20 de julio de 2014

84ª noche - Como los ángeles (Una historia de amor)


 "Su joven sirviente Silvestre Petroni, teniendo una voz lo bastante buena para el canto
 y deseando retenerla, suplica a Su Alteza Serena que lo haga posible,
por no disponer él mismo de los instrumentos necesarios".
Solicitud al Duque de Módena - 1687


Fray Alfredo subió jadeando la estrecha escalera y trotó por el pasillo hasta tocar una de las puertas, que abrió sin esperar respuesta. Fray Martín levantó la vista del libro que estaba leyendo. El otro, sofocado aún por el esfuerzo, soltó como si fuera su último aliento:
—Acaba de llegar un enviado de Roma. Espera en el refectorio... 
Fray Martín alzó las cejas, sorprendido por el inesperado aviso. Un enviado de Roma, ¿allí? Si por la abadía no pasaba ni el obispo... Se apresuró a calzarse y siguió a fray Alfredo a la planta baja.

La abadía de Lucedio era un edificio sobrio y medio ruinoso donde se refugiaba una pequeña congregación de frailes benedictinos. Lejos habían quedado los días en los que fue un importante centro de cultura y arte, con decenas de amanuenses y miniaturistas. Hasta la techumbre de la antigua biblioteca se había derrumbado después de que esa parte del edificio quedara en desuso por el traslado de los libros a la pujante abadía de Montecasino. La imprenta lo había cambiado todo. Fray Martín había sido nombrado abad poco antes, por la muerte de su predecesor tras más de treinta años en el cargo. Bastante joven todavía, era el único de los frailes que había recibido instrucción suficiente para ejercer esa función. Ya no quedaban allí más que artesanos y labradores. Y fray Lázaro, un hombre ilustrado pero ciego después de una extraña enfermedad, dos inviernos atrás.

La visita de un enviado de Roma era algo sin precedente y fray Martín se preguntaba el motivo con cierta inquietud. Por experiencia sabía que las noticias inesperadas solían ser malas noticias.
—¿De Roma lo envían? —Quiso asegurarse.
—Eso dice. Y parece una persona distinguida, de buenos ropajes y que se hace acompañar por dos sirvientes...
—¿Dijo qué lo trae por aquí?
—No, pero mostró un salvoconducto de los Estados Pontificios. Y el tercero de los hombres que lo acompañan es un oficial de la Guardia Suiza. 
A paso rápido, los dos frailes llegaron al refectorio donde el personaje esperaba. Fray Martín había imaginado que sería un clérigo y titubeó al encontrar a un caballero con lujosa indumentaria sentado a la mesa. El hombre no se levantó. Parecía sentirse en su propia casa.
—Sentaos, fray Martín, no os entretendré más de lo necesario.
El abad obedeció. 
—Vuestra merced dirá... ¿O se os debe otro tratamiento?
—Es cierto, disculpadme, no me he presentado. Soy Guillermo Gonzaga, duque de Mantua. Cuando estuve con Su Santidad hace unos días le prometí un pequeño favor; por eso estoy aquí.
Fray Martín no pudo contener su inquietud.
—¡Hablad de una vez! —Y tratando de suavizar la insolencia se apresuró a añadir—: Os lo ruego, por favor.
El duque se acarició la perilla y bajó la mirada, como quien trata de concentrarse para explicar algo complejo.
—Ha llegado a oídos de nuestro bienamado Paulo IV que en esta abadía vive un niño que fue encontrado, recién nacido, a la puerta del convento. ¿Es cierto?
—Así es. Lo bautizamos Vittorio. Tiene ya once años.
—Y también ha oído decir Su Santidad, que Dios guarde largos años, que ese niño canta. Y canta muy bien. Excepcionalmente bien. —El duque movió la mano en el aire, como quien dirige un coro. 
—Como los ángeles, señoría. Es cierto. 
—Entonces he de transmitiros un mensaje del Santo Padre: debo conducir a ese niño a Roma, para el coro de falsetistas que Su Santidad desea reformar. 
—¿Falsetistas?
—No exactamente... Dejad que os explique. El canto es, como sabéis, difícil y trabajoso de aprender. Lleva tiempo y necesita práctica. Y la naturaleza parece gastarnos una broma pesada: da a los niños bellas voces cuando no saben usarlas y al tiempo que por fin aprenden, entonces se las quita.
—Os referís al cambio de voz en la mocedad, supongo. No se pierde la voz, sólo cambia.
—¿Cambia...? —El duque parecía irritarse con el tema—. ¡Se destruye! Una voz hermosa, capaz de alcanzar la pureza de los más altos registros... —Se mostró más calmado—. Una voz de ángel, ¡paff! —Chasqueó los dedos. 
—Afortunadamente las muchachas no la cambian. Nuestras hermanas de San Juan Bautista tienen un coro delicioso.
Corintios, 14:34.
—¿Cómo decís? —Fray Martín no era un gran conocedor de los Evangelios.
Mulieres in ecclesiis taceant. Ya no hay mujeres en el coro del Vaticano, ni hombres casados. Su Santidad es un devoto de la pureza... lo ha prohibido. ¿Es que no estáis al tanto de los dictámenes de Roma?
—No siempre llegan a tiempo, señoría. Así que el Santo Padre requiere a nuestro pequeño Vittorio... Un gran honor para él pero ¿qué sucederá cuando en pocos años cambie la voz? Vos mismo acabáis de explicar el problema que eso supone.
—No la cambiará —aseguró Guillermo, eliminando una brizna que se le había metido bajo la uña. 
—¿No? —preguntó el abad, intrigado. 
—¿Nunca habéis oído hablar de los castrati? Cantoretti francesi los llaman en algunos lugares del norte. ¿No os suena?
Fray Martín nada sabía de cantoretti, pero sí conocía el significado de castrato. Así que esa era la pretensión del Papa, se dijo. Vittorio nunca había salido de los muros del convento más que para ir al mercado del pueblo y, en alguna boda o festividad, para cantar en la ceremonia con su bella voz. Fray Lázaro, en otro tiempo maestro de música, le dio clases de canto cuando descubrió las cualidades del pequeño. "¡Ah! —pensaba el abad—, en mala hora salió, pues sólo así han podido saber en Roma de sus méritos. Ahora quieren castrarlo, a requerimiento del mismo Paulo IV, y yo no puedo hacer nada". El gesto de fray Martín mostraba tal contrariedad que el duque creyó oportuno comentar los aspectos más positivos. 
—El interés del Papa es una buena noticia, un gran honor, como habéis dicho antes. La operación dura un segundo, y no molesta, pues una buena dosis de opio elimina cualquier dolor. Cuando el joven es de constitución delicada y no soporta el opio, un pequeño golpe en el cuello, aquí —señaló la carótida—, hace perder el sentido por unos momentos, es suficiente... La mayoría lo supera bien, no debéis preocuparos por eso. Sólo muere uno de cada diez, apenas nada.
—Comprendo. —Fray Martín se mordía los labios, sabiendo que cualquier cosa que dijera sólo podría perjudicar al muchacho y a él mismo. 
—Por otra parte, ¿de qué le sirven las glándulas? Al dejarlo a la puerta del convento, Vittorio ha sido entregado a la Iglesia. El celibato es su destino. No necesita su virilidad para servir a Dios, sino su voz. Como vos mismo tampoco la necesitáis, sino vuestra fe y obediencia. —Guillermo miró a fray Martín con aire de superioridad—. De seguir aquí no podría aspirar más que a aprender a leer y a escribir. Sin embargo, en Roma estos niños reciben una educación exquisita. En la escuela de canto, cada mañana practican durante cuatro horas, una de ellas en presencia del maestro. Otra, ante el espejo para aprender a cuidar la compostura. Y aún antes del almuerzo dedican otra hora al estudio literario. Por la tarde, teoría musical, escritura de contrapunto, dictado, y de nuevo estudio literario. Y todavía encuentran tiempo para componer música vocal. ¿No estáis admirado?
La indignación de fray Martín le impedía articular palabra. Guillermo, viendo que sus argumentos caían en saco roto y sin tener necesidad de convencer a nadie, se levantó y puso una mano sobre el hombro del abad.
—Mi querido abate, me hospedaré en el pueblo, que me ofrece mejor acomodo. Mañana tras el almuerzo volveré a por el niño. Tenedlo a punto. Y quedad con Dios.

