5 de noviembre de 2019

157ª noche El diablo siempre llama dos veces Capítulo VI




CAPÍTULO VI 
Nuevo México - Agosto de 2007



Conduciendo por carreteras secundarias, Ruth y George atravesaron Roswell y llegaron a Alamogordo. Tenían previsto seguir hacia Arizona, pero estaban cansados y decidieron quedarse allí hasta el día siguiente. Se trataba de una ciudad pequeña y tranquila, a unas cincuenta millas de la frontera con México. George daba vueltas en la cabeza a la situación y tenía un montón de preguntas, a las que Ruth contestaba con evasivas o respuestas contradictorias. Si Ben la atacó por sorpresa, ¿de dónde sacó ella el cuchillo? ¿Cómo llevaba tanto dinero encima? ¿A dónde iban exactamente y qué pensaba hacer después? Nada de eso le parecía claro. Sin embargo, ni por un momento se le ocurrió otra cosa que seguir las instrucciones de la joven. 
A media tarde se hospedaron en el Classic Inn Motel. Era un edificio de planta baja con apartamentos independientes que daban al exterior. Después de tomar una hamburguesa en el bar del hotel, se dirigieron a la habitación. Antes de entrar, Ruth envió a George a comprar un diario para estar al corriente de las novedades del caso. 
Ya sola, Ruth abrió la puerta del apartamento asignado, el 17, dejó la mochila sobre la cama, descolgó el teléfono y marcó: 9, 1, 1.
—Emergencias —respondió una voz de mujer.
—Necesito hablar con la policía —pidió Ruth, impostando la voz.
—¿Qué sucede?
—Estoy en el Classic Inn Motel, de White Sands Boulevard. En la habitación vecina se oyen ruidos extraños, como golpes y gritos. Es la número 17. Alguien debería venir a ver qué sucede. 
—¿Ha avisado al encargado?
—No contesta nadie. Debe de haber salido.
—Dígame sus datos —pidió la voz. Ruth colgó.
Calculó que dispondría de unos cinco minutos para prepararlo todo. George llegó con el periódico cuando ella se estaba desvistiendo. 
—Estoy rendida, ¿no quieres que nos relajemos? —pidió, echándose en la cama. George siempre estaba dispuesto.
—Me ducho y vuelvo en seguida —ofreció él.
—Ven ahora. Me gusta sentir el olor de tu cuerpo. —Fingió estar excitada—. Átame, hoy quiero que me domines.
George sonrió con satisfacción. Tenía algunas fantasías que hasta ese momento no se había atrevido a intentar. Desistió de fumar el cigarrillo que acababa coger y dejó  pitillera y encendedor sobre la mesa. Le ató las manos a la cama, concienzudamente.  Cuando se disponía a anudar los tobillos, unos golpes sonaron en la puerta.
—¡Policía! ¡Abran!
George sintió pánico. Ruth, fingiendo sorpresa, trató de calmarlo.
—Seguro que no es nada importante. Ve a ver qué quieren y despáchalos pronto. —Le susurró. 
El hombre entreabrió la puerta. Un oficial de policía quedó frente a él. 
—¿Qué sucede, agente? Estamos ocupados.
—¿Está todo bien, señor? Hemos recibido un aviso... 
En ese momento Ruth gritó con todas sus fuerzas.
—¡¡Socorro!! ¡Ayúdenme! —Y siguió chillando de modo histérico. George se quedó atónito, sin comprender nada.
El agente desenfundó su arma y le apuntó. 
—Camine hacia atrás con las manos sobre la cabeza —ordenó. Por el micrófono adosado a la hombrera del uniforme pidió refuerzos. 
George obedeció, y también cuando el policía le indicó que se diese la vuelta y se pusiera de rodillas. Notó cerrarse las esposas en torno a sus muñecas. Entonces el agente fue hacia Ruth. 
—Tranquilícese. En seguida llegará una ambulancia y la trasladará al hospital. Ya no se preocupe; está a salvo, cálmese —le decía  el oficial mientras ella sollozaba. 
En pocos minutos llegaron varios coches de policía. Inspeccionaron el lugar y se llevaron a George detenido. 

Después del reconocimiento médico, Ruth prestó declaración. Cuando los inspectores esperaban un caso de secuestro y abusos sexuales, obtuvieron la extraordinaria historia de un asesinato seguido de una huida rocambolesca. Según explicó Ruth, ella vivía con su padre natural desde hacía unos meses, en un motel al que llegó un viajero  para pasar la noche. Por la mañana,  el huésped irrumpió en el dormitorio de Ben para robar. Al resistirse, lo acuchilló. Ella había acudido al oír las voces; el hombre la golpeó y la dejó inconsciente. Cuando recobró el conocimiento se encontró atada en el coche del desconocido y con el motel en llamas. Bajo amenaza, tuvo que acompañarle en su huida durante dos días, sin tener ocasión de comunicarse con nadie hasta que fue milagrosamente liberada. Como se habían cometido delitos en dos estados, el FBI se encargó de las investigaciones. 
Ruth contó el modo en que George se había desprendido del coche, que encontraron en el lugar que ella indicó. Escondido en el asiento trasero apareció un cuchillo con las huellas de George,  aún manchado con la sangre de Ben Slide, el hombre asesinado.  En la mochila que encontraron en la habitación estaba guardado lo que quedaba del botín, unos cinco mil dólares.
George Vincent fue trasladado a Dallas, donde lo interrogaron. Negó todo lo que había contado Ruth, culpó de la muerte a la chica, dijo que debía de estar loca. No le hicieron caso.  En sus antecedentes aparecieron dos delitos de abusos sexuales por los que cumplió condena en el estado de Mississippi, donde había vivido hasta 2006, y uno más antiguo por trapicheo con drogas. Sin más, se le acusó del crimen y se dictó orden de prisión contra él, a la espera de juicio.

