21 de octubre de 2016

120ª noche - Entrevista con Adolf Hitler





P. ¿Sabe que han decidido derribar su casa natal?

R. Bueno, de aquello hace 127 años y la casa debe de estar bastante ruinosa...


P. No. Lo hacen para evitar que se convierta en lugar de culto.


R. ¡Ah!, ¿de veras? Tomaré como un halago que 71 años después de mi muerte aún se acuerden de mí. En realidad me es indiferente.

P. ¿Es cierto que usted se suicidó en su búnquer? Algunos piensan que pudo simular su muerte y escapar, como hicieron otros nazis.

R. Alemania
había perdido la guerra...  Si no lo hubiera hecho yo, lo habrían hecho otros y de peor manera. Para mí sólo había dos finales posibles: victoria o muerte. 

P. Se le identifica con la extrema derecha...

R. Eso es una patraña. ¿Sabe usted cómo se llamaba el partido que fundé? Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. ¿Le parece poco claro "socialista" y "obrero"? Yo siempre me dirigí a los trabajadores y ellos fueron los que me lanzaron al poder. Les di la ilusión de volver a ser una gran Alemania. Siempre fui un hombre del pueblo, pero no un comunista. Mucho menos de derechas.

P. ¿Populista?

R. Los alemanes estaban hundidos y había que hacerlos reaccionar. Decirle a un pueblo que es el elegido de Dios, o del destino, o de lo que sea, no era nada nuevo.
 

P. ¿Se arrepiente de algo?


R. Para mí la guerra fue como una partida de ajedrez donde las piezas son sólo trocitos de madera, no cientos de miles de personas que sufren y mueren. Supongo que eso mismo sentiría el presidente Truman cuando ordenó lanzar la bomba de Hiroshima.  Desde el poder se ve otra realidad. Yo viví la Gran Guerra como simple número de tropa y allí aprendí que la vida puede no valer nada.

P. ¿Y el holocausto?


R. ¿No ha leído "Mi lucha"? 

P. Sí, pero le estoy preguntando a usted...

R. Todo el mundo sabe lo que yo pensaba, no fue sorpresa para nadie. Los judíos en Europa estaban enquistados, eran una sociedad cerrada por encima de los Estados y dominaban la economía. En la gran inflación de principios de los años 20, no sólo no colaboraron sino que hicieron grandes fortunas especulando con la necesidad de la gente en Alemania. Había que acabar con eso.

P. ¿Y no se le ocurrió otra cosa que exterminarlos?

R. Echarlos bastaba, pero nadie los quiso recibir. No encontré otra solución.

P. ¿Sabe que la inmensa mayoría de la gente en todo el mundo lo considera un monstruo?

R. Ningún país debería verse como se vio Alemania en la tercera década del siglo XX. La economía es el juego de unos pocos privilegiados, pero también el pan de muchos millones de personas. Cuando les falta, puede abrirse la caja de Pandora. En esa caja hay dolor, hay muerte... y hay monstruos. A los que a menudo la gente sigue y aplaude.

P. Veo que domina el populismo como nadie. ¿Quién le enseñó?

R. La vida. Las masas son irracionales y existen mecanismos para manejarlas: los gestos, la oratoria, el eslogan adecuado, mostrarse con superioridad moral, decir lo que quieren oír, los escenarios... ¿Qué piensa usted de que tantos millones de personas me siguieran con fe ciega? ¿No será que había millones de monstruos? Cualquiera puede convertirse en monstruo, yo no vine de otro planeta. Y los inquisidores, que llegaron a quemar a cerca de doscientas personas vivas en una sola hoguera, tampoco eran extraterrestres.  Podría ponerle muchos ejemplos. Esta es la cuestión más importante, porque eso puede volver a suceder.   

P. ¿Quiere decir que volverá a haber alguien como usted?

R. En el mundo sigue habiendo suficiente caos para que no se aprenda ninguna lección de la Historia. Los populismos existirán mientras la gente los siga, y la gente los seguirá mientras no sepa pensar por sí misma.  Desconfíen de los salvapatrias, lo digo por experiencia. Los ingredientes existen, sólo falta la ocasión.

