31 de julio de 2011

50ª noche - La carta

   —¿Ya, señorita?
   —Espera un poco, Juani. Ya mismo termino —dijo Elisa, mirándose al espejo—. ¿Qué tal estoy? —añadió, mostrándose de frente a la joven criada.
   —Está muy bella, señorita Elisa —exclamó Juanita, y volvió a preguntar— ¿Ya?
   —Está bien —concedió la joven—, ¡vamos!
   Ambas abandonaron el baño y se dirigeron a una salita, donde Elisa se sentó al lado de un pequeño escritorio. Juani sacó de su bolsillo un sobre bastante arrugado y se lo entregó. Estaba sin abrir. Elisa lo rasgó y sacó de él una hoja de papel cuadriculado, escrita a lápiz. 

   —Mi muy querida Juanita, dos puntos —leyó Elisa—, espero que al recibo de estas... ¡Juani! No pongas esa cara de boba. Anda, siéntate ahí —ordenó, señalando una silla al otro lado de la mesa.
   Juani obedeció sentándose, pero la expresión de su cara no cambió sino para embobarse aún más. Dándola por imposible, Elisa continuó:
   —... espero que al recibo de estas líneas se encuentre usted bien de salud. No le pregunto por los suyos porque sé que está sola en el mundo, sin más familia que esas buenas personas que la tienen en su casa. Que Dios las bendiga. Parece un chico bien educado —comentó Elisa.
   —Es muy formal, un caballero... —apostilló Juani—. Siga, por favor, siga.
   —Desde que llegué al cuartel he hecho algunos amigos y las cosas no andan mal. No me sobra tiempo, trajinamos todo el día de una cosa a otra sin apenas descanso, así que sólo puedo sacar un momento para escribirla por la noche. Dentro de pocos minutos apagarán las luces y he de ser breve. No puedo andar con rodeos. Quiero...
   —Señorita Elisa, ¿qué quiere decir breve? —interrumpió Juani.
   —Humm, corto, rápido... que ha de darse prisa. Sin luz no se puede escribir. ¿Entiendes?
   —Ya... pobrecillo —exclamó Juani, conmovida.
   —Quiero pedirle permiso para escribirla con frecuencia y saber si puedo esperar de usted que responda a mis cartas. Desde que la conocí no he podido pensar en otra cosa que en usted y este inoportuno servicio de armas al que me veo obligado me está resultando la condena más insufrible. Sólo me alivia pensar que dentro de dos años volveré a ser libre y si usted, querida Juanita, tiene a bien aguardarme me llenaría de felicidad. Dígame que puedo tener esperanza y encenderá en mi corazón una luz eterna... ¡Vaya!, debieron de apagar la luz porque lo que sigue apenas se entiende—comentó Elisa, divertida.
   Juani bajó de la nube.
   —¡Oh, qué pena! ¿No se lee? —exclamó la muchacha con tristeza.
   —Parece que pone No puedo seguir...por favor con.... contésteme. Suyo siempre... afec...afectísimo; sí, eso pone. Y firma Joaquín Río —concluyó Elisa, poniendo de nuevo la carta en el sobre, que entregó a Juanita. Esta lo guardó como un tesoro en su delantal y preguntó, tímidamente
   —¿Me escribirá la respuesta, señorita Elisa?
   —Claro que sí, pero mañana. Ahora he de salir. Prepárame el abrigo.