También Ruth volvió a Texas y se instaló en la casa que todavía figuraba alquilada a nombre de Ben, en Lubbock. Su caso, ampliamente difundido por los noticiarios, se hizo famoso; la joven despertaba compasión y simpatías, y las autoridades le facilitaron los trámites legales necesarios. Tuvo que ir a Dallas para entrevistarse con el fiscal, del que era la principal testigo. Así supo que las investigaciones giraban en torno a una motocicleta que, según las pruebas, apareció por el lugar de los hechos poco después de que el coche de George saliera de allí. Ruth disimuló la inquietud que le produjo la noticia. 
—Sobre las huellas del automóvil quedaron las de otro vehículo de dos ruedas. Por suerte había llovido y el barro conservó muy bien las marcas —explicó el fiscal—. Por ahora no hemos conseguido averiguar quién iba en esa moto. ¿Tiene usted idea? 
—No sé quién podría ser  —respondió Ruth. 
—Nos interesa mucho encontrarlo. Quizá fue cómplice, o vio algo... —El fiscal hizo un gesto de resignación—. En fin, el caso está claro y usted es testigo. Y, además, una víctima. ¡Ah!, sobre su herencia: he hablado con el juez que llevará el tema. El reconocimiento de paternidad será rápido, aunque el proceso se alargará porque al parecer no hay testamento pero, como usted vivía en la casa cuando todo sucedió, puede tomar posesión de lo suyo y nadie va a inmiscuirse, ¿me comprende? —El fiscal levantó las cejas, en un gesto cómplice.
—Le estoy muy agradecida, señor Wright. 
—Además, eso aliviará el trabajo del sheriff, ya que sus hombres deben custodiar el lugar hasta que alguien se haga cargo. La secretaria le dará la autorización para que pueda entrar. 
—No se preocupe, pronto lo haré.  Debo decirle algo... —Ruth adoptó un tono confidencial que captó la atención de su interlocutor—. Mi padre no era Ben Slide. —El fiscal dio un respingo. Ella se apresuró a rectificar—. No, no es eso lo que quería decir. Verá, su verdadero nombre no era Ben Slide, sino Frank Murray. Llegó aquí desde Nueva Orleans antes de que yo naciera. 
—¡Ah!, es eso. Ya estamos al corriente. A pesar de las quemaduras se pudo obtener las huellas del cadáver. Como tenía antecedentes en seguida apareció su identidad. Iba a contárselo más adelante, no quería causarle más pesar estando tan reciente el drama por el que usted ha pasado. ¿Sabe por qué lo hizo? El cambio de nombre...
—Mi madre me dijo que fue para ocultarse de ella —mintió Ruth—. Pero ¿dice usted que tenía antecedentes?
—Nada que ahora tenga importancia. Quede tranquila y vuelva a verme cuando quiera, señorita Murray. 
Jeremy Wright observó a Ruth mientras se alejaba por el pasillo. Sin duda la joven tenía un notable encanto, una elegancia natural. Pero había algo inquietante en ella. ¿Tan tranquila, tan centrada, a su edad, después de haber perdido trágicamente en pocos meses a su madre y su padre y haber pasado el trauma de un secuestro con abusos? Por otra parte, un antiguo delincuente sexual de poca monta ¿de pronto se convierte en un atracador y asesino? Algo no encajaba. Decidió interrogar de nuevo a George Vincent. 
El acusado repitió punto por punto lo que ya había explicado: su llegada al motel, el ruego de la chica de que la sacara de allí, el modo en que se enteró del incendio y de la muerte de Ben, el relato que le hizo Ruth de cómo sucedió, la compra del nuevo coche y el abandono del suyo. En ningún momento entró en contradicción, por muchas vueltas que dio el fiscal.
—¿Había alguien más en el motel aquella mañana?
—No vi a nadie.
—¿Por qué no acudió a la policía cuando ella le contó el crimen?
—Me aseguró que fue en defensa propia; un accidente. Dijo que no lo creerían y todos nos tomarían por cómplices. Pensé que tenía razón. 
—El vendedor asegura que fue usted quien pagó el vehículo. Además está lo del cuchillo… ¿Sabe usted algo de una motocicleta?
—¿Moto? No, nada. Ella me dio el dinero, yo apenas llevaba encima mil dólares. El cuchillo... Yo usé un cuchillo igual en la cena, sólo se me ocurre que ella lo guardara. Es muy astuta, créame.  
La historia que contaba George no le pareció tan descabellada como a los detectives que lo habían interrogado antes. Era imprescindible encontrar al hombre de la moto. El examen de la rodada indicaba que era de escasa potencia, de las que se usan para trayectos cortos. Y las marcas apuntaban en dirección a los ranchos y a  Vernon. 
La policía hizo averiguaciones, pero en esa zona había muchas motocicletas sin ningún tipo de registro, la mayoría antiguas y destartaladas, que la gente utilizaba para los desplazamientos por caminos rurales, fuera de control. Pese al empeño, la búsqueda estaba resultando infructuosa. 
Por las noticias que difundía la televisión, Steve estaba al tanto de lo sucedido a su amigo Ben y desde el principio sospechó de Ruth. Sabía muy bien que su historia era falsa, él mismo la vio salir del motel por su pie. Aquello no tenía nada que ver con un secuestro, ella estaba de acuerdo con aquel fulano, no tenía duda. Cuando supo que la policía indagaba las huellas que su moto dejó junto al incendio, se inquietó. Lo que menos le interesaba era que anduvieran en su garaje, donde guardaba una buena cantidad de pequeños artículos que traía de contrabando en sus viajes hasta que conseguía venderlos. A pesar de la furia que le provocaba el cinismo de la muchacha, decidió callar. Ya encontraría el modo de que ella lo pagara, se dijo. 