P. ¿Está usted en el infierno?

R. El infierno lo conocí en vida. (Sonríe con tristeza). No, no hay nada de eso. Simplemente se acabó, ni siquiera oí el disparo que terminó conmigo. No estoy en ninguna parte salvo, en este momento, dentro de su cabeza. Y ya me voy.

 
 






 

2 de octubre de 2016

119ª noche - Fábula del marqués de Sarabia


En 1950, el marqués de Sarabia había enviudado y  residía en una lujosa casona con un matrimonio a su servicio. La mujer hacía los trabajos domésticos y el hombre cuidaba del mantenimiento, además de ejercer de chófer. Don Fausto llevaba una vida cómoda, sin sobresaltos, mientras el matrimonio se encargaba de todo lo necesario. Pero un día, como por casualidad, se le ocurrió repasar las cuentas que el servicio le rendía cada semana. Y encontró lo que no había imaginado: el matrimonio no le era fiel, algunas de las anotaciones reflejaban un importe mayor que el de las compras correspondientes. Se entretuvo entonces en revisar todos los tiques y apuntes, y en todos encontró el mismo desajuste. Era un robo sistemático. Muy disgustado, buscó con urgencia sustitutos y despachó a los infieles de inmediato. 

El nuevo matrimonio heredó las funciones del anterior y don Fausto, escarmentado, repasaba diariamente los gastos, feliz al comprobar la fidelidad absoluta de las cuentas que le presentaban. Pero al cabo de pocas semanas, el marqués vio que algunas bombillas de la lámpara del salón principal no lucían. Las comidas, antes sabrosas y saludables, se hicieron sosas, o saladas, o semicrudas, y a menudo indigestas. No fueron pequeños el frenazo y el sobresalto, cuando el coche estuvo a punto de atropellar a una muchacha. Sus libros no estaban donde los había dejado, ni la ropa tan bien planchada como siempre. En suma, su vida confortable se había convertido en una carrera de pequeños obstáculos e incomodidades.

Un domingo, cuando tomaba café en el Casino del Círculo al que pertenecía con don Anastasio, el que había sido su médico de cabecera, ya jubilado y amigo al que aún recurría si lo necesitaba, comentó con éste lo que le había sucedido: la infidelidad primero, la desatención después.

—Ahora me son absolutamente leales. —Terminó así la exposición.
—Sin embargo, estabas mejor antes, ¿no es así?
—¡No puedo consentir que me roben! —Arguyó el marqués, intuyendo la intención de su amigo.
—No, claro que no. Pero ahora controlas las cuentas, cosa que antes no hacías...
Don Fausto asintió en silencio. El viejo doctor continuó:
—El ser humano puede contener muchas virtudes, y también muchos defectos. Unas y otros conviven y se desarrollan según las circunstancias. Tus primeros sirvientes cumplían muy bien sus obligaciones, pero la tentación de sisarte los venció, porque les pareció fácil y sin consecuencias. Si no lo hubieras descubierto, estarías feliz. Lo que te robaban, ve a saber desde cuándo, no suponía para ti ningún problema. Sin embargo ahora estás a disgusto, tu casa se deteriora, tu salud también, y no sería raro, por lo que me explicas, que cualquier día tengas un percance con el coche. Y, cuidado, no hayan encontrado éstos un modo más discreto de sisarte. Creo, y no te enojes conmigo, que tú tienes la culpa. En tu lugar, yo recuperaría al anterior matrimonio, así volverás a tener la vida tranquila de antes. Pero, eso sí, ¡vigila bien las cuentas!
 

 

 

 

23 de agosto de 2016

118ª noche - El virus de la duda

Mi marido estaba raro. Yo suponía que era por la operación del pequeño, tras el accidente del autocar. El niño está bastante magullado, aunque nos aseguran que fuera de peligro. Pidieron que algún familiar donara sangre y se ofreció él.