   Durante todo el día siguiente Juanita estuvo rondando a Elisa. Le daba apuro insistir pero era superior a sus fuerzas. En cada mirada, en cada gesto podía leerse ¿ya?, ¿ya?, ¿ya?... Por fin Elisa dijo:
   —Ya. Trae la carta que vamos a contestar a tu novio.
   —¡Mi novio! —repitió Juanita, ruborizándose—. Si apenas nos conocemos...
   —Eso es verdad, Juani. Por si acaso, no te hagas muchas ilusiones. Aún no sabes cómo son los hombres.
   El rostro de Juanita se ensombreció por un momento. Fue a su cuarto y volvió con el mismo sobre del día anterior, aunque mucho más arrugado.
   —En realidad no lo necesitamos. Estoy segura de que recuerdas muy bien todo lo que pone. ¿Qué quieres decirle? —preguntó Elisa, cogiendo una hoja de papel de una carpeta.
   Juanita se puso nerviosa; ella no sabía qué decir, ni qué hacer. Sólo sabía que Joaquín le gustaba, pero intuía que decir eso no estaría bien.
   —No sé, señorita Elisa —dijo la sirvienta, mirando el papel con apuro...
   —Vamos a ver, ¿tú quieres que él siga escribiéndote? Ya sabes lo que este chico busca, ¿no? ¿Tú estás de acuerdo?
   Juanita seguía sin saber qué decir, retorciéndose en un mar, no de dudas, sino de inseguridades.
   —¡Pero qué boba eres, Juani! ¿Quieres a este hombre, sí o no? —La pregunta de Elisa sonó como un ultimátum.
   —Sí le quiero —dijo por fin la muchacha, tímidamente...
   —Pues venga, vamos a decírselo...
   —Ponga usted lo que le parezca —pidió Juanita, llena de vergüenza.
   —Está bien... —Elisa garabateó durante unos minutos sobre el folio blanco. 
   Juanita miraba, sin entender nada, admirando los bellos trazos que la plumilla dejaba en azul oscuro sobre el papel. Sintió orgullo al imaginar a Joaquín recibiendo su carta, tan bien presentada, tan femenina y elegante.
   —A ver si te gusta —dijo Elisa tras terminar el escrito, y leyó en voz alta:

   Querido amigo Joaquín, me alegro tanto de que esté usted bien y haya hecho buenas amistades entre sus compañeros. Estoy segura de que, siendo un hombre tan valiente y honrado, dejará una huella imborrable allí por donde pase. No vea estos dos años como una condena sino como una oportunidad de conocer más mundo. Recibiré sus cartas con agrado y las contestaré si con ello alivio su pena. Nada me gustaría más que a su regreso pudiésemos reanudar nuestra amistad, interrumpida por sus obligaciones. Espero ese momento con gran ilusión. Reciba mi más afectuoso saludo

   —Y tu firma, o sea: Juanita. ¿Qué te parece? —inquirió Elisa.
   —Bien... ¿No es un poco fría? Yo lo amo... —dijo Juanita, menos tímida que al principio
   —Una señorita no puede decir según qué cosas —aleccionó Elisa—, ya habrá tiempo. Además, él tampoco dice nada. Sólo te pide permiso para escribirte y tú se lo das. No hay que decir más.
   —Ya —comprendió Juanita, un poco decepcionada—, está bien. ¿Puede leérmela otra vez?
   Elisa releyó el texto despacio, pensando que la muchacha querría aprenderlo de memoria.
   Juanita escuchó con atención y por fin sonrió. Elisa tenía razón, una señorita no puede decir más, por el momento. Esperó pacientemente a que Elisa terminase de poner las señas en el sobre.
   —Gracias, muchas gracias, señorita Elisa. ¿Puedo acercarme un momento a la estafeta para echar la carta hoy mismo? —Nadie hubiese sido capaz de negarse a una solicitud tan sentida.
   —Ve, corre —concedió Elisa, con una sonrisa. Juani voló por la puerta.


   —¿Qué estabas haciendo, hija? —preguntó doña Mercedes, al entrar a la salita.
   —Escribía una carta al novio de Juani. No te lo he contado aún. Juani recibió ayer carta de un caballero —lo dijo con cierta sorna—, interesándose por ella.
   —¡Qué pena! —exclamó doña Mercedes—, con lo mal que está el servicio. Chica que se casa, ¡adiós!
   —Bueno, no te preocupes mucho por eso —respondió Elisa, con una carcajada—. No creo que la cosa vaya adelante.

   Semanas después, en un cuartel de Santiago de Cuba, un soldado recibía una carta de Madrid. La remitía Juanita Celaya. La abrió rápidamente, ilusionado, y leyó lo que sigue:

   Querido amigo Joaquín, me alegro tanto de que esté usted bien y haya hecho buenas amistades entre sus compañeros. Estoy segura de que siendo un hombre tan valiente y honrado dejará una huella imborrable allí por donde pase. No vea estos dos años como una condena sino como una oportunidad de conocer más mundo. No obstante, lamento decirle que no tengo interés en su correspondencia por lo que le agradeceré que no me escriba más. Hay otra persona en mi corazón. Espero que me comprenda. Reciba mi más afectuoso saludo.


