4 de agosto de 2023

188° noche . MÓJESE, MAJESTAD

 ¡¡MÓJESE MAJESTAD!!


Fernando Savater, uno de los intelectuales más lúcidos y fiables que quedan, ha escrito en su columna de «El País», a contracorriente de la marcada línea del periódico: «Sánchez ha perdido las elecciones: por mucho que salte y vocifere, no está vivo sino mal enterrado». No es el único que lo piensa. Sánchez ha perdido las elecciones (Generales, Autonómicas y Municipales) es un cadáver político, aunque sea un cadáver engañoso, temerario, muy osado y falsamente alegre, que se resiste a estar muerto; el Rey no puede encargarle formar Gobierno. Sería un contrasentido. 


Estamos ante una grave crisis política, en la que lo que ha caducado, QUIEN HA PERDIDO, no está dispuesto a hacerse a un lado y lo nuevo, QUIEN HA GANADO, carece del empuje necesario para abrirse paso. El bloqueo está servido, para más escarnio, en plena presidencia española de la Unión Europea. Y lo más escandaloso es que asistimos a una obscena búsqueda de votos, a cualquier precio, por parte del perdedor de las elecciones para evitar su propio funeral.


Esta extraña circunstancia pone a prueba el reinado de Felipe VI. Ha llegado el momento de la verdad. Tendrá que demostrar su capacidad de arbitraje, con el riesgo, haga lo que haga, de que media España sufra una fuerte decepción y se vuelva contra la Corona. La gran pregunta que muchos nos hacemos en estos momentos críticos es: 


                                  ¿Puede encargar la formación de Gobierno a un político que ha perdido las elecciones y que se presenta en La Zarzuela con el aval de un fugado de la Justicia, que dio un golpe contra el orden constitucional, y con el voto de una serie de formaciones cuya razón de ser consiste estrictamente en acabar con la UNIDAD DE ESPAÑA y cargarse la Constitución, empezando por la Monarquía? 


La prudencia del Rey no consiste, pues, en conformarse con cumplir un engorroso trámite, haciéndose fotos en palacio a la puerta de su despacho con cada uno de los representantes de los partidos. El arbitraje exige actuar con tacto, pero con determinación, pensando en el bien de la nación… y lo que está claro es que el “bien de la Nación” no es entregar el PODER a quien lo quiere para destruir esa Nación. ¡Majestad, hay que salvar la UNIDAD de España, tiene que mojarse!

14 de mayo de 2023

182ª noche - Una pregunta...

 Ley Integral de Violencia de Género





Y ahora, ¿qué hacemos? ¿Dónde recurrimos? ¿Es esto una democracia, donde siete personas, incluso seis, deciden lo que es constitucional o no, arbitrariamente, descaradamente, absurdamente, sesgadamente, y no se puede hacer nada? ¿De qué vale la Constitución, si se interpreta de esta manera y bastan siete personas a las que ni siquiera ha votado nadie?

Lo mismo con cualquier otra ley o derecho. Al aborto, la eutanasia, etc.  La democracia está podrida. 







3 de abril de 2023

181ª noche - La epopeya del hombre

 

La epopeya de la Humanidad ha sido tan apasionante que estaría bien volver a repetirla unas cuantas veces más. 



Recuerdo que, en mi infancia, la mayoría de las unidades físicas de espacio, masa, tiempo, capacidad, etc. se hacían tomando como referencia datos tangibles. Algunas de éstas evolucionaron a una mayor exactitud, por ejemplo, el metro, que pasó de ser la diezmillonésima parte del cuadrante de un meridiano terrestre (definición de  1791 por la Academia Francesa de las Ciencias) a ser, en 1889, la distancia entre dos marcas situadas en una barra de platino/iridio que se conservaba en el pabellón de Breteuil en Sèvres, Oficina de Pesos y Medidas, a las afueras de París. Me parece curioso que en mis tiempos escolares, a partir de finales de los años 50, todavía se nos enseñara lo del meridiano terrestre aunque no estuviera ya en vigor, aunque también lo de la barra de platino. 

Estos cambios  tienen una fácil explicación: a medida que avanzan el conocimiento y las ciencias, se necesitan unidades de medida más precisas e inalterables. Sabemos hoy que el metro de 1791 no medía un metro, sino algo más. Y las barras metálicas, incluso las de aleación de platino e iridio, se dilatan, tuercen y pueden ser robadas o destruidas. Así que interesaba una definición exacta e inalterable. En 1960 se redefinió, en la 11.ª Conferencia de Pesos y Medidas: «Un metro es 1 650 763,73 veces la longitud de onda en el vacío de la radiación naranja del átomo del criptón 86». La precisión era cincuenta veces superior a la del patrón de 1889. Y aun en 1983 se volvió a redefinir, de nuevo en la  Conferencia General de Pesas y Medidas, esta vez la 17ª: ​ «Un metro es la distancia que recorre la luz en el vacío en un intervalo de 1/299 792 458 de segundo». 

Sin embargo, yo prefiero las dos primeras definiciones, las antiguas. La del meridiano, en los lejanos tiempos escolares, me recordaba a las aventuras de rusos e ingleses en el África Austral tal como las contaba Julio Verne en aquellos libros de Editorial Molino que yo leía por entonces. Era una referencia épica y romántica, algo que, sesenta años después, aún recuerdo como si acabara de aprender. «La diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre». Menos evocadora era la definición de la barra de París, aunque no del todo exenta de romanticismo, con esa barra del metal más precioso y sus dos enigmáticas marcas, guardada en las entrañas de algún refugio secreto y seguro. Todo eso se ha perdido.






Se comprende, por otra parte, la necesidad de una medida exacta e invariable. Así, si algún día sucede algo catastrófico a la Humanidad, podrán recuperar nuestras medidas de siempre con total precisión. Los supervivientes, con lo que tengan a mano, sólo deberán medir la radiación del criptón 86, o bien calcular el metro a partir de la velocidad de la luz en el vacío. ¿Y cómo medir un segundo, se preguntarán? Muy fácil: un segundo es la duración de 9 192 631 770 oscilaciones de la radiación emitida en la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del isótopo 133 del átomo de cesio.  Puede que tarden unos cuantos miles de años, eso es probable.