Esta tarde, mientras yo estaba con Luisito en la clínica, entró mi marido, cabizbajo, arrastrando los pies. Se sentó, mudo y sin mirarme, y me alargó un sobre. El corazón me ha dado un vuelco, estaba segura de que eran malas noticias. Lo he abierto rápidamente. Dentro había una hoja de papel, unos análisis. No de Luisito; eran de él. Al leerlos, me he quedado de piedra. "Tienes que hacértelos tú también", me ha dicho con un hilo de voz, aún mirando al suelo. "No lo comprendo", añadió. Después, salió con el mismo desánimo.

Leo una y otra vez esas dos líneas que lo cambian todo. Y me pregunto cuántas cosas podría estar haciendo mi marido de las que yo no tenga idea. Y también si aquel hombre que conocí en Bilbao estaba tan sano como parecía. Dejaré que cargue él con el peso de la culpa. Y yo, con el de la duda y el silencio.


© Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2016

7 de agosto de 2016

117º noche - Sic transit gloria mundi



Le pregunté si veía la luz al final del túnel.
—¿Crees que estoy agonizando?
—No, no me refiero a esa luz. —Maldije mi torpeza—. Pregunto si se encuentra usted mejor.
—Me estoy muriendo.
—¡No diga tonterías, padre!
—He hablado con el médico y me ha dicho la verdad.
—¡Qué sabrán los médicos! —Porfié. Sus ojos, más hundidos que nunca, me miraron con hastío.
—Déjalo ya. Escucha: no digas nada a Luis, no quiero saber más de él, ni que ande por aquí cuando yo haya muerto. Para mí, no existe.
—Pero ¡padre...!
—No hay más que hablar. Es mi voluntad.

Se giró hacia la ventana, dando el asunto por zanjado.

Murió tres días más tarde, en los que no le oí ni una palabra. Fue de madrugada. Llamaron del hospital para darme la noticia. Avisé a la funeraria para que se encargara del traslado del cadáver al tanatorio del pueblo.
Luis es mi único hermano, doce años mayor que yo. Poco después de morir madre, se fue a Huesca, a cumplir el servicio militar; una ciudad lejana y mal comunicada con Aljaraque, donde todavía vivo, cerca de Huelva. Yo tenía entonces nueve años. Padre no le perdonó que no volviera ni que se desentendiera del negocio. Yo quería a mi hermano, pero era entonces muy joven y no pude, o no supe, enfrentarme a un hombre al que la viudedad había agriado el carácter, ya de por sí huraño. De modo que, durante casi quince años, entre mi hermano y yo no hubo ningún contacto.
 
A pesar de la voluntad de padre, sentí la obligación de avisarle. Busqué su teléfono y le di la noticia. Guardó un largo silencio, como si dudara. Después, sólo dijo: "Estaré ahí en unas diez horas". Y colgó.
 
Aproveché la espera para revisar los documentos que guardaba padre en su escritorio. Algunos recibos —el seguro de entierro siempre al día—, contratos y escrituras... Junto a los papeles aparecieron algunos álbumes con fotografías y recuerdos. Empecé a hojearlos, pero en seguida me llamaron para que acudiera al tanatorio y decidí llevarlos conmigo para distraerme.
 
