1 de febrero de 2018

138ª noche - Un día cualquiera

   El edificio de oficinas estaba rodeado por varios solares en los que pronto se levantarían nuevos bloques y que, mientras tanto, eran utilizados como aparcamiento, en espera de que el garaje del área de negocios entrara en servicio. La reunión se prolongó más de lo previsto; el cliente era meticuloso y no dejó punto del contrato sin repasar. Mayte miró su reloj una vez más: las nueve y veinte de la noche. Por el amplio ventanal del piso 28 podía ver la ciudad como un enorme conglomerado de pequeñas luces amarillentas.
   —No firmaré el contrato si no se especifica una cláusula de penalización. —El hombre parecía sabérselas todas—. Un retraso en la entrega podría hundir mi negocio...
   Mayte empezaba a desesperar. Se levantó con la excusa de tomar un vaso de agua y cuando se situó a espaldas del cliente, lanzó una mirada de apremio sobre su socio.
   —Un segundo —se disculpó éste, alzándose del asiento. Fue hacia Mayte y ambos se alejaron unos metros de la mesa de reuniones—. ¿Sucede algo? —preguntó en voz baja.
   —No puedo quedarme más tiempo, Luis, es tardísimo. Sigue tú, estaré de acuerdo con cualquier cosa que decidas. Tengo los niños solos en casa, ya son mayores pero estoy preocupada...
   —Claro, está bien. Ve tranquila, no tengo prisa. Y parece que él tampoco —añadió el socio, con un gesto de fastidio.

 


   Minutos después Mayte caminaba hacia su coche. El solar, en el que horas antes parecía imposible encontrar un hueco, estaba ahora casi desierto, ocupado sólo por algunos camiones y cuatro o cinco automóviles cubiertos de polvo. La zona estaba apenas iluminada por la lejana luz de una farola situada en el cruce con la avenida. La mujer aceleró el paso mientras buscaba las llaves en su bolso. De pronto, de detrás de uno de los camiones allí aparcados vio salir la figura de un hombre que se dirigía hacia ella. Mayte sintió helarse la sangre en sus venas. ¡Había temido tantas veces que sucediera algo así...! Intentó no perder la calma, no gritar ni correr, quizá el hombre iba a alguna parte y simplemente se cruzasen. Con la mano aún en el bolso, soltó las llaves del coche y cogió el espray que nunca pensó que llegara a usar. Le temblaban las piernas en cada paso pero siguió avanzando con toda la naturalidad de que fue capaz, confortada por el artilugio que sostenía en su mano derecha, medio oculto en la bocamanga de su chaqueta. Sintió alivio al notar que la dirección en la que caminaba el hombre no lo llevaba a cruzarse con ella. A medida que se acercaba, pudo distinguir a un joven de mediana estatura y aspecto desaliñado. Desvió ligeramente la dirección de sus pasos, intentando alejarse más del desconocido.

