26 de mayo de 2011

9ª noche - El árbol genealógico

Esta noche pensamos ver un rato de televisión. Elisa hizo zapping cadena tras cadena y acabó dándome el mando a distancia:

—Pon tú lo que quieras, yo no soporto todo esto. Me voy a la cama.

La seguí, y el televisor quedó, como siempre, negro y mudo. Deberíamos tenerlos entre rejas; son peligrosos.


Una tarde aburrida de domingo, después de ver una insulsa película en televisión, se me ocurrió pasar el tiempo reconstruyendo el árbol genealógico de la familia. Desde pequeño me fascinaba oír las antiguas historias familiares y todos, especialmente la abuela Rosario, estaban encantados con que alguien quisiera escuchar esos viejos relatos que una vez fueron el centro mismo de sus vidas. De eso hacía ya bastantes años pero yo conservaba aquellos datos bien grabados en mi memoria.

Uní dos folios con un poco de cinta adhesiva por la parte posterior, para disponer de un espacio más amplio, y me puse a la tarea. Anoté mi nombre, el de mis hermanos, encima el de nuestros padres, y cuando empezaba a escribir el de algunos de mis tíos caí en la cuenta de que así no podría hacerlo. Se enmarañaría demasiado. Tiré los folios a la papelera, uní otros dos del mismo modo y volví a empezar, esta vez para hacer exclusivamente mi árbol genealógico; nada de hermanos, tíos ni demás parientes. Pensé también que, siendo árbol, las raíces tendrían que estar abajo y los brotes arriba, de modo que escribí mi nombre en la parte superior de la gran hoja, dispuesto a reconstruir el tronco y las raíces de los que yo había brotado. Bajo mi nombre, el de mis padres, y bajo cada uno de ellos el de los abuelos correspondientes, para seguir con los bisabuelos. Dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos... Me había equivocado: la imagen de un árbol me hizo colocar el papel en posición vertical y en la quinta línea ya no me cabían los datos por la anchura. ¡Qué barbaridad, dieciséis tatarabuelos! Es de Perogrullo, pero no lo había previsto y estaba bastante sorprendido.

El hallazgo me distrajo de mi idea inicial y me llevó a calcular el número de antepasados que tendría diez o quince generaciones atrás. El cálculo era sencillo: dos, cuatro, ocho, dieciséis, treinta y dos, sesenta y cuatro, ciento veintiocho... ¡Ah!, era como la vieja historia de los granos de trigo sobre el tablero de ajedrez, pensé. Entonces fue cuando me di cuenta de la magnitud del problema: nunca ha habido tanta gente en el Mundo, ni siquiera hoy día. En sólo veinte generaciones aparecía un millón de antepasados directos, y con eso apenas retrocedía seis siglos. ¿Es que en la Edad Media todos los habitantes del país eran abuelos míos? Y en la época de Cristo, calculando cuatro generaciones por siglo y creo que me quedaba corto, eran más de un cuatrillón. ¡Cómo podía ser! Cada uno de mis antepasados tuvo padre y madre, eso era innegable. Había un error de apreciación en alguna parte y no era precisamente pequeño.

No tardé en comprender el problema: todos tenemos dos padres, eso es cierto, pero no todos tenemos cuatro abuelos, ni ocho bisabuelos, etc. Si los padres fuesen hermanos sólo tendríamos dos abuelos; si fuesen primos, sólo cuatro bisabuelos. Pero, ¿tanta consanguinidad ha habido en la historia del Mundo como para compactar un cuatrillón de antepasados en unos pocos miles? La respuesta era obvia: no sería posible de otro modo. Y si nos remontásemos más atrás, a la época de Ramsés, por ejemplo, cuando el cálculo daría una cantidad con más de ochenta ceros, aún serían menos los antepasados reales.

Estas reflexiones me quitaron de la cabeza la idea de hacer el árbol genealógico. Guardé la hoja para continuarlo en otro momento y volví al sofá, frente al televisor. Una conocida cadena especializada en telebasura estaba emitiendo un reality show. Todos dicen que la consanguinidad es mala para la genética, se multiplican los problemas y degenera la especie. Ante mis ojos tenía la evidencia que confirmaba mis recientes conjeturas.
 
El árbol genealógico © Fernando Hidalgo Cutillas

 
 
 

4 comentarios:

mario a. dijo...

pero que tia tan absurda, y vista por tv



que bien parece una de mis tantas parientes.


panchito, que no veo ninguba relacion entre tu cuento y esta mujer, tan maja, que no maje...

Panchito dijo...

Hola Mario,

El relato en realidad no trata sobre árboles genealógicos sino sobre televisión. El protagonista se pasa la tarde del domingo viendo la tele, sólo se le ocurre dejarlo un rato cuando tiene la idea de hacer el árbol, pero se le complica y vuelve a la tele. Con sentido crítico (mala película, reality demencial), pero la ve. El árbol le sirve para llegar a la conclusión de que la consanguinidad en la historia de la Humanidad fue norma durante milenios, para lo bueno y para lo malo. En la creencia popular, tener hijos con familiares cercanos es malo, pues los genes defectuosos pueden coincidir, de ahí que se diga que degenera la especie. Se ha dicho eso, por ejemplo, de las familias de faraones egipcios, que tomaban por esposas a sus hermanas, y de algunas realezas europeas, que limitadas por la sangre azul han recurrido con frecuencia a la endogamia.

Al final, el protagonista dice "Una conocida cadena especializada en telebasura estaba emitiendo un reality show. Todos dicen que la consanguinidad es mala para la genética, se multiplican los problemas y degenera la especie. Ante mis ojos tenía la evidencia que confirmaba mis recientes conjeturas". O sea, la actuación de la payasa esminterpretada como evidencia de que nuestra especie ha degenerado. Esa es la relación entre el relato y el video.

Gracias por tu visita. Abrazos

B. Miosi dijo...

Oye, pues, aquí habría que buscar a Euclides por el asunto de la proporcionalidad, o cuando menos a Andrew Wiles quien tuvo que enfrentar la conjetura de Taniyama-Shimura, antes de solucionar el teorema de Fermat, lo que le llevó una generación, así que imagínate, hasta un insulso programa de telebasura puede servir de inspiración para hacer divagar nuestra imaginación y empezar a hacer conjeturas...

Panchito dijo...

Este caso es especialmente triste, Blanca. Doña Mercedes Milá, la payasa que actúa en el video, fue una eterna joven promesa del periodismo durante décadas. De una familia de la mejor burguesía catalana, inteligente, dinámica, a ratos brillante, en programas de interés. Pero alguna impureza debía contener la gema porque no llegaba a dar el salto. No sé si le faltaban las cualidades de Julia Otero o la suerte de Isabel Gemio (a falta de cualidades, tampoco es mal remedio), o la serenidad y profesionalidad de María Teresa Campos, o hasta la mediocridad de Ana Rosa Quintana. El caso es que se le pasaba el arroz periodístico y la crisálida seguía crisálida.

Entonces llega el juego de la telebasura, las audiencias, el dinero... y ya ves. ¿Qué pensará ella misma cuando se vea? Seguro que no sólo lo justifica sino que se ve de grande mérito. Liberada, ¡fuera hipocresías! Eternamente "joven", actriz que interpreta su propio papel de periodista metida a... payasa vulgar. No es un juicio, quizá yo mismo lo haría si me ofrecieran el dinero que ella debe de cobrar; es un lamento.

Es un caso parecido al de Xavier Sardá. El de Xavier, un poco más perverso. El dinero, hoy día lo compra todo, lo corrompe todo.