 
La carta © Fernando Hidalgo Cutillas 2008


 
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26 de julio de 2011

49ª noche - El muñeco

    Dicen que tres traslados equivalen a un incendio; en las cosas que se pierden, quieren decir. Por nuestro trabajo, Elisa y yo ya llevamos cuatro, en poco más de doce años. Tienen bastante razón, cada vez que repasas y empaquetas absolutamente todo lo que arrastras, uno se cuestiona si vale la pena conservar aquellos libros que ya leyó y no volverá a leer jamás, aquella lámpara de pie horrible que nos regalaron, aún precintada en su caja, el Scalextric con el que yo pasaba las tardes de vacaciones cuando era pequeño o la máquina de escribir que ya nunca vamos a usar. 
   En el primero de estos traslados, entre los objetos del altillo apareció una vieja muñeca de trapo, desgarbada y con las ropitas bastante raídas. Algún viejo recuerdo de Elisa, pensé, y la lancé sin más al cajón de desechos, pensando que a ella no le importaría.
   Cuando nos disponíamos a bajar el cajón al contenedor y Elisa vio la muñeca entre los demás trastos, dio un respingo como si la hubiesen pinchado con un alfiler.
   —¡Mi Florita! —exclamo, mientras la recogía y la apretaba contra su pecho.
   No dijo más. No hacía falta. La miré y vi a la niña que había sido. Que siempre será.
   Desde entonces, la muñeca es lo primero que empaquetamos.

    Cristina tenía un muñeco parecido en todo a un bebé. Lloraba, tomaba biberones, movía los ojos, hasta hacía pipí y moqueaba. A ratos dormía y, al despertar, agitaba brazos y piernas balbuceando “upa”. Si lo cogía en brazos sonaba una risita y si no, un estridente berrinche. Todo el mundo estaba encantado con el muñeco, cuyo tacto y aspecto tanto semejaba al de una criatura, hasta el punto en que quienes lo veían por primera vez lo confundían con un auténtico bebé. Se lo regalaron en su sexto cumpleaños, poco después de la pasada Navidad. La pequeña estaba fascinada con Tino, que así lo había bautizado, y le dedicaba toda su atención. En su mundo infantil era un miembro más de la familia, como mamá, papá y su hermano.

    Andrés, cinco años mayor que Cristina, era buen estudiante y un muchacho inteligente, según sus profesores. Las habilidades del muñeco despertaron en él una enorme curiosidad. No podía imaginar cómo era posible que un trozo de goma hiciese tantas cosas y tan oportunamente. Un día, aprovechando la ausencia de todos, quiso saber por qué el muñeco parecía vivo, qué extraña cosa hacía posible que comiese, llorase y se callase cuando lo mecían. Lo llevó a su habitación y con ayuda de un cuchillo y un pequeño destornillador fue abriendo y desmontando sus piezas. Al cabo de un rato el muñeco se había convertido en un montón de trozos de goma, de cable, de finos tubos de plástico, una caja de pilas, un pequeño altavoz, una especie de canicas que formaban los ojos... y por supuesto ya no hacía nada. Ya ni siquiera era un muñeco.

    Es fácil imaginar el disgusto que tuvo la pequeña al volver a casa. Lloró sin consuelo durante mucho rato. Después se acercó a los restos del muñeco y los miró con frialdad. Cogió todo y lo lanzó a la basura. No volvió a llorar pero, triste y ensimismada, no era la misma que siempre.

    Los padres, después de reñir y castigar concienzudamente al hijo mayor, creyeron que debían sustituir el muñeco estropeado por otro igual; o mejor, si era posible. Al día siguiente fueron a la tienda de juguetes y compraron un muñeco muy similar pero aún más sofisticado. Este era capaz de aprender a decir algunas palabras, de sonreír y de algunas otras monerías añadidas. A pesar de ello, cuando Cristina lo recibió no mostró apenas interés por su nuevo bebito, ni siquiera le puso nombre. Andrés fue advertido del grave problema que tendría si se acercara a menos de un metro del muñeco.

    A los pocos días la madre sonrió, satisfecha, al ver que Cristina parecía recuperada. Había cogido el muñeco y llevaba un buen rato jugando con él, a solas en su habitación. Cuando se acercó con sigilo para disfrutar de la escena vio algo que la sobrecogió. La niña, con las toscas tijeras de uso escolar, estaba despanzurrando al muñeco nuevo. Los padres no se hubieran alterado más si hubiese sido un bebé de carne y hueso.

