Ahora ya tengo lo que necesito pero, si vosotros precisáis algo de mí, creo que lo justo será que me hagáis una oferta... Quizá me interese. Ya se sabe, quien algo quiere, algo le cuesta —expuso la serpiente con astucia.
La furia del gallo se había desvanecido por completo, ahora estaba en un brete. Volver a vérselas con los zorros después de tantos meses de bonanza era una mala solución. El grupo no se lo perdonaría. Necesitaba llegar a un acuerdo.
—¿Un huevo cada dos días? —sugirió con cautela.
—No es una buena idea, señor gallo. ¿No ves que cada cierto tiempo volverán los zorros? ¿Por qué no hacemos un pacto que os libre para siempre de ellos? Yo me comprometo a que sea así. Pero necesito un huevo cada día, gastaré muchas energías con tanto trabajo.
—Está bien —concedió el gallo de mala gana, viendo que no tenía opción.
Los zorros desaparecieron de nuevo de los alrededores y las gallinas recuperaron la tranquilidad perdida. La serpiente no se dejaba ver mucho, aunque cada día se presentaba puntualmente a recoger su sueldo, que las gallinas le entregaban sin discusión, pues todos apreciaban la dicha de sentirse seguros.
Pasó el invierno y llegó el deshielo en las nevadas cumbres que, junto con las lluvias propias de la época, desbordó el río una vez más. En esta ocasión fue terrible, muchas aves fueron arrastradas río abajo hasta desaparecer y todo quedó desolado como nunca. Cuando las gallinas, libres del problema del zorro, se sentían más seguras, la Naturaleza vino a recordarles una vez más la fragilidad de su existencia. Se lamentaban en corros de su suerte y su aspecto escuálido y desmochado habría resultado cómico de no corresponder con tal desgracia. Un mal trance para pagar deudas, pero nadie quería que volviese el zorro, de manera que el huevo siguió apareciendo diariamente.
La serpiente soportó muy bien el temporal en su refugio. Ello le dio una idea, que no tardó en llevar a la práctica.
—Buenos días, señor gallo —saludó a su interlocutor habitual—, malos momentos estáis pasando ¿verdad?
—Los peores en mucho tiempo, reptil. ¿Qué vienes a hacer aquí?, ¿no te han dado ya tu huevo?
—¡Oh, sí! Gracias al Cielo eres un gallo de palabra. Sólo estaba pensando que lo del zorro apenas es nada comparado con esto. ¡Qué terrible situación! En cambio, yo disfruto de la lluvia desde mi refugio...
—¡Pues mira qué suerte tienes! Nosotros no tenemos refugios —masculló el gallo, molesto por la impertinencia de la serpiente.
—He pensado que eso podría cambiar. ¿No os gustaría tener donde protegeros de las inclemencias y los peligros cuando la Naturaleza se desboca?
—Claro, pero... —El gallo no supo qué más decir.
—Yo podría indicaros cómo hacerlo y dirigir los trabajos. Tengo experiencia... —sugirió la serpiente, sin demostrar mucho interés.
La idea llamó poderosamente la atención del gallo.
—¿Tú podrías? Si no tienes patas, ni pico siquiera....
—No he dicho que pueda hacer el trabajo, sino que puedo dirigirlo. 
 
La serpiente explicó al gallo su plan. Bajo sus indicaciones, las gallinas construirían un amplio y resistente refugio donde todo el grupo se podría guarecer; y terminó su exposición con un “pero quien algo quiere...”.
—¿Y cuál será el precio esta vez? —preguntó el gallo, con fastidio.
—¿Dos huevos diarios? —propuso el reptil.
Las gallinas trabajaron laboriosamente durante varios meses, bajo la dirección de la serpiente, hasta que el refugio estuvo a punto. Fue agotador y, además, cada día tenían que entregar dos huevos; pero valió la pena, la sólida construcción las libraría del mayor de sus peligros. Las próximas riadas resultarían inofensivas.

