10 de marzo de 2014

78º noche - La soledad de Rosaura

Hay palabras que parecen hechas para imaginarlas, casi nadie conoce su significado. A menudo, insultos: estúpido, cursi, gilipollas... Después resulta que sí, que lo tienen, y en el diccionario está, pero uno empieza a oírlas desde pequeño y por algún motivo se deja llevar por la intuición.
 
Cursi, como digo, es una de ellas. No levantaba yo un metro del suelo cuando la oí por primera vez. "Qué cursi", dijo alguien, refiriéndose a la joven vecina del entresuelo. Yo no sabía el significado pero miré a la vecina, pizpireta, al volante de su Seat 600 equipada como si fuera un piloto de Fórmula1. Capté en ella lo diferente y pensé: eso es ser cursi. Volví a oír la palabra relacionada con otras personas, casi siempre mujeres, y pensé que mi intuición no me había engañado. Cursi es llamar, a los amigos, amistades; al cine, cinematógrafo; a las revistas, ilustraciones; al novio, prometido; caminar respingando el culo y tomar el café con el meñique estirado. Hasta hoy no se me había ocurrido mirar lo que estrictamente significa: "Se dice de un artista o de un escritor, o de sus obras, cuando en vano pretenden mostrar refinamiento expresivo o sentimientos elevados", "Dicho de una persona: Que presume de fina y elegante sin serlo". ¿Y por qué sin serlo? Claro, una persona inteligente, realmente elegante, no es "cursi".
 
No es la vecina la cursi de la que os quiero hablar, sino mi profesora de piano, Rosaura, una solterona de cuarenta años cuando la conocí. Trabajaba en un colegio cercano a mi casa, no en el que yo estudiaba, pero allí me llevaron para las clases de música dos veces por semana. De luto riguroso por la reciente muerte de su madre, alta y grande como un caballo, de facciones a juego. A mí el piano nunca me interesó, fue un capricho de mi madre; ahora pienso que también ella tenía algo de cursi.
 
Entre claves y corcheas, Khöler y Stamaty, pasaron los martes y jueves de ocho a nueve de la tarde durante algunos años. Mis progresos eran moderados, yo ponía poco interés y mi pacto con mamá era que nada de exámenes ni exigencias; sería un hobby al que dedicar el tiempo libre, sin presión. Después de unos años estuve en condiciones de tocar por mi cuenta algunas piezas de las que compraba las partituras —carísimas— en Casa Beethoven, de la Rambla, ya entonces una vieja tienda de música, que aún existe. Eso me animó, aunque estaba decepcionado por cómo sonaba la música de los Beatles o los Sirex en un simple piano, sobre todo por mi escasa habilidad.
 
A pesar de su cursilería, aquella mujer me interesó. Era a la vez amable y dura, casta castísima pero también coqueta; envarada y cálida. Empecé el bachillerato y los horarios se hicieron incompatibles. Cambiamos las clases al sábado, en su casa, sólo una vez por semana, a mediodía. Cada vez dedicábamos menos tiempo a las clases y más a hablar, hasta abandonarlas por completo. Yo me iba haciendo mayor y los años nos habían dado confianza. Los sábados a las doce me presentaba en su casa con una botella de cava y algo de la pastelería, y pasábamos un buen rato charlando y tomando ese extraño aperitivo. Poco a poco, ella fue contándome su vida.
 
Era hija única, y vivía sola con su padre. Su parto fue complicado y a consecuencia de ello la madre quedó inválida. Una hemiplejia, al parecer. Tuvo una infancia dura, cuidando de la madre a todas horas, con el fantasma de una absurda culpa flotando sobre su cabeza. De carácter incombustible, Rosaura debió de ser una niña alegre y una joven ilusionada. Empezó muy pronto los estudios de piano, en el Conservatorio del Liceo, y terminó muy joven. Durante un tiempo pensó que podría dedicarse a dar conciertos o entrar en alguna orquesta de fama pero, si bien tenía mucha habilidad interpretativa, le sobraba energía. Aún recuerdo cómo tocaba La danza del fuego, de Falla; el piano ardía realmente. Creo que ella desfogaba sobre las teclas sus frustraciones, porque cuando tocaba La primavera, de Debussy, también ardía el piano, y eso se transmitía. El caso es que no pudo ser y se dedicó a dar clases.
 
