6 de agosto de 2016

116ª noche - ... Y un huerto claro donde madura el limonero.

Vi hace pocos días un programa cultural del Canal 24 horas, de RTVE. Una entrevista a José Alberto García Gallo, más conocido como Alberto Cortez.  Alberto tiene 76 años y el presentador lo trata de Maestro, con cara de discípulo y admiración sin límite, como es habitual en este tipo de espacios culturales con las "viejas glorias".

La primera vez que recuerdo haber visto al cantante, debía de tener yo unos doce o trece años y fue en Televisión Española, no muy lejos de 1965, en blanco y negro todavía. Cantaba una canción de la que siempre he recordado el estribillo: "Soy joven y me quiero divertir, busco a una chica que me pueda aconsejar...". No, no era una letra muy profunda. La recuerdo porque hicimos un poco de guasa con ella durante bastante tiempo.  Por entonces también cantaba Manolito Díaz canciones como Chachispúm (el nombre de un perro, también lo recuerdo por lo de la guasa), Bibí (no la Andersen), Vino una Ola o  Rufo el Pescador, estas dos últimas popularizadas por  Massiel. Poco arte pero muy moderno y mucho "mensaje". Cortez siempre me pareció en esa misma línea.

Volviendo a la entrevista, en un momento de ella,  Alberto dice (no es literal):

Me sorprende la poesía de Machado, sobre todo esos versos:

 Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
 y un huerto claro donde madura el limonero...
 
Y añade: "¡Cómo pone este hombre...! Ha de ser una licencia poética porque los que maduran son los limones, no el limonero...".

Para tener un árbitro solvente e imparcial, vamos al DRAE:

madurar
Del lat. maturāre.


1. tr. Hacer que un fruto alcance el grado de desarrollo adecuado para ser consumido. El sol madura las uvas.
2. tr. Llevar algo como una idea o un proyecto a su desarrollo mediante la reflexión.
3. intr. Adquirir madurez.
4. intr. Med. Dicho de un absceso o de una inflamación localizada: Llegar a un estado en que puede supurar.
 
De las cuatro acepciones de  madurar, la primera y principal, transitiva, es la que usa el  maestro (Machado) cuando dice "y un huerto claro donde madura el limonero" (el limonero, como el sol,  madura los limones). Al parecer, Alberto sólo conoce la acepción tercera, intransitiva, en la que los únicos que pueden madurar son los limones.

Así que por la boca muere el pez.


 
 
 

25 de mayo de 2016

115ª noche - Cómo saber si tu hijo adolescente va a ser un ni-ni


Se trata de un sencillo test para jóvenes entre 14 y 16 años. Consiste en diez preguntas que debe responder en un máximo de cinco minutos, sin consultar fuentes de información como libros, internet, etc. Es decir, sin copiar. Puede usar lápiz y papel. No puede usar calculadora y mucho menos tableta o móvil.

• 1) ¿Cuál es la capital de Austria?

• 2) ¿A qué se dedicó Alejandro Dumas, o sea, por qué profesión es conocido?

• 3) ¿Quién fue Calígula?

• 4) Reparto 257 monedas de 1 euro entre 17 personas a partes iguales. ¿Cuántas me sobrarán?

• 5) ¿Qué es un archipiélago?

• 6) ¿Cómo se escribe la palabra "DESINIBIDO"?

• 7) ¿Cómo se llaman las líneas imaginarias que van sobre la Tierra, de Polo Norte a Polo Sur?

• 8) ¿En qué fecha llegó por primera vez Cristóbal Colón a América?

• 9) ¿Cuál es la velocidad de la luz?

• 10) ¿Quién pintó el cuadro conocido como "El Guernica"?

RESPUESTAS:

• 1) Viena

• 2) Escritor de novelas

• 3) Un emperador romano

• 4) Sobran 2 monedas

• 5) Un grupo de islas próximas entre sí

• 6) Desinhibido

• 7) Meridianos

• 8) 12 de octubre de 1492

• 9) 300.000 kilómetros por segundo

• 10) Pablo Ruiz Picasso, o simplemente Picasso.

INTERPRETACIÓN:
Se trata de preguntas básicas, que cualquier estudiante a partir de doce años debería responder sin dificultad.  El único trabajo de los adolescentes es estudiar y quien no sepa las respuestas a estas preguntas no es que no estudie; es que carece de la cultura más elemental. No esperes de alguien que ha estado sin hacer nada hasta los 16 años que después despabile. La pereza se le ha metido en los huesos. Más adelante, no tendrá capacidad más que para empleos ínfimos y mal pagados, que no sabrá conservar, ni responsabilidad para buscarse la vida, así que, si ése es el caso, prepárate para  compartir tu casa y tu pensión de jubilado hasta que tenga cincuenta años.
Respuestas acertadas:

• 10-9: Es lo normal.