Poco después, los tres frailes estaban reunidos en la estancia del abad. Este acababa de explicar el contenido de su entrevista con el extraño visitante. Fray Lázaro lloraba.
—Es mi culpa, jamás debí enseñarle canto. —Su voz se entrecortaba—. Mi pequeño Vittorio, mi pequeño ángel cantor...
—¡Quién podría haber previsto tal barbaridad! No te atormentes, Lázaro, no eres tú el culpable —señaló fray Martín—. Si fuera un capricho del duque, o incluso del obispo... Pero es el mismo Paulo IV quien lo ordena; no podemos hacer nada. ¡Oh, Dios! —Golpeó enérgicamente la mesa con el puño.
—Para él es algo nimio, sin ningún valor, pero no tolerará desobediencia. La voluntad de Roma es implacable. Pero ¡por Cristo juro que de no estar ciego no permitiría que esto sucediera! —clamó fray Lázaro. 
—Hermanos, cuidad, las paredes oyen... —Fray Alfredo se santiguó. Después llevó el dedo índice a los labios, pidiendo prudencia. 
—¿Qué harías, Lázaro, de no estar ciego? —susurró Martín con curiosidad.
—Sé de un lugar donde Vittorio podría esconderse por un tiempo. En el Vaticano olvidarán pronto el asunto.
—No estoy tan seguro de eso. De encontraros, ya sabes de qué os acusarían... 
—Vittorio ya corre el peor riesgo. ¡Maldita ceguera!
—¿Queda lejos ese lugar?
Lázaro hizo señas para que el otro se acercara. Lo palpó para reconocerlo y, llevando los labios al oído, le estuvo susurrando durante un buen rato. Al terminar, el abad ordenó a fray Alfredo:
—Trae a Vittorio en seguida. 
Al quedar solos, Lázaro preguntó:
—¿Qué piensas hacer? 
—No puedo entregar al chico. Yo llevaré a cabo tu plan. 
Cuando llegaron Alfredo y Vittorio, el abad explicó al muchacho que debían abandonar Lucedio por un asunto grave, aunque sin entrar en detalles. Y debían hacerlo ya. Después se dirigió a fray Alfredo:
—Atiende bien. Toma el mulo, carga en él dos mantas y un bolso con una camisa, un calzón, comida para varios días y una calabaza con agua. Procura que nadie vea lo que haces. Cuando todo esté listo, avísame.
El fraile fue a hacer el encargo. El pequeño estaba impresionado por la idea de tener que abandonar la abadía. No conocía nada más y lo asustaba lo que pudiera encontrar fuera de aquellos altos muros que, más que encerrarlo, sentía que lo protegían.
—Cántame algo de Cipriano da Rore, Vittorio —pidió fray Lázaro—. El Kirie, Gloria... lo que quieras.
El niño se aclaró la voz y comenzó a cantar:


Gloria in excelsis Deo
et in terra pax hominibus bonae voluntatis.
Laudamus te,
benedicimus te,
adoramus te,
glorificamus te,
gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam,
Dómine Deus, Rex cælestis,
Deus Pater omnipotens.
Ni los ángeles habrían podido igualarlo. Una sola voz que cubría todos los matices, resonaba en todas las notas, alcanzaba los registros más altos... El timbre y cadencia perfectos. Los dos hombres estaban emocionados. De pronto el canto de Vittorio se quebró:
—No quiero irme, maestro, por favor... —Corrió hasta Lázaro y lo abrazó con fuerza.
El fraile lo tomó de los hombros y lo separó dulcemente. Con dedos temblorosos le palpó la cara, los ojos, los labios, y un estremecimiento lo sacudió de pies a cabeza. Se esforzó en que su voz sonara enérgica:
—Quiero que lo prometas, que lo jures por lo más sagrado: no volverás a cantar una sola nota hasta el día en que cumplas quince años. ¡Dilo! Juro que...
—Juro que no volveré a cantar hasta que tenga quince años — terminó Vittorio—. ¿Por qué, maestro? Tú siempre querías que yo cantara...
—Eso no importa. —Lázaro se sintió aliviado—. Sabes que un juramento no se puede romper. Ahora te irás con fray Martín. Haz todo lo que él te diga, sin rechistar.
Cuando Alfredo avisó de que todo estaba preparado, el abad y el chiquillo fueron a la cuadra. Vittorio se ocultó entre las mantas enrolladas sobre el mulo para salir sin ser visto. Los dos monjes se dirigieron a pie a un lugar apartado, no lejos del monasterio. Allí Martín se despojó del hábito, se puso el calzón y la camisa, tomó la bolsa y, llevando una manta cada uno, él y Vittorio se alejaron a toda prisa en la dirección indicada por Lázaro. Mientras tanto, Alfredo buscó algo de leña y la cargó en el animal antes de volver a la abadía. Regresó al oscurecer, con naturalidad. 
—¿Es que no confías en los hermanos? —había preguntado a Martín antes de despedirse.
—Sólo cuido de su alma. Mejor será que, cuando digan que no saben nada, digan la verdad.
Al día siguiente Guillermo Gonzaga acudió a recoger a Vittorio. Fray Lázaro fue el encargado de darle la noticia:
—El pequeño se ha escapado. O quizá se ha escondido donde nadie lo encuentra.
El duque se puso furioso, amenazó con todo el peso de la autoridad del Papa y se fue muy airado, no sin antes advertir que volvería al cabo de un mes para recoger al niño cantor, y no valdrían excusas.
Por su parte, fray Martín llevó a Vittorio hasta el caserío del cuñado de Lázaro, un lugar perdido en las estribaciones de los Apeninos donde a nadie se le ocurriría buscarlo. Un viaje que duró una semana. Allí se hicieron cargo del pequeño, a quien Martín presentó como Enrico, un huérfano sin familia, y el abad partió de regreso. Lázaro había dicho a los monjes que fray Martín había ido a visitar otro convento, así que nadie sospechó durante el tiempo que duró su ausencia. Fueron unos días extrañamente tensos, parecía que todos esperasen que sucediera algo sin saber qué. Lázaro y Alfredo participaban junto a los demás frailes en la farsa de buscar a Vittorio hasta en el último rincón.