Por aquella época se movía en ambientes artísticos y tuvo algunos pretendientes —dije pretendientes, ¡qué cursi!— , gente de teatro y de música. Algunos se hicieron después famosos, en televisión sobre todo. Ella se hacía ilusiones. Hasta que un día le dijo su madre: "Tú has de cuidar de tus padres, ya me ves, no puedes casarte. Así que deja de ver a esos jóvenes porque sólo conseguirás poner tu nombre en entredicho". Me cuesta imaginar qué pasó por su mente al oírlo, pero lo aceptó. Se olvidó de todo lo que no fueran las clases, los padres y la casa, un viejo piso del Ensanche, lúgubre como su misma vida. Y así fue como se volvió cursi.
 
Cuando ella cumplió los cuarenta, su madre murió. Fue entonces cuando la conocí. Sola con el padre, ya jubilado, su vida siguió igual aunque con menos presión. El padre, a quien yo de vez en cuando saludaba, había sido encargado de una ferretería y tocaba el violín. Me pareció un hombre amable y pusilánime, acostumbrado a no pensar. Ella lo cuidaba con fervor casi religioso hasta que, diez años después, también se fue. Recuerdo el sepelio con una extraña sensación. Llovía y por algún motivo no pudo entrar el féretro en la iglesia. Bajo los arcos del pórtico salió el cura a bendecirlo, una ceremonia de lo más desabrido. Rosaura, descompuesta y otra vez de negro de pies a cabeza, me pareció un pajarillo sin amparo.
 
A menudo el futuro se puede adivinar sin ser médium. En este caso, el futuro era muy previsible: cuando muriera el padre, Rosaura iba a quedar sola. Ella había cuidado de sus padres, les había dedicado su vida pero ¿quién cuidaría de ella? Con cincuenta años aún quedan algunas cartas que jugar, se podría decir. Mas ¿acaso no cuenta el pasado?
 
Rosaura lo intentó. Conoció a algunos hombres. El primero, un solterón loco con más rarezas que ella, que acabó armando un escándalo. El último, un viudo medio alcohólico, con un hijo delincuente y más problemas que soluciones. Pero al menos era un hombre. Yo seguía visitándola aunque no con tanta frecuencia. Algún sábado me dejaba caer por su casa, con mi botella de cava y el bracito de gitano. Un día me dijo: "Lo he hecho, y no es para tanto". Solté una carcajada. Sí, realmente me hizo gracia que hubiera sucedido, que me lo contara, y su comentario de que no era tanto. Para ella era importante.
 
Siempre quería descorchar la botella. "A ver si puedo...", solía decir. Un día vi en su frigorífico algunas botellas de cava puestas a enfriar. Nunca pensé en esa posibilidad. Bueno, no se perdía nada. La vida se consume en sí misma, me consolé. La historia con el viudo terminó, la cortó ella cuando se hizo insoportable. Le costó. Sabía que no habría más.
 
Los años no pasaban en vano. Rosaura se jubiló, ya no iba a los colegios ni daba clases en casa. Y estaba absolutamente sola: ni pareja, ni hijos, ni hermanos ni sobrinos... Yo seguía viéndola de tarde en tarde, con el cava y las pastillas para dormir, que desde algún tiempo atrás me pedía ansiosamente. No más de una cada día, insistía yo, y procuraba no proporcionarle más de las necesarias.
Debía tener unos setenta cuando se cayó en su casa. Se rompió el fémur. Estuvo dos días en el suelo antes de que alguien se diera cuenta. Una prima acudió, alarmada por no tener respuesta al teléfono. Una casualidad. La llevaron al hospital. Cuando salió de la casa, con lo puesto, no sabía que nunca más iba a volver.
 
Estuvo un año en una residencia de ancianos terrible. Fui a visitarla algunas veces, era tétrico el lugar, el ambiente, el olor... De allí salió por una neumonía que la llevó de nuevo al hospital. Estuvo entonces muy cerca de la muerte. Cuando la visité pensé que era la última vez que la veía. Pero lo superó, y la llevaron a otra residencia mucho mejor. Pero residencia al cabo, una sala de espera donde aguardar la muerte: de la cama a la silla, la tele, la comida, la silla, la cama, uno y otro día. Aún estuvo allí unos siete o ocho años más, llena de achaques, pero soportando con dignidad su destino. Nunca dejó, al menos conmigo, de ser cursi.
 
Todos los años desde que la conocí iba a verla por Navidad y le llevaba un pequeño obsequio, lo mismo en su casa que después en la residencia. Pero el último no fui. No estaba yo en buen momento. Es algo que, pasados más de veinte años, aún me pesa. Ella murió en abril. En su entierro estábamos tres personas. Señorita Rosaura, descansa en paz.
 
© Fernando Hidalgo Cutillas - 2014

 
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