5 de noviembre de 2019

157ª noche El diablo siempre llama dos veces Capítulo VI




CAPÍTULO VI 
Nuevo México - Agosto de 2007



Conduciendo por carreteras secundarias, Ruth y George atravesaron Roswell y llegaron a Alamogordo. Tenían previsto seguir hacia Arizona, pero estaban cansados y decidieron quedarse allí hasta el día siguiente. Se trataba de una ciudad pequeña y tranquila, a unas cincuenta millas de la frontera con México. George daba vueltas en la cabeza a la situación y tenía un montón de preguntas, a las que Ruth contestaba con evasivas o respuestas contradictorias. Si Ben la atacó por sorpresa, ¿de dónde sacó ella el cuchillo? ¿Cómo llevaba tanto dinero encima? ¿A dónde iban exactamente y qué pensaba hacer después? Nada de eso le parecía claro. Sin embargo, ni por un momento se le ocurrió otra cosa que seguir las instrucciones de la joven. 
A media tarde se hospedaron en el Classic Inn Motel. Era un edificio de planta baja con apartamentos independientes que daban al exterior. Después de tomar una hamburguesa en el bar del hotel, se dirigieron a la habitación. Antes de entrar, Ruth envió a George a comprar un diario para estar al corriente de las novedades del caso. 
Ya sola, Ruth abrió la puerta del apartamento asignado, el 17, dejó la mochila sobre la cama, descolgó el teléfono y marcó: 9, 1, 1.
—Emergencias —respondió una voz de mujer.
—Necesito hablar con la policía —pidió Ruth, impostando la voz.
—¿Qué sucede?
—Estoy en el Classic Inn Motel, de White Sands Boulevard. En la habitación vecina se oyen ruidos extraños, como golpes y gritos. Es la número 17. Alguien debería venir a ver qué sucede. 
—¿Ha avisado al encargado?
—No contesta nadie. Debe de haber salido.
—Dígame sus datos —pidió la voz. Ruth colgó.
Calculó que dispondría de unos cinco minutos para prepararlo todo. George llegó con el periódico cuando ella se estaba desvistiendo. 
—Estoy rendida, ¿no quieres que nos relajemos? —pidió, echándose en la cama. George siempre estaba dispuesto.
—Me ducho y vuelvo en seguida —ofreció él.
—Ven ahora. Me gusta sentir el olor de tu cuerpo. —Fingió estar excitada—. Átame, hoy quiero que me domines.
George sonrió con satisfacción. Tenía algunas fantasías que hasta ese momento no se había atrevido a intentar. Desistió de fumar el cigarrillo que acababa coger y dejó  pitillera y encendedor sobre la mesa. Le ató las manos a la cama, concienzudamente.  Cuando se disponía a anudar los tobillos, unos golpes sonaron en la puerta.
—¡Policía! ¡Abran!
George sintió pánico. Ruth, fingiendo sorpresa, trató de calmarlo.
—Seguro que no es nada importante. Ve a ver qué quieren y despáchalos pronto. —Le susurró. 
El hombre entreabrió la puerta. Un oficial de policía quedó frente a él. 
—¿Qué sucede, agente? Estamos ocupados.
—¿Está todo bien, señor? Hemos recibido un aviso... 
En ese momento Ruth gritó con todas sus fuerzas.
—¡¡Socorro!! ¡Ayúdenme! —Y siguió chillando de modo histérico. George se quedó atónito, sin comprender nada.
El agente desenfundó su arma y le apuntó. 
—Camine hacia atrás con las manos sobre la cabeza —ordenó. Por el micrófono adosado a la hombrera del uniforme pidió refuerzos. 
George obedeció, y también cuando el policía le indicó que se diese la vuelta y se pusiera de rodillas. Notó cerrarse las esposas en torno a sus muñecas. Entonces el agente fue hacia Ruth. 
—Tranquilícese. En seguida llegará una ambulancia y la trasladará al hospital. Ya no se preocupe; está a salvo, cálmese —le decía  el oficial mientras ella sollozaba. 
En pocos minutos llegaron varios coches de policía. Inspeccionaron el lugar y se llevaron a George detenido. 