Cuando regresó Martín, le contaron lo sucedido. 
—El duque volverá, dalo por seguro. De ser tú, yo no me quedaría aquí —aconsejó Lázaro. 
—¿Dónde podría ir? ¿Con tu cuñado también? —bromeó el abad con sarcasmo.
—Debes alejarte de la influencia de Roma. Podrías ir a Alemania, o a Inglaterra... La Reforma y la excomunión del rey inglés le han cerrado esos territorios. Múnich podría ser buen sitio...
—¡Bah!, creo que no volveremos a ver a ese duque petulante. Ya se habrá olvidado de nosotros.
Lázaro agarró con fuerza el brazo de Martín.
—Es un riesgo que no debes correr. Tú eres el único que podría guiarles hasta el muchacho. No confíes en tu suerte, es mejor que te vayas. 
Mientras tanto el duque había vuelto a Roma, donde se reunió con monseñor D´Este, mecenas del Coro Sixtino, que era quien tenía verdadero interés en conseguir castrati. D´Este ejercía una gran influencia sobre Paulo IV, ascendente que utilizó para persuadirlo de que el caso Lucedio, como él lo llamaba, era la manifestación de algo satánico. Y, lo que era aún más grave según las obsesiones del Pontífice, incluía aberraciones sexuales. Así que, con el beneplácito de Su Santidad, D´Este envió de nuevo al duque a Lucedio, en esta ocasión acompañado por dos dominicos del Santo Oficio con instrucciones muy precisas. 
Cuando Guillermo comprobó que el muchacho seguía sin aparecer y que el abad tampoco había regresado —"Ha tenido que ir a visitar a un familiar gravemente enfermo", fue la excusa que recibió— se retiró para que los inquisidores hicieran su trabajo. Estaba seguro de que los monjes mentían. 

   Los dominicos se instalaron en la cuadra, sobre jergones, tanto por hacer ostentación de su austeridad como por mantenerse apartados de los demás monjes, no fuera que el trato cotidiano debilitase su determinación. Durante unos días husmearon por todas partes, sin hacer preguntas. Revisaron los pocos libros que allí quedaban, las celdas de los frailes, la capilla... También se acercaron al pueblo y allí sí preguntaron. Todo el mundo conocía y admiraba a Vittorio, el niño cantor. Y a fray Lázaro, su maestro y constante compañero. No les costó conseguir quien cazara al vuelo sus insinuaciones y afirmase que entre ambos parecía haber algo más que la relación de un joven alumno con su maestro. Insistiendo con unos y con otros, al final del día ya había quien juraba haberlos visto en actitudes obscenas y en varios lugares a la vez. Y una muchacha aseguraba haber sido poseída tres noches consecutivas por el espíritu del abad en diversas posturas. 
Entonces los inquisidores interrogaron  a fray Lázaro. 
—¿Cuántas veces abusaste del niño?
—No abusé.
—¿Qué le hacías?
—Le enseñaba a cantar...
—¡¡Mientes!! —Y vuelta a empezar.
Lázaro sabía que aquello no tendría fin, hasta que consiguieran lo que querían. 
—¿Dónde está el abad?
—Con un familiar.
—¿Dónde vive ese familiar?
—No lo dijo.
—¿Dónde está el niño?
—No lo sé, se escapó.
—¿Cuántas veces abusaste de él?...
Al tercer día de interrogatorio, Giuglio, el más joven de los dos dominicos, intentó negociar.
—Hermano Lázaro, estás ciego y eso mueve a compasión. Acepta tus errores, reconoce tus mentiras y salvarás lo más importante, que es el alma. Y puede que también salves la vida, si rectificas a tiempo. Tienes en tu celda algunos libros prohibidos...
—¿Libros prohibidos? No sabía que existiera tal cosa. Además, tú mismo lo has dicho: estoy ciego, ¿de qué me sirve un libro?
—¿Podría ser para que alguien te lo lea? —sugirió Giuglio con irónica ingenuidad—. En Roma se está elaborando un Índice de Libros Prohibidos, ¿no lo sabías? Pero, dime: ¿cuántas veces abusaste del niño? —preguntó con una suavidad desacostumbrada.
—No lo recuerdo. Muchas... —contestó Lázaro, abatido. Ya quería acabar con aquel juego.
—¿Qué le hacías?
—Caricias, besos... Nos bañábamos juntos.
—¿En qué lugar lo escondes?
—Se escapó. No sé dónde está. —La voz de Lázaro se hizo firme. 
—Si mientes, no te librarás —amenazó Giuglio.
—No sé dónde está.

Lázaro Orsatti fue entregado a la justicia civil y ejecutado en la hoguera dos meses después, sin desvelar el paradero de Vittorio.

©Fernando Hidalgo Cutillas 2014
 
TIEMPO EN HISTORIAS
 Los mejores cuentos y fábulas en un solo tomo

29 de junio de 2014

83ª noche - El aguador


Vivió en la Qurtuba[1] de los califas un hombre llamado Halim que siendo joven se unió a las tropas de Almanzor el Victorioso en sus campañas contra los reinos cristianos del norte. Pero de eso hacía ya muchos años; el hayib[2] que fuera azote de Dios descansaba bajo tierra en Medinaceli y la guerra que siguió entre sus sucesores y los del califa le pareció a Halim demasiado penosa para un hombre de su edad, de modo que se retiró a la villa de Shantyala[3], donde esperaba pasar una vejez tranquila y bien acomodada con la pequeña fortuna que acumuló a lo largo de sus correrías.  

Llegó al pueblo montado en una mula marchadora, más manejable que un caballo, seguido por sus dos mujeres, los criados y algunos carromatos cargados con sus pertenencias. Se instaló en la casa que había comprado poco antes, cercana a la mezquita, y dedicó los primeros días a conocer a sus nuevos vecinos y a tantear el precio de las tierras que pensaba adquirir. Todos sintieron curiosidad por la llegada del forastero mas, pasada la novedad, la rutina volvió a la vida del pueblo.  

Halim compró algunas fanegas de secano y cada mañana iba a cuidarlas a lomos de un asno. Diariamente se encontraba en el camino con Ahmed, un joven aguador tan poco afortunado que sólo contaba con un gran perro para arrastrar el carrito en el que a duras penas cabían tres cántaros de mediano tamaño. Ahmed se apartaba del paso del anciano mientras cruzaban los saludos de rigor: Assalamu alaikum. Walaikum as salam[4].  