El agente que custodiaba la ruina del motel aquella tarde reconoció a Ruth por las fotos que habían aparecido en los periódicos. Ella le entregó el documento que acreditaba su derecho y el hombre la dejó pasar. 
—Lleve cuidado, señorita, podría derrumbarse algo.
La chica le sonrió y se dirigió a la parte de atrás. Bajó con precaución la escalera de piedra que llevaba al sótano. Allí el incendio no había llegado. Quitó la tabla y apareció la caja fuerte. Cogió la llave oculta en una grieta de la madera y la abrió. Dentro había unos quinientos mil dólares en billetes grandes.  Los puso en una bolsa de plástico negro, cerró la caja vacía y la cubrió de nuevo con la tabla. Se disponía a subir cuando un bulto embalado llamó su atención. Rasgó el papel y descubrió una pintura que la estremeció: una mujer con cabeza de serpiente vestida con una túnica sobre la que podía leerse AYIDA-WEDO. Subió la escalera deprisa y se despidió del guardia.
—En unos días me haré cargo de todo. Sólo he venido a comprobar los destrozos y recoger un par de cosas. Es un desastre —lamentó, señalando las ruinas con un gesto de la cabeza.

A George Vincent le asignaron un letrado joven, con pocos años de experiencia y ganas de hacerse nombre en la profesión. Al abogado le preocupaban la notoriedad que el caso había adquirido en la opinión pública y las simpatías que despertaba Ruth Murray. Sería difícil formar un jurado sin prejuicios. En la primera entrevista a solas, Fred Duran fue claro con su cliente.
—Señor Vincent, ha de contarme hasta el último detalle. Lo tiene mal, la prensa ya lo ha juzgado y condenado. Sus antecedentes pesan mucho. ¿Qué fue exactamente lo que usted hizo en Mississippi?
George se sintió incómodo al pedirle que hablara de su pasado.
—Bueno... Yo nunca forcé a nadie, créame, señor Duran, pero hice unas cuantas grabaciones con cámara oculta que salieron a la luz y eso molestó a las mujeres que aparecían en ellas. Me llovieron las denuncias y en un par de casos me condenaron. Por abusos, porque ellas mintieron. No obligué a nadie, pero las filmaciones eran bastante indiscretas y predispusieron al tribunal en contra de mí. 
—¿En casa de usted?
—¿Qué quiere decir?
—Si las filmaciones las obtuvo usted en su casa o en las de ellas.
—Oh, no. Todas en la habitación de algún hotel.
—¿Con cámara oculta? ¿Cómo lo hacía?
—Verá, yo entonces tenía una pitillera que escondía una cámara diminuta.  Un juguete muy útil. Sólo tenía que dejarla sobre cualquier mueble, no levantaba sospechas. —Sonrió al recordarlo. 
—Comprendo. —Duran tuvo una intuición. Abrió el expediente y lo hojeó hasta dar con el dato que buscaba—. Entre los objetos que llevaba usted cuando le detuvieron figura una pitillera —hizo notar.
George se revolvió en su asiento. 
—Soy fumador, es algo corriente. 
—La examinaré. 
­—Pero ¿es usted mi defensor o ayudante del fiscal? ¿Qué interés tiene en destapar antiguos problemas? —preguntó George, molesto. 
—Parece que no comprende, George. Si le condenan, no le van a caer unos pocos meses de cárcel como entonces. Podría costarle la vida. 
—Pero lo que dice esa chica no tiene pies ni cabeza. No pueden condenarme.  Yo nunca he sido violento, quienes me conocen saben que no haría algo como lo que ella cuenta. Y parece que hay más sospechosos, el fiscal me preguntó por una moto —respondió George, escéptico. 
—Olvídese de la moto. Todo le incrimina, George. Ella ha urdido muy bien la trama mientras usted se ha comportado como un verdadero estúpido. El jurado la creerá a ella, esté seguro. ¿Esa pitillera contiene una cámara? —preguntó directamente el abogado.
George dudó antes de contestar.
—Sí —reconoció.
—¿Y hay en ella alguna grabación de Ruth Murray?
—Ya me condenaron por eso dos veces, sería la segunda reincidencia, ¿no lo entiende? 
—¿Hay o no filmación? Si no colabora me apartaré del caso —amenazó el abogado. 
—Las hay —admitió por fin George, avergonzado—. Nunca he dejado de hacerlas, aunque ahora, sólo para mí. Sé que es ilegal pero esos vídeos me excitan más que ninguna otra cosa.
—Dios quiera que no se hayan borrado. —Duran apretó los labios con un gesto de triunfo.
Una hora después, el abogado y el fiscal se encontraban reunidos en la oficina de este último, frente a un pequeño monitor de vídeo. Wright dictaba el informe a su secretaria: «Aparece Ruth Murray, desnuda sobre una cama. Entra en escena George Vincent y comienza a atarle las manos, mientras ella gime y pide que lo haga con fuerza. Al cabo de un momento se oye unos golpes y una voz: "¡Policia, abran!".  Entonces ella dice: "Seguro que no es nada importante. Ve a ver qué quieren y despáchalos pronto". Vincent sale de la escena y se escucha un murmullo ininteligible. De pronto Ruth Murray empieza a pedir auxilio a gritos. Poco después, un agente de policía la cubre con la sábana».
El fiscal cortó el vídeo, con gesto preocupado. 
—La prueba es demoledora —reconoció—, pero extraordinariamente incómoda en un juicio del que toda la opinión pública está pendiente. Algo así tendrán que verlo el jurado y el tribunal a puerta cerrada...