Después del reconocimiento médico, Ruth prestó declaración. Cuando los inspectores esperaban un caso de secuestro y abusos sexuales, obtuvieron la extraordinaria historia de un asesinato seguido de una huida rocambolesca. Según explicó Ruth, ella vivía con su padre natural desde hacía unos meses, en un motel al que llegó un viajero  para pasar la noche. Por la mañana,  el huésped irrumpió en el dormitorio de Ben para robar. Al resistirse, lo acuchilló. Ella había acudido al oír las voces; el hombre la golpeó y la dejó inconsciente. Cuando recobró el conocimiento se encontró atada en el coche del desconocido y con el motel en llamas. Bajo amenaza, tuvo que acompañarle en su huida durante dos días, sin tener ocasión de comunicarse con nadie hasta que fue milagrosamente liberada. Como se habían cometido delitos en dos estados, el FBI se encargó de las investigaciones. 
Ruth contó el modo en que George se había desprendido del coche, que encontraron en el lugar que ella indicó. Escondido en el asiento trasero apareció un cuchillo con las huellas de George,  aún manchado con la sangre de Ben Slide, el hombre asesinado.  En la mochila que encontraron en la habitación estaba guardado lo que quedaba del botín, unos cinco mil dólares.
George Vincent fue trasladado a Dallas, donde lo interrogaron. Negó todo lo que había contado Ruth, culpó de la muerte a la chica, dijo que debía de estar loca. No le hicieron caso.  En sus antecedentes aparecieron dos delitos de abusos sexuales por los que cumplió condena en el estado de Mississippi, donde había vivido hasta 2006, y uno más antiguo por trapicheo con drogas. Sin más, se le acusó del crimen y se dictó orden de prisión contra él, a la espera de juicio.