Un día el aguador se atrevió a hablarle:
—Mi señor, soy Ahmed, el aguador más pobre de Shantyala y el más dispuesto a servirte. ¿No necesitas agua limpia y fresca en tu casa? Pronto llegará el verano, que aquí es muy caliente, y los aljibes quedarán secos.
Halim detuvo el asno y se giró para mirar a quien le hablaba. El joven aguardaba la respuesta.
—Tengo criados que hacen lo que es necesario pero no me parece mal lo que propones. ¿Cuánto pides por tu trabajo, Ahmed?
—He pensado que, en lugar de darme unas monedas, me cedieses uno de tus burros mientras dure la labor. Así podría cargar más agua de la que puede acarrear este viejo perro y obtener más beneficio. Si gano lo suficiente quizá pueda comprarte el animal al final del estío.
—Está bien, ve y di a mis criados que te presten una de las best... el asno más chico —rectificó— y un carro pequeño. A partir de mañana, en cuanto amanezca quiero llenas las cuatro tinajas que están junto a la puerta de mi casa. Y cuida bien del burro. ¿Estamos?
—Así se hará, y que Alá te bendiga.  

A partir de ese día Ahmed cumplió puntualmente el encargo. Cada mañana, justo al amanecer, llenaba las tinajas de Halim. Dedicaba el resto de la jornada a sacar provecho de su nuevo asno.
Uno de esos días, al entrar el aguador en el patio vio a una muchacha recogiendo unas flores. Ahmed se asombró como si hubiera visto a una hurí[5] y quedó petrificado pero la joven, lejos de asustarse, le explicó con naturalidad:
—Debo recoger estas flores antes de la salida del sol o pierden su fragancia. Es mejor que no digas a nadie que me has visto, aguador. —Le sonrió, y entró corriendo a la casa.
Ahmed se frotó los ojos, sin darles crédito. ¿Será un ángel?, se preguntaba. Desde aquel día no pudo apartar de su mente aquella sonrisa, la más bella que había visto en su vida.  

En ocasiones los dos hombres hacían juntos parte del camino, cuando Ahmed regresaba a la fuente y Halim iba a sus tierras, aunque raras veces conversaban. Un día el joven se decidió a preguntar:
—¿No tienes hijos, mi señor? —Sospechaba que el ángel de sus sueños fuera una hija de Halim.
—Cientos, cientos de ellos... seguramente. Así es la vida del soldado, como la del labrador que lanzara la simiente en tierra a la que no ha de volver.
Ahmed rió la ocurrencia. E insistió:
—Me refiero a hijos que estén contigo.
—No ha querido Alá darme esa bendición, todavía. He pasado largos años en la guerra, lejos de mi casa. Mi primera esposa, Nadima, se hizo mayor. Además, creo que ella no... —Halim torció el gesto—. Debí repudiarla, pero siempre la he amado. Ahora tengo una nueva esposa muy joven y lozana con la que espero procrear el vástago que continúe mi linaje. Más de uno, con la ayuda del Profeta —auguró, mostrando una desdentada sonrisa.
El aguador dedujo que la mujer que había visto en el patio no era otra que la esposa lozana a la que se refería. Halim continuó:
—Ya hace más de un año que vamos tras ello pero hasta ahora no ha habido suerte. Es una maldición, no podría creer que Yasmina fuese también estéril. ¡Alá no lo permita! —Hablaba con resentimiento—. Si antes del invierno no queda preñada la apartaré y tomaré nueva esposa.
Se separaron los dos hombres y Ahmed caminó pensativo al lado del burro. ¿Qué sería de ella, si la repudiara Halim? Dos esposas y... ¿nada?, cavilaba.
—Sí va a necesitar ayuda, sí.  Y no sólo del Profeta —le dijo al animal, sabiendo que éste no podría contarlo.
Un atrevido plan empezó a tomar forma en su cabeza.

El joven aguador era apuesto. Su llegada a las casas siempre coincidía con curiosos movimientos de sombras tras las celosías. Y algo más que agua le requerían en ocasiones. Pero desde su encuentro con Yasmina sólo pensaba en ella. Por fin conocía el nombre de su amor. Le pareció muy apropiado, era delicada y perfecta como la flor del jazmín. Debía hablar con ella cuanto antes, lo que no sería nada fácil.
Empezó a merodear la casa cada atardecer, evitando ser visto. Así pudo averiguar cuál de las ventanas correspondía al aposento de la joven. Una mañana, antes de entregar el agua, esperó oculto a que Halim saliera. Llegó luego hasta el patio, llenó las tinajas y fue bajo la ventana de Yasmina, imaginando que ella aún dormía. Lanzó unas piedrecillas a la celosía a la vez que imitaba el canto de la tórtola. Al poco rato, oyó un susurro:
—Eres muy atrevido, aguador, y muy imprudente.
—He de hablar contigo, mi señora. Es por tu bien...
Se hizo un largo silencio.
—Di, pues —pidió Yasmina, sin dejarse ver.
—Las paredes tienen ojos y oídos. Esta noche, bajo el olivo al lado del pozo. No faltes. Te esperaré hasta el alba si es necesario...
Yasmina acudió con sigilo, pasada la medianoche. Reprochó en voz muy baja:
—¿Qué es lo que has de decirme por mi bien, aguador? ¿No sabes que Halim nos mataría si nos encontraran aquí, juntos a esta hora?
Ahmed le contó lo que había averiguado:
—Tu esposo te repudiará si antes del invierno no quedas encinta, eso me dijo. Quería advertirte.
La joven, tras un momento de vacilación, respondió:
—Bien quisiera yo darle el hijo que él desea, pero...
—Su primera mujer tampoco engendró. ¿No lo entiendes? —interrumpió el aguador—. Las alforjas de Halim están vacías. Si Alá no lo remedia, tu desgracia es inevitable.
Al comprender, Yasmina se tapó la cara con las manos y comenzó a sollozar. Ahmed se asomó al pozo, que estaba seco.
—¿Qué haces cuando un pozo se seca? —preguntó inesperadamente.
—Hay que buscar agua en otro sitio —respondió ella con voz entrecortada, sin entender el motivo de la extraña pregunta.
—Pues eso mismo has de hacer. Tú quedarás embarazada, Halim tendrá el hijo que desea y la vida continuará sin sobresaltos.
Siguió un largo silencio en el que Ahmed esperaba ansiosamente la reacción de la muchacha. Por fin ella secó las lágrimas que aún corrían por sus mejillas.
—¿Y tú...? —preguntó.
—Yo daría mi vida por ti. Nada has de temer.
Con voz firme, Yasmina tomó la decisión:
—Está bien, aguador. Pero debes prometerme que cuando yo quede encinta te apartarás de mí y nunca, ¡nunca!, lo contarás a nadie; ni a tu familia, ni a tu mejor amigo... ¡Nadie debe saberlo jamás!
—¡Sea como dices! —respondió Ahmed;  y allí mismo trataron por primera vez de dar a Halim lo que él quería. 