    Inmediatamente concertaron una entrevista con el psicólogo infantil y al día siguiente llevaron a Cristina a la consulta. Hubo preguntas, test y entrevistas con todos, incluido Andrés.

    Pasados unos días, volvieron para recoger los resultados y recibir el dictamen del especialista. El psicólogo, sentado en su escritorio frente a los padres, hojeó los informes antes de empezar a hablar.
    —Cristina es una niña normal y todo lo que ha sucedido es normal. No tienen por qué preocuparse.
    Percibió desconfianza en la mirada de ambos padres, y se apresuró a proseguir.
    —Cristina tomó al primer muñeco como a un hermanito. Los niños tienen gran imaginación y la viven con intensidad, pero el muñeco tenía una apariencia tan real que apenas tuvo que usarla. Para Andrés, sin embargo, Tino era sólo un muñeco con unas extraordinarias cualidades cuyo funcionamiento lo asombraba y no comprendía. Andrés no tenía intención de hacer daño cuando destrozó el muñeco, sólo lo abrió para ver de qué modo funcionaba, como hubiese abierto cualquier otra cosa que despertase su curiosidad. ¿No había hecho antes alguna travesura de este tipo?
    —Sí —respondió el padre—, varias veces. Siempre está desmontando aparatos, que después ya no sirven para nada.
    —¿Lo ve…? En realidad Andrés jugó también con el muñeco, pero a un juego distinto. Tino era un juguete y ambos hermanos jugaron con él, cada uno a su manera.
    —Pero Cristina destrozó el segundo muñeco que compramos… —señaló la madre, poco convencida.
    —Porque ahora Cristina ha visto lo que realmente son esos muñecos y ya no puede revivir la misma fantasía con la que envolvió al primero. No podía jugar con el muñeco nuevo como jugó con el otro, ya no podía imaginarlo como a un bebé real. Igual que antes su hermano, ella sintió curiosidad y jugó a verle las tripas. Eso fue todo.
    —¿Y no le ocasionará algún problema? ¿Nunca más querrá jugar como antes? —indagó el padre, alarmado.
    —Cuando un muñeco es un trozo de trapo o de cartón, los niños de cualquier edad comprenden el juego y usan la imaginación sin problemas. Puedes arrancarle la cabeza, coserla al revés y seguirá siendo su querido muñeco. Pero cuando es tan perfecto como era Tino, los niños pequeños se desorientan. Déjenla usar la imaginación. Compren a Cristina un muñeco de trapo y verán como todo vuelve a la normalidad.


   Satisfechos por la amplia explicación del psicólogo, los padres se despidieron de él y regresaron a casa con los niños. Era un corto paseo.
   —¿Lo ves, mujer? Es normal, no pasa nada... —insistía el esposo, quitando importancia.
   Ella asentía en silencio, aunque no podía librarse de la imagen de Cristina destripando al muñeco, con aquella extraña expresión en la cara...

   Cenaron y acostaron a los pequeños antes de disfrutar de un ratito de televisión. Con el ruido de la película ninguno de los dos oyó a la niña salir de su cuarto, dirigirse a la cocina y entrar después sigilosamente en el dormitorio de Andrés.
El muñeco © Fernando Hidalgo Cutillas 2009

 
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22 de julio de 2011

48ª noche - Red red wine

Vino tinto



¡Cómo olvidar Hot August Night! Crunchy Granola Suite:



Y la versión española:




16 de julio de 2011

46 ª noche - ¡Maldita suerte!

   —Fíjate —me dice Elisa, señalando a uno de los artículos de la revista que hojea—, los señores Staunton llegaron al Titánic en el último momento, casi pierden el barco. Imagina lo contentos que se pondrían al poder alcanzarlo...
   Me acerco y leo por encima la noticia: "...según después explicaron algunos testigos, Lord Staunton dijo haber sufrido un accidente en el camino que casi logró impedirle embarcar. Cuando llegó al muelle del puerto de Queenston y vio que el barco aún no había zarpado exclamó: '¡Bendita suerte!', y entregó una generosa propina al marinero de la pasarela."
   —¡Pues sí que tuvieron suerte! —ironizo—. Más les hubiera valido perder el viaje que la vida. ¿Dice si se salvaron?