También Ruth volvió a Texas y se instaló en la casa que todavía figuraba alquilada a nombre de Ben, en Lubbock. Su caso, ampliamente difundido por los noticiarios, se hizo famoso; la joven despertaba compasión y simpatías, y las autoridades le facilitaron los trámites legales necesarios. Tuvo que ir a Dallas para entrevistarse con el fiscal, del que era la principal testigo. Así supo que las investigaciones giraban en torno a una motocicleta que, según las pruebas, apareció por el lugar de los hechos poco después de que el coche de George saliera de allí. Ruth disimuló la inquietud que le produjo la noticia. 
—Sobre las huellas del automóvil quedaron las de otro vehículo de dos ruedas. Por suerte había llovido y el barro conservó muy bien las marcas —explicó el fiscal—. Por ahora no hemos conseguido averiguar quién iba en esa moto. ¿Tiene usted idea? 
—No sé quién podría ser  —respondió Ruth. 
—Nos interesa mucho encontrarlo. Quizá fue cómplice, o vio algo... —El fiscal hizo un gesto de resignación—. En fin, el caso está claro y usted es testigo. Y, además, una víctima. ¡Ah!, sobre su herencia: he hablado con el juez que llevará el tema. El reconocimiento de paternidad será rápido, aunque el proceso se alargará porque al parecer no hay testamento pero, como usted vivía en la casa cuando todo sucedió, puede tomar posesión de lo suyo y nadie va a inmiscuirse, ¿me comprende? —El fiscal levantó las cejas, en un gesto cómplice.
—Le estoy muy agradecida, señor Wright. 
—Además, eso aliviará el trabajo del sheriff, ya que sus hombres deben custodiar el lugar hasta que alguien se haga cargo. La secretaria le dará la autorización para que pueda entrar. 
—No se preocupe, pronto lo haré.  Debo decirle algo... —Ruth adoptó un tono confidencial que captó la atención de su interlocutor—. Mi padre no era Ben Slide. —El fiscal dio un respingo. Ella se apresuró a rectificar—. No, no es eso lo que quería decir. Verá, su verdadero nombre no era Ben Slide, sino Frank Murray. Llegó aquí desde Nueva Orleans antes de que yo naciera. 
—¡Ah!, es eso. Ya estamos al corriente. A pesar de las quemaduras se pudo obtener las huellas del cadáver. Como tenía antecedentes en seguida apareció su identidad. Iba a contárselo más adelante, no quería causarle más pesar estando tan reciente el drama por el que usted ha pasado. ¿Sabe por qué lo hizo? El cambio de nombre...
—Mi madre me dijo que fue para ocultarse de ella —mintió Ruth—. Pero ¿dice usted que tenía antecedentes?
—Nada que ahora tenga importancia. Quede tranquila y vuelva a verme cuando quiera, señorita Murray. 
Jeremy Wright observó a Ruth mientras se alejaba por el pasillo. Sin duda la joven tenía un notable encanto, una elegancia natural. Pero había algo inquietante en ella. ¿Tan tranquila, tan centrada, a su edad, después de haber perdido trágicamente en pocos meses a su madre y su padre y haber pasado el trauma de un secuestro con abusos? Por otra parte, un antiguo delincuente sexual de poca monta ¿de pronto se convierte en un atracador y asesino? Algo no encajaba. Decidió interrogar de nuevo a George Vincent. 
El acusado repitió punto por punto lo que ya había explicado: su llegada al motel, el ruego de la chica de que la sacara de allí, el modo en que se enteró del incendio y de la muerte de Ben, el relato que le hizo Ruth de cómo sucedió, la compra del nuevo coche y el abandono del suyo. En ningún momento entró en contradicción, por muchas vueltas que dio el fiscal.
—¿Había alguien más en el motel aquella mañana?
—No vi a nadie.
—¿Por qué no acudió a la policía cuando ella le contó el crimen?
—Me aseguró que fue en defensa propia; un accidente. Dijo que no lo creerían y todos nos tomarían por cómplices. Pensé que tenía razón. 
—El vendedor asegura que fue usted quien pagó el vehículo. Además está lo del cuchillo… ¿Sabe usted algo de una motocicleta?
—¿Moto? No, nada. Ella me dio el dinero, yo apenas llevaba encima mil dólares. El cuchillo... Yo usé un cuchillo igual en la cena, sólo se me ocurre que ella lo guardara. Es muy astuta, créame.  
La historia que contaba George no le pareció tan descabellada como a los detectives que lo habían interrogado antes. Era imprescindible encontrar al hombre de la moto. El examen de la rodada indicaba que era de escasa potencia, de las que se usan para trayectos cortos. Y las marcas apuntaban en dirección a los ranchos y a  Vernon. 
La policía hizo averiguaciones, pero en esa zona había muchas motocicletas sin ningún tipo de registro, la mayoría antiguas y destartaladas, que la gente utilizaba para los desplazamientos por caminos rurales, fuera de control. Pese al empeño, la búsqueda estaba resultando infructuosa. 
Por las noticias que difundía la televisión, Steve estaba al tanto de lo sucedido a su amigo Ben y desde el principio sospechó de Ruth. Sabía muy bien que su historia era falsa, él mismo la vio salir del motel por su pie. Aquello no tenía nada que ver con un secuestro, ella estaba de acuerdo con aquel fulano, no tenía duda. Cuando supo que la policía indagaba las huellas que su moto dejó junto al incendio, se inquietó. Lo que menos le interesaba era que anduvieran en su garaje, donde guardaba una buena cantidad de pequeños artículos que traía de contrabando en sus viajes hasta que conseguía venderlos. A pesar de la furia que le provocaba el cinismo de la muchacha, decidió callar. Ya encontraría el modo de que ella lo pagara, se dijo. 

El agente que custodiaba la ruina del motel aquella tarde reconoció a Ruth por las fotos que habían aparecido en los periódicos. Ella le entregó el documento que acreditaba su derecho y el hombre la dejó pasar. 
—Lleve cuidado, señorita, podría derrumbarse algo.
La chica le sonrió y se dirigió a la parte de atrás. Bajó con precaución la escalera de piedra que llevaba al sótano. Allí el incendio no había llegado. Quitó la tabla y apareció la caja fuerte. Cogió la llave oculta en una grieta de la madera y la abrió. Dentro había unos quinientos mil dólares en billetes grandes.  Los puso en una bolsa de plástico negro, cerró la caja vacía y la cubrió de nuevo con la tabla. Se disponía a subir cuando un bulto embalado llamó su atención. Rasgó el papel y descubrió una pintura que la estremeció: una mujer con cabeza de serpiente vestida con una túnica sobre la que podía leerse AYIDA-WEDO. Subió la escalera deprisa y se despidió del guardia.
—En unos días me haré cargo de todo. Sólo he venido a comprobar los destrozos y recoger un par de cosas. Es un desastre —lamentó, señalando las ruinas con un gesto de la cabeza.