Amortajado con un hábito oscuro, apenas reconocí el cuerpo de padre, consumido por la enfermedad. Hubiera querido verlo como al hombre que llegué a admirar en otro tiempo, pero sólo vi a un anciano diminuto y mezquino. Ocupé uno de los sillones de la sala de visitas y empecé a revisar el álbum más antiguo. En las primeras fotos, ajadas y en blanco y negro, aparecían mis padres, muy jóvenes, aún novios. Cogidos de la mano, recorriendo la Feria o el Rocío. Ella, alegre, con moño alto, menuda y frágil. Él, trajeado, elegante y enjuto. Después, algunas fotos de la boda y de domingos felices, antes de que naciéramos los hijos. Al pasar una página, apareció un papel manuscrito. Era una carta, fechada doce años atrás, con la firma de mi hermano Luis.
Yo no recordaba que él nos hubiera escrito alguna vez, para mí fue una sorpresa y la curiosidad hizo que la leyera de arriba abajo. Iba dirigida a padre, y Luis trataba de reconciliarse, se disculpaba por haberse quedado en Huesca, pero también mantenía su decisión y defendía sus razones. Hacia el final, había un fragmento dirigido a mí:
"Por ahora no voy a volver, Julito, porque he encontrado al amor de mi vida y nos quedamos a vivir aquí, es lo mejor. Padre se ha enfadado por eso y de momento no quiere saber nada, pero se le pasará... —¡Cuánto se equivocaba!— Te llamaré por teléfono para saber de vosotros, y espero que vengas a vernos a menudo, aquí hace frío, pero lo pasarás muy bien, podrás esquiar en invierno, verás qué divertido, y en verano los paisajes son preciosos...". Se despedía cariñosamente y anunciaba una visita para cuando tuviera ocasión, siempre que padre se lo permitiera. Dentro de la nota, una hoja doblada por el centro, encontré la mitad de una fotografía rota, en la que aparecía mi hermano tal como yo lo recordaba. La otra parte había desaparecido.
 
Sentí rabia hacia padre, que me ocultó la carta. Imaginé todo lo que me había perdido por su culpa, el cariño y el contacto con mi hermano mayor, el único, y me enfurecí. ¡Qué distinto el tono cariñoso de la carta del que acababa de notar por teléfono! También me sentí culpable. Obedecí a padre excluyendo a Luis sin rechistar, ignorándolo durante tantos años. ¡Qué bien había hecho en avisarlo! ¿Por qué tendría padre esa inquina hacia él? Muchos jóvenes se emparejan y se casan en la mili.
 
Pasé las horas curioseando los viejos álbumes que había llevado conmigo, fotos y recuerdos de un tiempo que viví como bueno, pero que en aquel momento me pareció cargado de hipocresía y egoísmo.
 
Varios amigos acudieron durante la tarde para dar el pésame y acompañarme unos instantes. Ya era de noche cuando llegó Luis. Yo estaba a la puerta, fumando un cigarrillo, y el corazón me latió con fuerza cuando comprendí que el coche polvoriento que se acercaba era el suyo. Aparcó a escasos metros, lo reconocí en cuanto puso un pie en el suelo. Había cambiado poco, debía de tener treinta y ocho años pero aparentaba muchos menos, seguramente parecíamos casi de la misma edad. Fui hacia él, lo abracé y le pedí perdón sin darle tiempo a decir nada. Estuve a punto de echarme a llorar. Él me abrazó, también emocionado, y en silencio me miró con los ojos brillantes. Me separó un poco, tomándome con fuerza de los hombros. "Has crecido mucho", y me sonrió. Mientras tanto, se abrió la puerta del acompañante y bajó un hombre algo mayor que él, que se mantuvo a respetuosa distancia hasta que Luis le hizo una seña para que se acercara.
−Te presento a Gabriel. Es mi amigo.
−¿Tu amigo? −balbucí.
−Mi pareja, sí. Estamos casados.
Entonces lo comprendí todo. El rechazo de padre, la fotografía rota, su deseo de que Luis no estuviera en el funeral... El viejo, siempre más preocupado por el qué dirán que por la familia. Y me alegré de haber desobedecido su última voluntad. Mi padre me había robado un hermano, pero yo acababa de recuperarlo, y todo el pueblo sabría en su funeral el motivo mezquino que lo movió a ello. Apenas pude contener una sonrisa al imaginarlo revolviéndose en su recién estrenada tumba, mientras Luis y Gabriel, a mi lado y de luto, recibían el sentido pésame de los paisanos.

Sic transit gloria mundi.

© Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2016

6 de agosto de 2016

116ª noche - ... Y un huerto claro donde madura el limonero.

Vi hace pocos días un programa cultural del Canal 24 horas, de RTVE. Una entrevista a José Alberto García Gallo, más conocido como Alberto Cortez.  Alberto tiene 76 años y el presentador lo trata de Maestro, con cara de discípulo y admiración sin límite, como es habitual en este tipo de espacios culturales con las "viejas glorias".