—El vídeo demuestra que Ruth Murray ha mentido. No fue secuestrada, ni mi cliente la obligó a nada. Toda la acusación se basa en lo que ella contó y su credibilidad nace del modo en que fue encontrada y rescatada por los agentes. Eso se viene abajo con lo que acabamos de ver. 
—Pero no demuestra que Vincent sea inocente, sólo que no secuestró a Ruth. Posiblemente sean cómplices. Por otra parte, un abogado hábil podría anular la prueba. Es ilegal en sí misma —comentó Wright, pensativo—. Interrogaré a Ruth de nuevo. 
—¿No va a detenerla? Está claro que ha mentido.
—Hay que revisar el caso, no debemos precipitarnos. Veremos qué dice el juez.
Esa misma tarde Ruth acudió a la oficina del fiscal. Wright le mostró los primeros segundos de la filmación e interrumpió el vídeo. 
—¿Quiere ver lo que sigue, o lo recuerda? —preguntó con  ironía. El rostro de Ruth se encendió y su actitud se hizo hostil. 
—Eso sólo demuestra que ese hombre es un cerdo.
—Demuestra que el señor Vincent no la retenía contra su voluntad y que usted montó una farsa. ¿Qué le parece si me cuenta la verdad?
—Él me amenazó de muerte, tenía que seguirle el juego —intentó justificar Ruth.
—Él hizo sólo lo que usted pidió, no pretenda seguir engañándonos. Creo que usted fue cómplice y las pruebas lo demostrarán. Busque un abogado porque va a necesitarlo. Y no salga de la ciudad —concluyó el fiscal.

Cuando Ruth abandonó el edificio estaba furiosa. George y su maldita cámara habían echado por tierra lo que tan minuciosamente había planeado durante meses. Comprendió que su versión no se sostendría. Ella podría incriminar a George pero no se libraría de que la acusaran también. En cuanto el juez ordenara su arresto, no tendría escapatoria. Debía huir mientras pudiera. Si se apresuraba podría estar en Lubbock en cuatro o cinco horas, recoger el dinero que sacó del motel y poner tierra por medio.

Llegó a medianoche. Frente al edificio vio aparcado un coche de policía. Pasó de largo. Unas travesías después estacionó para aclarar sus ideas. No había duda de que ya la buscaban. Si encontrara la forma de entrar a la casa... ¡Había luchado tanto por ese dinero! Pero no debía correr riesgos. Miró en su bolso. Llevaba unos mil dólares, suficiente para llegar a Nueva Orleans, donde podría esconderse. Ya pensaría algo más adelante, se dijo. 

Una semana más tarde, Ruth deambulaba por las callejas cercanas al puerto de Nueva Orleans. Un hombre enorme se acercó a ella.
—¿Cuánto pides?
Ruth lo miró de arriba abajo.
—Depende. ¿Qué te gusta hacer?
—Iremos a mi barco. Te va a encantar, preciosa. —El hombretón soltó una carcajada.
Cuatro días después, el fiscal Wright recibió una carta en su oficina. La firmaba Ruth Murray, y era la confesión del asesinato de su padre. Los detectives la buscaron intensamente, sin éxito. Parecía que se la hubiera tragado la tierra.

Las ruinas del hotel de Ben quedaron abandonadas. Los lugareños decían que en ocasiones oían siniestros ruidos procedentes del sótano. La policía lo investigó varias veces, sin encontrar nada fuera de lo normal. Pero los extraños ruidos continúan escuchándose, hasta muchas millas de distancia...


FIN

     ©Fernando Hidalgo Cutillas - 2013
             Todos los derechos reservados - Prohibida la reproducción

2 de noviembre de 2019

156ª noche El diablo siempre llama dos veces Capítulo V



Capítulo V


Se acercaba la Navidad de 2006 y Ben quería comprar algunos regalos para quienes acudieran ese día especial. Igual que en años anteriores, vendrían a comer algunas familias de los peones del rancho cercano y quizá algún viajero despistado. Una mañana cogió su destartalado todoterreno y decidió ir a Vernon, una ciudad más pequeña que Lubbock pero más cercana, en el mismo límite con Oklahoma. Recorrió varias tiendas, compró algunas flores secas, ramos de acebo y otros adornos, también dulces y una muñeca para la niña que vendría con sus padres. Por último, encargó el asado, que debían entregarle el día veinticuatro. Ya se disponía a regresar al auto cuando se cruzó en la calle con un gigante. No podía creerlo, ¡era Steve!, el hombre que estuvo con él en la clínica unos pocos años antes. Al reconocerse, se saludaron alegremente.
—¡Steve!, ¿de veras eres tú? —exclamó, jovial.
—¿Hará falta que te enseñe el tatuaje de la espalda, viejo gruñón? —Los dos hombres se abrazaron efusivamente—. Aquí es donde vivo cuando no estoy embarcado —añadió Steve. 
—Vamos a tomar una cerveza. Estás fantástico, has engordado. La verdad es que pensé... —Ben no terminó la frase.
—Pensabas que estaría bajo tierra, ¿eh? —Steve hizo un extraño gesto con la mano, como un conjuro—. Ya me ves...
Entraron a un bar y pidieron las bebidas en la barra.
—Sí,  creí que lo tuyo no tendría cura. ¡Por la buena vida! —Brindó Ben.
—¡Por la amistad! —Correspondió Steve. Después del trago, siguió—: En el hospital no sabían qué hacer conmigo. Tres meses me daban, quizá seis. Pero yo tengo buena medicina. 
—¿Te curaste tú? —Ben se mostró incrédulo.
—Hice lo que me dijeron los hunganes. Cada día durante un mes tomé una medicina que sabía a rayos. No quiero ni saber qué era. Pero funcionó. Los médicos tampoco podían creerlo. 
—¡Asombroso! —exclamó Ben, y le ofreció un cigarrillo.
—Ya no fumo. Ahora he de cuidarme. —Steve se rio, divertido al recordar a las enfermeras y su búsqueda diaria—. Deberías dejarlo.  Tú ¿cómo andas? Tienes buen aspecto, aunque tu mirada es triste.
—Voy tirando. Volví al motel y ahora estoy allí casi todo el tiempo. Ven cuando puedas,  haremos una buena barbacoa y me contarás eso de los hunganes. ¡Quién sabe si algún día los necesite! Si no tienes plan por Navidad, allí estaré. —Y explicó el modo de llegar a la casa.
—Mañana he de embarcar. Pero iré a verte cuando regrese, lo prometo. 

