29 de diciembre de 2014

90ª noche - El extraño caso del Dr.Jekill y Miriam Hyde

       Tras doctorarme en el MTI, recibí una extraña oferta de trabajo: el cargo de jefe de un Equipo Alfa en el Centro Nacional de Biología Aplicada de las Fuerzas Armadas, que dependía directamente de la Casa Blanca.  Se trataba de uno de esos empleos que deben ocultarse a todos, incluida la familia. Aparentemente, yo trabajaba en un laboratorio farmacéutico de ámbito multinacional, así lo creían mis padres, mis hermanos, los amigos y —cuando me casé— también mi esposa Miriam.
La labor requería por largas temporadas una dedicación intensiva e ininterrumpida. Pasados un par de años de matrimonio, Miriam empezó a sentirse molesta por esas ausencias de difícil justificación. Yo argüía viajes de trabajo y otros motivos similares,  pero la explicación no lograba que se sintiera menos sola. Sus quejas, a veces mimosas y a veces airadas, agriaban nuestra relación hasta el punto en que ella dijo que no era ésa la vida que deseaba llevar a mi lado y que, de no encontrar solución, pediría el divorcio.  La idea de separarnos me atormentó desde el principio. El problema parecía no tener arreglo: yo no podía dejar de lado mis investigaciones y ella —yo la comprendía— llevaba la vida de una viuda, la mayor parte del tiempo.
Mi trabajo consistía en la transmutación genética. ¿Se imaginan un toro con la capacidad mental de un chimpancé? ¿Un hombre, con la fuerza proporcional a la de un escarabajo pelotero? Se trataba de introducir en los genes de un individuo otros, de diferente especie, que contuvieran las cualidades que se quería conseguir. Trabajábamos con una gran variedad de animales, cuyos genomas estudiábamos continuamente.
Una mañana, en mala hora se me ocurrió comentar mis cuitas con un compañero del equipo, un buen investigador, del que conocía su divorcio, pocos meses antes. Un día, sin más,  su mujer se largó con otro.  Y allí nos quedamos los dos, fumando sendos cigarrillos con cara de palo. Antes de volver cada uno a lo suyo, mientras mi amigo apagaba la colilla, soltó con acritud:
—Ahora tengo un perro, seguro que él no me va a dejar. —Y se fue a su lugar de trabajo.
El comentario quedó rondando en la cabeza. A la hora de comer, ya no pensaba yo en otra cosa. Y a media tarde, caí en cuenta de que, sin pretenderlo, mi amigo había dado en el clavo.
Repasé el genoma canino buscando los genes y alelos de los que depende la inquebrantable fidelidad de esos animales. Pronto los encontré. En la pantalla del microscopio electrónico estaba la clave de todo. En los días siguientes, partiendo de un magnífico ejemplar de pastor alemán extraje, purifiqué y preparé con gran cuidado todo lo necesario, hasta concentrar en un centímetro cúbico de suero amarillento la mayor carga de fidelidad nunca vista. Sólo faltaba encontrar la excusa para inocularla a Miriam, lo que no sería problema, aprovechando alguno de los tratamientos que le administraba de vez en cuando para la alergia. Dejé el vial en el frigorífico de casa, a la espera del momento adecuado.

Ya hacía un mes de la inyección cuando noté los primeros cambios. Miriam me esperaba junto a la puerta con gran excitación, daba vueltas a mi alrededor con alegría, atenta a cualquiera de mis deseos sin mostrar contrariedad por mi ausencia o los retrasos. A la menor oportunidad, se arreglaba para salir conmigo, me arrastraba ansiosamente a pasear a la calle, adelantándose para curiosear algún escaparate o alcanzándome, si había quedado atrás en su correteo. Se obsesionó con los collares, me hizo comprar varios de ellos. En una ocasión estuvo a punto de orinar en un parterre, apenas conseguí evitarlo. Yo la reñía dulcemente tratando de controlar esos excesos, ante lo que Miriam bajaba la cabeza y emitía un lastimoso y leve gruñido. Pero inmediatamente recobraba su vigor y jovialidad. Por lo demás, seguía siendo la de siempre y estoy seguro de que ella no notó nada extraño. Cuando logré mitigar las efusiones de la nueva Miriam, todo pareció quedar bajo control. A nadie, ni siquiera al amigo divorciado, conté nada, pues no hace falta decir que lo realizado contravenía todos los códigos imaginables y no quería correr riesgos. Y así pasaron cinco meses más.
Un día me sorprendió no encontrarla en casa a mi regreso. Llamé por teléfono a varios conocidos y nadie sabía nada de ella. Esperé, sin resultado.  Por la noche, estaba a punto de avisar a la policía  cuando oí unos suaves golpes y gemidos en la puerta. Abrí, y allí estaba Miriam, con las ropas sucias como si se hubiera revolcado en el barro, greñuda, los brazos y piernas llenos de arañazos, con una cara de pena que partía el corazón. Entró temerosa, tomó una ducha y nos acostamos sin cenar ni mediar palabra. Ella se enroscó a mí inmediatamente, como si nada hubiera pasado. Por la mañana, actuó como otro día cualquiera.
Habíamos decidido no tener niños  hasta encontrar la ocasión idónea, por eso nos preocupó el retraso menstrual, y más aún nos sorprendió un test de embarazo positivo. Aceptamos la decisión del destino, pero pasadas unas semanas, la ecografía mostró algo inaudito: Miriam esperaba quintillizos. Y lo más sorprendente: tres de los fetos no parecían humanos, sino perrunos. Yo miraba las imágenes sin poder dar crédito. Aquello no podía seguir adelante.
Empecé a dejarla encerrada en casa con llave, pero no tardé en advertir que ella escapaba fácilmente, saltando la valla entre los setos del jardín. Regresaba a los dos o tres días, con tan lamentable aspecto como si volviera de la guerra. Pero feliz y tan fiel en su afecto hacia mí como siempre.

Los cambios en la política del país llevaron a cancelar muchos de los proyectos del Departamento de Defensa, entre ellos el de experimentación genética en que yo estaba trabajando. Con una pluma de oro, un contrato de confidencialidad y una palmada en la espalda, me enviaron a casa. Allí me esperaba Miriam con un negro y enorme pastor alemán que había encontrado vagabundeando por la calle, apoltronado sobre el sillón que yo solía usar.
—¿A que es precioso? —dijo, y me sacó la lengua.

 
©Fernando Hidalgo Cutillas - 2014

 
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13 de noviembre de 2014

89ª noche - Mentira piadosa

Desde su corta edad, Antonio pensaba que la tía Paula tenía todos los años del mundo. Era hermana de su fallecido abuelo materno, Julián, y no supo de ella hasta que, un verano, la familia decidió ir de vacaciones al pueblo de sus orígenes. El padre se reuniría con ellos unos días después, por cuestiones de trabajo.
 
Voluminosa, vestida con indescifrables envolturas, siempre de luto no se sabía bien por quién, la tía Paula era una mujer extravagante. Estaba casada con el tío Diego, que había sido pregonero, ya jubilado. Era un hombre enjuto, alto y ligeramente encorvado, que parecía alimentarse sólo de cortados(*) con leche condensada y copas de coñac, a pesar de lo cual nunca se le veía ebrio, al contrario, siempre cabal, simpático y comedido en todo. Con frecuencia llamaba a su mujer "Doña Paula", lo que parecía bienintencionadamente socarrón. Y es que Doña Paula tenía delirio de grandeza.
 
Hacía mucho tiempo que la familia no tenía contacto, tanto que los tíos no sabían de la existencia del niño. Cuando llegaron a la casa del pueblo, conociendo lo mirada que era Paula para eso, a la madre se le ocurrió decir que lo habían bautizado Julián, como el abuelo. La tía quedó oronda y satisfecha con el detalle, pues no cabía en su imaginación que hubiera sido de otro modo. Y se pasó la tarde llamándolo: Julián por aquí, Julián por allá... Antonio, advertido por su madre, atendía, aunque sin comprender el extraño cambio de nombre. Pero, pasada la inquietud de los primeros momentos, el niño se olvidó  y dejó de prestar atención. Y la tía no era tonta.
—Mira a tu hijo. ¡Julián, ven...! Ni se inmuta.
Antonio, leyendo un tebeo, hacía oídos sordos.
—¡¡Julián!!, ven de una vez, que te llama la tía —gritó la madre.
El niño levantó la cabeza y fue al lado de las dos mujeres, un poco asustado.
—¿Por qué no atiendes, eh? —riñó la madre, disgustada. Antonio guardó silencio.
—¿Crees que soy tonta? —increpó Paula. Y preguntó directamente al pequeño—: ¿Cómo te llamas, hijo? 
—Julián —explicó la madre. Paula la fulminó de una mirada.
—Tú calla. ¿Cómo te llamas, niño? —insistió.
Antonio no sabía dónde meterse. Pasados unos segundos de zozobra, balbuceó con la mirada en el suelo:
—Toñito.
A la tía le dio uno de sus ataques, con los que tan oportunamente remataba cada uno de sus disgustos. Si no hubiera sido por Diego, que rondaba cerca, no se sabe cómo hubiera terminado aquello.
—Tranquila, "Doña Paula", el niño se llama Antonio, como su padre. Ya se van perdiendo esas viejas costumbres. —Y, dirigiéndose a la madre, reprochó moviendo la cabeza a uno y otro lado—: ¡A quién se le ocurre...!
—¡Tratar de engañarme a mí con la memoria de mi hermano, que Dios tenga en la Gloria! ¡Cómo te atreves, Candelaria! Para mí, has muerto. ¡Ay, Señor! Tráeme las pastillas, Diego, que me va a dar...
Diego trajo las pastillas y le hizo un guiño a Toñito, que estaba a punto de echarse a llorar.
—Habéis asustado al niño, haced el favor...