La primera vez que recuerdo haber visto al cantante, debía de tener yo unos doce o trece años y fue en Televisión Española, no muy lejos de 1965, en blanco y negro todavía. Cantaba una canción de la que siempre he recordado el estribillo: "Soy joven y me quiero divertir, busco a una chica que me pueda aconsejar...". No, no era una letra muy profunda. La recuerdo porque hicimos un poco de guasa con ella durante bastante tiempo.  Por entonces también cantaba Manolito Díaz canciones como Chachispúm (el nombre de un perro, también lo recuerdo por lo de la guasa), Bibí (no la Andersen), Vino una Ola o  Rufo el Pescador, estas dos últimas popularizadas por  Massiel. Poco arte pero muy moderno y mucho "mensaje". Cortez siempre me pareció en esa misma línea.

Volviendo a la entrevista, en un momento de ella,  Alberto dice (no es literal):

Me sorprende la poesía de Machado, sobre todo esos versos:

 Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
 y un huerto claro donde madura el limonero...
 
Y añade: "¡Cómo pone este hombre...! Ha de ser una licencia poética porque los que maduran son los limones, no el limonero...".

Para tener un árbitro solvente e imparcial, vamos al DRAE:

madurar
Del lat. maturāre.


1. tr. Hacer que un fruto alcance el grado de desarrollo adecuado para ser consumido. El sol madura las uvas.
2. tr. Llevar algo como una idea o un proyecto a su desarrollo mediante la reflexión.
3. intr. Adquirir madurez.
4. intr. Med. Dicho de un absceso o de una inflamación localizada: Llegar a un estado en que puede supurar.
 
De las cuatro acepciones de  madurar, la primera y principal, transitiva, es la que usa el  maestro (Machado) cuando dice "y un huerto claro donde madura el limonero" (el limonero, como el sol,  madura los limones). Al parecer, Alberto sólo conoce la acepción tercera, intransitiva, en la que los únicos que pueden madurar son los limones.

Así que por la boca muere el pez.


 
 
 

25 de mayo de 2016

115ª noche - Cómo saber si tu hijo adolescente va a ser un ni-ni


Se trata de un sencillo test para jóvenes entre 14 y 16 años. Consiste en diez preguntas que debe responder en un máximo de cinco minutos, sin consultar fuentes de información como libros, internet, etc. Es decir, sin copiar. Puede usar lápiz y papel. No puede usar calculadora y mucho menos tableta o móvil.

• 1) ¿Cuál es la capital de Austria?

• 2) ¿A qué se dedicó Alejandro Dumas, o sea, por qué profesión es conocido?

• 3) ¿Quién fue Calígula?

• 4) Reparto 257 monedas de 1 euro entre 17 personas a partes iguales. ¿Cuántas me sobrarán?

• 5) ¿Qué es un archipiélago?

• 6) ¿Cómo se escribe la palabra "DESINIBIDO"?

• 7) ¿Cómo se llaman las líneas imaginarias que van sobre la Tierra, de Polo Norte a Polo Sur?

• 8) ¿En qué fecha llegó por primera vez Cristóbal Colón a América?

• 9) ¿Cuál es la velocidad de la luz?

• 10) ¿Quién pintó el cuadro conocido como "El Guernica"?
 

RESPUESTAS:

• 1) Viena

• 2) Escritor de novelas

• 3) Un emperador romano

• 4) Sobran 2 monedas

• 5) Un grupo de islas próximas entre sí

• 6) Desinhibido

• 7) Meridianos

• 8) 12 de octubre de 1492

• 9) 300.000 kilómetros por segundo

• 10) Pablo Picasso, o simplemente Picasso.
 

INTERPRETACIÓN:
 
Se trata de preguntas básicas, que cualquier estudiante a partir de doce años debería responder sin dificultad.  El único trabajo de los adolescentes es estudiar y quien no sepa las respuestas a estas preguntas no es que no estudie; es que carece de la cultura más elemental. No esperes de alguien que ha estado sin hacer nada hasta los 16 años que después despabile. La pereza se le ha metido en los huesos. Más adelante, no tendrá capacidad más que para empleos ínfimos y mal pagados, que no sabrá conservar, ni responsabilidad para buscarse la vida, así que, si ése es el caso, prepárate para  compartir tu casa y tu pensión de jubilado hasta que tenga cincuenta años.
 