A George Vincent le asignaron un letrado joven, con pocos años de experiencia y ganas de hacerse nombre en la profesión. Al abogado le preocupaban la notoriedad que el caso había adquirido en la opinión pública y las simpatías que despertaba Ruth Murray. Sería difícil formar un jurado sin prejuicios. En la primera entrevista a solas, Fred Duran fue claro con su cliente.
—Señor Vincent, ha de contarme hasta el último detalle. Lo tiene mal, la prensa ya lo ha juzgado y condenado. Sus antecedentes pesan mucho. ¿Qué fue exactamente lo que usted hizo en Mississippi?
George se sintió incómodo al pedirle que hablara de su pasado.
—Bueno... Yo nunca forcé a nadie, créame, señor Duran, pero hice unas cuantas grabaciones con cámara oculta que salieron a la luz y eso molestó a las mujeres que aparecían en ellas. Me llovieron las denuncias y en un par de casos me condenaron. Por abusos, porque ellas mintieron. No obligué a nadie, pero las filmaciones eran bastante indiscretas y predispusieron al tribunal en contra de mí. 
—¿En casa de usted?
—¿Qué quiere decir?
—Si las filmaciones las obtuvo usted en su casa o en las de ellas.
—Oh, no. Todas en la habitación de algún hotel.
—¿Con cámara oculta? ¿Cómo lo hacía?
—Verá, yo entonces tenía una pitillera que escondía una cámara diminuta.  Un juguete muy útil. Sólo tenía que dejarla sobre cualquier mueble, no levantaba sospechas. —Sonrió al recordarlo. 
—Comprendo. —Duran tuvo una intuición. Abrió el expediente y lo hojeó hasta dar con el dato que buscaba—. Entre los objetos que llevaba usted cuando le detuvieron figura una pitillera —hizo notar.
George se revolvió en su asiento. 
—Soy fumador, es algo corriente. 
—La examinaré. 
­—Pero ¿es usted mi defensor o ayudante del fiscal? ¿Qué interés tiene en destapar antiguos problemas? —preguntó George, molesto. 
—Parece que no comprende, George. Si le condenan, no le van a caer unos pocos meses de cárcel como entonces. Podría costarle la vida. 
—Pero lo que dice esa chica no tiene pies ni cabeza. No pueden condenarme.  Yo nunca he sido violento, quienes me conocen saben que no haría algo como lo que ella cuenta. Y parece que hay más sospechosos, el fiscal me preguntó por una moto —respondió George, escéptico. 
—Olvídese de la moto. Todo le incrimina, George. Ella ha urdido muy bien la trama mientras usted se ha comportado como un verdadero estúpido. El jurado la creerá a ella, esté seguro. ¿Esa pitillera contiene una cámara? —preguntó directamente el abogado.
George dudó antes de contestar.
—Sí —reconoció.
—¿Y hay en ella alguna grabación de Ruth Murray?
—Ya me condenaron por eso dos veces, sería la segunda reincidencia, ¿no lo entiende? 
—¿Hay o no filmación? Si no colabora me apartaré del caso —amenazó el abogado. 
—Las hay —admitió por fin George, avergonzado—. Nunca he dejado de hacerlas, aunque ahora, sólo para mí. Sé que es ilegal pero esos vídeos me excitan más que ninguna otra cosa.
—Dios quiera que no se hayan borrado. —Duran apretó los labios con un gesto de triunfo.
Una hora después, el abogado y el fiscal se encontraban reunidos en la oficina de este último, frente a un pequeño monitor de vídeo. Wright dictaba el informe a su secretaria: «Aparece Ruth Murray, desnuda sobre una cama. Entra en escena George Vincent y comienza a atarle las manos, mientras ella gime y pide que lo haga con fuerza. Al cabo de un momento se oye unos golpes y una voz: "¡Policia, abran!".  Entonces ella dice: "Seguro que no es nada importante. Ve a ver qué quieren y despáchalos pronto". Vincent sale de la escena y se escucha un murmullo ininteligible. De pronto Ruth Murray empieza a pedir auxilio a gritos. Poco después, un agente de policía la cubre con la sábana».
El fiscal cortó el vídeo, con gesto preocupado. 
—La prueba es demoledora —reconoció—, pero extraordinariamente incómoda en un juicio del que toda la opinión pública está pendiente. Algo así tendrán que verlo el jurado y el tribunal a puerta cerrada...