A finales de ese invierno, una mañana Ben vio una polvareda que se acercaba por el camino. Al aproximarse distinguió una pequeña moto sobre la que montaba un hombrón enorme: era Steve. 
Después de la barbacoa, se sentaron en el porche, como era habitual para Ben, en sendas mecedoras. Hacía frío pero lucía el sol y el ambiente era agradable. Steve prefería el ron y Ben sacó una botella de Stolen, un blanco jamaicano que guardaba para una ocasión especial. Relajados en sus asientos, quedaron un rato en silencio, saboreando la bebida. Ben estaba interesado en algo y no sabía por dónde empezar.
—Steve, ¿tú crees en la magia?
—Estoy vivo, ya lo ves. Y no fue por las pastillas que me daban. Casi me matan.
—¿Qué es eso de los hunganes?
—Eso... Eso es magia. Magia negra. ¿Tú no crees?
—Nunca he tenido contacto con ese tipo de cosas. La verdad, no sé.
—La magia existe, Ben. Son fuerzas ocultas muy poderosas. Hay personas que pueden usarla. Son los bokós, los hunganes. Conocí a algunos en Haití, cuando iba con frecuencia a Puerto Príncipe. Mi padre nació allí. Los hunganes parecen personas normales, como tú y como yo, pero ellos saben. A dos manos, blanca y negra. Los he visto hacer cosas increíbles. Cuando estuve tan enfermo escribí a uno que es pariente y me respondió enviándome una caja llena de pasta oscura con una nota: «Toma una cucharada cada día disuelta en ron añejo, de luna a luna, y curarás».  Eso decía. Y eso hice. 
—¿Y cuál fue el precio?
—Nada. Pero si lo que me preguntas es si he vendido el alma al diablo, queda tranquilo. ¡Ya tenía el infierno bien ganado desde mucho antes! —Steve soltó una carcajada—. No, Ben, eso son leyendas. Sólo hay que creer. 
El resto del día voló hablando de las anécdotas del marinero y de los tiempos gloriosos del Ben´s House. Cuando oscureció, Ben propuso:
—Quédate a dormir, hay sitio de sobra. 
—Estaré un par de días, si no tienes inconveniente. No embarco hasta la semana próxima.
—Ven siempre que quieras. Vivo solo y me gustará recibirte.
Dos días más tarde, cuando Steve arrancaba su moto después de despedirse, el coche de línea hizo parada frente al motel. Descendieron dos mujeres y el autocar siguió su camino. Los hombres se quedaron mirando mientras ellas se acercaban a la entrada. Ben se dirigió a su encuentro y estuvieron hablando. Desde la distancia, Steve no podía oír lo que decían. 
Ben no recordaba que antes alguien hubiera llegado al motel en autobús, por eso estaba tan sorprendido. Más aún, por que llegaran dos mujeres solas. Al acercarse, la cara de la mayor le resultó familiar.
—Hola, Frank. 
Al oír su antiguo nombre, un montón de recuerdos se agolpó en su cabeza. ¡Había pasado tanto tiempo! 
—No esperaba volver a verte después de tantos años, Martha. Has cambiado.
—Mi vida no ha sido fácil —replicó.
—¿Es tu hija? —Ben señaló a la muchacha que la acompañaba.
—Sí, se llama Ruth. ¿Podemos entrar? Vengo destrozada...
—Claro, claro. —Ben tomó la maleta y los tres entraron a la casa.
 A lo lejos, la polvareda levantada por la moto de Steve se iba perdiendo hacia el horizonte.
Martha y Ruth habían salido el día anterior de Nueva Orleans para recorrer en autobús las mil millas que las separaban de su destino. Por el camino, la mujer iba pensando el modo de conseguir de Frank lo que quería. Sospechaba que seguiría siendo el mismo hombre frío y práctico de antaño; enfrentarse a él no daría buen resultado. Debía ser hábil. 
—Os prepararé una habitación. Porque os quedaréis a dormir, ¿no?
Sin responder, Martha ocupó una de las mesas del salón.
—Estoy muerta de sed,  ¿tienes algo de beber?
Fue tras la barra y volvió con unas botellas de cola. 
—¿No tienes algo más fuerte? —pidió Martha—. Y siéntate, hablemos un poco.
Frank trajo una cerveza y quedó en silencio. Ella dio un buen trago y encendió un cigarrillo antes de preguntar:
—Y bien, ¿qué pasó?
—Tuve que huir, nena, sabes que estaba metido en algunos asuntos complicados. No pude hacer otra cosa.
—¿Te costaba mucho haberme llevado contigo, o al menos avisarme?
—No eras mi esposa, Martha. Ya sabías que aquello no iba a durar siempre. —Al momento se arrepintió de haber sido tan duro—. No pude hacer nada. Tuve que cambiar de nombre y esconderme durante todos estos años. Volver por la casa habría sido muy peligroso para los dos. 
—¿Qué fue eso tan grave por lo que te buscaban? —preguntó Martha con ironía. 
—Negocios. Ya sabes, los detalles son lo de menos. Algo salió mal.
La mujer sacó del bolso la vieja revista y la dejó sobre la mesa, abierta por donde aparecía la foto de Frank.
—Ah, no me tomes por idiota, Frank. ¿Crees que no sé lo que hiciste? Te largaste con un millón de dólares y me dejaste tirada.
Ella estaba al tanto de todo, debió suponerlo. De nada valdría negarlo. 
—Si ya lo sabes, no entiendo por qué me preguntas. Me porté mal contigo, de acuerdo. Lo siento. Y ¿qué? ¿Vas a denunciarme? Han pasado muchos años, Martha. Podría ir a la oficina del sheriff, gritar que soy Frank Murray y nadie movería un dedo. Si quieres algo de dinero, puedo ayudarte, nena, pero no me vengas con viejas historias.
Martha suavizó su tono y trató de conmoverlo.
—Sufrí mucho cuando te fuiste. Fue muy duro que desaparecieras sin más, te esperé inútilmente durante varios días. Y yo... Yo estaba embarazada. Ruth es hija tuya. 
La noticia no sorprendió a Frank. Un sexto sentido, como una premonición lo asaltó cuando vio a la muchacha. Y la edad que ella aparentaba coincidía con su salida de Luisiana. Martha continuó.
—No lo supe hasta que te marchaste. Tuve que volver al puerto, no tenía otro modo de salir adelante, pero por entonces ya estaba preñada. La hija es tuya, Frank, puedes estar seguro. 
Frank miró a Ruth, que permanecía sentada al lado de su madre, aparentemente ajena a la conversación. El parecido con él era notable.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó.
—He hecho averiguaciones. Sé que este lugar ha sido un burdel durante muchos años, sé que ahora estás solo y enfermo, y que no hay ninguna mujer en tu vida. Quiero que seamos una familia. Como si el tiempo no hubiera transcurrido.
—Eso no es fácil. Has cambiado, Martha. 
—Tú también has cambiado. Te haces mayor y te conviene tener a tu lado a alguien que se ocupe de ti. Volverás a sentirte bien conmigo, ya verás.  Te he maldecido mil veces pero nunca he dejado de quererte. Y tu hija te necesita.
Frank, la mirada perdida, martilleaba la mesa con los dedos, en silencio.
—Intentémoslo. No pierdes nada. Dentro de un tiempo te alegrarás —insistió Martha. 
El hombre por fin se levantó; parecía hervirle la cabeza.
—Veo que os quedaréis unos días. Subid a la habitación a dejar vuestras cosas. Ya veremos. ¡Ah!, es mejor que me llaméis Ben. Aquí todos me conocen así. 
—Lo intentaré —prometió Martha.
Ruth no abrió la boca hasta que estuvo a solas con su madre.
—¿Hemos venido a formar una familia? —preguntó en tono socarrón—.  Esto es asqueroso. —Pasó el dedo por encima del lavabo y lo miró con repugnancia—. No cuentes conmigo por mucho tiempo. 
—Ten paciencia. Tu padre tiene mucho dinero; valdrá la pena. Si nos enfrentamos no sacaremos nada. Mañana, podríamos levantarnos y no estar él aquí. Ya lo hizo una vez.
—¿Es verdad eso de que nunca has dejado de quererle?  —Era un reproche.
Como si no hubiera oído, Martha abrió la maleta y se puso a colgar la ropa en el armario. 
—Ese hombre no es mi padre —añadió Ruth con furia—. Es el cabrón que nos abandonó, ¿recuerdas? No esperes que le demuestre otra cosa que odio.
Martha miró a su hija con desaliento.
—Arreglemos un poco todo esto antes de bajar.