      El otoño trajo la felicidad a la casa de Halim. ¡Yasmina estaba por fin embarazada! El anciano no cabía en sí de gozo. Como un loco corrió por la aljama vociferando la buena nueva a todo el que encontraba.
Con las primeras lluvias, Ahmed fue a casa de Halim para hablar del burro prestado.
—Vengo a devolverte el asno, según lo convenido. Si recuerdas, te dije que quizá podría comprarlo, y deseo saber cuánto pides por él, pues me ayuda mucho en el trabajo. He ahorrado algo...
—¿De cuánto dispones?
—Seis dírham de plata y algunos feluses. Es poco pero...
—Dame tres dírham y estamos en paz. La suerte me ha favorecido y debo ser generoso, según las enseñanzas del Profeta.
El aguador se retiró arrastrando los pasos; había cerrado un buen negocio pero se sentía triste. Ya no podría volver a encontrarse con Yasmina, respetando lo prometido. Estaba muy enamorado pero debía distanciarse y tratar de olvidarla, por lo que decidió ir a Montiya[6] e instalarse allí. 

Nació el pequeño Zafir entre bendiciones y festejos. Hasta la edad de dos años, como era costumbre, el niño apenas salía de entre las mujeres pero cuando comenzó a andar y a chapurrear lo suficiente, Halim le dedicaba mucho tiempo. Mas a medida que Zafir crecía, una gran inquietud crecía también en el anciano. Por insondables designios del destino, el pequeño se estaba convirtiendo en el vivo retrato de Ahmed. Halim miraba sus ojos ambarinos, el modo en que el cabello se rizaba sobre la frente, las facciones angulosas, y cada detalle le recordaba al que fuera su aguador. Una terrible sospecha anidó en él. De ser cierto lo que imaginaba, ¿qué sería del niño? ¿Debería arrancarlo de su lado y condenarlo a la ignominia? No sería capaz , pero ¿cómo ignorar lo que la naturaleza pregonaba a voces?
Nadima lo encontró una tarde cabizbajo en el rincón más umbrío del patio. Ella sabía por qué; lo supo antes que nadie. Se acercó a su esposo y trató de consolarlo:
—Alá te ha dado un hijo, no le des más vueltas. No sabes lo sensible que es una mujer preñada. Ve una fresa, ¡y el niño nace con una fresa en la nalga!, ¿no has oído hablar de ello? Ese hombre anduvo por aquí todo aquel verano, seguro que tu joven mujer lo vio y de ahí el parecido. No has de dudar de que el hijo es tuyo. Tú lo engendraste. Es un don de Alá...
Halim alzó la cara, miró a Nadima e hizo un intento de sonreír que quedó en una mueca triste.
—¿Cómo puedes dudarlo? —insistió Nadima—. ¿Acaso quieres traer la desgracia a esta casa por una idea tan absurda y que a nadie beneficia? Agradece tu suerte y no seas egoísta...
El hombre asintió con la cabeza repetidamente, se arrodilló y elevó ambas manos hacia el cielo:
—¡Oh, Alá, el más grande!, cubre mis debilidades y sosiega mis temores. Te doy las gracias, Señor, por infundir en Nadima la sabiduría para hacerme entender tus designios. Afirmo que Zafir es carne de mi carne y sangre de mi sangre, y con estas manos aniquilaré a cualquiera que diga lo contrario. Ante ti lo prometo, y que no vea yo la luz del día si falto a mi palabra.
 Pocos años después a Halim le llegó la hora de reunirse con sus antepasados. Todo el pueblo lamentó la pérdida pues había llegado a ser muy querido, sobre todo desde el nacimiento de su hijo,  que lo convirtió en un hombre más afable y generoso.
Pasadas unas semanas, Nadima buscó a Yasmina para decirle:
—Ahora que nuestro amado esposo, que Alá tenga en el Paraíso, nos ha dejado, deberías buscar a alguien que cuide de la casa y nos traiga agua de la fuente, ¿no crees, Yasmina? Dicen que en Montiya hay buenos aguadores...


[1] Córdoba
[2] Consejero, primer ministro del califa, por encima del visir.
[3] Santaella
[4] La paz esté contigo, contigo esté la paz.
[5] Cada una de las mujeres bellísimas creadas, según los musulmanes, para compañeras de los bienaventurados en el Paraíso.
[6] Montilla

©Fernando Hidalgo Cutillas - 2014

 
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22 de junio de 2014

82ª noche - Don Cándido


No sé cómo se le ocurrió a Diego, el menor de mis tres hijos, la estupidez de pintarse los labios con la barra de carmín de su madre y ponerse unos zarcillos muy vistosos, que ella usaba en los días de feria. Estaba solo en la casa, andaría buscando algo en el tocador y la curiosidad haría el resto. Después se distrajo con cualquier cosa y tuvo la mala suerte de que en ese momento lo llamaran a voces sus amigos desde la calle para que saliera a jugar, lo que Diego hizo sin acordarse de que iba medio disfrazado. De esta guisa recorrió los pocos metros hasta la plazoleta donde lo aguardaba un corro de chiquillos, que nada más verlo soltaron una enorme carcajada. Si Dieguito hubiera seguido la broma nada habría pasado, pero se avergonzó tanto que se encendió como un tomate y corrió a la casa llorando, mientras las burlas crecían. Se lavó bien la boca, dejó los pendientes en su sitio y con el corazón encogido se puso a hacer los deberes, o a simular que los hacía, pues no tenía ánimo. Diego contaba entonces once años.

El rumor corrió por el pueblo y, como suele suceder en estos casos, la familia fue la última en enterarse. Dos días después, Elisa volvió a casa con un gran disgusto por algo tan grave —según ella— que si me lo contara habría una desgracia.
—Habla, mujer, que será peor si me entero de otro modo —apremié.
Entre sollozos, explicó:
—Me ha contado la Tomasa que se dice por ahí que Dieguito es maricón. ¡Nada menos! Que lo han visto en la calle con los labios pintados, zarcillos y un collar. No me lo explico. Parece que es la comidilla del pueblo.

Elisa no se atrevía a mirarme a la cara. De sobra sabía que no me agradaba el modo blando en que estaba criando al muchacho, el benjamín, el que con tanto anhelo había esperado que fuese una niña. Temía que la culpara. Y no digo que no se me pasara por la cabeza, pero el problema no era ése en aquel momento.

Primero debía enterarme de lo sucedido. Llamé a Diego y se lo pregunté. Nunca lo había visto con tanto miedo en el cuerpo. Temblando, se echó a llorar, incapaz de articular palabra. Suavicé el tono, lo abracé y le recordé con cariño que yo era su padre, había aparecido un problema y mi deber era ayudarle. Y para eso era necesario que dijera qué había pasado. Con voz entrecortada explicó lo que he contado antes. Y que en el colegio, desde que eso sucedió, todos se burlaban de él y le decían palabras muy feas. Por fin rompió a llorar otra vez, abrazado a mí como una lapa.