• 8-7: La cosa puede tener arreglo. Es el momento de hablar sobre lo que espera del futuro.

• 6-5: De algo se entera en clase, pero seguramente no continuará los estudios más allá de lo obligatorio ni sacará provecho de ellos. Puede librarse de ser nini si no se descarría, tiene habilidad para algún trabajo y se aficiona. Disciplina no tiene; ha de gustarle. Aún es joven, no cunda el pánico.

• 4-3: Nini sin remedio. Y espera, que los problemas no han hecho más que empezar.

• 2-0: ¿De verdad? Increíble... ¿Dice que no vale para estudiar?
    Tres preguntas más para este último grupo:

    •  ¿Cómo se llama el presentador de Sálvame de luxe?

    •  ¿Quién es el último amor de Belén Esteban?

    •  ¿Por qué número de edición va Gran Hermano VIP?
Las respuestas, en la web de Tele5, que yo no las sé. Si las responde bien, tonto o tonta no es, y memoria no le falta, sólo está atocinado. Súper nini. Si tampoco las responde, podría ser conveniente consultar con un psicólogo, quizá algo no funcione como debiera.
Una última pregunta, a ver si alguien conoce la respuesta:
• Estudiantes que no estudian ¿qué hacen?

3 de mayo de 2016

114ª noche - El cohete

El pequeño Shutso había cumplido diez años. Era momento de emprender camino a Beijing para conocer a sus abuelos paternos; un viaje de casi dos mil lis, que su padre Yiu esperaba recorrer en no más de una luna, pues debía estar de vuelta para la próxima siembra, al final del invierno. Con las bendiciones de sus suegros y dejando con ellos a su esposa, Yiu y su hijo partieron en el amanecer del cuarto día del Año Nuevo.
Abandonaron la aldea por la vereda que, tras atravesar las terrazas de cultivo, termina en el valle, en una de las ramas de los caminos imperiales. Una vez allí no les fue difícil encontrar quien se ofreciera a llevarlos en carreta o a lomos de algún animal, a veces pagando una pequeña cantidad y otras como simple favor.  Shutso nunca había salido de la aldea por lo que todo cuanto veía lo llenaba de asombro, especialmente los deslumbrantes uniformes de los soldados que patrullaban los caminos, con los que se cruzaban de vez en cuando. O la pareja de elefantes que encontraron trabajando en un aserradero, ya cerca de la capital.
En los suburbios de la gran ciudad, los caminos se iban llenando de gente. Llegado el último día de su viaje, padre e hijo recorrieron a pie el trecho final.
—Padre, ¿qué debo hacer cuando vea al abuelo? —preguntó el niño.
—Él es para mí como yo soy para ti, ¿comprendes?
Shutso asintió con un movimiento de cabeza.
—Eres hijo de su hijo, sangre de su sangre...
—¿Y cómo es que ellos viven en Beijing y nosotros en la aldea?
—Yo nací aquí, Shutso. Es una vieja historia, ahora no la entenderías. Hice algo que ellos no querían, por eso tuve que irme lejos. Pero tú eres su nieto y quieren conocerte. No tienes por qué preocuparte —concluyó Yiu.
Los abuelos vivían en una casa modesta, aunque bastante confortable y con dos criados a su servicio. El viejo Tian se dedicaba al comercio de grano, y no le iba nada mal. Pero su máxima era: «El indiscreto siembra a voces su desgracia», así que, siguiendo su propia enseñanza, evitaba dar la apariencia de un hombre rico. Shutso disfrutaba las comodidades que les ofrecían los abuelos y aprovechaba cualquier oportunidad para conocer lo que sucedía en Beijing. Poco tardó en descubrir que el abuelo, bajo su aparente severidad, era un anciano amable y bondadoso. Asistió al teatro cómico, a las carreras de atletas, a espectáculos de magia, al desfile militar y a torneos de weiqi, pero Tian esperaba deslumbrar a su nieto en la última noche: con motivo del cumpleaños del Emperador habría un extraordinario espectáculo de fuegos artificiales. El niño nunca había oído hablar de ese tipo de fuegos; imaginaba que se trataría de hogueras, o antorchas, o cualesquiera otras cosas ardiendo. Al llegar la noche señalada y ver el cielo cubierto por miles de puntos luminosos quedó profundamente impresionado. Cuando Tian vio el reflejo de los cohetes en los brillantes ojos de su nieto tuvo la certeza de que el niño nunca olvidaría aquel viaje. Y aún le tenía preparada otra sorpresa.