Los días siguientes fueron tensos. Ruth, casi siempre callada, seguía ignorando a Ben. Martha intentaba adaptarse y a ratos parecía contenta en el papel de ama de casa que se había asignado. Y Ben, más taciturno de lo habitual, pasaba casi todo el tiempo en la mecedora, sumido en sus preocupaciones. Pensaba en lo que dijo Martha, que siempre le había querido. ¿Habría algo de cierto?  Recordaba el tiempo pasado con ella, cuando era joven y atractiva. ¿Llegó a amarla? Creía que no, pues la olvidó en un instante. Le gustaba y era dócil tras su aparente rebeldía de mujer fatal, la misma que tanto lo atrajo al principio. Pero se había convertido en una mujer gruesa, de aspecto descuidado, maltratada por la vida. Sentía repugnancia al pensar en acostarse con ella y Martha parecía no darse cuenta pues ya se había insinuado en un par de ocasiones desde que llegó. «Volvamos a ser una familia», decía. ¿Acaso lo fueron alguna vez? Sin embargo, y a pesar de su enfado inicial, ella seguía siendo una mujer dócil. En eso no había cambiado. Al cabo de una semana Ben empezó a sentirse cómodo.  
Por el contrario, Ruth estaba cada día más inquieta. Veía que su madre había tomado en serio lo de ser una familia y Frank se había dejado convencer, pero no eran esos sus propios planes. Ella estaba acostumbrada a la vida bulliciosa de Nueva Orleans, donde podía permitirse lujos y complacer sus caprichos de todo tipo. Allí se sentía encerrada, se aburría cada minuto y, lo que más la irritaba, debía atender la casa como si fuera una criada. Con frecuencia recriminaba a Martha su pasividad, pero su madre sólo le respondía que tuviera paciencia. Su meta era conseguir que Frank la reconociera como hija, con lo que pasaría a ser su única heredera y eso les proporcionaría mucho dinero. 
 —¿No hay pruebas médicas que lo pueden confirmar? No necesito estar aquí encerrada para tener mis derechos —argüía la joven. Pero su madre insistía diciendo que era mejor no tener que recurrir a la justicia ni enfrentarse a Frank. No se sabía lo que podría pasar y había demasiado en juego.
Ruth pensaba que Martha seguía en el fondo enamorada, tal como dijo el primer día, aunque ella lo negaba explicando que sólo fue una argucia para convencerlo de que las acogiera. El odio que la madre había inculcado en la joven desde pequeña provocaba un rechazo acérrimo que no podía controlar. 
—¿Qué pasaría si Frank muriese antes de reconocerme? —preguntó Ruth.
—Entonces no habría más remedio que acudir al juez y reclamar la paternidad. A un muerto también se le pueden hacer exámenes —explicó Martha, un poco sorprendida por la idea. 
—Entonces no sé qué hacemos aquí. Sólo hay que esperar a que él muera.
—Pero ¡Ruth!, ¿qué haremos mientras tanto? Tu padre es muy joven todavía para pensar en eso. Nos quedaremos aquí, quieras o no. Aún eres menor y harás lo que yo te diga —ordenó Martha. 
Ruth se dijo que era menor, sí, pero por poco tiempo. En unos meses cumpliría la edad y entonces podría hacer lo que deseara. 