Respuestas acertadas:

• 10-9: Es lo normal.

• 8-7: La cosa puede tener arreglo. Es el momento de hablar sobre lo que espera del futuro.

• 6-5: De algo se entera en clase, pero seguramente no continuará los estudios más allá de lo obligatorio ni sacará provecho de ellos. Puede librarse de ser nini si no se descarría, tiene habilidad para algún trabajo y se aficiona. Disciplina no tiene; ha de gustarle. Aún es joven, no cunda el pánico.

• 4-3: Nini sin remedio. Y espera, que los problemas no han hecho más que empezar.

• 2-0: ¿De verdad? Increíble... ¿Dice que no vale para estudiar?
 
    Tres preguntas más para este último grupo:

    •  ¿Cómo se llama el presentador de Sálvame de luxe?

    •  ¿Quién es el último amor de Belén Esteban?

    •  ¿Por qué número de edición va Gran Hermano VIP?
 
Las respuestas, en la web de Tele5, que yo no las sé. Si las responde bien, tonto o tonta no es, y memoria no le falta, sólo está atocinado. Súper nini. Si tampoco las responde, podría ser conveniente consultar con un psicólogo, quizá algo no funcione como debiera.
 
Una última pregunta, a ver si alguien conoce la respuesta:
 
• Estudiantes que no estudian ¿qué hacen?

3 de mayo de 2016

114ª noche - El cohete

El pequeño Shutso había cumplido diez años. Era momento de emprender camino a Beijing para conocer a sus abuelos paternos; un viaje de casi dos mil lis, que su padre Yiu esperaba recorrer en no más de una luna, pues debía estar de vuelta para la próxima siembra, al final del invierno. Con las bendiciones de sus suegros y dejando con ellos a su esposa, Yiu y su hijo partieron en el amanecer del cuarto día del Año Nuevo.
Abandonaron la aldea por la vereda que, tras atravesar las terrazas de cultivo, termina en el valle, en una de las ramas de los caminos imperiales. Una vez allí no les fue difícil encontrar quien se ofreciera a llevarlos en carreta o a lomos de algún animal, a veces pagando una pequeña cantidad y otras como simple favor.  Shutso nunca había salido de la aldea por lo que todo cuanto veía lo llenaba de asombro, especialmente los deslumbrantes uniformes de los soldados que patrullaban los caminos, con los que se cruzaban de vez en cuando. O la pareja de elefantes que encontraron trabajando en un aserradero, ya cerca de la capital.
En los suburbios de la gran ciudad, los caminos se iban llenando de gente. Llegado el último día de su viaje, padre e hijo recorrieron a pie el trecho final.
—Padre, ¿qué debo hacer cuando vea al abuelo? —preguntó el niño.
—Él es para mí como yo soy para ti, ¿comprendes?
Shutso asintió con un movimiento de cabeza.
—Eres hijo de su hijo, sangre de su sangre...
—¿Y cómo es que ellos viven en Beijing y nosotros en la aldea?
—Yo nací aquí, Shutso. Es una vieja historia, ahora no la entenderías. Hice algo que ellos no querían, por eso tuve que irme lejos. Pero tú eres su nieto y quieren conocerte. No tienes por qué preocuparte —concluyó Yiu.
Los abuelos vivían en una casa modesta, aunque bastante confortable y con dos criados a su servicio. El viejo Tian se dedicaba al comercio de grano, y no le iba nada mal. Pero su máxima era: «El indiscreto siembra a voces su desgracia», así que, siguiendo su propia enseñanza, evitaba dar la apariencia de un hombre rico. Shutso disfrutaba las comodidades que les ofrecían los abuelos y aprovechaba cualquier oportunidad para conocer lo que sucedía en Beijing. Poco tardó en descubrir que el abuelo, bajo su aparente severidad, era un anciano amable y bondadoso. Asistió al teatro cómico, a las carreras de atletas, a espectáculos de magia, al desfile militar y a torneos de weiqi, pero Tian esperaba deslumbrar a su nieto en la última noche: con motivo del cumpleaños del Emperador habría un extraordinario espectáculo de fuegos artificiales. El niño nunca había oído hablar de ese tipo de fuegos; imaginaba que se trataría de hogueras, o antorchas, o cualesquiera otras cosas ardiendo. Al llegar la noche señalada y ver el cielo cubierto por miles de puntos luminosos quedó profundamente impresionado. Cuando Tian vio el reflejo de los cohetes en los brillantes ojos de su nieto tuvo la certeza de que el niño nunca olvidaría aquel viaje. Y aún le tenía preparada otra sorpresa.