Yo nunca había hablado de sexo con mis hijos, ni siquiera con el mayor, que rondaba ya los dieciocho. Se suponía que la naturaleza se encargaba de todo, siempre había sido así. Estaba seguro de que Dieguito no era maricón, o comoquiera que lo llamen ahora, sencillamente porque aún no era nada, un niño de once años no sabe de eso. Pero es verdad, y yo había conocido alguno en mi juventud, que ciertos muchachos tienen inclinaciones desde muy pequeños, que después acaban por florecer. ¿Sería así Dieguito? Estuve a punto de preguntarle: cuando te la tocas, ¿en qué piensas?, pero no me atreví. El chaval se tranquilizó un poco, parecía que se hubiera quitado un peso de encima, y se acostó tras tomar un vaso de leche, pues se le había ido el apetito. Con la esperanza de que el asunto se olvidara pronto y quedara sólo en cosa de chiquillos, Elisa y yo nos fuimos dormir, también antes de lo habitual.

Al día siguiente, cuando volví del trabajo en la viña, encontré a Diego en casa, en horas de escuela, con un ojo amoratado y el pantalón roto. Elisa estaba hundida y a mí se me llevaron los demonios:
—¡Me cago en diez!, que eres un hombre, Diego, ¡despabila! ¿Quién te ha hecho eso?
El chico siguió en su eterno silencio; quien respondió fue Elisa:
—Dice que ha sido en el patio, Miguelín y Julito le han pegado y le querían bajar los pantalones. Si no es por el maestro ve a saber cómo acaba...
Lo zarandeé:
—Si te pegan, aprieta los dientes y devuélvela, aunque te duela, ¡joder! Si no te defiendes serás el hazmerreír de todos, ¿no lo entiendes? El maestro no puede protegerte siempre...
Por la expresión de su cara, estaba muy lejos de entender. Empecé a enojarme de veras. Mi mujer de pronto recordó:
—¿No es Miguelín el monaguillo de don Cándido? Parece mentira, con el perillán que está hecho. ¿Y si habláramos con el cura?
Dudé de que sirviera de algo, pero ella insistió y consentí. De modo que al día siguiente fue con Diego a la parroquia y cuando por la noche volví del trabajo me contó el resultado.

El cura no sabía nada del asunto y se interesó mucho por el relato de Elisa. Le dijo que, antes que nada, el niño debía confesarse con él y, según lo que Dieguito le contara, vería qué hacer. Pero siendo secreto de confesión, ni ella ni yo debíamos preguntar; tampoco al niño. Elisa se quedó rezando en la capilla mientras don Cándido cuchicheaba con Diego arrodillado en un rincón, fuera del confesionario. Pasó un buen rato y los dos se pusieron de pie. Mi mujer fue hacia ellos, esperanzada. Déjelo en mis manos, no se preocupen; les aseguro que ni Miguelín ni ningún otro niño volverá a meterse con su hijo, fueron las palabras del cura. Y los despidió.

Aunque no confié mucho en la promesa de don Cándido, tampoco podía hacer otra cosa de modo que decidí dejar pasar unos días sin pensar en ello. Pero, en efecto, ya no hubo más altercados en la escuela ni en ninguna otra parte y Dieguito volvió poco a poco a la normalidad. Sin el acicate de las habladurías y burlas de los niños, el rumor se olvidó como si el percance nunca hubiera ocurrido.

A medida que Diego crecía se hacía más varonil, aunque mantenía un cierto amaneramiento que me preocupaba. Él no es tan zafio como sois todos aquí, explicaba Elisa, es más listo y hace las cosas a su manera. Pero la duda en ocasiones me quitaba el sueño. ¡Que no!, decía ella. Y, además, ¿qué tendría de malo? Hoy eso se ve normal, añadía. Yo callaba. Normal, sí, pero de dientes afuera. El que tiene una hija puta o un hijo maricón siempre anda señalado por el dedo. Cuando cumplió los dieciocho Diego fue a la universidad, cerca de la capital, y no sabía de él más que lo que nos contaba por teléfono o en sus cortas visitas por vacaciones. Cuando le preguntaba si tenía novia respondía con bromas y evasivas.

Él se hizo un hombre y yo me hice mayor. Terminó la carrera y entró a cursar la especialidad en el más importante hospital de Madrid. Me sentía orgulloso de él. Un día, cuando menos lo esperaba, llegó al pueblo con una muchacha. Mi novia, nos dijo. Era una chica deliciosa. Mi alegría fue enorme, aunque no tanta como el día en que, seis meses después, se celebró la boda en el pueblo. Don Cándido, anciano pero todavía en activo, fue quien los casó. Con los brindis y la euforia, me achispé un poco más de la cuenta y, con la imprudencia del vino, no pude resistir la curiosidad que había aguantado tantos años. Sabía que a don Cándido no le sacaría prenda, pero a Diego esperaba soltarle la lengua. Así que me senté a su lado, apartados del bullicio, y le sonsaqué:
—¿Qué pasó aquel día con don Cándido?
Él, que también había tomado un par de copas, me miró con fingida severidad.
—Así que aún tienes dudas...
—No, hijo, no, ninguna duda, ¡cómo podría tenerla! Simple curiosidad, fue tan inesperado... ¿Qué pasó? —insistí.
—Has de prometer que no se lo contarás a nadie. Ni a mamá ni a mis hermanos, absolutamente a nadie.
—Hecho.
—Pues muy sencillo. Me dio un encendedor plateado y dijo: "Mañana, antes de ir a la escuela, pásate por el bar del padre de Miguelín y dale discretamente esto, dile que se lo olvidó, él sabe dónde. Y saludos de mi parte". Y eso fue exactamente lo que hice.
Me quedé de piedra. De pronto reparé en don Cándido que, desde el otro extremo de la mesa, estaba atento a nuestra conversación. Cuando lo miré, alzó su copa en un brindis y me guiñó un ojo.


©Fernando Hidalgo Cutillas 2014 

19 de junio de 2014

81ª noche - La última cena



      En la celda de paredes blancas destacaba la silueta de un hombre vestido con un mono de color naranja chillón, sentado sobre un somier sin colchoneta. Al fondo, muy arriba, una cámara de vigilancia y, a media altura, una imagen modestamente enmarcada: Jesús, sentado a la mesa y rodeado por los doce apóstoles. Se abrió la reja y entraron dos guardias con un carrito de los que se usan para la comida y un taburete. En silencio, los pusieron en el centro de la habitación y el hombre naranja ocupó el asiento frente al carro. Al retirar el mantel que lo cubría, aparecieron una langosta abierta por la mitad, un buen pedazo de filete de buey y una botella de vino de California. Entonces empezó un bloque de anuncios y Elisa me acercó uno de sus redondos pechos.
      —Toca aquí —pidió, señalando un punto cerca de la axila.
      Lo hice y noté un bulto del tamaño de un guisante. Al día siguiente la acompañé al ginecólogo.