   De súbito, el joven cambió de rumbo y se dirigió abiertamente hacia ella, a grandes zancadas. Mayte se detuvo, petrificada. ¡No te entre pánico o estás perdida!, se ordenó enérgicamente. Aún no sabe de dónde pudo sacar el temple necesario. Ninguno de los dos había dicho ni una palabra, el hombre estaba apenas a dos metros de ella, cuando la mujer, mirando con horror por encima del hombro del desconocido, grito con todas sus fuerzas "¡¡Cuidado!!".
   Lo había pensado tantas veces... Pero nunca creyó que sería capaz de llevarlo a cabo. El joven se detuvo un instante y miró hacia atrás, desconcertado. Era todo lo que Mayte necesitaba. Cuando él volvió de nuevo la cabeza, un chorro de líquido irritante le llenó los ojos y la boca.
   En el suelo, dando boqueadas como un pez en la arena, con los ojos inyectados en sangre, el
desconocido se retorcía. Mayte corrió desesperadamente hacia el coche, revolviendo el contenido de su bolso en busca de las llaves. Se encerraría en él y llamaría a la policía desde el móvil. Aún no podía creer que hubiese salido bien. Jadeante por la carrera, pocos metros la separaban del vehículo cuando un grito tronó en sus oídos:
   —¡Hija de puta!, ¡¡zorra de mierda!!... —La retahíla de insultos fue larga y completa—. Te vas a enterar... —El hombre se había puesto en pie, parcialmente recuperado, y daba pasos erráticos, ciego todavía.
   Mayte marcó el número de emergencias, encerrada por fin en el coche. Respiró profundamente varias veces, tratando de recuperar el habla, que el pánico había paralizado. El desconocido debió de imaginarlo, porque los gritos seguían:
   —Ya puedes llamar a la pasma, puta loca, estoy limpio, tía. Me darán un café con leche y a la calle con una palmadita. ¡Pero tú estás muerta! ¡¡¡Kaput!!! He visto tu cara de fulana, ya te pillaré. Y le daré también recuerdos a tu familia... —sentenció el frustrado agresor, con una cínica carcajada.
   —Emergencias, ¿en qué le puedo ayudar? —dijo una voz de timbre metálico desde el teléfono.
   Maite cortó la llamada. En eso no había pensado. La policía... bueno, ya se sabe. Ella trabajaba allí, tenía que ir todos los días, el hombre sabía dónde encontrarla. ¿Qué podría hacer? ¿Pedirle perdón, ofrecerle su dinero, su coche, su cuerpo, todo lo que él quisiera, a cambio de recuperar la tranquilidad? ¿Darle cada mes su nómina, darle su casa y todos sus ahorros? ¿Ser su esclava? Ni lo más ridículamente excesivo sería bastante. Entonces lo vio tambalearse en la explanada. La farola quedaba tras él, marcando perfectamente su silueta. Encendió el motor, sin luces, arrancó en primera y aceleró a fondo. En el último momento cerró los ojos, justo antes de sentir la fuerte sacudida. Después, siguió camino hacia la comisaría más cercana.
 
© Fernando Hidalgo Cutillas - 2011

28 de enero de 2018

137ª noche - Bajo el tilo

   Hola, Julia. Aquí estoy otra vez. Deja que me siente, que me fatigan la cuesta y los años. Son
bonitas estas flores, no sé quién te las habrá traído ni quiero saberlo, pero me gustan.

   De camino, he pasado por el parque donde te conocí, ¿recuerdas? Claro que lo recuerdas, ¡cómo podrías olvidarlo...! Fue una tarde de septiembre, ya anochecía y tú estabas sentada en uno de los bancos. Te vi desde lejos, mucho antes de que tú me vieras, y me dije ¡vaya mujer! No sé cómo me atreví a sentarme a tu lado. ¿Me permite...? Me miraste con desdén. "El banco es de todos", respondiste. Eso me gustó. No te rías, no; es la verdad. Bueno, ríe todo lo que quieras, porque yo debí de parecer un pasmado, sin saber qué decir. Si hubieras leído mis pensamientos aún te reirías más. Hace calor... No, no hables del tiempo, que es estúpido. ¿Está esperando a alguien, señorita? Lo más seguro que me hubieras respondido: "Y a usted qué le importa". Y entonces llegó el bendito niño con el balón y te golpeó en la espalda. ¿Le ha hecho daño? ¡Niño, deja ya de joder con la pelota! Y así empezamos.

   He visto el tilo en el que grabamos nuestros nombres. Aún están allí, donde nos prometimos amor eterno, siempre uno para el otro. Nada ni nadie podría separarnos. Tú no cumpliste pero yo sí. Ya ves que cada tarde acudo puntualmente a sentarme en la losa que te cubre. No hay más mujer en mi vida que tú, puedes estar segura.

   Pero hoy vengo disgustado porque hay máquinas trabajando en todo el parque, se ve que van a remozarlo. Ya han empezado a remover la placeta donde estaba nuestro banco y pronto levantarán los parterres que hay alrededor. Y también el tilo, seguro. Eso me duele —¿a ti también?— y me preocupa. Me preocupa que al arrancarlo y excavar la tierra encuentren, allí donde lo enterré, el cuchillo todavía ensangrentado.