Algo después fue un águila quien alteró la paz del corral. Más tarde, una plaga de insectos. Hasta un incendio, producto de un rayo que cayó cerca. La serpiente no cesaba de vender sus soluciones y las gallinas no paraban de trabajar de una a otra cosa, tejiendo redes, abriendo cortafuegos, excavando depósitos, afilando estacas, acarreando agua... ¡Qué lejos había quedado su plácida vida anterior! Pero la seguridad se había vuelto algo necesario, imprescindible. Sólo pensar que el zorro pudiese atacar, que el río pudiese arrastrarlas, que el águila se cerniese sobre ellas, la simple idea les habría puesto la piel de gallina si ése no hubiera sido su estado natural.
Pasaron varios años. El claro del bosque, cerca del recodo del río, era irreconocible. El grupo de aves, también. Nada era como debía ser. Las gallinas parecían autómatas de mirada perdida, cuyo único fin en la vida fuese no sufrir, lo que las hacía sufrir enormemente. La mitad trabajaba todo el día en las cosas más inútiles, la otra mitad se dedicaba a poner huevos, tantos había que pagar a diario a la serpiente. Sólo quedaba un gallo, antes  orgulloso y valiente, después un simple criado del reptil. Éste había ordenado construir su guarida en el centro del claro.
Sobre el inmenso almacén en el que acumulaba los huevos recibidos, un cómodo mirador le ofrecía el lugar perfecto para contemplar su imperio. Y aquello era sólo el principio. Esas gallinas neuróticas no darían mucho más de sí, pero había muchas más gallinas en el mundo.

©Fernando Hidalgo Cutillas 2010 


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10 de septiembre de 2011

56ª noche - She

—¡Cómo pasa el tiempo! Cuando veo a los famosos me doy cuenta... —comenta Elisa hojeando una revista.
Me acerco a husmear. Es un reportaje sobre Charles Aznavour. Está mayor, sí.
—Pero  sigue cantando —añade.
—Ese hombre, como Serrat, tiene la emoción en la voz, cante lo que cante. Como un trémolo especial.
—No lo había pensado. —Elisa cierra la revista y pone cara de reflexionar. Es una cara especial, tendríais que verla...—Es cierto, es la voz. La mayoría de veces no lo entiendo pero me emociona igual.
—Pero Serrat no lo ha perdido con la edad. Aznavour sí —concluyo.



30 de agosto de 2011

55ª noche - El epitafio



El epitafio © Fernando Hidalgo Cutillas - 2011





 
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18 de agosto de 2011

54ª noche - Tabaco

Leía yo la prensa, sentado en un banco del parque, cuando se acercó un hombre a pedirme fuego. Por no ponerme a buscar el encendedor en los bolsillos le di mi cigarro, para que encendiera el suyo con la brasa. El sujeto la arrimó, aspiró un par de veces y, al devolverme el purito, me dijo: "No deberías fumar, amigo".  En respuesta di una profunda calada, con gesto de satisfacción. "No, en serio —insistió el tipo—,¿tú te has visto en el espejo?". Sospeché que el hombre no estaba en sus cabales y, desentendiéndome, volví a la lectura. Pero él siguió insistiendo: "Has conocido a fumadores que hayan muerto del pulmón, ¿verdad? ¡Cáncer! ¡Terrible...!".

Quedamos en silencio. Él seguía de pie, mirándome como si esperara una respuesta. Incómodo, por fin repliqué: "Sí, conozco casos. Pero tú también fumas. ¿A qué viene esa preocupación?". "Ahora, dime —continuó—, ¿alguno era calvo?". Me vino el recuerdo de algunos conocidos que habían muerto por esa enfermedad: Javier, mi querido Andrés, el viejo Lucas... Y de pronto caí en la cuenta: ¡ninguno de ellos era calvo! Todos lucían una magnífica cabellera antes de enfermar. Miré al desconocido con curiosidad, sorprendido por el hallazgo. Él me sonrió, se dio unas palmaditas en la calva y se alejó, fumando tranquilamente. 







Tabaco © Fernando Hidalgo Cutillas - 2011


 
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11 de agosto de 2011

53ª noche - Panikós

"A ver si escribes una historia con cien palabras", me ha retado Elisa.


De baja estatura y con la fuerza de un toro, su cara de viejo en un cuerpo juvenil hacía de su edad un enigma. Le acertaron el nombre: Panikós, pues pánico producía su presencia. Con un émbolo de hierro y un mazo, remataba a los heridos sin remedio de un golpe en la nuca. Unos decían que disfrutaba; otros, que bebía para soportarlo. Todos lo rehuían pero, próxima la batalla, le daban unas monedas: “Acuérdate de mí”. Las tomaba sin mirarlos y seguía bebiendo y maldiciendo a los dioses.

Panikós © Fernando Hidalgo Cutillas - 2011

 
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