Atrapados por las rígidas costumbres de su entorno, los abuelos no podían mostrarse cariñosos con el hijo que les había desobedecido ni con su descendencia. Por ello, a pesar de la cálida relación mantenida durante la visita, la despedida fue fría; poco menos que echarlos de la casa. De otro modo habría parecido deshonroso. Pero Tian sabía cómo conseguir que su nieto no se lo tuviera en cuenta. Al despedirse, le entregó una caja de madera, larga y estrecha como el brazo de un hombre, bien claveteada.
—Dentro encontrarás un cohete como los que viste anoche. Lánzalo en el mejor día de tu vida. Por ahora, guárdalo tal como está; sólo has de evitar que esté cerca del fuego y del agua.

Como suele suceder, el regreso fue mucho más rápido que el camino de ida. Shutso no se separaba de la caja y no hablaba más que de los fuegos artificiales, haciendo mil preguntas —¿de qué están hechos?, ¿por qué suben tan alto?, ¿por qué no hay en nuestra aldea?...— que su padre no sabía responder. Llegaron a su casa algunos días antes de lo previsto y la vida para ellos continuó como si el viaje nunca hubiera existido. Sólo la caja de madera con el cohete, cuidadosamente guardada por Shutso, era la prueba de que los días en Beijing no fueron una fantasía.

Pasaron algunos años y Shutso se hizo mayor. Cuando se señaló el día de su boda, Yiu pensó que sería una buena ocasión para lanzar el cohete que le regaló el abuelo Tian.
—Será un gran día para mí, padre, mas no el mejor ni el más grande en mi vida. Cuando tenga mi primer hijo...

Pasó la boda y al cabo de un tiempo la mujer quedó embarazada. Al acercarse el parto, Yiu recordó las palabras de su hijo.
—¿Lanzarás esta vez el cohete del abuelo? Ése sí será un día muy grande para ti y para toda la familia.
—Lo será, pero creo que aún será más grande el día que, estando mi hijo más crecido, pueda compartirlo con nosotros.

Y llegó el parto, y creció el hijo, y se casó, y nació el primer nieto y murió Yiu, sin que a Shutso le pareciera ninguna ocasión bastante grande para lanzar el cohete que le dio el abuelo.

Shutso ya es viejo y se pone triste al recordar que su hijo —hijo único, es una maldición de la familia— se marchó hace tiempo. Su mujer está enferma, él mismo apenas puede caminar. En un lugar preferente del dormitorio guarda todavía la caja, intacta. De vez en cuando se acerca y pasa sus dedos sobre la madera, como acariciándola. Pero hoy se da cuenta de que su espera no tiene sentido, de que ya no hay más. No permitirá que el cohete que tanto significó para él, el que debió señalar el mejor día de su vida, termine en el vertedero. Con manos temblorosas y la ayuda de un punzón consigue abrir la caja. Dentro, por primera vez puede ver el artefacto. Es impresionante, parece recién fabricado. Shutso llora mientras lo contempla y se maldice mil veces por no haber hecho caso a su padre. ¡Hubo tantas ocasiones...! Las lágrimas van cayendo sobre la caja abierta. Cuando esta noche el anciano salga al patio y encienda la mecha, la pólvora, vieja y húmeda, sólo producirá un fogonazo, un poco de humo y algo semejante a un silbido burlón.
 
 © Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2012

30 de abril de 2016

113ª noche - Fábula de los dos manantiales





El bosque donde sucedió nuestra historia había sido en tiempos remotos un lugar frondoso con abundantes manantiales y un riachuelo que lo cruzaba de sur a norte. Después, sin que nadie supiera el motivo, la mayoría de las fuentes perdieron su caudal y el río se agostó hasta quedar reducido a un torrente por el que apenas bajaba algo de agua los días de lluvia. Sólo dos de los manantiales sobrevivieron a la sequía.
    Las dos fuentes del bosque no eran públicas. Una pertenecía a la zorra, la otra al sapo. La propiedad se había mantenido de generación en generación desde tiempos inmemoriales. Ello no tuvo importancia mientras el bosque fue rico en acuíferos, pero cuando sólo hubo agua en esas dos fuentes, los animales quedaron a expensas de ellas.
    Viéndose zorra y sapo dueños de las escasas aguas del bosque, sólo pensaron en sacar provecho de la situación. Los animales necesitaban beber y no tenían más remedio que acudir a alguno de los dos. En poco tiempo cada uno puso en su manantial un pequeño negocio. A partir de entonces los animales tuvieron que pagar por beber y acicalarse en los únicos sitios donde podían hacerlo.
    El negocio era redondo. No tenían más que cobrar —unos frutos, unas semillas, a cada cual según su naturaleza― todos los días, y hasta varias veces al día. La ambición era tanta que cada uno de ellos soñaba con atraer al mayor número posible de animales a su manantial. Con mucho disimulo la zorra se acercaba cada mañana a la fuente del sapo para enterarse de cuánto cobraba ese día por el agua y corría después a su propia fuente para pregonar a los cuatro vientos un precio un poco menor, consiguiendo así mayor clientela.
    Pronto se dio cuenta el sapo del ardid y pensó en hacer lo mismo. Después de la visita de la zorra, el sapo enviaba a su amiga la señora Rana discretamente, a enterarse del precio en el otro manantial y él lo ajustaba un poco más. Con esta guerra de precios los animales del bosque salían ganando, porque zorra y sapo estaban continuamente bajando el precio del agua. Pero los dueños de las fuentes estaban muy disgustados, especialmente en los días de lluvia, cuando el pequeño torrente bastaba para cubrir las necesidades de los animales y ellos quedaban plantados en sus negocios. 