Las mujeres llevaban varias semanas en el motel y el nuevo orden se empezaba a convertir en rutina. Cada noche, cuando Martha quedaba sola en el salón dominada por el insomnio, bebía hasta apenas poder subir y meterse en la cama. Era su modo de soportarlo. Un día Ruth se quedó con ella. 
—He pensado en lo que dijiste de Frank. Es verdad que es joven todavía. Pueden pasar quince o veinte años antes de que muera —explicó a su madre en voz baja—. Tú serás una anciana y yo una mujer mayor. 
Martha fumaba y daba tragos en silencio.
—Eso no nos sirve, madre. Necesitamos el dinero ahora. Frank podría tener un accidente, ¿no te parece? Después yo reclamaría la paternidad y todo sería nuestro —expuso con malicia.
—¡Hija!, ¿qué estás diciendo? ¿Cómo se te ocurre eso? —respondió Martha alarmada. 
—Sólo pensaba en voz alta.
—¿No estarás planeando? ¡Oh, Dios mío!, debes de estar loca si piensas así. Más vale que no le pase nada a tu padre porque nosotras seríamos las primeras sospechosas. ¿Serías capaz? Algo en tu cabeza no está bien, siempre lo he sabido, Ruth. Prefiero creer que no lo has dicho en serio. ¡Vete, vete a la cama ahora mismo!
Ruth subió las escaleras y se sentó en su habitación. No había calculado que su madre se opusiera a su plan y habérselo contado era un grave inconveniente. ¡Qué mujer más estúpida!, toda su vida una puta muerta de hambre y cuando se presentaba la oportunidad no sabía aprovecharla. Pero no le permitiría que arruinara su vida. 
Martha bebió aquella noche más de lo habitual. La indiferencia de Frank, el rechazo que percibía en su mirada y, sobre todo, las palabras de Ruth le provocaban una ansiedad sin control. Cuando el alcohol la adormeció decidió ir a la cama. Subió tambaleante la escalera. Al llegar a lo alto le pareció ver moverse a una sombra, sintió un fuerte empujón en el pecho y con un grito ahogado su cuerpo rodó escalones abajo. 
El estruendo despertó a Ben. Salió precipitadamente al pasillo que, como el resto de la casa, estaba a oscuras. 
—¡Martha!, ¡Ruth! —gritó, alarmado. 
Encendió la luz y se dispuso a bajar. Cuando encaró la escalera, descubrió al pie el cuerpo deformado de Martha. Descendió con rapidez adonde ella se encontraba. En seguida vio que estaba muerta, con el cuello fracturado por el golpe. No tenía pulso. Al momento Ruth apareció arriba, soñolienta y en pijama. Al ver a su madre en el suelo, bajó dando gritos y se puso a llorar desconsoladamente. Por primera vez desde su llegada Ben la abrazó, intentando consolarla. 
La autopsia confirmó que la mujer había muerto por las contusiones producidas al caer, en concreto por la fractura de dos vértebras del cuello. El nivel de alcohol en sangre, muy elevado, explicaba la causa del accidente. Un caso que no necesitó investigación. 
La tragedia hizo sentir a Ben algún remordimiento. Sabía que Martha acostumbraba a beber y fumaba marihuana algunas veces, ya desde su juventud, pero también él lo había hecho, y aún lo hacía de vez en cuando, sin llegar a ese extremo. Pensó en lo desgraciada que debió de sentirse cuando la dejó en la calle, con una hija a su cargo. En lo dura que debió de ser su vida, en lo poco amable que había sido tras el reencuentro. Se sentía responsable. Ello lo acercó a Ruth, víctima también de la misma situación. Además, la pérdida de una madre a esa edad era un daño irreparable. Muchas eran sus deudas, pensó Ben. 
Al regresar del entierro, Ben le dijo:
—Lamento el accidente tanto como tú, hija. —Nunca antes la había llamado así—. Puedes quedarte aquí si lo deseas, o puedes ir adonde quieras. Si decides marcharte te daré algo de dinero, pero recuerda que aún eres menor de edad y me siento responsable de ti. 
—Me quedaré, Frank. No tengo adonde ir —respondió ella con frialdad. 
Ruth seguía siendo reservada y distante, pero se hizo más colaboradora y atendía las obligaciones del motel sin reparos. Si hubieran sido mudos, la casa no habría sido más silenciosa. Sólo coincidían en las horas de comedor, cuando Ben atendía las mesas y Ruth la cocina, para los pocos clientes que solían acudir.