   La primera vez que volé en un avión yo era un niño que aún jugaba con soldaditos de goma. Recuerdo lejanamente la mesa de una cafetería, a pie de pista, donde tomábamos un refresco mientras llegaba la hora de embarcar. Me asombraba ver rodar sobre el asfalto a aquellos enormes aparatos hasta alcanzar una velocidad infernal, despegar y elevarse rápidamente en el cielo, y era sobrecogedor pensar que pronto yo iría dentro de uno de ellos.

   El aeropuerto de El Prat era entonces un lugar muy agradable, sin barreras, sin construcciones monstruosas, parecía un chalet de veraneo, pero grande; muy grande. El personal de las escasas terminales atendía, sonriente, con una amabilidad paradigmática. Las azafatas, jóvenes, bellísimas y de suma elegancia, nos fascinaban a todos. Parecían princesas. ¡Y los pilotos! Con sus imponentes uniformes y las bocamangas repletas de galones dorados eran dioses entre los mortales. Así fue mi bautismo de vuelo, entre sonrisas, princesas y dioses, en un bimotor Douglas DC3 que nos llevó de El Prat a Barajas en poco más de dos horas. Aquel viaje me había perturbado el sueño desde varios días antes y siguió perturbándolo durante algunos días después, tanta era la ilusión que a mis pocos años la aventura del vuelo provocaba.

   Pero pasó el tiempo: los viejos aeroplanos de hélices dieron paso a los reactores, los vuelos comerciales se masificaron, llegaron las enormes colas, los secuestros, los atentados terroristas, los registros y restricciones, el overbooking, los retrasos interminables, las barreras y aislamientos, los edificios monstruosos, los viajes a diez euros... Y se fue el glamour. Tenía que irse. Volar —viajar— es algo que debe ser útil antes que glamuroso. Pero se fue demasiado lejos.

   Ahora, cincuenta años después, la expectativa de tener que volar sigue quitándome el sueño. Pero no ya por ilusión, sino por terror. ¿Qué pasará esta vez? El abanico de posibilidades es infinito.

   Me levanté antes del amanecer, pues el aeropuerto queda lejos, el vuelo sale a las ocho y hay que facturar el equipaje con bastante antelación. El monorraíl aéreo avanza rápidamente en la madrugada y en menos de una hora me lleva a mi destino. Entro en la terminal y cambio la maleta por el tarjetón de embarque. Mi avión sale dentro de cincuenta minutos, puedo tomar un café y hojear la prensa antes de pasar a la zona de fingers. Sólo hay un par de periódicos españoles, elijo La Vanguardia. Es la de ayer, claro. En la primera página abundan las reseñas sobre los actos previstos para la Diada. ¡Hoy es fiesta en Barcelona!, casi lo había olvidado... Sigo hojeando y descubro que el próximo jueves estrenan "Los otros". He de ir a verla, me encanta Nicole Kidman. Bueno, ya tengo el tiempo justo. Pago el café y me encamino a la zona de embarque. Elijo uno de los mostradores y paso frente al funcionario.

   —¿Adónde se dirige, señor? —me pregunta en inglés un imponente negro uniformado.
   —A San Francisco —respondo, mostrando mi tarjeta.
   Me mira detenidamente por unos segundos antes de seguir:
   —Déjeme también su pasaporte, por favor.

   Con ambas cosas, desaparece tras una puerta que queda a su espalda. Pasan unos minutos y empiezo a impacientarme. Por fin sale el hombre uniformado junto a uno de los guardias de seguridad.

   —¿Quiere acompañarnos, señor?
   —Pero...
   —Por aquí, por favor —Su tono autoritario no deja opción a réplica.
   —¿Sucede algo? —pregunto mientras caminamos
   —Es sólo un trámite, no se preocupe —miente abiertamente.

   Llevo ya quince minutos sentado a solas en una pequeña habitación sin más muebles que cuatro sillas. A este paso perderé el avión. Son las ocho menos cuarto, quizá ya lo haya perdido. Paseo nerviosamente por el habitáculo, sin saber qué hacer. De pronto surge una idea. Marco en mi teléfono móvil el número del consulado de España en Nueva York. Una voz responde, primero en inglés, después en castellano:

   "Nuestro horario de atención al público es de ocho a quince horas. Puede dejar un mensaje si lo desea. Espere la señal...".