La cosa no fue a más pero las vacaciones quedaron definitivamente arruinadas. Cuando llegó el padre, Candelaria, sin darle explicación, decidió terminarlas en un pueblo de la costa.
—Como tú quieras, "Doña Candelaria" —asintió el marido.

(*) Café con muy poca leche.
 
 
©Fernando Hidalgo Cutillas - 2014

 
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26 de agosto de 2014

88ª noche - Fábula de las bacterias anaerobias

El señor Clostridio estaba muy disgustado; ya hacía varios meses que algo extraño sucedía en el sur de la ciénaga y no conseguía explicación por ninguna parte. Todo empezó con aquella excursión de un grupo de jóvenes escolares, de los que no regresó ninguno. Enviaron a un par de patrullas a buscarlos y tampoco regresaron. A pesar de las protestas, la zona se cerró sin más y se prohibió completamente el acceso. Pero en las semanas siguientes otros individuos habían desaparecido en zonas cada vez más al norte. Aquella pesadilla, fuese lo que fuere, estaba extendiéndose.


Sin embargo, la semana había traído buenas noticias. A la oscura ciénaga acababa de llegar una pequeña colonia de vibrios. Los vibrios eran muy adaptables, en cualquier sitio estaban bien y solían viajar mucho. Pero lo que había llamado la atención del señor Clostridio era que habían llegado desde el sur, atravesando la zona prohibida. Y habían llegado sanos y salvos.

En cuanto se enteró de la noticia mandó a su alguacil con una nota para el señor Vibrio, el jefe de la nueva colonia, pidiéndole que fuese a verlo de inmediato por un asunto muy importante. Al poco rato, el vibrio entraba en el cubículo municipal

—Bienvenido, señor Vibrio. ¿Está usted bien? Deseamos que su colonia se encuentre aquí como en su casa... —saludó el señor Clostridio, con toda la amabilidad que su agrio carácter le permitía. Sin esperar respuesta de su interlocutor, continuó—: Han venido por el sur, ¿verdad? Dígame, ¿algo ha llamado su atención?, ¿han visto algún peligro en el camino?

El vibrio estaba desconcertado. ¿Algún peligro…? ¡El mundo estaba lleno de ellos!, charcas de ácido, fumarolas tóxicas, sulfataras candentes... Viendo que el vibrio no se decidía a contestar y parecía no entender, el clostridio apremió:

—Sí, cualquier cosa que le haya parecido sospechosa, extraña...

Entonces el señor Vibrio recordó algo.

—Pues sí, algo insólito nos llamó la atención al acercarnos a la ciénaga. Pero no pareció ser ningún peligro.

—Cuente, dígame qué fue —inquirió Clostridio, impaciente.

—Pues verá, a medida que nos acercábamos a la ciénaga vimos que abundaba una cosa verde, seguramente algo vivo, y en la proximidad de esa cosa verde notamos en el aire un gas que no conocíamos hasta ahora. Pero nada de ello nos afectó. Por eso le digo que no vimos peligro, aunque nos pareció insólito. ¿Le sirve de algo?

—¡Lo que me temía! —exclamó el clostridio, visiblemente contrariado. Se acercó al escritorio y llamó a su secretario por el interfono.

En seguida entró otro clostridio en la habitación.

—Señor secretario, este vibrio confirma la presencia de cosas verdes y gases extraños en la zona sur. Está sucediendo lo mismo que pasó en Thulú hace tres años.

El secretario arqueó los cilios con una mueca de preocupación y acercándose a un armario sacó un pliego de papeles.

—Aquí guardo el expediente completo de Thulú, señor Alcalde. Desde el principio he sospechado que las desapariciones podrían deberse al mismo problema, pero no había forma de comprobarlo porque ir allí es mortal. ¿Vino usted por el sur, señor Vibrio? ¿No notó nada?

—Ya le he explicado al Alcalde; vimos cosas verdes, notamos el gas, pero ningún problema.

—Claro, los vibrios soportan muy bien casi todo —explicó el secretario, que seguía buscando entre los papeles del legajo—, pero ese gas es veneno para nosotros. Por aquí tenía los datos... aquí está. Oxígeno, así llamaron al gas. Y ese oxígeno lo producen unos vegetales de color verde. Plantas verdes, oxígeno... algo nuevo.

El secretario leyó en silencio unos instantes antes de seguir con su explicación.

—En las últimas semanas de Thulú, enviaron una expedición muy bien equipada desde la Zona Abisal, donde residía el Consejo. El estudio fue concluyente: esas plantas verdes contienen una sustancia que expuesta a la luz del sol produce el gas mortal. El enemigo no es el oxigeno sino la planta verde.

—¿Y no pudieron hacer nada? —preguntó el vibrio, más por curiosidad que por preocupación.

—Se intentó. Hubo una enorme crisis. GreyMood, una organización de clostridios preocupada por el medio ambiente, culpó al Sistema de Desechos de haber favorecido la aparición de estas plantas que viven sobre materia orgánica en descomposición. Propusieron una serie de medidas extremas. Remover completamente el sustrato, cubrir las plantas para que, sin luz solar, no produjesen oxígeno, instalar quemadores en las zonas afectadas que consumiesen el gas... El Gobierno se vio obligado a aceptarlas para contener la revuelta. Murieron muchos intentándolo y al final no se consiguió nada. Aquello era imparable y hubo que abandonar Thulú. No se salvó ninguno de los que quedaron allí.

—Hace tiempo que GreyMood está presionando aquí también con el dichoso Sistema de Desechos. Y ahora tenemos el mismo problema. ¡Van a crucificarme! —exclamó el alcalde Clostridio.

—Eso es seguro, pero no es lo peor —sentenció el secretario—. Si sigue el mismo proceso, apenas nos queda tiempo. Antes de seis meses el oxígeno cubrirá completamente esta ciénaga y la vida aquí será imposible. El mundo se está acabando, señor Alcalde, ¡adónde vamos a llegar...! —exclamó el secretario, mientras los dos clostridios salían apesadumbrados de la sala.


MORALEJA
Que no se puede parar

lo que rueda eternamente

es cosa que poca gente

se haya parado a pensar.

La Naturaleza da

a todo bicho viviente

tiempo y oportunidad

y después, ¡pase el siguiente!

En esta larga cadena

de la vida en nuestro mundo

somos sólo un eslabón.

Quienes se hacen la ilusión

de parar el minutero

sepan que la Evolución

no concede una excepción

ni es asunto de dinero.

©Fernando Hidalgo Cutillas 2010
 
 


 
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24 de agosto de 2014

87ª noche - El mal amor, el buen amor

 
 
 
El mal amor

¡Ay, amor! Juguete del destino,
pasión tenaz, suspiro enamorado,
horizonte de mar, canto rodado
me torno cuando cruzas mi camino.

Del Sol y la locura soy vecino;
de todo lo imposible, el abogado;
que no hay, amor, secreto peor guardado
ni manantial, amor, más cristalino.

Pero esta vez, amor, te has ensañado
y el ciego desatino que me empuja,
perdida la razón, endemoniado,

me lleva sin remedio hacia una bruja.
Si no te compadeces de mi suerte,
que te lo ruego, amor, dame la muerte.
 
 
 
 
 
El buen amor

Eres, amor, el dueño de mis noches
y el único consuelo de mis días,
la fuente de mis pocas alegrías,
el origen de todos los reproches.

Quisiéronme casar con un bamboche
de cara tosca y pelo engominado;
hombre de posición, rico hacendado
de los de caja fuerte, casa y coche.

Mas les dije que no, renuncié a todo
y lo dije bien alto y con empeño
que me sobraban coche, casa y dueño.

Que a mí no me interesa el acomodo
sino el muchacho espigado y trigueño
con el que, a veces, por las noches, sueño.
 