    Una noche la zorra fue con sigilo a la fuente del sapo antes de que éste se retirase a descansar. Lo encontró metido en su charco, hinchado como un globo.
    —Tú ya tienes tu agua, señora Zorra, no necesitas venir por aquí a husmear ―increpó el sapo sin disimular su hostilidad, nada más verla.
    —Tranquilo, señor Sapo, vengo amistosamente ―contestó la zorra en tono cordial mientras se sentaba junto al charco.
    El sapo la miró con desconfianza y siguió con su baño. La zorra continuó:
    —Esto no puede seguir así, prácticamente estamos regalando el agua.
    —¡Tú tienes la culpa! —acusó el sapo, agitando las patas con furia.
    —Y tú también —añadió con suavidad la zorra—. Lo mismo que hago yo, haces tú. Pero por nuestro propio bien vamos a olvidar ahora esas rencillas. Vengo a proponerte un plan.
    —¿Un plan…? —repitió el sapo—. A ver, suéltalo. Pero como sea una de tus tretas te aseguro que te arrepentirás.
    —Verás, hasta ahora hemos estado peleando con los precios pero eso, como ves, no ha funcionado. Ni tú ni yo hemos conseguido aumentar nuestro negocio. Al contrario, cada vez ganamos menos porque estamos poniendo el precio cada vez más bajo.
    —Eso es verdad —señaló el sapo, empezando a interesarse por lo que decía la zorra.
    —Entre tú y yo tenemos toda el agua del bosque. ¡Toda!, ¿no lo comprendes? Los animales no tienen más remedio que venir a nuestras fuentes, no importa a qué precio la pongamos, no tienen elección. ¿Por qué pelear por el precio? Nos perjudicamos sin motivo. Vengo a proponerte que a partir de mañana pongamos los dos exactamente el mismo precio. Vamos a subir el agua los dos por igual, la mitad del pastel para cada uno. Un pastel muy grande. ¿Qué te parece la idea?
    El sapo se mantuvo unos instantes en silencio; después miró a la zorra con una sonrisa maliciosa y dijo escuetamente
    —¡Hecho! 


    A la mañana siguiente un gran alboroto recorrió el bosque de punta a punta. Los más madrugadores alertaron a los demás de la enorme subida del agua durante la noche. Algunos discutían con la zorra o con el sapo.
    —¿Qué voy a dar de comer a mis hijitos si he de darte todas las semillas que tengo? ¿Cómo puede ser que por lo que ayer me pedías diez, hoy me pidas cincuenta?
    —Lo siento mucho, señora Tórtola, pero la fuente hay que cuidarla y da mucho trabajo mantenerla en condiciones. Yo misma tengo también mis necesidades, que no puedo atender porque me paso el día trabajando aquí. Mejor será que dejes de quejarte y vayas a por más semillas cuanto antes.
    —Pues más lo siento yo, señora Zorra. Me voy a la fuente del sapo que tiene un precio más razonable. Y no volveré —añadió la tórtola dignamente, mientras elevaba el vuelo en dirección al manantial del sapo.
    —Ya lo creo que volverás… —masculló para sí la zorra, con sarcasmo.
    Poco tardaron la tórtola y los demás animales del bosque en comprobar que en ambas fuentes había los mismos precios y la misma intransigencia. Acuciados por la necesidad, no tuvieron más remedio que allanarse.
    El malestar en el bosque aumentaba día a día. Desde la subida del agua, los animales pasaban la mayor parte de su tiempo recolectando pequeños frutos y semillas para poder usar las fuentes y el bosque estaba agotando sus recursos con rapidez. 