      —No se asuste, parece que sólo es un quiste de grasa o un ganglio inflamado. Haremos una punción para examinarlo. En el peor de los casos podría ser necesario quitarlo y hacer un tratamiento que a veces es molesto, pero suele dar muy buen resultado. Ya no es como antes. —El doctor intentó tranquilizarnos con una sonrisa.

      A los tres días fuimos a recoger el resultado de la biopsia. El ginecólogo se había equivocado: el cáncer de mama al que veladamente aludió no era el peor de los casos. El peor de los casos consistió en que aquel bultito era metástasis de un melanoma que habían extirpado a Elisa unos ocho años antes, algo que ya apenas recordaba. Una forma de cáncer aparentemente inofensiva, como una verruga, pero terrible cuando se extiende porque no hay tratamiento eficaz.

      Por lo demás, Elisa se encontraba tan bien como siempre. Sólo aquel pequeño bulto... Pero se derrumbó. Primero, la cirugía en la axila. El cirujano trajo buenas noticias, se había podido limpiar todo y era la única metástasis. Nos dio esperanzas. Después, al oncólogo. Y la quimio. Durante varias semanas le administraron en vena no sé qué, que la dejaba descompuesta. Ya no era la mujer saludable con sólo un bultito. Perdió el apetito y gran parte del cabello. Y su vitalidad.

      Terminada la quimio, el oncólogo anunció que Elisa estaba "limpia", libre de enfermedad, pero existía el riesgo, poco probable, de una recaída. Yo, que no dejaba de informarme en Internet, sabía que mentía, creo que Elisa también estaba al tanto, e imagino que él se daba cuenta de ello, pero los tres fingíamos que todo iba bien. Propuso un tratamiento con interferón durante un año, algo molesto pero mucho más llevadero que la quimio.

      Transcurrieron los meses con relativa normalidad. Las pruebas de cada trimestre eran satisfactorias y empezamos a acariciar la idea de que Elisa pudiera formar parte del escaso tanto por ciento que, sin saber por qué, se salva. Terminado el año, el oncólogo pidió una revisión más completa. Y entonces reapareció. "Una diseminación de decenas de pequeñas formaciones de 1 a 2 milímetros de diámetro que se extiende por ambos hemisferios cerebrales", decía el informe. Cuando lo leyó, al salir de la clínica después de recogerlo, Elisa se sentó en la escalera para no desplomarse.

      Pero la esperanza había prendido en nosotros, después de un año en el que todo parecía ir bien. Eligió tener fe y estaba decidida a intentar lo que fuera necesario. Lo consideraba una obligación. La enviaron a radioterapia. Habiendo tantos pequeños tumores no se podía apuntar a ninguno. Decidieron dar una dosis global, con la intención de que fuera bastante para eliminar las pequeñas metástasis pero no tanto que dañara al tejido sano. El tratamiento no era molesto ni complicado, poco más que hacerse una radiografía. Al cabo de dos angustiosas semanas, un nuevo TAC. Todos los tumorcillos del tamaño de un grano de arroz habían desaparecido. Salvo cuatro, que ya eran del volumen de un garbanzo. "Ahora es más fácil, son sólo unos pocos, podemos ir a por ellos con precisión", anunció el oncólogo con un optimismo incombustible. Curiosamente, entonces le creímos.

      La nueva radioterapia —radiocirugía la llaman— es una técnica muy avanzada. Requirió el ingreso en clínica por un día. Elisa pensaba que después le harían nuevas pruebas, pero no fue así. "Ya es mucha radiación, esté segura de que todo irá bien". Y de nuevo la quimio, ahora más fuerte. Y mucha cortisona.

      Durante unos días Elisa quiso estar sola; no soportaba la presencia de nadie, ni siquiera la mía. Después reapareció una mujer diferente. Pasaba horas removiendo sus viejos papeles, fotografías y otros recuerdos... Salvo unos pocos bien seleccionados, lo demás fue a parar a grandes bolsas de basura que se amontonaban en el garaje. También hizo testamento. No era ni la sombra de lo que había sido hasta año y medio antes. Las fuerzas la abandonaron poco a poco hasta que un día no se pudo levantar. Yo la cuidaba del modo más solícito pero ella no soportaba verse inútil y fue incapaz de aguantar. Acudió de urgencia a la clínica y quedó ingresada.

      Todos los días, al salir del trabajo, pasaba las horas con ella hasta que las enfermeras me echaban. Casi todas eran muy amables, sin embargo alguna no dejaba de mostrar su mal carácter. Me preguntaba cómo podía ser desatenta con personas que pasábamos por ese tipo de trance. Cada noche traían una pequeña carta para elegir el menú del día siguiente. De primero tienes consomé, verdura al vapor o fideos a la cazuela, le leía. Los fideos, decía ella. De segundo, tortilla francesa, pechuga a la plancha o cordero al horno. El cordero, elegía. Invariablemente, durante los dos meses que permaneció allí, escogió siempre los platos más consistentes, abundantes y sabrosos. Al principio estaba sorprendido, no la reconocía; Elisa siempre había comido como un pajarito y tenía a gala usar la misma talla que a los dieciocho años. Entonces comprendí que en esos días ella no comía para recuperar unas fuerzas que sabía perdidas sino por el mero placer de darse un gusto tantos años reprimido. El último placer.
 
©Fernando Hidalgo Cutillas 2014
 

 
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13 de mayo de 2014

80ª noche - La ofensa

    Cuando Ramón nos la presentó, pensé que sería otra aventura pasajera. Quizá estuviera tan enamorada como parecía, pero por la forma de aceptar el trato que él le daba creo que Matilde era, sobre todo, una mujer sumisa por naturaleza. De las que se enganchan a un hombre sin remedio. Era mediocre y tenía escaso atractivo, así que, conociendo a Ramón, me extrañó que la pareja siguiese adelante.
   Él era un viejo amigo del instituto con el que manteníamos una relación estrecha y, decididos a que la presencia de Matilde no alterara nuestra costumbre, mi mujer y yo la aceptamos sin reparo. Pero, pasadas las primeras semanas, él se ponía furioso con facilidad y empezó a ser corriente que las cenas en una u otra casa terminaran con discusiones, en las que era muy grosero. Nosotros procurábamos calmar los ánimos sin implicarnos en sus asuntos y las reuniones siguieron semanalmente, aunque rara vez acababan bien. 
    Poco después a mi amigo le tocó un pequeño premio en la lotería, unos pocos miles de euros. Nos llamó, eufórico, insistiendo en que nos invitaba a cenar esa misma noche en uno de los restaurantes de su barrio. No aceptó excusas y, a pesar de lo inoportuno, por no desairarlo acudimos a la cita. Cuando llegamos, él estaba en la barra, con los ojos vidriosos y una verborrea que no le conocía, rodeado por ocho o diez personas. Me arrepentí de haber ido pero, ya que estábamos allí, lo que quería era cenar cuanto antes y volver a casa, aunque Ramón parecía no tener prisa. De pronto empezó a insultar a Matilde de un modo muy despectivo, delante de todos. Ella, callada a su lado, soportaba el chaparrón con su cara de ardilla, mirando al suelo sin pestañear. Me acerqué a Ramón y le pedí que se controlara, que cenáramos de una vez y la fiesta terminara en paz. Lejos de hacerme caso, alzó más la voz y siguió atacando con saña a su pareja. Después, dirigiéndose a mí en tono chulesco, sacó unos cuantos billetes del bolsillo y me apuntó con ellos: "¡Cuando se tiene dinero hay que divertirse, desgraciao! ¡Que eres un mierda!". Pensé que no valía la pena responder, tomé a mi esposa del brazo y nos largamos inmediatamente. 
    Ramón había bebido demasiado, pero yo no lo había visto antes así.  Me sentí defraudado. ¿Era la nuestra una amistad sincera? Deduje que Ramón se había convertido a lo largo de los años en alguien muy diferente del muchacho que yo había conocido tiempo atrás y que la estabilidad en mi pareja, en mi profesión y en mi vida en general había despertado en él una insana envidia. No cabía otra explicación. Aquella noche había explotado un globo que llevaba mucho tiempo inflándose.
   Unos días después, Matilde telefoneó a Clara, mi mujer. Le explicó que Ramón siguió bebiendo y la fiesta terminó de mala manera. Por la mañana, ella recogió sus cuatro cosas y se fue a casa de una amiga. Cuando más tarde Clara me lo contó, pensé que era lo mejor para ambos.