 
©Fernando Hidalgo Cutillas 2014

 
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18 de agosto de 2014

86ª noche - Cinco amigas (Diario de una adolescente)

 
26 de mayo de 1996

El vecino del tercero aparenta unos cincuenta años, pero puede que tenga algunos menos, se le ve avejentado. Es muy reservado, apenas cruza dos o tres palabras si coincide con alguien esperando el ascensor. De vez en cuando huele raro, como a vino, y entonces habla un poco más, de peor humor. Mi madre me dice que no suba sola con él cuando lo vea así. A mí en el fondo me parece gracioso cuando huele a vino. Si fuera por mamá —no hagas esto, no hagas lo otro— estaría siempre bajo su falda. Cuando le respondo que ya soy una mujer, ella me mira con aire preocupado y me dice: "Por eso, nena, por eso...". En fin, que no suelo hacerle mucho caso y ella lo sabe. Me riñe constantemente. "Lo que digo te entra por un oído y sale por el otro". No es verdad. La escucho, pero de un tiempo para acá está de una rigidez insoportable. Yo pensaba que al hacerme mayor sería más permisiva pero ¡qué va!, es al revés. ¡Qué ganas tengo de que acabe el curso!


5 de agosto de 1996

 
Mis amigas han empezado a maquillarse. Y yo también, claro. No todos los días, en el cole nos lo tienen prohibido; sólo cuando salimos por ahí. Como ahora, en vacaciones. Entre todas hemos comprado una bolsita de maquillaje con barras de labios, esmalte de uñas y algunas cosas más. Sonia y Rosaura tienen suerte, en su casa les dejan hacer casi todo lo que quieren. Pero nosotras tres hemos de maquillarnos a escondidas en alguna parte, normalmente en el hueco que queda tras el portón de la parroquia, cuando está abierto. Sonia a veces se cambia la falda por un pantaloncito tan corto que nos da risa, y Rosaura ha empezado a hacerlo también. Yo no me atrevo, aunque me gusta cómo les queda.


6 de marzo de 1997

Antes no nos fijábamos en los chicos, los veíamos como idiotas que sólo piensan en fútbol, peleas y gastarnos bromas pesadas. Este año han cambiado un poco, ellos se fijan más en nosotras y nos hacen más caso. Y los mayores, los que van unos cursos por delante, todavía más. Uno de ellos ayuda a Bea a hacer los deberes desde hace unas semanas. Digo ayuda, pero en realidad los hace él, mientras mi amiga lee alguna revista. El chico tiene ya diecisiete años, ¡y ella va sola a su casa! A mí me parece un poco fuerte, la verdad.

El martes, Rosaura —la llamamos Rosa— presumió: "Yo ya lo he hecho". Nos quedamos boquiabiertas. Rosa siguió explicando que había sido durante el pasado Carnaval, con un conocido de la familia. El chico estaba tan superexcitado que no le duró ni dos minutos... Quizá por eso ella no sintió nada. Quiso decir que no llegó a ese gustito que da cuando se hace a solas. Pero que aun así se lo pasó fenomenal, que nunca se había sentido mejor que viéndolo a él excitarse tanto con ella. "Pero tan rápido...", insinué. Rosa me miró con aire de superioridad: "¡Qué sabrás tú!". Me sentí como una boba. Pero ella no era la única del grupo que lo había hecho. Sonia contó una historia parecida. La de Bea fue más interesante:

"Una tarde de la semana pasada, al terminar de hacer los deberes empezamos a hablar, un poco de todo. De películas, de música..., ya sabéis. Estábamos en el despachito que tiene en su dormitorio, sus padres habían salido. Me trajo una cocacola y él se tomó una lata de cerveza. Le brillaban los ojos de un modo especial y yo estaba cada vez más excitada. Cuando se levantó para tirar los envases vacíos a la papelera, bajo los shorts se le marcaba una erección tremenda. Los dos estábamos igual. De salidos, quiero decir. No dejé que volviera a sentarse. Lo atraje hacia mí, le bajé el pantalón e hice lo que llevaba tanto tiempo imaginando. Dudaba si me daría  asco, pero de eso nada. Sabe delicioso, tanto al principio como al final. ¡Mejor que las chuches! —bromeó. Todas soltamos una risa nerviosa—. Él alcanzó el cielo, estoy segura, y me dijo que yo era una diosa", añadió con satisfacción.
¿Y tú...?, le pregunté. "Yo llevo una semana en las nubes".

Begoña y yo hemos quedado como las tontas del grupo. A punto de cumplir los quince, y en Babia. Bego, hay que reconocerlo, tiene poco atractivo. Es fea de cojones, vaya. Acné, rechoncha, bajita, con el pelo descuidado y encima empollona. Es natural que ella siga en el limbo, pero ¿yo?


12 de marzo de 1997

Ayer noche me desnudé y me miré en el espejo del armario. Vi a una muchacha alta, esbelta, de incipientes caderas y senos apenas insinuados, con un trasero redondo y un sexo adulto que, por su aspecto, ha de saber a vainilla y canela. Lo probé, y tenía razón. Las facciones armoniosas, el cabello rojizo, suelto y siempre bien cuidado; unas cuantas pecas que resultan graciosas... Soy una joven atractiva. ¿Por qué, entonces...? Reconocí en ese momento que nunca me había interesado por ningún chico. Los sigo viendo como unos pequeños monstruos ruidosos, rudos y egoístas. Y las historias de mis amigas lo confirman, tres aventuras y ninguna de ellas ha sentido nada. Cuando algún chico se acerca a mí, yo me aparto; los encuentro insoportables. Sin embargo, con algunos profesores es distinto. El de dibujo, ufff, me tiene loca. Y el de mates. Pero es algo imposible. Pensando en ellos me relajé antes de dormir.


27 de marzo de 1997

Bego nos ha dado una sorpresa. "He conocido a un chico", dijo con su cara redonda. Las cuatro nos volvimos con asombro. "¿Y...?", preguntamos a coro. Nos contó que era muy simpático; habían ido al cine y a dar un paseo. "¿¿Y...??", insistimos, muertas de incredulidad. Bego se puso colorada. "Me pidió salir conmigo, que le gusto y quiere que nos conozcamos mejor", explicó. "¡¿Nada más?!", el interrogatorio llegaba al tercer grado. "Nos dimos un beso", respondió. "¿¡Sólo eso!?". Las otras se echaron a reír. A Bego parecía no importarle. Me fijé entonces en ella y la encontré un poco cambiada.


4 de abril de 1997

Todas nos moríamos por conocer al novio de la fea. ¡Cómo sería él! Imaginándolo, nos partíamos de risa. Tal para cual, rotos para descosidos, ésas eran nuestras conclusiones. En el fondo yo no lo veo así, pero les sigo el juego a las otras tres. Decantarme hacia el otro lado es peligroso, podría convertirme en blanco de sus burlas y críticas.
Pero ya hemos descubierto quién es el muchacho y para sorpresa nuestra, no está tan mal. Un poco gordito, no muy alto, pero con una cara agradable. En el fondo, un chico del montón por el que ninguna de nosotras hubiera dado un paso... si no fuera el amigo de Bego. Rosaura sonreía con malicia: "A ése le enseño yo lo que es una mujer en diez minutos". Ella es la más lanzada de las cinco. De largo. Es un año mayor que las otras. No tiene padre, pero nunca habla de ello. He visto a su madre sólo una vez, por casualidad. Es tan joven que parecen hermanas.

6 de abril de 1997
Esta tarde, Emilio, el chico de Bego, estaba solo en la puerta del instituto. Rosa nos pidió que esperáramos y se acercó a él, zalamera. Vimos que cruzaron unas palabras, Rosa muy sonriente, pero al final se descompuso, gritó algo desagradable que no oímos bien, y le lanzó un gesto obsceno. Regresó a toda velocidad, echando chispas. "Es gilipollas, un imbécil de mierda. Si yo quisiera, ¡vamos...!, pero no vale la pena. ¡Gordo asqueroso!", y siguió un buen rato poniéndolo verde.


3 de junio de 1997

El curso avanza, creo que aprobaré todas las asignaturas, y todo sigue igual, excepto Bego, que ha desaparecido del grupo. A veces la vemos paseando con Emilio cuando salimos del instituto. Cada día está más cambiada. Yo me alegro por ella, pero las demás mantienen una especie de acoso y un aire de superioridad que me parece fuera de lugar. Se la ve feliz, mientras nosotras andamos de mal en peor. Los deberes de Bea se han convertido en la excusa para terminar todos los días del mismo modo, algo ya rutinario y carente de afecto. La diosa del amor se ha convertido en esclava sumisa, cosa que me parece que en el fondo a ella le va. "¡Cóbrale, Bea, cóbrale, a ver si te va a pasar como a la tonta del chiste...!", bromea Rosa con su acostumbrada mala leche. Sonia no cuenta nada; cada vez viste más llamativa, se maquilla más y parece más ausente. Fuma sin parar y sus faltas en el instituto son constantes. Y yo... ¡Yo he empezado a fantasear con el vecino del tercero segunda! Me imagino encontrarlo un día en el ascensor, solos los dos. Lo pararía entre dos pisos y él no podría resistirse. Seguro que un hombre así habrá sido marino, o agente secreto, o militar... quizá sea un científico que se esconde de la CIA porque conoce peligrosos secretos. Y sabrá cómo tratar a una mujer. Yo sólo tendré que decir:  haz conmigo lo que quieras. Y él sabrá muy bien qué hacer. Y con estas fantasías me masturbo día sí, día también. Pero cuando de tarde en tarde coincidimos en el ascensor, la fantasía se vuelve pesadilla: "Niña, que me pones en un compromiso. Cuando seas mayor, pásate por casa pero de momento dedícate a estudiar y a aprender un poquito de la vida". O, peor aún, me toma del brazo, me arrastra a la puerta de mi casa y dice a mis padres: "A ver si controlan a esta zorrita, que está muy salida y va para puta". De modo que me estoy muy quieta y callada mientras subimos hasta su rellano.
 
* * *


Hoy he encontrado este viejo diario, que ya no recordaba. He leído algunas páginas y no me reconozco. ¡Qué terrible etapa es la adolescencia! Una última nota, antes de devolverlo al olvido:

12 de agosto de 2014

Aquél fue el último curso en esa ciudad, porque trasladaron a mi padre. Es ingeniero de ferrocarriles, no estábamos más de tres o cuatro años en el mismo lugar, por norma. Perdí contacto con mi grupo de amigas —en realidad nunca lo fuimos—, y conocí a otras nuevas. Seguí virgen hasta los diecisiete. Tengo un recuerdo muy agradable de aquel primer muchacho, que me pasaba en cinco años, aunque todo quedara en una simple aventura, como otras durante esa época. Más tarde encontré a mi hombre ideal y nos casamos en 2008. Tenemos un hijo, no están los tiempos para más.


¿Qué habrá sido de mis amigas del instituto? Se me ha ocurrido buscarlas en Google y en Facebook...  Sin saber por qué, he empezado por Bego. Ahí está: Begoña Céspedes Cantón, directora adjunta del Servicio de Ginecología del Hospital Felipe Dávila, ¡quién lo hubiera dicho! Guapísima, esbelta, irreconocible. Y algunas fotos personales junto a un hombre robusto, no muy alto, como ella, de cara feliz y sonriente. Continúo con Beatriz Cifuentes Giménez. Reconozco la foto enseguida, la misma Bea con algunos años más. Divorciada, con su muro de Facebook lleno de juegos para aburridos y ese tipo de mensajes de autoayuda que se comparten tan a menudo. Sonia Santos Manchón: me entristece encontrar sólo una necrológica de hace siete años. De Rosaura... no recuerdo el apellido. Estoy a punto de dejar un mensaje de saludo en alguna parte pero lo pienso mejor, apago el PC y voy a ver un rato de televisión con mi familia.
 
 
©Fernando Hidalgo Cutillas 2014

 
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8 de agosto de 2014

85ª noche - Morbo (¿Por qué lo llaman fidelidad cuando quieren decir miedo?)

 
  Mi José siempre ha sido un hombre muy fogoso; cuando éramos novios, no pensaba en otra cosa que en hacer el amor. En cualquier sitio que estuviéramos, de pronto  me llevaba a algún rincón discreto. No fue el primer muchacho que conocí, y ése fue un punto a su favor pues mis relaciones anteriores me habían dejado una pobre expectativa sobre el sexo. Me dijo mi mejor amiga alguna vez: "Mejor que lo haga contigo que con otras", y yo le daba siempre a José lo que él pedía. Por lo demás, nuestra relación iba como la seda: trabajador, honrado, responsable, atento...

  En los primeros tiempos de matrimonio el dormitorio era un volcán en permanente erupción. Por aquel entonces, un sábado propuso José ir a tomar una copa a una discoteca. Después de movernos un poco por la pista, me tomó del brazo y me condujo a una zona cerca de los servicios. Estaba tan oscuro que apenas pude distinguir lo que nos rodeaba pero el ruido de alguna respiración entrecortada me indicó que no estábamos solos. Me empujó contra la pared, levantó la falda, me bajó la braguita y embistió con fuerza durante varios minutos hasta que se desahogó. Por primera vez, no sentí nada. Tenía la cabeza en otro sitio: ¿qué hacíamos allí, en lugar de disfrutar con entera libertad en nuestro dormitorio? Caí en cuenta entonces de que a José lo excitaba ese tipo de situaciones; el sexo furtivo no había sido sólo una necesidad cuando no teníamos adonde ir sino que también formaba parte de sus fantasías.

  Durante los días siguientes yo no dejaba de dar vueltas en la cabeza a lo que había sucedido. Todo el mundo sabe que el sexo no es sólo roce, también es imaginación. Y me preguntaba qué era lo que José imaginaba cuando hacíamos el amor. Y las palabras de mi amiga retumbaban cada vez con más fuerza: "Mejor que lo haga contigo que con otra".

  En las semanas siguientes se repitió la escena de la discoteca y yo aprendí a relajarme para encontrar placer. En una ocasión, sentí una mano en la nalga. Creí que sería la de mi marido, pero en seguida me di cuenta de que él tenía ambos brazos sobre mis hombros. No pude evitar un grito. La mano desapareció al momento, y desde la oscuridad empezaron a oírse una risa burlona y algunas groserías. Me liberé de José y salí corriendo hacia la puerta. Cuando él me alcanzó, ya fuera del local, quiso quitarle importancia, no era más que una inocua mano anónima. Esa noche, cuando llegamos a casa, José quiso continuar lo empezado. No dejó de hacer bromas sobre la mano y mi susto. Ya no volvimos por la discoteca.

  Poco después quedé embarazada. José se puso loco de contento. Lloré de felicidad, era la culminación del gran amor que sentía por mi marido, amor que estaba desarrollando una parte hasta entonces para mí desconocida: la desconfianza y los celos. Especialmente a medida que el embarazo avanzaba y el sexo entre nosotros se enrarecía. En tres años llegaron dos pequeños, Tino y Lita. Ellos lo cambiaron todo: volqué en la casa todo el tiempo que me dejaba libre mi empleo de media jornada y José se dedicó a su trabajo en cuerpo y alma. Algunos días regresaba muy tarde. Asuntos de última hora, plazos improrrogables que había que cumplir... Una gestoría es como un servicio de urgencias, me explicaba. El día en que me descubrí husmeando su ropa interior sentí vergüenza de mí misma. Nuestras relaciones seguían siendo maravillosas y yo no tenía motivo para comportarme como una paranoica. Hacía mucho tiempo que nuestras aventuras arriesgadas habían terminado, ya no éramos tan jóvenes y sólo cabía pensar que se le habían ido de la cabeza aquellos caprichos de juventud.

  Cuando la pequeña Lita cumplió cinco años, los padres de José propusieron llevarse a los niños con ellos unos días, a una casita en la playa no lejos de donde vivimos. No hubo inconveniente y, por primera vez en bastante tiempo, José y yo volvimos a tener la libertad de los días de recién casados. La primera noche fuimos al teatro y después a tomar un refresco en una terraza cerca del parque municipal. Yo había imaginado algo muy distinto. Me sentí defraudada, pero por otra parte me alegré. A la noche siguiente tuvimos una cena en casa de una pareja de viejos amigos, un poco mayores que nosotros; los cuatro nos conocíamos desde la adolescencia. No se habían casado ni tenido hijos, pero parecían muy unidos y felices. Se diría que hubieran quedado anclados en la época hippy: ella, con túnicas, flores e inciensos por toda la casa; él, con su artesanía caprichosa, su cabello largo recogido en una cola y un porrito(*) siempre entre los labios. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.

  La cena fue tan exótica como ellos: garbanzos molidos con especias y un surtido de hortalizas caramelizadas, a decir verdad, exquisito. Todo ello servido con pan de pita, en una mesa baja, nosotros sentados en cojines alrededor. El nombre de ella es Ángeles aunque hace tiempo que le gusta más al revés: Selegna. Dice que es adoradora de la Luna. Está llena de ese tipo de tonterías. Cuando Selegna sirvió los pistachos, higos secos y el dulce de calabaza que formaban el postre, Austin —antes Agustín— puso a trabajar los dedos. Era un maestro liando porros, ni imagino cuántos habría hecho en su vida. Ellos bebieron un anisado al estilo sirio, nosotros preferimos tomar ron con cola. Circulando el cigarrillo y tomando tragos, nos relajamos totalmente. Salieron las risas tontas, los recuerdos que parecían olvidados, y fueron cayendo las barreras.
  De pronto Selegna propuso:
  —Juguemos al juego de la verdad...
  Austin se quedó mirando las volutas de humo del cigarrillo como si no hubiera oído. José —lo conozco bien— se puso en guardia. Y a mí me pareció interesante.
  —Si lo jugamos, prohibido preguntar sobre cuernos. Y las preguntas tontas, ésas de me quieres, no me quieres... —dijo Austin desde su ensimismamiento.
  —Es sólo la verdad, replicó Selegna. A nadie puede hacer daño. Y si a alguien se lo hiciera, es quien más necesita saberla.
  —¡Venga! —animé—, ¿quién empieza?
  —Yo misma, y pregunto a Austin: ¿por qué no quieres tener un hijo conmigo?
  Austin pasó el porro, se llevó una mano a la boca y quedó unos instantes con la mirada perdida antes de responder:
  —Ni contigo ni con nadie. Sólo lo tendría si pudiera pedirle permiso para traerlo a este mundo extraño. Pero como eso no es posible, no lo tendré. ¿Satisfecha?