—El vídeo demuestra que Ruth Murray ha mentido. No fue secuestrada, ni mi cliente la obligó a nada. Toda la acusación se basa en lo que ella contó y su credibilidad nace del modo en que fue encontrada y rescatada por los agentes. Eso se viene abajo con lo que acabamos de ver. 
—Pero no demuestra que Vincent sea inocente, sólo que no secuestró a Ruth. Posiblemente sean cómplices. Por otra parte, un abogado hábil podría anular la prueba. Es ilegal en sí misma —comentó Wright, pensativo—. Interrogaré a Ruth de nuevo. 
—¿No va a detenerla? Está claro que ha mentido.
—Hay que revisar el caso, no debemos precipitarnos. Veremos qué dice el juez.
Esa misma tarde Ruth acudió a la oficina del fiscal. Wright le mostró los primeros segundos de la filmación e interrumpió el vídeo. 
—¿Quiere ver lo que sigue, o lo recuerda? —preguntó con  ironía. El rostro de Ruth se encendió y su actitud se hizo hostil. 
—Eso sólo demuestra que ese hombre es un cerdo.
—Demuestra que el señor Vincent no la retenía contra su voluntad y que usted montó una farsa. ¿Qué le parece si me cuenta la verdad?
—Él me amenazó de muerte, tenía que seguirle el juego —intentó justificar Ruth.
—Él hizo sólo lo que usted pidió, no pretenda seguir engañándonos. Creo que usted fue cómplice y las pruebas lo demostrarán. Busque un abogado porque va a necesitarlo. Y no salga de la ciudad —concluyó el fiscal.

Cuando Ruth abandonó el edificio estaba furiosa. George y su maldita cámara habían echado por tierra lo que tan minuciosamente había planeado durante meses. Comprendió que su versión no se sostendría. Ella podría incriminar a George pero no se libraría de que la acusaran también. En cuanto el juez ordenara su arresto, no tendría escapatoria. Debía huir mientras pudiera. Si se apresuraba podría estar en Lubbock en cuatro o cinco horas, recoger el dinero que sacó del motel y poner tierra por medio.

Llegó a medianoche. Frente al edificio vio aparcado un coche de policía. Pasó de largo. Unas travesías después estacionó para aclarar sus ideas. No había duda de que ya la buscaban. Si encontrara la forma de entrar a la casa... ¡Había luchado tanto por ese dinero! Pero no debía correr riesgos. Miró en su bolso. Llevaba unos mil dólares, suficiente para llegar a Nueva Orleans, donde podría esconderse. Ya pensaría algo más adelante, se dijo. 

Una semana más tarde, Ruth deambulaba por las callejas cercanas al puerto de Nueva Orleans. Un hombre enorme se acercó a ella.
—¿Cuánto pides?
Ruth lo miró de arriba abajo.
—Depende. ¿Qué te gusta hacer?
—Iremos a mi barco. Te va a encantar, preciosa. —El hombretón soltó una carcajada.
Cuatro días después, el fiscal Wright recibió una carta en su oficina. La firmaba Ruth Murray, y era la confesión del asesinato de su padre. Los detectives la buscaron intensamente, sin éxito. Parecía que se la hubiera tragado la tierra.

Las ruinas del hotel de Ben quedaron abandonadas. Los lugareños decían que en ocasiones oían siniestros ruidos procedentes del sótano. La policía lo investigó varias veces, sin encontrar nada fuera de lo normal. Pero los extraños ruidos continúan escuchándose, hasta muchas millas de distancia...


FIN

     ©Fernando Hidalgo Cutillas - 2013
             Todos los derechos reservados - Prohibida la reproducción

No hay comentarios: