13 de mayo de 2014

80ª noche - La ofensa

Cuando Ramón nos la presentó, pensé que sería otra aventura pasajera. Quizá estuviera tan enamorada como parecía, pero por la forma de aceptar el trato que él le daba creo que Matilde era, sobre todo, una mujer sumisa por naturaleza. De las que se enganchan a un hombre sin remedio. Era mediocre y tenía escaso atractivo, así que, conociendo a Ramón, me extrañó que la pareja siguiese adelante.

Ramón era un viejo amigo del instituto con el que manteníamos una relación estrecha y, decididos a que la presencia de Matilde no alterara nuestra costumbre, mi mujer y yo la aceptamos sin reparo. Pero, pasadas las primeras semanas, él se ponía furioso con facilidad y empezó a ser corriente que las cenas en una u otra casa terminaran con discusiones, en las que era muy grosero. Nosotros procurábamos calmar los ánimos sin implicarnos en sus asuntos y las reuniones siguieron semanalmente, aunque rara vez acababan bien.

Poco después a mi amigo le tocó un premio en la lotería. Nos llamó, eufórico, insistiendo en que nos invitaba a cenar esa misma noche en uno de los restaurantes de su barrio. No aceptó excusas y, a pesar de lo inoportuno, por no desairarlo acudimos a la cita.

Cuando llegamos, él estaba en la barra, con los ojos vidriosos y una verborrea que no le conocía, rodeado por ocho o diez personas. Me arrepentí de haber ido pero, ya que estábamos allí, lo que quería era cenar cuanto antes y volver a casa, aunque Ramón parecía no tener prisa. De pronto empezó a insultar a Matilde de un modo muy despectivo, delante de todos. Ella, callada a su lado, soportaba el chaparrón con su cara de ardilla, mirando al suelo sin pestañear. Me acerqué a Ramón y le pedí que se controlara, que cenáramos de una vez y la fiesta terminara en paz. Lejos de hacerme caso, alzó más la voz y siguió atacando con saña a su pareja. Después, dirigiéndose a mí en tono chulesco, sacó unos cuantos billetes del bolsillo y me apuntó con ellos: "¡Cuando se tiene dinero hay que divertirse, desgraciao! ¡Que eres un mierda!". Pensé que no valía la pena responder, tomé a mi esposa del brazo y nos largamos inmediatamente.

Ramón había bebido demasiado, pero yo no lo había visto antes así.  Me sentí defraudado. ¿Era la nuestra una amistad sincera? Deduje que Ramón se había convertido a lo largo de los años en alguien muy diferente del muchacho que yo había conocido tiempo atrás y que la estabilidad en mi pareja, en mi profesión y en mi vida en general había despertado en él una insana envidia. No cabía otra explicación. Aquella noche había explotado un globo que llevaba mucho tiempo inflándose.

Unos días después, Matilde telefoneó a Clara, mi mujer. Le explicó que Ramón siguió bebiendo y la fiesta terminó de mala manera. Por la mañana, ella recogió sus cuatro cosas y se fue a casa de una amiga. Cuando más tarde Clara me lo contó, pensé que era lo mejor para ambos.

Pasó algún tiempo sin que supiéramos de ellos. Una tarde en la que acudí con unos amigos al pub de costumbre vi a Ramón en la barra, solo, y fui a saludarlo. Yo no lo culpaba, era sólo que la vida y él no se llevaban bien. Él había bebido un poco más de la cuenta, pero estaba sereno. Se disculpó y le quité importancia. Después me habló de Matilde.
—La eché de casa, ¿sabes? Era una zorra que se iba con cualquiera... Se metió en mi casa apenas nos conocimos. Sólo busca a alguien que la mantenga. Encima, ¡celosa hasta aburrir! Y en la cama, tan vulgar...
Por cortar la sarta de improperios, al fijarme en su chaqueta de cuero marrón pregunté:
—¿No es ésa la chaqueta que te robaron del coche? ¿Apareció?
Ramón se rió con malicia.
—La olvidé en casa de una tía que conocí en un putiferio. Dije que me la robaron para que Matilde no se mosqueara... Después la recuperé, pero la dejé en el taller para no dar explicaciones. —Y volvió a reír, haciéndome un guiño.
Nos despedimos y me fui a casa mientras él se quedaba cociéndose en la barra.

Clara y Matilde seguían telefoneándose de vez en cuando. Así me enteré de que la mujer había empezado a trabajar en una frutería. Un día Clara me dijo que la había invitado a cenar y vendría con su nuevo novio. Quería que lo conociéramos y conservar nuestra amistad, aunque ya no estuviera con Ramón. Me pareció una  intromisión, hubiera preferido mantenerme alejado de sus asuntos, pero Clara no veía motivo para rechazar a la chica; a fin de cuentas, fue Ramón quien la metió en nuestra vida, dijo.

Lucas era un hombre tosco, sin conversación, guapete, eso sí. Y Matilde estaba encantada con él. Se habían conocido poco antes y ella se fue en seguida a vivir con él. Me sorprendió la precipitación con que Matilde actuaba, pero no era cosa de mi incumbencia. Él parecía una buena persona. Noté ilusión en sus miradas y me alegré por ellos. Fue una velada cortita, de trámite, y dejamos en el aire una nueva reunión.

Dos o tres días más tarde, Clara me pasó el teléfono; Matilde quería consultarme algo. Después de los saludos me contó:
—Ramón fue a buscarme anoche a la frutería. Dice que no puede vivir sin mí, que se está matando poco a poco.  Creo que voy a darle otra oportunidad.
Se hizo una larga pausa. Yo no sabía qué decir; Matilde había sufrido maltrato y yo estaba seguro de que volverían a las andadas, ahora que parecía que todo le iba mejor... Yo conocía bien a Ramón, o eso creí hasta la noche en que se emborrachó. Por un momento lo recordé, apuntándome con su pequeño fajo de billetes: "¡Eres un mierda!".
—Habéis tenido muchos problemas, yo creo que no va a funcionar. Y Lucas, ¿qué?
—Estoy hecha un lío. Ramón me quiere, él es así pero me quiere. Está loco por mí. Yo no me perdonaría que le pasara algo por mi culpa. Sólo quería que lo supieras. Lucas comprenderá, llevamos poco tiempo juntos.
—Vamos a ver. La cuestión no es que Ramón te quiera o no, sino si sois compatibles. Yo creo que él no está hecho para vivir en pareja, es muy independiente, va de flor en flor...
—Mientras estuvo conmigo, no —aseguró ella.
Y entonces expliqué el asunto de la chaqueta con pelos y señales. Clara estaba en la cocina; me alegré de que no lo escuchara. Aunque pedí a Matilde que no dijera nada a Ramón, le faltó tiempo.

Una tarde, mucho después, me lo encontré en la calle. Por un momento pensé que armaría una bronca pero no se alteró. Tras un frío saludo me miró con aire severo.
—Así que contaste la confidencia que te hice... ¿Eso hace un amigo? Eres un canalla —dijo en tono amargo.
Me sentí avergonzado, había roto una regla de oro no escrita. Me justifiqué:
—Hubiera sido un error volver con ella y tú lo sabes.
Ramón dejó correr el tema, como si no le interesara.
—¿Puedes prestarme sesenta euros? Te los devuelvo la semana que viene. He olvidado la cartera en casa. —Lo pidió con arrogancia.
Le di tres billetes de veinte. Cuando se alejaba tuve el presentimiento de que era la última vez que lo veía. Se me hizo un nudo en la garganta.

Unos años más tarde me enteré de que Ramón había muerto. De cáncer, dijeron. Fue mucho el tiempo de amistad y buenos recuerdos, pero el único que me persigue implacable es el de tenerlo frente a mí con la mirada turbia y el brazo extendido señalándome con los billetes, mientras pronuncia una frase que jamás podré olvidar.
 

©Fernando Hidalgo Cutillas 2014

 
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