  Selegna asintió con un gesto.
  —Te toca —dijo a José.
  Pensé que me preguntaría a mí, pero se dirigió a Selegna:
  —¿Crees que tu relación con Austin va a durar para siempre?
  Ella no dudó un instante:
  —Ni lo sé, ni me preocupa. Llevamos juntos diez años, eso es ciclo y medio. Estaremos juntos mientras nos apetezca, no necesito imaginar más.  

  Tras un momento de silencio, señaló:
  —Tu turno, Vicky.
  Yo había estado dando vueltas a mi pregunta desde el principio del juego, pero necesitaba más tiempo.
  —Déjame para el final —pedí—. Ahora tú, Austin.
  Me miró con sus ojos azules y vidriosos, nunca los había visto brillar así.
  —¿De qué tienes miedo, Vicky? Ésta es mi pregunta...
  Era lo que menos esperaba. Traté de ser sincera:
  —Soy muy feliz, mi vida es como un velero que navega en aguas calmas. Tengo miedo de que eso cambie.
  —No, Vicky, te he observado durante toda la noche y hay algo más. Algo en esas aguas que te asusta...
  A modo de respuesta, entonces hice yo mi pregunta:
  —José, nuestra relación sexual ¿te satisface? ¿Hay algo que eches en falta?
  Después de apurar el porro hasta casi quemarse los dedos, él lo aplastó en el plato y empezó a contestar, mirando la colilla todavía.
  —Nuestra relación sexual, como tú la llamas, es muy satisfactoria. Pero sé por dónde vas y te pregunto —me miró a los ojos—: ¿Tú sabes lo que es el morbo? ¿No has fantaseado nunca con situaciones que jamás se darán pero que te excitan más que ninguna otra cosa?
  —¿Qué quieres decir?, ¿acaso piensas en otras cuando haces el amor conmigo...?
  —Vamos a dejarlo aquí —atajó Selegna—. Es tarde y, además, lo que sigue del juego es cosa vuestra, sólo vuestra. Si os apetece, podéis seguirlo en casa. Pero os prevengo de que no se puede buscar la verdad sin estar preparado para encontrarla.

  El paseo hasta casa era corto y lo hicimos en silencio. Ya en el dormitorio, José me miró con ojos tristes.
  —Estás disgustada, ¿verdad? —preguntó.
  —Un poco —asentí.
  —No lo comprendes. ¿De verdad no conoces el morbo? ¿No te dio morbo, por ejemplo, cuando te pusieron la mano en el culo aquel día, en la discoteca?
  —¡Me dio asco!
  —Antes esas cosas te excitaban. Como, cuando novios, hacíamos el amor en cualquier rincón.
  —Yo... lo hacía por ti. —Me sentía confusa.
  José me miró unos instantes como si acabara de descubrirme.
  —Hemos bebido demasiado... Vamos a dormir y ya hablaremos —cortó. Salió al balcón a fumar el último cigarrillo mientras yo usaba el baño. Después nos dispusimos a dormir, sin más palabras.
 
(*) Cigarrillo de cannabis o marihuana.

© Fernando Hidalgo Cutillas - 2014

 
TIEMPO EN HISTORIAS
 Los mejores cuentos y fábulas en un solo tomo

20 de julio de 2014

84ª noche - Como los ángeles (Una historia de amor)

 

 "Su joven sirviente Silvestre Petroni, teniendo una voz lo bastante buena para el canto
 y deseando retenerla, suplica a Su Alteza Serena que lo haga posible,
por no disponer él mismo de los instrumentos necesarios".
Solicitud al Duque de Módena - 1687

 

Fray Alfredo subió jadeando la estrecha escalera y trotó por el pasillo hasta tocar una de las puertas, que abrió sin esperar respuesta. Fray Martín levantó la vista del libro que estaba leyendo. El otro, sofocado aún por el esfuerzo, soltó como si fuera su último aliento:

—Acaba de llegar un enviado de Roma. Espera en el refectorio...

Fray Martín alzó las cejas, sorprendido por el inesperado aviso. Un enviado de Roma, ¿allí? Si por la abadía no pasaba ni el obispo... Se apresuró a calzarse y siguió a fray Alfredo a la planta baja.
 

La abadía de Lucedio era un edificio sobrio y medio ruinoso donde se refugiaba una pequeña congregación de frailes benedictinos. Lejos habían quedado los días en los que fue un importante centro de cultura y arte, con decenas de amanuenses y miniaturistas. Hasta la techumbre de la antigua biblioteca se había derrumbado después de que esa parte del edificio quedara en desuso por el traslado de los libros a la pujante abadía de Montecasino. La imprenta lo había cambiado todo. Fray Martín había sido nombrado abad poco antes, por la muerte de su predecesor tras más de treinta años en el cargo. Bastante joven todavía, era el único de los frailes que había recibido instrucción suficiente para ejercer esa función. Ya no quedaban allí más que artesanos y labradores. Y fray Lázaro, un hombre ilustrado pero ciego después de una extraña enfermedad, dos inviernos atrás.


La visita de un enviado de Roma era algo sin precedente y fray Martín se preguntaba el motivo con cierta inquietud. Por experiencia sabía que las noticias inesperadas solían ser malas noticias.

—¿De Roma lo envían? —Quiso asegurarse.

—Eso dice. Y parece una persona distinguida, de buenos ropajes y que se hace acompañar por dos sirvientes...

—¿Dijo qué lo trae por aquí?

—No, pero mostró un salvoconducto de los Estados Pontificios. Y el tercero de los hombres que lo acompañan es un oficial de la Guardia Suiza.

A paso rápido, los dos frailes llegaron al refectorio donde el personaje esperaba. Fray Martín había imaginado que sería un clérigo y titubeó al encontrar a un caballero con lujosa indumentaria sentado a la mesa. El hombre no se levantó. Parecía sentirse en su propia casa.

—Sentaos, fray Martín, no os entretendré más de lo necesario.

El abad obedeció.

—Vuestra merced dirá... ¿O se os debe otro tratamiento?

—Es cierto, disculpadme, no me he presentado. Soy Guillermo Gonzaga, duque de Mantua. Cuando estuve con Su Santidad hace unos días le prometí un pequeño favor; por eso estoy aquí.

Fray Martín no pudo contener su inquietud.

—¡Hablad de una vez! —Y tratando de suavizar la insolencia se apresuró a añadir—: Os lo ruego, por favor.

El duque se acarició la perilla y bajó la mirada, como quien trata de concentrarse para explicar algo complejo.

—Ha llegado a oídos de nuestro bienamado Paulo IV que en esta abadía vive un niño que fue encontrado, recién nacido, a la puerta del convento. ¿Es cierto?

—Así es. Lo bautizamos Vittorio. Tiene ya once años.

—Y también ha oído decir Su Santidad, que Dios guarde largos años, que ese niño canta. Y canta muy bien. Excepcionalmente bien. —El duque movió la mano en el aire, como quien dirige un coro.

—Como los ángeles, señoría. Es cierto.

—Entonces he de transmitiros un mensaje del Santo Padre: debo conducir a ese niño a Roma, para el coro de falsetistas que Su Santidad desea reformar.

—¿Falsetistas?

—No exactamente... Dejad que os explique. El canto es, como sabéis, difícil y trabajoso de aprender. Lleva tiempo y necesita práctica. Y la naturaleza parece gastarnos una broma pesada: da a los niños bellas voces cuando no saben usarlas y al tiempo que por fin aprenden, entonces se las quita.

—Os referís al cambio de voz en la mocedad, supongo. No se pierde la voz, sólo cambia.

—¿Cambia...? —El duque parecía irritarse con el tema—. ¡Se destruye! Una voz hermosa, capaz de alcanzar la pureza de los más altos registros... —Se mostró más calmado—. Una voz de ángel, ¡paff! —Chasqueó los dedos.

—Afortunadamente las muchachas no la cambian. Nuestras hermanas de San Juan Bautista tienen un coro delicioso.

Corintios, 14:34.

—¿Cómo decís? —Fray Martín no era un gran conocedor de los Evangelios.

Mulieres in ecclesiis taceant. Ya no hay mujeres en el coro del Vaticano, ni hombres casados. Su Santidad es un devoto de la pureza... lo ha prohibido. ¿Es que no estáis al tanto de los dictámenes de Roma?