    La señora Ardilla tuvo la idea de convocar una reunión para buscar el modo de solucionar el problema. Se hizo en secreto para que la zorra y el sapo no pudiesen enviar algún espía. Se reunieron antes de la salida del sol, en un pequeño claro lejos de las fuentes. Durante un buen rato los animales se dedicaron a expresar su indignación, a repetir una y mil veces que así no se podía seguir, a lamentarse de que en poco tiempo no habría ni siquiera comida que recolectar. Todos estaban de acuerdo en señalar con indignación la importancia del problema, pero cuando llegó el capítulo de ofrecer ideas para solucionarlo... llegó el silencio. ¿Cómo conseguir que los dueños del agua rectificasen? Les parecía imposible.
    Cuando el desánimo empezaba a extenderse por la reunión, el viejo búho tomó la palabra.
    —Escuchadme. Tengo una idea que no puede fallar. No podemos obligarlos a bajar el precio pero somos libres de comprar el agua a uno o a otro. Propongo que a partir de mañana todos usemos una sola de las fuentes, igual da una que otra, pero sólo una.
    —Pero el precio será el mismo, así no arreglamos nada —señaló el señor Jilguero.
    —Por el momento, sí —continuó el búho—, pero en muy poco tiempo aquél de los dos que no venda nada se desesperará y no tardará en bajarlo para que volváis a usar su fuente. Entonces haremos lo contrario, iremos todos a comprarle a él, de modo que el otro no tendrá más remedio que bajar precio también. Controlándolos de esta manera os aseguro que podremos conseguir los precios que queramos. A vosotros os da lo mismo un pozo que otro; a ellos, no.
    Los animales comprendieron la ingeniosa estrategia del búho y acordaron seguirla al pie de la letra. Por sorteo se decidió que, por el momento, todos utilizarían sólo el manantial de la zorra. 


    El señor Sapo se extrañó mucho cuando, bien entrada la mañana, su manantial estaba solitario; ningún animal había acudido a beber. A mediodía comprendió que eso no podía ser normal. Envió a la rana a curiosear lo que sucedía en casa de la zorra y las noticias que trajo lo sacaron de quicio.
    —¡Esta tramposa y ladina zorra ha vuelto a jugármela!, ya me extrañaba tanta amabilidad por su parte. Se ha quedado por fin con todo el negocio, no sé con qué artimañas. Pero esto no va a quedar así... —clamaba indignado.
    Como había pronosticado el búho, el señor Sapo bajó su precio. Entonces fue la fuente de la zorra la que quedó desierta, hasta que se acercó a espiar y vio lo que sucedía. También ella tuvo que abaratar el agua. Los animales, bien aconsejados por el señor Búho, jugaron con las dos fuentes una y otra vez, castigando con su boicot a uno o a otro, hasta que el precio del agua les pareció justo.
    La calma y la prosperidad volvieron al bosque. Zorra y sapo aprendieron la lección y nunca más volvieron a intentar abusar de las necesidades de sus vecinos.
 


 © Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2010
    Prohibida la reproducción no autorizada.

27 de abril de 2016

112ª noche - Como un pájaro

      —Cuéntamelo, abuelo...
      —No; aún eres muy chico. Ya lo sabrás cuando seas mayor, como tu hermano Andrés y los otros muchachos.
      —Pero ya soy mayor, y me han contado algunas cosas. ¿Es verdad que cuando eras pequeño podías volar?
      El anciano miró la cara de Tomasín y no pudo evitar una sonrisa. ¡Qué contestar!
      —¿Quién te ha dicho eso? ¿Andrés?
      —Sí, y Andrés no miente. Me dijo que volabas más rápido que cualquier pájaro. Mucho más rápido, como millones de veces más alto y más rápido...
      —¡Para, para! —El viejo cortó el entusiasmo de su nieto—. ¿Crees que es cierto que yo a tu edad podía volar?
      —Si él lo dice... Dímelo tú, ¿podías?
      —A ver, Tomás, yo no volaba como tú estás pensando. Entonces había unos aparatos que volaban y nos llevaban a las personas de un sitio a otro, por el aire. Como si tú te montaras en un pájaro: tú no vuelas, pero sí vuelas. ¿Lo entiendes?
      —¡Qué pájaro más grande! Yo no he visto nunca a esos pájaros.
      —No, claro que no. Los llamábamos aviones y podían llevar hasta quinientas personas.
      —¡Halaaa! —exclamó el niño, impresionado.
      —Pero todo eso quedó atrás hace muchos años, envuelto en la gran bola de fuego. —El hombre terminó la frase con un rictus—. Y ahora ve a la cabaña y acuéstate, que ya es tarde.
      Aquella noche Tomasín soñó que volaba, a caballo sobre un enorme pájaro, tal como el abuelo le había contado.

© Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2012

24 de abril de 2016

111ª noche - La tentación de don Antonio

       Don Antonio había sido un niño introvertido y estudioso, que abrazó el sacerdocio como único modo, por su origen humilde, de seguir estudios cuando terminó la enseñanza primaria. Con la pubertad llegó el deseo, aunque se adaptó bien a la vida religiosa y durante muchos años, en los que anduvo de pueblo en pueblo y de parroquia en parroquia, cumplió cabalmente sus obligaciones, pero no sentía fe y cuanto más profundizaba en Teología, más dudaba de la existencia de ese Dios bueno pero irascible, omnipotente pero pusilánime hasta el extremo de abandonar el mundo a la continua serie de calamidades que lo asolan. No obstante, don Antonio guardaba para sí sus dudas y controlaba sus impulsos, y todo cuanto hacía y decía se ajustaba perfectamente al canon de la Iglesia; mejor que algunos de sus compañeros, de los que se sabía en privado de ciertos pecados no tan veniales, sobre los que todos hacían la vista gorda y cualquier insinuación era rematada con un: "Nadie, salvo Dios, es perfecto".

      Cuando cumplió los cuarenta y seis, don Antonio conoció por primera vez lo que es el infierno, en forma de cólico renal. Hasta que pudieron asistirlo en el remoto lugar donde vivía, pasó varias horas con un dolor insoportable. Ingresó por unos días en el hospital comarcal y, al alta, lo llamó el señor Obispo para interesarse por su salud.
      —Es mi obligación cuidar de los sacerdotes de mi diócesis. Por nuestros votos no podemos formar una familia propia, sólo la gran familia de la Iglesia, que siempre, no lo dude, nos cuidará. Pero también ayudan el arraigo al lugar donde se vive y la cercanía de los parientes. Sin olvidar la calidad de la atención médica, que, con los años, como ha podido comprobar, empieza a ser necesaria. Por eso, cuando alcanzan una edad, trato de procurarles destinos más cómodos. ¿Tiene usted familia?
      —Tengo una hermana en Estepona —explicó don Antonio.
      El Obispo torció el gesto ligeramente. Juntó las manos y apoyó los labios sobre la punta de los pulgares durante unos segundos. Después pareció haber resuelto una duda y continuó:
      —Creo que don Julián, el párroco de los Remedios, ronda la jubilación. Pronto tendrá noticias. —El Obispo dio por terminada la entrevista con una sonrisa.

      Pocos meses después don Antonio fue trasladado a una de las tres parroquias de Estepona. Se presentó a los otros dos párrocos, mucho mayores que él, y una vez instalado se dispuso a cumplir sus obligaciones.
      Como le habían advertido, su trabajo cambió radicalmente: las misas, casi desiertas; en la confesión, ni un alma. El templo, pequeño pero precioso edificio del siglo XVIII, era más un objetivo turístico que lugar de oración. En bodas, bautizos y comuniones se abarrotaba, sí, pero de ese tipo de "fieles" que no van nunca a la iglesia y no saben si estar sentados o de rodillas, ni responder con un simple amén. Y don Antonio, que seguía con sus dudas, pensaba que el infierno habría de ser muy grande, pues muchas eran las personas que vivían en pecado mortal. Y Dios, el omnipotente Dios, lo consentía. ¿Cómo vive tanta gente apartada de Dios? ¿Es eso lo que Él quiere? Y, si no lo quiere, ¿por qué lo permite? El libre albedrío del hombre, claro. ¿Es libre albedrío el de estos niños a los que sólo llevan al templo en el día de su bautizo y en el de su comunión?
      El trabajo era escaso y en las horas de ocio leía y reflexionaba. Abandonó el uso de la sotana y se interesó por libros que trataban la religión desde un punto de vista crítico. Uno de ellos comenzaba hablando de un ermitaño quien durante toda su vida había sido un estricto anacoreta. Pero en su vejez lo asaltó una duda: si Dios existía y todo era tal como le habían enseñado, debía estar feliz, pues tenía la Gloria eterna asegurada. Pero, si no, habría desperdiciado su vida por entero, privándose de todo placer que no fuese el nacido del sufrimiento místico. Entonces el ermitaño comprendió que esa simple duda lo condenaba y que todo había sido inútil. La fe, aunque sin obras no es bastante, es el único camino. Obras sin fe no llevan al Cielo. Eso dice la Iglesia. Y esa falta de fe era también el caso de don Antonio.
      No fue algo que él eligiera. En su mente comenzó a crecer un nuevo concepto de Dios, más acorde a su parecer con lo que veía alrededor. Deducía: "Si Dios es el Creador, infinitamente sabio y omnipotente, su intención no debió de ser muy distinta del resultado conseguido. Lo contrario habría sido una impensable torpeza". Y don Antonio dejó de buscar al Creador en los libros y en los dogmas, para buscarlo en el mundo real que lo rodeaba. Siguió con su rutina de párroco, pero fuera del trabajo se relacionaba más con la gente, abandonando la rigidez de costumbres que siempre había mantenido. El celibato le pesaba cada día más. En nada ayudaban los grupos de jóvenes turistas que deambulaban por todas partes y que el atribulado párroco miraba cada vez con mayor curiosidad.
      Se sentía angustiado, temiendo dar un paso en falso, pero necesitaba una respuesta. En ocasiones paseaba por las playas. Superado el leve sentimiento de culpa, cada vez se atrevía a caminar más lejos en la larga extensión arenosa llena de cuerpos al sol. Uno de esos días, rebasada la hilera de rocas que sirve de rompeolas, llegó a un pequeño rincón lleno de bañistas completamente desnudos. Nunca había visto nada parecido. Se estremeció hasta la última célula de su ser. Desbordadas sus emociones, juntó ambas manos y alzó la vista al cielo: "¡Señor, dame fuerzas!", pidió. Al sentir una erección como jamás había tenido, don Antonio comprendió el plan del Creador.


 © Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2016

31 de marzo de 2016

110ª noche - La profecía

   Neferté dejó caer la fina túnica de lino que la cubría y se sumergió hasta los hombros en el río. Sintió el limo envolviendo sus pies y el contacto agradable del agua, refrescando su cuerpo y su mente. Cerró los ojos e inició una plegaria a Sobek.
 
   Dos días antes, Neferté se había despertado agitada, llena de desasosiego por un ensueño extraño: en el atardecer, ella caminaba de regreso hacia su choza con dos cántaros llenos de agua que había recogido del pozo próximo al cañaveral; ya muy cerca de la casa vio a Khun, su esposo, que había regresado de las tareas del campo y la contemplaba desde el umbral. Neferté aceleró el paso, impaciente por reunirse con él. Entonces se partió la cinta de una de sus sandalias, ella tropezó y los cántaros cayeron al suelo, rompiéndose en añicos. Pero en lugar de agua, un enorme charco de sangre quedó en el camino.
   La angustia la acompañó durante todo el día, no lograba apartar de su cabeza el inquietante sueño de la noche anterior. Ocupada en cuidar de los animales, ordeñar las cabras, remendar algunos trapos y las demás tareas de la casa, la jornada transcurrió con aparente normalidad, sólo su cerebro escapaba de la rutina con una incesante pregunta: ¿qué podría significar ese sueño? Cerca del ocaso regresó Khun del pequeño huerto que cultivaba, cenaron unas tortitas de trigo con higos y ella se acostó pronto, esperando que un sueño reparador la alejase de sus preocupaciones.
   A medianoche Neferté despertó dando un grito. El sueño se había repetido, idéntico, con la única salvedad de que en esta ocasión ella llevaba un solo cántaro, no dos. Khun despertó también al oír el grito pero, viendo que no se trataba más que de una pesadilla, volvió dormir, abrazado a su esposa.
   Neferté ya no pudo pegar ojo en el resto de la noche. Estaba segura de que el ensueño tenía un significado que ella no podía descifrar. Los cántaros rotos, la sangre en el suelo cerca de su casa, Khun observando... ¿Qué querían decirle los dioses? Observó a su esposo, dormido a su lado. Sus cabellos negros, brillantes; su cuerpo musculoso, su olor a hierbabuena y albahaca... Hacía un año de su boda, cuando ella tenía trece. Pronto cumpliría los quince y estaba ansiosa por darle su primer hijo... Acarició su espalda con delicadeza, para no despertarlo. Y así amaneció.
  Apenas Khun hubo marchado, Neferté cogió la pequeña orza de aceite de oliva, uno de los presentes de su boda, y salió hacia el templo de Bastet. Caminaba ligera, a ratos corría, impaciente por llegar. El sol ya estaba sobre las palmeras cuando atravesó la imponente puerta y llegó al gran patio de columnas. Paseando entre ellas vio a quien buscaba. Corrió hacia él y se postró a sus pies, elevando la orza de aceite en sus manos, a modo de ofrenda.
   —Acepta este presente para tu señora Bastet y socorre a su sierva en su desdicha. Es aceite de Palestina, el mejor y más oloroso, un presente que recibí en mi boda y que yo te entrego para conocer el significado de un ensueño que he tenido por dos días consecutivos. Apiádate de esta campesina, te lo ruego.
   Hami, guardián y sacerdote del templo, recogió la pequeña orza, la abrió y vertió unas gotas del contenido sobre su mano izquierda, que después olió y lamió con gesto de satisfacción.
   —Álzate y habla, mujer —ordenó con voz solemne.
   Neferté se sentó sobre sus talones, sin llegar a ponerse de pie al darse cuenta de que era mucho más alta que Hami. Le contó con detalle los dos sueños de las noches precedentes y la angustia que por ellos sentía. El sacerdote escuchaba con atención y, al terminar, quedó largo rato en silencio, con los ojos cerrados, como en trance.
   —¿Cuál es tu nombre? —preguntó por fin.
   —Neferté, mi dueño.
   —Sígueme.
   La mujer siguió a Hami al interior de una construcción de piedra, atravesando un estrecho pasadizo hasta llegar a una sala más amplia en cuyo centro se encontraba la gran estatua de un gato en actitud vigilante, con un ancho collar. El sacerdote colocó la orza a los pies de la estatua y desapareció tras ella. Neferté se sintió intimidada, sola con la inquietante imagen del gato en la lúgubre estancia, únicamente iluminada por dos pequeñas lámparas alimentadas con aceite de ricino. Momentos después una nueva luz, más potente, surgió por detrás de la estatua y una voz con extraños ecos le llegó desde un sitio indeterminado:
 