Atrapados por las rígidas costumbres de su entorno, los abuelos no podían mostrarse cariñosos con el hijo que les había desobedecido ni con su descendencia. Por ello, a pesar de la cálida relación mantenida durante la visita, la despedida fue fría; poco menos que echarlos de la casa. De otro modo habría parecido deshonroso. Pero Tian sabía cómo conseguir que su nieto no se lo tuviera en cuenta. Al despedirse, le entregó una caja de madera, larga y estrecha como el brazo de un hombre, bien claveteada.
—Dentro encontrarás un cohete como los que viste anoche. Lánzalo en el mejor día de tu vida. Por ahora, guárdalo tal como está; sólo has de evitar que esté cerca del fuego y del agua.

Como suele suceder, el regreso fue mucho más rápido que el camino de ida. Shutso no se separaba de la caja y no hablaba más que de los fuegos artificiales, haciendo mil preguntas —¿de qué están hechos?, ¿por qué suben tan alto?, ¿por qué no hay en nuestra aldea?...— que su padre no sabía responder. Llegaron a su casa algunos días antes de lo previsto y la vida para ellos continuó como si el viaje nunca hubiera existido. Sólo la caja de madera con el cohete, cuidadosamente guardada por Shutso, era la prueba de que los días en Beijing no fueron una fantasía.

Pasaron algunos años y Shutso se hizo mayor. Cuando se señaló el día de su boda, Yiu pensó que sería una buena ocasión para lanzar el cohete que le regaló el abuelo Tian.
—Será un gran día para mí, padre, mas no el mejor ni el más grande en mi vida. Cuando tenga mi primer hijo...

Pasó la boda y al cabo de un tiempo la mujer quedó embarazada. Al acercarse el parto, Yiu recordó las palabras de su hijo.
—¿Lanzarás esta vez el cohete del abuelo? Ése sí será un día muy grande para ti y para toda la familia.
—Lo será, pero creo que aún será más grande el día que, estando mi hijo más crecido, pueda compartirlo con nosotros.

Y llegó el parto, y creció el hijo, y se casó, y nació el primer nieto y murió Yiu, sin que a Shutso le pareciera ninguna ocasión bastante grande para lanzar el cohete que le dio el abuelo.

Shutso ya es viejo y se pone triste al recordar que su hijo —hijo único, es una maldición de la familia— se marchó hace tiempo. Su mujer está enferma, él mismo apenas puede caminar. En un lugar preferente del dormitorio guarda todavía la caja, intacta. De vez en cuando se acerca y pasa sus dedos sobre la madera, como acariciándola. Pero hoy se da cuenta de que su espera no tiene sentido, de que ya no hay más. No permitirá que el cohete que tanto significó para él, el que debió señalar el mejor día de su vida, termine en el vertedero. Con manos temblorosas y la ayuda de un punzón consigue abrir la caja. Dentro, por primera vez puede ver el artefacto. Es impresionante, parece recién fabricado. Shutso llora mientras lo contempla y se maldice mil veces por no haber hecho caso a su padre. ¡Hubo tantas ocasiones...! Las lágrimas van cayendo sobre la caja abierta. Cuando esta noche el anciano salga al patio y encienda la mecha, la pólvora, vieja y húmeda, sólo producirá un fogonazo, un poco de humo y algo semejante a un silbido burlón.
 
 © Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2012