—No siempre llegan a tiempo, señoría. Así que el Santo Padre requiere a nuestro pequeño Vittorio... Un gran honor para él pero ¿qué sucederá cuando en pocos años cambie la voz? Vos mismo acabáis de explicar el problema que eso supone.

—No la cambiará —aseguró Guillermo, eliminando una brizna que se le había metido bajo la uña.

—¿No? —preguntó el abad, intrigado.

—¿Nunca habéis oído hablar de los castrati? Cantoretti francesi los llaman en algunos lugares del norte. ¿No os suena?

Fray Martín nada sabía de cantoretti, pero sí conocía el significado de castrato. Así que esa era la pretensión del Papa, se dijo. Vittorio nunca había salido de los muros del convento más que para ir al mercado del pueblo y, en alguna boda o festividad, para cantar en la ceremonia con su bella voz. Fray Lázaro, en otro tiempo maestro de música, le dio clases de canto cuando descubrió las cualidades del pequeño. "¡Ah! —pensaba el abad—, en mala hora salió, pues sólo así han podido saber en Roma de sus méritos. Ahora quieren castrarlo, a requerimiento del mismo Paulo IV, y yo no puedo hacer nada". El gesto de fray Martín mostraba tal contrariedad que el duque creyó oportuno comentar los aspectos más positivos.

—El interés del Papa es una buena noticia, un gran honor, como habéis dicho antes. La operación dura un segundo, y no molesta, pues una buena dosis de opio elimina cualquier dolor. Cuando el joven es de constitución delicada y no soporta el opio, un pequeño golpe en el cuello, aquí —señaló la carótida—, hace perder el sentido por unos momentos, es suficiente... La mayoría lo supera bien, no debéis preocuparos por eso. Sólo muere uno de cada diez, apenas nada.

—Comprendo. —Fray Martín se mordía los labios, sabiendo que cualquier cosa que dijera sólo podría perjudicar al muchacho y a él mismo.

—Por otra parte, ¿de qué le sirven las glándulas? Al dejarlo a la puerta del convento, Vittorio ha sido entregado a la Iglesia. El celibato es su destino. No necesita su virilidad para servir a Dios, sino su voz. Como vos mismo tampoco la necesitáis, sino vuestra fe y obediencia. —Guillermo miró a fray Martín con aire de superioridad—. De seguir aquí no podría aspirar más que a aprender a leer y a escribir. Sin embargo, en Roma estos niños reciben una educación exquisita. En la escuela de canto, cada mañana practican durante cuatro horas, una de ellas en presencia del maestro. Otra, ante el espejo para aprender a cuidar la compostura. Y aún antes del almuerzo dedican otra hora al estudio literario. Por la tarde, teoría musical, escritura de contrapunto, dictado, y de nuevo estudio literario. Y todavía encuentran tiempo para componer música vocal. ¿No estáis admirado?

La indignación de fray Martín le impedía articular palabra. Guillermo, viendo que sus argumentos caían en saco roto y sin tener necesidad de convencer a nadie, se levantó y puso una mano sobre el hombro del abad.

—Mi querido abate, me hospedaré en el pueblo, que me ofrece mejor acomodo. Mañana tras el almuerzo volveré a por el niño. Tenedlo a punto. Y quedad con Dios.

Poco después, los tres frailes estaban reunidos en la estancia del abad. Este acababa de explicar el contenido de su entrevista con el extraño visitante. Fray Lázaro lloraba.

—Es mi culpa, jamás debí enseñarle canto. —Su voz se entrecortaba—. Mi pequeño Vittorio, mi pequeño ángel cantor...

—¡Quién podría haber previsto tal barbaridad! No te atormentes, Lázaro, no eres tú el culpable —señaló fray Martín—. Si fuera un capricho del duque, o incluso del obispo... Pero es el mismo Paulo IV quien lo ordena; no podemos hacer nada. ¡Oh, Dios! —Golpeó enérgicamente la mesa con el puño.

—Para él es algo nimio, sin ningún valor, pero no tolerará desobediencia. La voluntad de Roma es implacable. Pero ¡por Cristo juro que de no estar ciego no permitiría que esto sucediera! —clamó fray Lázaro.

—Hermanos, cuidad, las paredes oyen... —Fray Alfredo se santiguó. Después llevó el dedo índice a los labios, pidiendo prudencia.

—¿Qué harías, Lázaro, de no estar ciego? —susurró Martín con curiosidad.

—Sé de un lugar donde Vittorio podría esconderse por un tiempo. En el Vaticano olvidarán pronto el asunto.

—No estoy tan seguro de eso. De encontraros, ya sabes de qué os acusarían...

—Vittorio ya corre el peor riesgo. ¡Maldita ceguera!

—¿Queda lejos ese lugar?

Lázaro hizo señas para que el otro se acercara. Lo palpó para reconocerlo y, llevando los labios al oído, le estuvo susurrando durante un buen rato. Al terminar, el abad ordenó a fray Alfredo:

—Trae a Vittorio en seguida.

Al quedar solos, Lázaro preguntó:

—¿Qué piensas hacer?

—No puedo entregar al chico. Yo llevaré a cabo tu plan.

Cuando llegaron Alfredo y Vittorio, el abad explicó al muchacho que debían abandonar Lucedio por un asunto grave, aunque sin entrar en detalles. Y debían hacerlo ya. Después se dirigió a fray Alfredo:

—Atiende bien. Toma el mulo, carga en él dos mantas y un bolso con una camisa, un calzón, comida para varios días y una calabaza con agua. Procura que nadie vea lo que haces. Cuando todo esté listo, avísame.

El fraile fue a hacer el encargo. El pequeño estaba impresionado por la idea de tener que abandonar la abadía. No conocía nada más y lo asustaba lo que pudiera encontrar fuera de aquellos altos muros que, más que encerrarlo, sentía que lo protegían.

—Cántame algo de Cipriano da Rore, Vittorio —pidió fray Lázaro—. El Kirie, Gloria... lo que quieras.

El niño se aclaró la voz y comenzó a cantar:


Gloria in excelsis Deo
et in terra pax hominibus bonae voluntatis.
Laudamus te,
benedicimus te,
adoramus te,
glorificamus te,
gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam,
Dómine Deus, Rex cælestis,
Deus Pater omnipotens.

 
Ni los ángeles habrían podido igualarlo. Una sola voz que cubría todos los matices, resonaba en todas las notas, alcanzaba los registros más altos... El timbre y cadencia perfectos. Los dos hombres estaban emocionados. De pronto el canto de Vittorio se quebró:

—No quiero irme, maestro, por favor... —Corrió hasta Lázaro y lo abrazó con fuerza.

El fraile lo tomó de los hombros y lo separó dulcemente. Con dedos temblorosos le palpó la cara, los ojos, los labios, y un estremecimiento lo sacudió de pies a cabeza. Se esforzó en que su voz sonara enérgica:

—Quiero que lo prometas, que lo jures por lo más sagrado: no volverás a cantar una sola nota hasta el día en que cumplas quince años. ¡Dilo! Juro que...

—Juro que no volveré a cantar hasta que tenga quince años — terminó Vittorio—. ¿Por qué, maestro? Tú siempre querías que yo cantara...

—Eso no importa. —Lázaro se sintió aliviado—. Sabes que un juramento no se puede romper. Ahora te irás con fray Martín. Haz todo lo que él te diga, sin rechistar.


Cuando Alfredo avisó de que todo estaba preparado, el abad y el chiquillo fueron a la cuadra. Vittorio se ocultó entre las mantas enrolladas sobre el mulo para salir sin ser visto. Los dos monjes se dirigieron a pie a un lugar apartado, no lejos del monasterio. Allí Martín se despojó del hábito, se puso el calzón y la camisa, tomó la bolsa y, llevando una manta cada uno, él y Vittorio se alejaron a toda prisa en la dirección indicada por Lázaro. Mientras tanto, Alfredo buscó algo de leña y la cargó en el animal antes de volver a la abadía. Regresó al oscurecer, con naturalidad.

—¿Es que no confías en los hermanos? —había preguntado a Martín antes de despedirse.

—Sólo cuido de su alma. Mejor será que, cuando digan que no saben nada, digan la verdad.

 
Al día siguiente Guillermo Gonzaga acudió a recoger a Vittorio. Fray Lázaro fue el encargado de darle la noticia:

—El pequeño se ha escapado. O quizá se ha escondido donde nadie lo encuentra.

El duque se puso furioso, amenazó con todo el peso de la autoridad del Papa y se fue muy airado, no sin antes advertir que volvería al cabo de un mes para recoger al niño cantor, y no valdrían excusas.


Por su parte, fray Martín llevó a Vittorio hasta el caserío del cuñado de Lázaro, un lugar perdido en las estribaciones de los Apeninos donde a nadie se le ocurriría buscarlo. Un viaje que duró una semana. Allí se hicieron cargo del pequeño, a quien Martín presentó como Enrico, un huérfano sin familia, y el abad partió de regreso. Lázaro había dicho a los monjes que fray Martín había ido a visitar otro convento, así que nadie sospechó durante el tiempo que duró su ausencia. Fueron unos días extrañamente tensos, parecía que todos esperasen que sucediera algo sin saber qué. Lázaro y Alfredo participaban junto a los demás frailes en la farsa de buscar a Vittorio hasta en el último rincón.