© Fernando Hidalgo Cutillas - 2011
 

2 de noviembre de 2017

136ª noche - IV Antología LEA

LEA es un modesto foro de Literatura donde unos cuantos amigos colgamos de vez en cuando algún relato, desde 2011. Cada cierto tiempo reunimos una pequeña colección en una antología en PDF y la publicamos en Internet, para quien quiera leerla. Hoy os traigo la IV y última, que acaba de salir del horno.

Si la queréis descargar o leer on line,  sólo hay que pulsar el enlace al final de este texto.  Espero que os guste.


CONTENIDO
Orden alfabético
 
AL OTRO LADO DE LA PUERTA
Luisa Méndez Fernández
 
CALLEJEROS
Juan Antonio Marín
 
CIUDADES
Juan Antonio Marín
 
COSTUMBRES
Antony Sampayo
 
CREPÚSCULO
Juan Antonio Marín
 
ÉEK' BÁALAM
Ricardo Durán
 
EL AGUA RESBALANDO POR SU PIEL
Mario Archundia
 
EL DIABLO SIEMPRE LLAMA DOS VECES
Fernando Hidalgo Cutillas
 
HISTORIAS DE AQUÍ Y DE ALLÁ
Mario Archundia

¡INSOPORTABLE!
Luisa Méndez Fernández
 
LA ESCALINATA DEL HILO ROJO
Juan Antonio Marín
 
LIVERPOOL SONG
Juan Antonio Marín
 
MALDITA PETENERA
Milagros García Zamora
 
MALENA BAJO LA LLUVIA
Juan Antonio Marín
 
MAÑANA VOLVERÉ
Juan Antonio Marín
 
MÁS ALLÁ DE MAR ADENTRO
José García Montalbán
 
NOCHEBUENA
Belén Garrido Cuervo

QUEDARÁ EL VIENTO
Antonio Pacheco
 
REPARADORES DE ESTRELLAS
Juan Antonio Marín

THE BEST OF JAZZ FOREVER
Juan Antonio Marín

UNA CÁNDIDA EN EL FRENOPÁTICO
Belén Garrido Cuervo

 UNA PAREJA Y UN LIBRO DE EDUARDO KRÜGER
Antonio Pacheco
 
UN TIEMPO PARA LA EVASIÓN
Luisa Méndez Fernández
 
Descárgalo aquí:
 
 
 

21 de agosto de 2017

134ª noche - Fernando Sánchez Dragó

Dies irae

Fernando Sánchez Dragó, 20 agosto 2017
El Mundo
 
Dé el lector por sabidos los comentarios de rigor. Superfluo sería repetirlos. De eso ya se encargan los discos rayados de los medios de comunicación, las fatuas declaraciones de los políticos, la tediosa algarabía de las tertulias y los insulsos comentarios de la gente recogidos por las alcachofas de los reporteros. Hablaré aquí de otras cosas. Hablaré de la irritación que me produce la superficialidad, por no decir estupidez, de tan inútiles jeremiadas. Magro consuelo es el de verificar que proceden no sólo del solar patrio, sino de todos los países agredidos. Golpes de pecho nunca hay, pese a la evidencia de que la culpabilidad del terrorismo islámico no se limita a las alimañas que lo perpetran. De él son remotos responsables el entreguismo de la Unión Europea, el relativismo de quienes aún creen en la posibilidad de una alianza de civilizaciones, el utopismo de quienes elevan a religión la democracia, el buenismo de quienes ofrecen la mejilla izquierda (va con segundas) a los que abofetean la derecha, el garantismo de quienes interpretan los derechos humanos como patentes de corso, el quintacolumnismo de las organizaciones que fomentan y amparan la inmigración, el maricomplejismo de los caporales de la res pública, el chapapote multiculturalista de la progredumbre, la felonía de lo que en Francia llaman la Gran Sustitución, la vanidad de cuantos de tanto hacer el bien, como decía Tagore, se olvidan de ser buenos, la vulnerabilidad de la globalización regida por internet y la supina ignorancia de quienes no han hojeado el Corán. En él (o al menos en su belicosa interpretación) radica el origen del problema. También en la naturaleza humana y en el integrismo presente o latente en las religiones monoteístas. No es cierto, dígalo quien del Rey abajo lo diga, que todos seamos Barcelona, ni que no tengamos miedo, ni que los valores de Occidente sean los de la libertad, ni que el terrorismo se combata con más democracia, ni que los terroristas estén siendo derrotados. Esa derrota, desde luego, no se conseguirá orquestando minutos de silencio, ni encendiendo velitas junto a ositos de peluche en los lugares de autos, ni aplaudiendo al paso de los féretros de las víctimas, ni proclamando nuestra solidaridad con sus familias, ni poniendo bolardos, ni acogiéndonos a la fácil demagogia del no pasarán. Dejémonos de tontunas, cortemos la cabeza de la hidra, crucemos el Rubicón. O césar o nada.