Una semana más tarde Steve volvió a visitar a su amigo. En seguida percibió una atmósfera enrarecida. Ben lo puso al corriente. 
—Creo que he elegido mal momento —dijo el gigante—, tienes muchos problemas en la cabeza y no querría molestar.
—Me ayuda compartirlos. Te quedarás a comer. 
Steve ocupó una mesa apartada del comedor. Sólo cuando el servicio hubo terminado, Ben se sentó con él a tomar café y unos tragos. Le mostró una foto de Ruth. 
—¿A que la chica se parece a mí? —preguntó Ben, con cierto orgullo.
—Es difícil tu situación. No se encuentra uno con una hija así de crecida todos los días. 
—Por el momento se quedará conmigo. Ya veremos, después. No quiero pensar, el tiempo lo dirá. 
—Ben, eres joven aún. Todavía podrías casarte, o al menos tener a una mujer a tu lado. La chica será un inconveniente si aparece tu oportunidad. ¿Qué pasará si ella se marcha dentro de unos años, cuando tú ya no puedas valerte? Es lo más probable. 
—Pues lo mismo que si no hubiera venido nunca, ¿no crees? No tengo suerte con las mujeres.
—Yo tampoco —confesó Steve—, pero quizá la culpa sea mía. Este trabajo me lleva de un lado a otro todo el tiempo. Y nunca he sabido elegir bien. 
—¡Por nuestros errores! —brindó Ben con sarcasmo. 
Algo más tarde, Steve subió a la moto y se alejó por donde había llegado. Iba preocupado por su amigo. Lo había notado extraño, distante, muy diferente de como lo conocía. Y en la foto de aquella joven que decía ser su hija percibió una mirada de maldad como pocas veces había visto. 

Hasta avanzado el verano, la actividad en los ranchos era notable. Los temporeros contratados acudían al restaurante de Ben con frecuencia y el trabajo era una distracción. Pero al acercarse agosto todo quedó en calma y apenas había nada que hacer. Sólo de tarde en tarde llegaba a comer alguno de los trabajadores fijos o algún viajero de paso. 
A principios de agosto Ruth sorprendió a Ben con una noticia:
—Frank —nunca lo llamaba de otro modo—, hoy es mi cumpleaños. Cumplo dieciocho; soy mayor de edad. Mi madre me había prometido un coche pero ella no está y me gustaría que tú cumplieras su promesa. Y también que a partir de ahora me pagaras una asignación cada mes. Con un coche y algo de dinero se me hará la vida más fácil. 
Ben se alegró de que hubiera roto el hielo y de sus planes de seguir con él en las nuevas condiciones. 
—Me parece bien. ¿Has pensado en algún auto? ¿Y cuánto te parece que debo pagarte cada mes?
—El coche que quiero cuesta unos doce mil dólares. De mi sueldo, ya hablaremos. ¿Me das mi regalo? —Al parecer Ruth deseaba el dinero en aquel mismo momento.
—Yo no tengo esa cantidad en casa.
—Sí la tienes —afirmó Ruth con seguridad. 
Ben titubeó. Era verdad que la tenía pero ¿cómo lo sabía Ruth? Ella lo sacó de dudas:
—Te vi abrir la caja fuerte que hay tras una tabla, en el sótano. Un día lo hiciste sin darte cuenta de que yo estaba allí limpiando. Y había bastantes billetes. 
—¿No estará más seguro el dinero guardado? —adujo Ben. 
—Mi madre decía que los regalos deben entregarse en la fecha señalada. No puedes darme el coche pero sí el dinero. 
—De acuerdo —cedió Ben—. Haremos una buena comida y después te lo daré. Pero mira de guardarlo bien, y recuerda que es para el coche.
Le pasó por la cabeza que Ruth pensara escapar. No le preocupaba, ella podía irse cuando quisiera y en ese caso él pensaba darle una cantidad incluso mayor. La joven se mostró un poco más locuaz de lo habitual durante la comida. Al terminar, Ben trajo del sótano un sobre con el dinero prometido. 
—El sábado iremos a Lubbock a comprar tu coche. 
Ruth sonrió. Su plan se iba cumpliendo paso a paso. Ya sólo faltaba que apareciera la oportunidad que esperaba.

Steve había tenido varias ocasiones para visitar a su amigo, que no aprovechó. Le cortaba la situación tensa que percibió la última vez. Por otra parte, le preocupaba que tuviera  problemas y su intuición le decía que era así. Al regreso de una travesía, se decidió una mañana muy temprano a ir al motel. Llegó demasiado pronto para una visita, de modo que cuando avistó la casa se detuvo a lo lejos para hacer tiempo contemplando el amanecer, bajo la fina lluvia que caía desde un rato antes. Al fijarse, le sorprendió ver a una persona en el porche. ¿Habría pasado algo? Se acercó a pie y distinguió que se trataba de Ruth, la hija de Ben. Se preguntaba qué podría hacer allí sola tan temprano, cuando salió un hombre que se dirigió al único coche del aparcamiento. Entonces ella entró al motel, mientras tanto él puso en marcha el motor. Ruth regresó y arrancaron a toda prisa. 
Steve volvió a donde había dejado la moto. Mientras caminaba, observó que una columna de humo ascendía desde la parte posterior de la casa. Se apresuró pero cuando llegó al motel las llamas asomaban ya por el tejado y alcanzaban también la planta baja. El incendio había prendido en el edificio de madera con sorprendente rapidez, era imposible entrar. Llamó a Ben a gritos sin obtener respuesta. Rodeó el motel dando voces y buscándolo infructuosamente. Después, viendo que nada podía hacer, se alejó de allí con rapidez. Era mejor no meterse en problemas.

     ©Fernando Hidalgo Cutillas - 2013
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