Cuando regresó Martín, le contaron lo sucedido.

—El duque volverá, dalo por seguro. De ser tú, yo no me quedaría aquí —aconsejó Lázaro.

—¿Dónde podría ir? ¿Con tu cuñado también? —bromeó el abad con sarcasmo.

—Debes alejarte de la influencia de Roma. Podrías ir a Alemania, o a Inglaterra... La Reforma y la excomunión del rey inglés le han cerrado esos territorios. Múnich podría ser buen sitio...

—¡Bah!, creo que no volveremos a ver a ese duque petulante. Ya se habrá olvidado de nosotros.

Lázaro agarró con fuerza el brazo de Martín.

—Es un riesgo que no debes correr. Tú eres el único que podría guiarles hasta el muchacho. No confíes en tu suerte, es mejor que te vayas.

Mientras tanto el duque había vuelto a Roma, donde se reunió con monseñor D´Este, mecenas del Coro Sixtino, que era quien tenía verdadero interés en conseguir castrati. D´Este ejercía una gran influencia sobre Paulo IV, ascendente que utilizó para persuadirlo de que el caso Lucedio, como él lo llamaba, era la manifestación de algo satánico. Y, lo que era aún más grave según las obsesiones del Pontífice, incluía aberraciones sexuales. Así que, con el beneplácito de Su Santidad, D´Este envió de nuevo al duque a Lucedio, en esta ocasión acompañado por dos dominicos del Santo Oficio con instrucciones muy precisas.

Cuando Guillermo comprobó que el muchacho seguía sin aparecer y que el abad tampoco había regresado —"Ha tenido que ir a visitar a un familiar gravemente enfermo", fue la excusa que recibió— se retiró para que los inquisidores hicieran su trabajo. Estaba seguro de que los monjes mentían.

Los dominicos se instalaron en la cuadra, sobre jergones, tanto por hacer ostentación de su austeridad como por mantenerse apartados de los demás monjes, no fuera que el trato cotidiano debilitase su determinación. Durante unos días husmearon por todas partes, sin hacer preguntas. Revisaron los pocos libros que allí quedaban, las celdas de los frailes, la capilla... También se acercaron al pueblo y allí sí preguntaron. Todo el mundo conocía y admiraba a Vittorio, el niño cantor. Y a fray Lázaro, su maestro y constante compañero. No les costó conseguir quien cazara al vuelo sus insinuaciones y afirmase que entre ambos parecía haber algo más que la relación de un joven alumno con su maestro. Insistiendo con unos y con otros, al final del día ya había quien juraba haberlos visto en actitudes obscenas y en varios lugares a la vez. Y una muchacha aseguraba haber sido poseída tres noches consecutivas por el espíritu del abad en diversas posturas.

Entonces los inquisidores interrogaron  a fray Lázaro.

—¿Cuántas veces abusaste del niño?

—No abusé.

—¿Qué le hacías?

—Le enseñaba a cantar...

—¡¡Mientes!! —Y vuelta a empezar.

Lázaro sabía que aquello no tendría fin, hasta que consiguieran lo que querían.

—¿Dónde está el abad?

—Con un familiar.

—¿Dónde vive ese familiar?

—No lo dijo.

—¿Dónde está el niño?

—No lo sé, se escapó.

—¿Cuántas veces abusaste de él?...

Al tercer día de interrogatorio, Giuglio, el más joven de los dos dominicos, intentó negociar.

—Hermano Lázaro, estás ciego y eso mueve a compasión. Acepta tus errores, reconoce tus mentiras y salvarás lo más importante, que es el alma. Y puede que también salves la vida, si rectificas a tiempo. Tienes en tu celda algunos libros prohibidos...

—¿Libros prohibidos? No sabía que existiera tal cosa. Además, tú mismo lo has dicho: estoy ciego, ¿de qué me sirve un libro?

—¿Podría ser para que alguien te lo lea? —sugirió Giuglio con irónica ingenuidad—. En Roma se está elaborando un Índice de Libros Prohibidos, ¿no lo sabías? Pero, dime: ¿cuántas veces abusaste del niño? —preguntó con una suavidad desacostumbrada.

—No lo recuerdo. Muchas... —contestó Lázaro, abatido. Ya quería acabar con aquel juego.

—¿Qué le hacías?

—Caricias, besos... Nos bañábamos juntos.

—¿En qué lugar lo escondes?

—Se escapó. No sé dónde está. —La voz de Lázaro se hizo firme.

—Si mientes, no te librarás —amenazó Giuglio.

—No sé dónde está.

Lázaro Orsatti fue entregado a la justicia civil y ejecutado en la hoguera dos meses después, sin desvelar el paradero de Vittorio.

©Fernando Hidalgo Cutillas 2014

 
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29 de junio de 2014

83ª noche - El aguador


Vivió en la Qurtuba[1] de los califas un hombre llamado Halim que siendo joven se unió a las tropas de Almanzor el Victorioso en sus campañas contra los reinos cristianos del norte. Pero de eso hacía ya muchos años; el hayib[2] que fuera azote de Dios descansaba bajo tierra en Medinaceli y la guerra que siguió entre sus sucesores y los del califa le pareció a Halim demasiado penosa para un hombre de su edad, de modo que se retiró a la villa de Shantyala[3], donde esperaba pasar una vejez tranquila y bien acomodada con la pequeña fortuna que acumuló a lo largo de sus correrías.  

Llegó al pueblo montado en una mula marchadora, más manejable que un caballo, seguido por sus dos mujeres, los criados y algunos carromatos cargados con sus pertenencias. Se instaló en la casa que había comprado poco antes, cercana a la mezquita, y dedicó los primeros días a conocer a sus nuevos vecinos y a tantear el precio de las tierras que pensaba adquirir. Todos sintieron curiosidad por la llegada del forastero mas, pasada la novedad, la rutina volvió a la vida del pueblo.  

Halim compró algunas fanegas de secano y cada mañana iba a cuidarlas a lomos de un asno. Diariamente se encontraba en el camino con Ahmed, un joven aguador tan poco afortunado que sólo contaba con un gran perro para arrastrar el carrito en el que a duras penas cabían tres cántaros de mediano tamaño. Ahmed se apartaba del paso del anciano mientras cruzaban los saludos de rigor: Assalamu alaikum. Walaikum as salam[4].  

Un día el aguador se atrevió a hablarle:
—Mi señor, soy Ahmed, el aguador más pobre de Shantyala y el más dispuesto a servirte. ¿No necesitas agua limpia y fresca en tu casa? Pronto llegará el verano, que aquí es muy caliente, y los aljibes quedarán secos.
Halim detuvo el asno y se giró para mirar a quien le hablaba. El joven aguardaba la respuesta.
—Tengo criados que hacen lo que es necesario pero no me parece mal lo que propones. ¿Cuánto pides por tu trabajo, Ahmed?
—He pensado que, en lugar de darme unas monedas, me cedieses uno de tus burros mientras dure la labor. Así podría cargar más agua de la que puede acarrear este viejo perro y obtener más beneficio. Si gano lo suficiente quizá pueda comprarte el animal al final del estío.
—Está bien, ve y di a mis criados que te presten una de las best... el asno más chico —rectificó— y un carro pequeño. A partir de mañana, en cuanto amanezca quiero llenas las cuatro tinajas que están junto a la puerta de mi casa. Y cuida bien del burro. ¿Estamos?
—Así se hará, y que Alá te bendiga.  

A partir de ese día Ahmed cumplió puntualmente el encargo. Cada mañana, justo al amanecer, llenaba las tinajas de Halim. Dedicaba el resto de la jornada a sacar provecho de su nuevo asno.
Uno de esos días, al entrar el aguador en el patio vio a una muchacha recogiendo unas flores. Ahmed se asombró como si hubiera visto a una hurí[5] y quedó petrificado pero la joven, lejos de asustarse, le explicó con naturalidad:
—Debo recoger estas flores antes de la salida del sol o pierden su fragancia. Es mejor que no digas a nadie que me has visto, aguador. —Le sonrió, y entró corriendo a la casa.
Ahmed se frotó los ojos, sin darles crédito. ¿Será un ángel?, se preguntaba. Desde aquel día no pudo apartar de su mente aquella sonrisa, la más bella que había visto en su vida.  