Neferté, el sueño que has tenido es una profecía. Los cántaros son los días que faltan: ayer dos, hoy uno, el día señalado es mañana. La sangre es la muerte y a quien va a morir lo has visto en el ensueño. Morirá por algo que tú harás, porque tú rompes los cántaros con tu descuido. Ahora, vete.
 
   El corazón de la muchacha se encogió al oír la profecía, sintió pánico de ella misma, ¿Khun iba a morir, al día siguiente, por algo que ella haría? Rompió a llorar, desbordada por su inmensa angustia.
   Regresó a la choza como sonámbula, con la cabeza dando vueltas a las palabras de la diosa. No es posible —cavilaba—, los dioses pueden equivocarse, yo no haría nunca nada contra Khun. Es mi marido, mi dueño, mi amor, lo es todo para mí.... Sumida en su profunda preocupación pasó el resto del día y se esforzó en que Khun no notase nada al regresar. Se acostó con una gran ansiedad por temor a nuevas pesadillas, no quería dormir pero por fin el agotamiento la venció. Esa noche transcurrió sin ensueños extraños.
 
   Despertó cuando Khun se había marchado. Un instante después recordó la profecía y con terror pensó: hoy sucederá lo que haya de suceder. No molió el trigo, ni arregló la casa, ni trajo agua del pozo, ni hizo nada más que esperar, sentada a la puerta, a que ese día aciago transcurriera. El sol recorrió su camino más lento que nunca. Vio menguar la sombra de los juncos y más tarde volver a crecer, alargándose sobre la tierra reseca y arenosa en esas fechas. Pronto llegaría la crecida. Y pronto volvería Khun del trabajo en la huerta... ¿Que él iba a morir por algo que haría ella? ¡Imposible!, pensó. Pero entonces se iluminó una luz en su cerebro: ella no haría nada contra él, de eso estaba segura, pero ¿y si fuese algo involuntario? ¿Y si lo envenenara, sin saberlo, o por un accidente o por torpeza, como en el ensueño, ella hiciese algo que acabara con la vida del muchacho? La idea le resultó insoportable. ¿Sería eso lo que la diosa le había profetizado? La posibilidad se abrió paso en su mente como un huracán hasta convertirse en certeza. ¡Sí, no podría ser de otro modo! Bastet no se equivoca nunca y ella no debía tratar de engañarse a sí misma. ¿Qué hacer?, se preguntó con desesperación... Y entonces, al ver de nuevo la tierra reseca y arenosa, lo supo.
   Neferté dejó caer la túnica de lino que la cubría y se sumergió hasta los hombros en el río. Sintió el limo envolviendo sus pies y el contacto agradable del agua, refrescando su cuerpo y su mente. Cerró los ojos e inició una plegaria a Sobek. Dobló las rodillas y se dejó llevar por la corriente. Una dulce sensación de ingravidez la inundó. Sería más fácil de lo que había imaginado y Khun quedaría a salvo, reharía su vida, sólo tenía diecisiete años... Volaba en el agua como un ave en el cielo, conteniendo aún la respiración. El lecho del río ya quedaba lejos de sus pies, no había vuelta atrás posible. Se le acababa el tiempo... De pronto un chapoteo le hizo abrir los ojos. Horrorizada, vio la cara de Khun a través de las turbias aguas, junto a la de ella. Su esposo luchaba desesperadamente por sacarla a flote. Intentó gritar con todas sus fuerzas: ¡¡Vete, Khun, vete, vuelve a la orilla, déjame...!!, pero al hacerlo el agua le inundó la boca y los pulmones.

A la mañana siguiente, en un recodo, el río devolvió los cuerpos de los dos jóvenes, abrazados. Un gran gato negro con un ancho collar los miraba, en actitud vigilante.

© Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2011