   Tras el bip hablo atropelladamente: "Es un mensaje para el señor cónsul: Miguel, soy Fernando. Estoy en el Newark Liberty, me han retenido antes de embarcar. ¡No tengo ni idea del porqué! ¿Podrás hacer algo? Venga, te llamo más tarde. Gracias.", y cuelgo tan aliviado como el radiotelegrafista del Titánic después de enviar el primer S.O.S.

   Ya son más de las ocho, mi vuelo acaba de salir... ¡con mi maleta!, ahora caigo en ello. ¡Lo que me faltaba! Decididamente no es mi día de suerte. Noto el zumbido del móvil en mi bolsillo y me apresuro a responder: "¿Miguel? Hola, no sabes cuánto te lo agra..... Ya..., ya.... ¡Vaya!... Ya... Pues maldita suerte la mía, que haya habido esa confusión. Aquí son todos paranoicos —me atrevo a bromear—. Bien, vale.... No te preocupes, estoy tranquilo. Muchas gracias, te debo una". Vuelvo a sentarme, más calmado. Pero ¡a ver qué hago ahora...!

   De pronto la puerta se abre con una brusquedad espantosa y entra Clint Eastwood junto a los dos hombres que me condujeron aquí. Uno de ellos lleva en la mano mi equipaje. Siento alivio.

   —Todo está conforme, señor, puede usted seguir —Y me entrega pasaporte y tarjeta.
   —Pero mi avión ya ha salido...

   Clint Eastwood —bien pensado, no creo que sea él, pero ¡se parece tanto!— cuchichea con el hombre de color. Después me explica:

   —No ha salido aún, United Airlines ha anunciado un retraso de cuarenta minutos; pero tiene usted razón, el vuelo está cerrado y el avión en pista. Vaya a la ventanilla número 28, trataremos de recolocarlo lo antes posible. Lo lamentamos, señor, pero la seguridad es lo más importante.

   Arrastrando la maleta me dirijo a la ventanilla número 28. ¡Maldita suerte la mía!, voy pensando... ¿Será verdad lo de los martes?

(Para comprender este relato hay que descubrir algunas claves)
Copyright Fernando Hidalgo Cutillas

 
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15 de julio de 2011

45ª noche - Noche de Difuntos

Me contó esta historia un orco agonizante. Yo mismo le clavé la lanza que estaba matándolo lentamente. Un ser infernal, pero un guerrero al cabo. Cuando me disponía a rematarlo, me ordenó:

—¡Siéntate!, he de contarte algo.

Me sorprendió tanto y había tal energía en su voz que obedecí como un autómata. Y él empezó su relato:



Sucedió hace muchos años, no muy lejos de aquí. El infame Áreon había sido coronado rey por el cardenal Lotar; a cambio, éste debía recibir una villa en pago de su servicio. Pero Áeron aún no tenía la  villa en su poder, debía conquistarla, y recurrió para ello a uno de sus secuaces.
Don Diego de Osma, conde de Osuna, hincó en tierra su rodilla izquierda al presentarse ante su rey.
—Alzaos, don Diego —ordenó el monarca— no hay tiempo que perder. Saldréis inmediatamente con una escolta de cien caballeros hacia la fortaleza de Campillo. La infantería ha batido sus murallas y diezmado las defensas durante los últimos días. Necesito que toméis la villa antes del domingo; no he de hacer esperar al cardenal...
—Así se hará, mi señor —prometió el conde, inclinando la cabeza. El rey hizo un gesto con la mano, despidiéndolo.


