22 de septiembre de 2011

57ª noche - Fábula de la serpiente y las gallinas

  En un claro cerca del recodo, en la ribera, pasaba sus días un grupo de gallinas con sus gallos y polluelos. Lejano ya el tiempo en que sus antepasados compartieron el Edén con los nuestros, también las aves aprendieron a esforzarse para ganar su sustento y conocieron el dolor y la desgracia. Picoteando aquí y allá, desgranando las espigas silvestres, tragando insectos y aprovechando cuanto la Naturaleza les regateaba, el grupo sobrevivía sin demasiadas dificultades.
Al contrario que sus esposas, los gallos tenían mal carácter. No se soportaban unos a otros y eran frecuentes las trifulcas en las que alguien salía malparado. Eso no preocupaba mucho a los demás; en realidad los gallos no servían para gran cosa, en opinión de sus gregarias y laboriosas hembras. Pero, claro, había que tener polluelos...
Todos miraban la linde del bosque con recelo. Les parecía un lugar terrible, habitado por criaturas ominosas cuyo simple recuerdo los espantaba. Seres con todo el cuerpo cubierto por extraños filamentos, de cabeza casi triangular, mirada penetrante y —un escalofrío estremecía sus crestas al pensarlo— enormes dientes en sus fauces. Cuando aparecía el zorro se producía un enorme revuelo. Después todo volvía a la normalidad, excepto por un pequeño charco de sangre y plumas que quedaba en alguna parte. Del bosque nunca salía nada bueno.
Del río, sí. Les proporcionaba toda el agua que necesitaban, además de mantener frondosa la ribera. Las aves no eran muy listas pero sentían que el fluir de su corriente les era tan vital como el de su propia sangre. También el cielo era generoso. El sol y la lluvia eran para ellas una bendición. Pero a veces el río se enojaba. Sus aguas bajaban turbias y encrespadas, arrasándolo todo. Debía de haber un poderoso motivo, porque en estas ocasiones el cielo solía unirse a esa furia enviando agua a raudales y, lo peor de todo, unas luces cegadoras que se acompañaban de un terrible estruendo. Hasta el sol se ocultaba en esos casos; eran momentos terribles en los que las azoradas gallinas enloquecían de pavor. Pero, como dijo alguien una vez, después de la tempestad siempre viene la calma: volvía a salir el sol, el viento amainaba y las aguas tornaban a su cauce. Todo alrededor quedaba arrasado y maltrecho, aunque la Naturaleza no tardaría en hacer las reparaciones necesarias. Las gallinas entendían muy bien que, pasara lo que pasase, nunca pasaba nada. Al final la vida siempre seguía como antes. Para algunos no,  pero... esos ya no contaban.
 