   Pasó algún tiempo sin que supiéramos de ellos. Una tarde en la que acudí con unos amigos al pub de costumbre, vi a Ramón en la barra, solo, y fui a saludarlo. Yo estaba decepcionado pero no lo culpaba, era sólo que la vida y él no se llevaban bien. Él había bebido un poco más de la cuenta, pero estaba sereno. Se disculpó y le quité importancia. Después me habló de Matilde.
    —La eché de casa, ¿sabes? Era una zorra que se iba con cualquiera... Se metió en mi casa apenas nos conocimos. Sólo busca a alguien que la mantenga. Encima, ¡celosa hasta aburrir! Y en la cama, tan vulgar...
    Por cortar la sarta de improperios, al fijarme en su chaqueta de cuero marrón pregunté:
     —¿No es ésa la chaqueta que te robaron del coche? ¿Apareció?
     Ramón se rió con malicia.
    —La olvidé en casa de una tía que conocí en un putiferio. Dije que me la robaron para que Matilde no se mosqueara... Después la recuperé, pero la dejé en el taller para no dar explicaciones. —Y volvió a reír, haciéndome un guiño. Nos despedimos y me fui a casa mientras él se quedaba cociéndose en la barra.

    Clara y Matilde seguían telefoneándose de vez en cuando. Así me enteré de que la mujer había empezado a trabajar en una frutería. Un día Clara me dijo que la había invitado a cenar y vendría con su nuevo novio. Matilde quería que lo conociéramos y conservar nuestra amistad, aunque ya no estuviera con Ramón. Me pareció una  intromisión, habría preferido mantenerme alejado de sus asuntos, pero Clara no veía motivo para rechazar a la chica; a fin de cuentas, fue Ramón quien la metió en nuestra vida, dijo. 
   Lucas era un hombre tosco, sin conversación, guapete, eso sí. Y Matilde estaba encantada. Se habían conocido poco antes y ella se fue en seguida a vivir con él. Me sorprendió la precipitación con que Matilde actuaba, pero no era cosa de mi incumbencia. Lucas parecía una buena persona. Noté ilusión en sus miradas y me alegré por ellos. Fue una velada cortita, de trámite, y dejamos en el aire una nueva reunión.
    Dos o tres días más tarde, Clara me pasó el teléfono; Matilde quería consultarme algo. Después de los saludos me contó:
    —Ramón fue a buscarme anoche a la frutería. Dice que no puede vivir sin mí, que se está matando poco a poco.  Creo que voy a darle otra oportunidad.
    Se hizo una larga pausa. Yo no sabía qué decir; Matilde había sufrido maltrato y yo estaba seguro de que volverían a las andadas, ahora que parecía que todo le iba mejor... Yo conocía bien a Ramón, o eso creí hasta la noche en que se emborrachó. Por un momento lo recordé, apuntándome con su pequeño fajo de billetes: "¡Eres un mierda!".
    —Habéis tenido muchos problemas, yo creo que no va a funcionar. Y Lucas, ¿qué?
    —Estoy hecha un lío. Ramón me quiere; él es así, pero me quiere. Está loco por mí. No me perdonaría que le pasara algo por mi culpa. Sólo quería que lo supieras. Lucas comprenderá, llevamos poco tiempo juntos.
    —Vamos a ver. La cuestión no es que Ramón te quiera o no, sino si sois compatibles. Yo creo que él no está hecho para vivir en pareja, es muy independiente, va de flor en flor...
    —Mientras estuvo conmigo, no —aseguró ella.
    Y entonces expliqué el asunto de la chaqueta con pelos y señales. Clara estaba en la cocina; me alegré de que no lo escuchara. Aunque pedí a Matilde que no dijera nada a Ramón, le faltó tiempo.

    Una tarde, mucho después, me lo encontré en la calle. Por un momento pensé que armaría una bronca pero no se alteró. Tras un frío saludo me miró con aire severo.
    —Así que contaste la confidencia que te hice... ¿Eso hace un amigo? Eres un canalla —dijo en tono amargo.
    Me sentí avergonzado, había roto una regla de oro no escrita. Me justifiqué:
    —Habría sido un error volver con ella y tú lo sabes.
    Ramón dejó correr el tema, como si no le interesara.
    —¿Puedes prestarme sesenta euros? Te los devuelvo la semana que viene. He olvidado la cartera en casa. —Lo pidió con arrogancia.
    Le di tres billetes de veinte. Cuando se alejaba tuve el presentimiento de que era la última vez que lo veía. Se me hizo un nudo en la garganta.

    Unos años más tarde me enteré de que Ramón había muerto. De cáncer, dijeron. Fue mucho el tiempo de amistad y buenos recuerdos, pero el único que me persigue implacable es el de tenerlo frente a mí con la mirada turbia y el brazo extendido señalándome con los billetes, mientras pronuncia la frase que jamás podré olvidar.

©Fernando Hidalgo Cutillas 2014
 
TIEMPO EN HISTORIAS
 Los mejores cuentos y fábulas en un solo tomo

22 de abril de 2014

79ª noche - Letras al Viento - Descarga directa y gratuita

Letras al Viento
II Antología de relatos españoles
e hispanoamericanos

 
Con la participación de Juan Antonio Marín, Eduardo Krüger, Lautaro Volpi,
José García Montalbán, Fernando Hidalgo, Antonio Pacheco, Belén Garrido,
Regina Úbeda, Quercia, Mario Archundia, Ricardo Durán, Milagros García
Zamora, Blanca Miosi, Luisa Méndez, Pedro Quintana y Antony Sampayo
 
 
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