6 de agosto de 2017

133ª noche - ¿Ves bien los colores?


¿Qué números aparecen en los círculos?
La explicación, al pie de la página.  
 
 
 
Dos mapas de Ishihara.

Arriba: la persona normal lee 74 mientras que la persona con ceguera de colores lee 21
 

Abajo: la persona con ceguera al rojo lee 2 mientras que la persona con ceguera al verde lee 4. La persona normal lee 42.
 
 
(Ishihara, Test for Colour Blindness, Tokyo, Kanehara and Co.)

 

10 de julio de 2017

132ª noche - El tío de los muertos

 


El tío de los muertos es un viejo conocido desde los años sesenta del siglo pasado, cuando se pasaba por casa para cobrar el recibo del seguro de entierro. "Santa Lucía decía mi madre—. Ya está aquí el de los muertos". Y le pagaba las pesetas que costaba mensualmente el seguro para que, en caso de defunción, cada uno de nosotros pudiera ser enterrado. Y es que eso del entierro era caro. Como el dentista y el notario, algo al alcance sólo de las personas pudientes. Y así, pagado mes a mes, se notaba menos. Después, cuando llegaba el momento del "siniestro", la compañía ponía el coche fúnebre, el de acompañamiento y las flores según la categoría correspondiente a la prima que se eligió. Yo, que ya no era tan pequeño, me preguntaba qué pasaría a la gente que no tuviera seguro. Y los mayores me decían que, aparte los ricos que se pueden permitir cualquier cosa, los demás tendrían  un entierro miserable, poco menos que echarlos a patadas de este mundo, en ataúdes como cajas de huevos. Por eso la gente de bien se procuraba un seguro con instinto de protección, que no era bueno ser la comidilla del barrio en estas cosas. Y como la muerte ronda siempre a todo el mundo y la edad no pone a nadie a salvo, también a mí, con mis catorce años recién cumplidos, me aseguraron el entierro en una categoría intermedia, ni mucho ni poco. Ni Seat 1500 gris, pero tampoco Cadillac negro.
 


He tenido la fortuna de no haber hecho uso del seguro todavía, después de cincuenta años de pago mensual de las cuotas. A precio actual, 13 euros al mes, durante 50 años = 7.800 euros, cualquiera diría que ése es un dinero que he capitalizado para mi entierro, que ya casi me estaría alcanzando para uno a la federica.  Pero he aquí que hace un par de años reparé en una carta de la aseguradora que me comunicaba un aumento sustancial de la cuota, en consonancia con el aumento del coste de los servicios funerarios en mi ciudad. Y que, si no pagaba, se anulaba la póliza sin más; todo perdido. Nada de capitalización. Esa prepotencia se me atragantó.
 