Un día de primavera, entre los destrozos que dejó la tempestad apareció algo nuevo. Las gallinas lo miraron, sorprendidas. Se trataba de un ser cubierto de escamas parecidas a las de sus propias patas, largo y estrecho como un palo, que yacía en el suelo sin que aparentemente tuviese nada con qué moverse. Había en él algo siniestro, tal vez sus ojos astutos, su cabeza más triangular aún que la del zorro… pero sin garras ni terribles dientes, sin patas siquiera, les pareció inofensivo. La serpiente irguió su cabeza al sentirse acosada y los demás, cautos ante lo desconocido, se dispersaron.
Aunque no volvieron a verla en varios días, presentían que el reptil seguía por allí. No tardó en suceder el primer incidente. El cacareo desconsolado de una joven clueca alarmó al grupo: había desaparecido un huevo. El misterio no se resolvió y el robo de huevos siguió sucediendo con regularidad. Cada tres días desaparecía uno. Todos pensaron que el ladrón no era otro que la serpiente y después de ponerse de acuerdo, decidieron dar una batida por los alrededores, escrutando la zona hasta encontrarla y dejarla a merced de los gallos.
La serpiente reptó veloz, se escondió en las grietas y quedó más quieta que un muerto, pero no sirvió de nada. El grupo era numeroso y las gallinas conocían muy bien la zona. Cuando la descubrieron, el gallo más lanzado le propinó un terrible picotazo en la cola. El reptil se irguió, siseó, blandió su bífida lengua y mostró todo su repertorio de amenazas, pero los gallos no se echaron atrás. A toda velocidad, el pequeño cerebro de la serpiente trataba de encontrar una salida a aquella situación desesperada. Su veneno podría acabar con uno de ellos, pero los demás la destrozarían. Había que evitar una lucha que con seguridad iba a perder.
—¡Un momento, señores gallos! ¿Por qué se enojan conmigo? ¿Qué les he hecho yo para que me ataquen con tanta furia? —gritó con aire inocente.
—Bien lo sabes, reptil inmundo. Desde que llegaste has estado robando los huevos de nuestras gallinas y eso se va a acabar —sentenció el gallo del picotazo.
—¡Eres injusto! Yo no tengo elección, he de comer o moriré de hambre. Pero tenéis razón, robar no está bien, pagaré por los huevos el precio que pidáis... —ofreció la astuta serpiente—. Es más de lo que vosotros mismos hacéis, ¿o acaso pagáis por el grano y los insectos que os lleváis al pico?
Los gallos quedaron sorprendidos por el ofrecimiento de la serpiente. Era cierto que ella, como todos, necesitaba comer para sobrevivir. Quizá el negocio fuese interesante. Se reunieron y hablaron en voz baja durante un rato, antes acercarse de nuevo al reptil.
—Creo que podremos llegar a un acuerdo —anunció por fin el que se había erigido en líder—. Verás, hay un zorro en el bosque, quizá dos o tres. Es frecuente que salgan y nos ataquen. Si nos libras del zorro tendrás un huevo cada tres días. Pero te advierto que si el zorro vuelve a perseguirnos será tu fin.
—Caro me hacéis pagar el alimento, pero acepto el pacto. En tres días volveré a por mi huevo. Os aseguro que el zorro no volverá a molestaros.
La serpiente se arrastró lentamente hacia el bosque mientras las aves regresaban a su base. El alboroto había tenido un desenlace imprevisto y todos, aunque desconfiaban, estaban esperanzados por poder librarse de la terrible amenaza del zorro de modo tan sencillo. Un huevo cada tres días... con tantas gallinas eso no era nada.
Pasaron los tres días y la serpiente volvió.
—El zorro ya no es problema, he venido a por mi huevo —anunció al jefe del grupo.
—Pronto se verá. No descuides el asunto, si el zorro vuelve eres reptil muerto —contestó el gallo, amenazador—. Ahora toma tu huevo y procura apartarte de nosotros.
—Hasta dentro de tres días —se despidió la serpiente, con fingida sumisión.
 
A partir de entonces las aves se vieron libres de los ataques de su pérfido enemigo. Ya no veían el bosque tan terrible, hasta se atrevían a buscar alimento en zonas cada vez más próximas a él. Poco a poco olvidaron la amenaza. Pero a finales del otoño, un nuevo charco de sangre y plumas acabó con su tranquilidad. Cuando la serpiente acudió a buscar su huevo el gallo montó en cólera.
—Te lo advertí, si esto volvía a pasar lo pagarías con tu vida —amenazó, exhibiendo sus temibles espolones.
—Gallo —adujo con tono tranquilo la serpiente—, ¿no comprendes que estos son otros zorros? Yo cumplí el pacto; hace meses que no os molesta ninguno de ellos. ¿Qué puedo yo hacer, si han llegado más? Ahora tenéis otro problema y si me matas no podréis resolverlo. ¿No sería mejor para tus gallinas que llegásemos a un nuevo acuerdo?
—Hummm —meditó el gallo, sopesando las razones de la serpiente. Si mataba al reptil nadie podría librarlos de los zorros, eso era cierto. Y habían estado tan tranquilos todo el verano... —¿Qué propones?, habla claro.
—Cuando yo necesité algo que me era indispensable os ofrecí pagar un precio. Ahora ya tengo lo que necesito pero, si vosotros precisáis algo de mí, creo que lo justo será que me hagáis una oferta... Quizá me interese. Ya se sabe, quien algo quiere, algo le cuesta —expuso la serpiente con astucia.
La furia del gallo se había desvanecido por completo, ahora estaba en un brete. Volver a vérselas con los zorros después de tantos meses de bonanza era una mala solución. El grupo no se lo perdonaría. Necesitaba llegar a un acuerdo.
—¿Un huevo cada dos días? —sugirió con cautela.
—No es una buena idea, señor gallo. ¿No ves que cada cierto tiempo volverán los zorros? ¿Por qué no hacemos un pacto que os libre para siempre de ellos? Yo me comprometo a que sea así. Pero necesito un huevo cada día, gastaré muchas energías con tanto trabajo.
—Está bien —concedió el gallo de mala gana, viendo que no tenía opción.
Los zorros desaparecieron de nuevo de los alrededores y las gallinas recuperaron la tranquilidad perdida. La serpiente no se dejaba ver mucho, aunque cada día se presentaba puntualmente a recoger su sueldo, que las gallinas le entregaban sin discusión, pues todos apreciaban la dicha de sentirse seguros.
 