En ocasiones los dos hombres hacían juntos parte del camino, cuando Ahmed regresaba a la fuente y Halim iba a sus tierras, aunque raras veces conversaban. Un día el joven se decidió a preguntar:
—¿No tienes hijos, mi señor? —Sospechaba que el ángel de sus sueños fuera una hija de Halim.
—Cientos, cientos de ellos... seguramente. Así es la vida del soldado, como la del labrador que lanzara la simiente en tierra a la que no ha de volver.
Ahmed rió la ocurrencia. E insistió:
—Me refiero a hijos que estén contigo.
—No ha querido Alá darme esa bendición, todavía. He pasado largos años en la guerra, lejos de mi casa. Mi primera esposa, Nadima, se hizo mayor. Además, creo que ella no... —Halim torció el gesto—. Debí repudiarla, pero siempre la he amado. Ahora tengo una nueva esposa muy joven y lozana con la que espero procrear el vástago que continúe mi linaje. Más de uno, con la ayuda del Profeta —auguró, mostrando una desdentada sonrisa.
El aguador dedujo que la mujer que había visto en el patio no era otra que la esposa lozana a la que se refería. Halim continuó:
—Ya hace más de un año que vamos tras ello pero hasta ahora no ha habido suerte. Es una maldición, no podría creer que Yasmina fuese también estéril. ¡Alá no lo permita! —Hablaba con resentimiento—. Si antes del invierno no queda preñada la apartaré y tomaré nueva esposa.
Se separaron los dos hombres y Ahmed caminó pensativo al lado del burro. ¿Qué sería de ella, si la repudiara Halim? Dos esposas y... ¿nada?, cavilaba.
—Sí va a necesitar ayuda, sí.  Y no sólo del Profeta —le dijo al animal, sabiendo que éste no podría contarlo.
Un atrevido plan empezó a tomar forma en su cabeza.

El joven aguador era apuesto. Su llegada a las casas siempre coincidía con curiosos movimientos de sombras tras las celosías. Y algo más que agua le requerían en ocasiones. Pero desde su encuentro con Yasmina sólo pensaba en ella. Por fin conocía el nombre de su amor. Le pareció muy apropiado, era delicada y perfecta como la flor del jazmín. Debía hablar con ella cuanto antes, lo que no sería nada fácil.
Empezó a merodear la casa cada atardecer, evitando ser visto. Así pudo averiguar cuál de las ventanas correspondía al aposento de la joven. Una mañana, antes de entregar el agua, esperó oculto a que Halim saliera. Llegó luego hasta el patio, llenó las tinajas y fue bajo la ventana de Yasmina, imaginando que ella aún dormía. Lanzó unas piedrecillas a la celosía a la vez que imitaba el canto de la tórtola. Al poco rato, oyó un susurro:
—Eres muy atrevido, aguador, y muy imprudente.
—He de hablar contigo, mi señora. Es por tu bien...
Se hizo un largo silencio.
—Di, pues —pidió Yasmina, sin dejarse ver.
—Las paredes tienen ojos y oídos. Esta noche, bajo el olivo al lado del pozo. No faltes. Te esperaré hasta el alba si es necesario...
Yasmina acudió con sigilo, pasada la medianoche. Reprochó en voz muy baja:
—¿Qué es lo que has de decirme por mi bien, aguador? ¿No sabes que Halim nos mataría si nos encontraran aquí, juntos a esta hora?
Ahmed le contó lo que había averiguado:
—Tu esposo te repudiará si antes del invierno no quedas encinta, eso me dijo. Quería advertirte.
La joven, tras un momento de vacilación, respondió:
—Bien quisiera yo darle el hijo que él desea, pero...
—Su primera mujer tampoco engendró. ¿No lo entiendes? —interrumpió el aguador—. Las alforjas de Halim están vacías. Si Alá no lo remedia, tu desgracia es inevitable.
Al comprender, Yasmina se tapó la cara con las manos y comenzó a sollozar. Ahmed se asomó al pozo, que estaba seco.
—¿Qué haces cuando un pozo se seca? —preguntó inesperadamente.
—Hay que buscar agua en otro sitio —respondió ella con voz entrecortada, sin entender el motivo de la extraña pregunta.
—Pues eso mismo has de hacer. Tú quedarás embarazada, Halim tendrá el hijo que desea y la vida continuará sin sobresaltos.
Siguió un largo silencio en el que Ahmed esperaba ansiosamente la reacción de la muchacha. Por fin ella secó las lágrimas que aún corrían por sus mejillas.
—¿Y tú...? —preguntó.
—Yo daría mi vida por ti. Nada has de temer.
Con voz firme, Yasmina tomó la decisión:
—Está bien, aguador. Pero debes prometerme que cuando yo quede encinta te apartarás de mí y nunca, ¡nunca!, lo contarás a nadie; ni a tu familia, ni a tu mejor amigo... ¡Nadie debe saberlo jamás!
—¡Sea como dices! —respondió Ahmed;  y allí mismo trataron por primera vez de dar a Halim lo que él quería. 

      El otoño trajo la felicidad a la casa de Halim. ¡Yasmina estaba por fin embarazada! El anciano no cabía en sí de gozo. Como un loco corrió por la aljama vociferando la buena nueva a todo el que encontraba.
Con las primeras lluvias, Ahmed fue a casa de Halim para hablar del burro prestado.
—Vengo a devolverte el asno, según lo convenido. Si recuerdas, te dije que quizá podría comprarlo, y deseo saber cuánto pides por él, pues me ayuda mucho en el trabajo. He ahorrado algo...
—¿De cuánto dispones?
—Seis dírham de plata y algunos feluses. Es poco pero...
—Dame tres dírham y estamos en paz. La suerte me ha favorecido y debo ser generoso, según las enseñanzas del Profeta.
El aguador se retiró arrastrando los pasos; había cerrado un buen negocio pero se sentía triste. Ya no podría volver a encontrarse con Yasmina, respetando lo prometido. Estaba muy enamorado pero debía distanciarse y tratar de olvidarla, por lo que decidió ir a Montiya[6] e instalarse allí. 

Nació el pequeño Zafir entre bendiciones y festejos. Hasta la edad de dos años, como era costumbre, el niño apenas salía de entre las mujeres pero cuando comenzó a andar y a chapurrear lo suficiente, Halim le dedicaba mucho tiempo. Mas a medida que Zafir crecía, una gran inquietud crecía también en el anciano. Por insondables designios del destino, el pequeño se estaba convirtiendo en el vivo retrato de Ahmed. Halim miraba sus ojos ambarinos, el modo en que el cabello se rizaba sobre la frente, las facciones angulosas, y cada detalle le recordaba al que fuera su aguador. Una terrible sospecha anidó en él. De ser cierto lo que imaginaba, ¿qué sería del niño? ¿Debería arrancarlo de su lado y condenarlo a la ignominia? No sería capaz , pero ¿cómo ignorar lo que la naturaleza pregonaba a voces?
Nadima lo encontró una tarde cabizbajo en el rincón más umbrío del patio. Ella sabía por qué; lo supo antes que nadie. Se acercó a su esposo y trató de consolarlo:
—Alá te ha dado un hijo, no le des más vueltas. No sabes lo sensible que es una mujer preñada. Ve una fresa, ¡y el niño nace con una fresa en la nalga!, ¿no has oído hablar de ello? Ese hombre anduvo por aquí todo aquel verano, seguro que tu joven mujer lo vio y de ahí el parecido. No has de dudar de que el hijo es tuyo. Tú lo engendraste. Es un don de Alá...
Halim alzó la cara, miró a Nadima e hizo un intento de sonreír que quedó en una mueca triste.
—¿Cómo puedes dudarlo? —insistió Nadima—. ¿Acaso quieres traer la desgracia a esta casa por una idea tan absurda y que a nadie beneficia? Agradece tu suerte y no seas egoísta...
El hombre asintió con la cabeza repetidamente, se arrodilló y elevó ambas manos hacia el cielo:
—¡Oh, Alá, el más grande!, cubre mis debilidades y sosiega mis temores. Te doy las gracias, Señor, por infundir en Nadima la sabiduría para hacerme entender tus designios. Afirmo que Zafir es carne de mi carne y sangre de mi sangre, y con estas manos aniquilaré a cualquiera que diga lo contrario. Ante ti lo prometo, y que no vea yo la luz del día si falto a mi palabra.
 Pocos años después a Halim le llegó la hora de reunirse con sus antepasados. Todo el pueblo lamentó la pérdida pues había llegado a ser muy querido, sobre todo desde el nacimiento de su hijo,  que lo convirtió en un hombre más afable y generoso.
Pasadas unas semanas, Nadima buscó a Yasmina para decirle:
—Ahora que nuestro amado esposo, que Alá tenga en el Paraíso, nos ha dejado, deberías buscar a alguien que cuide de la casa y nos traiga agua de la fuente, ¿no crees, Yasmina? Dicen que en Montiya hay buenos aguadores...


[1] Córdoba
[2] Consejero, primer ministro del califa, por encima del visir.
[3] Santaella
[4] La paz esté contigo, contigo esté la paz.
[5] Cada una de las mujeres bellísimas creadas, según los musulmanes, para compañeras de los bienaventurados en el Paraíso.
[6] Montilla

©Fernando Hidalgo Cutillas - 2014

 
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