En primer lugar, el seguro de entierro no es un seguro propiamente dicho, porque el siniestro se va a producir antes o después con toda certeza. Se parece más a un fondo de pensiones que a un seguro, pues se orienta a un hecho que con toda probabilidad se va a cumplir: la defunción y el entierro. Si alguien se asegura contra incendio, o accidente de tráfico, probablemente ni una ni otra cosa se produzcan y una vez pasado el periodo que cubre cada prima, se liquida el asunto y listo; o se renueva. Pero si se asegura el entierro, tenga usted por cierto que llegará el momento en que el hecho se producirá. Las excepciones son escasísimas: incidente en el que no se pueda recuperar el cadáver (en los accidentes aéreos o marítimos suele pasar), arrebatamiento a los Cielos como el profeta Daniel, ascensión tras el tránsito como la Virgen... en general, muy pocas. Entonces ¿por qué se plantea como un seguro algo que debería ser una capitalización? ¿Por qué después de haber pagado durante cincuenta años un seguro de entierro, sin duda  mucho más de lo que el entierro vale, se me advierte de que el impago de cualquier cuota me dejará sin derecho alguno? ¿Por qué después de haber pagado mi entierro durante cincuenta años, en lugar de decirme: "Mire, usted ya ha pagado de sobra su entierro, ya no es necesario que pague más", o "Le vamos a reducir la cuota", en lugar de eso me dicen "Le subimos la cuota porque ha subido todo, y si no paga va a enterrarle Rita, la que canta, que nosotros no". Auténtico instinto de protección.
 


Eso me irritó, como decía antes, cuando hace un par de años caí en esa cuenta. Miré entonces con curiosidad qué me esperaba cuando, frío y callado, no pudiera darme cuenta de nada. "Cien recordatorios a cuatro colores con oración a elegir, libro de condolencias, dos coches negros —uno para el cadáver y otro para el acompañamiento—, unas cuantas flores, alquiler de nicho o cremación, sala de esto, sala de lo otro, preparación del despojo para evitar sorpresas desagradables (Loctite por aquí, Loctite por allá), algún padrenuestro... y todo eso me resultó desagradable y excesivo. Como están los tiempos, yo sólo quisiera desaparecer con el menor ruido posible. Llamé a la aseguradora y les exigí que no volvieran a subirme ni un céntimo la prima. No la anulé por consideración a los familiares que me sobrevivan, pero ganas me dieron. Les costó aceptar mis condiciones, pero finalmente pasó una agente por casa para que firmara mi renuncia a la actualización anual. Como yo no podré verlo, me perderé el show en el que la misma agente tratará de tomar el pelo a mis deudos esgrimiendo ese documento que firmé aquella tarde. Pero ojos que no ven... Esa batalla la tengo ganada porque a mí me va a dar todo absolutamente igual. Si tengo ocasión, les dejaré dicho: "No soltéis ni un duro".
 
Y en segundo lugar, algo que es más importante: ¿Sabéis por qué los entierros son tan caros, que parece que sólo se puedan morir los ricos? ¿No lo sabéis? Pero si es muy fácil: PORQUE PAGAMOS SEGUROS DE ENTIERRO. Si no tuviéramos ese seguro, cuando se muriera un familiar y vinieran del ayuntamiento o de donde  sea que vengan esos buitres a cobrar por enterrar el fiambre, los echaríamos de la casa a collejas. ¿De dónde sacar tres o cuatro mil euros, cuando en España se vive al día y con lo justo? Pero, claro, como se ha pagado el seguro mes a mes... Una familia de tres personas ¿cuánto paga? Cerca de 50 euros, ¿no? No está al alcance de cualquier mileurista. Y de un 426eurista, menos. Quizá se olvidó la Constitución de darnos el derecho, además de a una vivienda y a un trabajo dignos, a un entierro digno y gratuito. Porque somos una sociedad moderna, con principios, no carroñera, y la muerte ya es bastante desgracia como para que vengan a sacarnos los cuartos en ese trance, aprovechando que estamos en horas bajas, con urgencia y cierto despiste. Que no estamos en el Antiguo Egipto, ni el abuelo es faraón, ni el triste nicho es una pirámide. Ten una cosa bien clara: con seguro o no, en casa no te van a dejar. Si no lo pagáis como si lo pagáis, os echarán tierra encima, que debajo no os va a faltar. ¿Qué sucede con toda esa gente de aquí y de allá, cada vez más, que no paga ni el seguro ni el entierro? ¿Pensáis que se pudren en casa?
 
 
© Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2017