Pasó el invierno y llegó el deshielo en las nevadas cumbres que, junto con las lluvias propias de la época, desbordó el río una vez más. En esta ocasión fue terrible, muchas aves fueron arrastradas río abajo hasta desaparecer y todo quedó desolado como nunca. Cuando las gallinas, libres del problema del zorro, se sentían más seguras, la Naturaleza vino a recordarles una vez más la fragilidad de su existencia. Se lamentaban en corros de su suerte y su aspecto escuálido y desmochado hubiese resultado cómico de no corresponder con tal desgracia. Un mal trance para pagar deudas, pero nadie quería que volviese el zorro, de manera que el huevo siguió apareciendo diariamente.
La serpiente soportó muy bien el temporal en su refugio. Ello le dio una idea, que no tardó en llevar a la práctica.
—Buenos días, señor gallo —saludó a su interlocutor habitual—, malos momentos estáis pasando ¿verdad?
—Los peores en mucho tiempo, reptil. ¿Qué vienes a hacer aquí?, ¿no te han dado ya tu huevo?
—¡Oh, sí! Gracias al Cielo eres un gallo de palabra. Sólo estaba pensando que lo del zorro apenas es nada comparado con esto. ¡Qué terrible situación! En cambio yo disfruto de la lluvia desde mi refugio...
—¡Pues mira qué suerte tienes! Nosotros no tenemos refugios —masculló el gallo, molesto por la impertinencia de la serpiente.
—He pensado que eso podría cambiar. ¿No os gustaría tener donde protegeros de las inclemencias y los peligros cuando la Naturaleza se desboca?
—Claro, pero... —El gallo no supo qué más decir.
—Yo podría indicaros cómo hacerlo y dirigir los trabajos. Tengo experiencia... —sugirió la serpiente, sin demostrar mucho interés.
La idea llamó poderosamente la atención del gallo.
—¿Tú podrías? Si no tienes patas, ni pico siquiera....
—No he dicho que pueda hacer el trabajo, sino que puedo dirigirlo. 
 
La serpiente explicó al gallo su plan. Bajo sus indicaciones, las gallinas construirían un amplio y resistente refugio donde todo el grupo se podría guarecer; y terminó su exposición con un “pero quien algo quiere...”.
—¿Y cuál es el precio esta vez? —preguntó el gallo, con fastidio.
—¿Dos huevos diarios? —propuso el reptil.
Las gallinas trabajaron laboriosamente durante varios meses, bajo la dirección de la serpiente, hasta que el refugio estuvo a punto. Fue agotador y, además, cada día tenían que entregar dos huevos; pero valió la pena, la sólida construcción las libraría del mayor de sus peligros. Las próximas riadas resultarían inofensivas.

Algo después fue un águila quien alteró la paz del corral. Más tarde una plaga de insectos. Hasta un incendio, producto de un rayo que cayó cerca. La serpiente no cesaba de vender sus soluciones y las gallinas no paraban de trabajar de una a otra cosa, tejiendo redes, abriendo cortafuegos, excavando depósitos, afilando estacas, acarreando agua... ¡Qué lejos había quedado su plácida vida anterior! Pero la seguridad se había vuelto algo necesario, imprescindible. Sólo pensar que el zorro pudiese atacar, que el río pudiese arrastrarlas, que el águila se cerniese sobre ellas, la simple idea les hubiese puesto la piel de gallina si ése no hubiera sido su estado natural.
 
Pasaron varios años. El claro del bosque, cerca del recodo del río, era irreconocible. El grupo de aves, también. Nada era como debía ser. Las gallinas parecían autómatas de mirada perdida, cuyo único fin en la vida fuese no sufrir, lo que las hacía sufrir enormemente. La mitad trabajaba todo el día en las cosas más inútiles, la otra mitad se dedicaba a poner huevos, tantos había que pagar a diario a la serpiente. Sólo quedaba un gallo, antes  orgulloso y valiente, después un simple criado del reptil. Éste había ordenado construir su guarida en el centro del claro.
Sobre el inmenso almacén en el que acumulaba los huevos recibidos, un cómodo mirador le ofrecía el lugar perfecto para contemplar su imperio. Y aquello era sólo el principio. Esas gallinas neuróticas no darían mucho más de sí, pero había muchas más gallinas en el mundo.
 
©Fernando Hidalgo Cutillas 2010 


 
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1 comentario:

B. Miosi dijo...

Hola Fernando, esta entrada está circulando en Twitter!!

Besos,
Blanca