Don Diego y sus cien caballeros recorrieron al galope las tres leguas que los separaban de Campillo. La villa ofrecía un aspecto dantesco, rodeada por murallas semiderruidas, salpicada de incendios y de cadáveres. Extramuros, las tropas atacantes se acuartelaban en un campamento formado por hileras de tiendas multicolores. Avisado por los centinelas, el capitán al mando salió al encuentro del conde, poniéndose a sus órdenes.
—¿Queda alguna resistencia, capitán? —preguntó el de Osuna sin bajar de su montura.
—En la torre se ha refugiado el alcaide con algunos soldados. Son pocos y apenas tienen armas, pero su posición es privilegiada; podrían causarnos bastantes bajas antes de que consiguiésemos forzar las puertas.
—¿Habéis ofrecido pacto de rendición?
—Os esperábamos. No me he atrevido a negociar sin contar con la aprobación de Vuestra Excelencia...
Don Diego observó la elevada torre del castillo, que destacaba sólidamente en aquel mar de destrucción. Sólo disponía de veinticuatro horas, no quedaba tiempo para un asedio.
—Hacedlo —ordenó al capitán—. Rendición inmediata y sin condiciones, si quieren conservar la vida. Daos prisa.
Una hora después, la última resistencia de Campillo se había rendido ante el invasor y el conde de Osuna tomó posesión de la villa y ciudadela en nombre del rey. Desde las almenas, don Diego observó de nuevo la destrucción causada. Había sido una batalla muy sangrienta. El rey y el cardenal llegarían en cualquier momento, era necesario apartar los restos de la contienda, y sobre todo retirar los cientos de cadáveres que ocupaban las calles, plazas y, especialmente, las murallas.
Hizo descargar algunos carros de intendencia y dispuso que durante toda la tarde algunos de los hombres transportasen en ellos a los muertos hasta una distancia prudencial. La costumbre piadosa era enterrar los cuerpos, tanto de los enemigos como propios, pero don Diego tenía prisa y temía que el rey se adelantase, por lo que ordenó que los cadáveres fuesen simplemente arrojados a algún barranco, sin entretenerse en cavar fosas. ¡Quién lo iba a notar! Aun así, había tantos que no se terminó la macabra tarea hasta bien entrada la noche. Los hombres estaban inquietos. "Los muertos deben ser enterrados", murmuraban.


Mientras tanto, los soldados celebraban la victoria del único modo en que sabían hacerlo: comiendo y bebiendo hasta no poder más, alrededor de las hogueras. Después, algunos de los más jóvenes persiguieron a unas cuentas mujeres que se habían acercado al olor de la carne asada, mientras los de más edad contaban historias a quienes quisieran oírlas. Era Noche de Difuntos, en la que según los relatos habían sucedido cosas tan horribles que habrían puesto los vellos de punta a quienes escuchaban, si no hubiesen estado tan borrachos.
Después de comprobar que todo estaba en orden, el conde de Osuna se retiró a descansar a la alcoba que había sido del alcaide hasta la víspera. No esperaba encontrar lujo, pero la austeridad del aposento lo sorprendió: un colchón de paja sobre un viejo camastro y una manta hecha con algún tipo de pelo basto era todo cuanto allí había. Cuando su vista se acomodó a la escasa luz de la única vela que alumbraba, descubrió algo más; algo que sobrecogió su espíritu: en la pared, donde hubiese esperado encontrar un crucifijo, colgaba una máscara de facciones espeluznantes. Acercó la llama para examinarla mejor. Con las fauces abiertas bajo unos ojos pequeños y hundidos, mostrando unos colmillos enormes, la máscara representaba una cabeza semi-humana con una expresión de maldad como nunca antes había visto. Un escalofrío recorrió su espalda. Intentó arrancarla de la pared pero sus esfuerzos fueron inútiles. Por un instante sintió pánico, golpeó la figura con su espada hasta hacer saltar chispas sin conseguir moverla ni un punto.
Don Diego intentó serenarse. "No es más que un trozo de metal al que algún artesano ha conseguido dar esa forma horrible. ¿Qué daño podría hacerme?", pensó. Sonrió al recordar el miedo pueril sentido momentos antes. Colgó su cota de malla de los pequeños cuernos de la máscara y se dispuso a dormir las pocas horas que faltaban hasta el alba.


Aún no había amanecido cuando un ruido lo despertó. La vela se había apagado hacía ya rato y la oscuridad era casi total. Oyó claramente un graznido que provenía de la única ventana del aposento, abierta pues no había nada con que poder cerrarla. Dos pequeños ojos rojizos brillaron en la noche. El conde se levantó y tomando su espada avanzó hacia la ventana. Al acercarse, lo que quiera que fuese que había provocado el ruido alzó el vuelo y desapareció en la oscuridad. Don Diego hubiese jurado que era un cuervo, nada raro en aquellas tierras por demás inhóspitas. Ya en el horizonte un muy ligero resplandor anunciaba el amanecer. Atisbó afuera y lo que vio heló la sangre en sus venas: hasta donde alcanzaba la vista, todo, tejados, árboles, vallas, tiendas del campamento, absolutamente todo estaba cubierto por grandes pájaros de negras plumas. Cuervos y buitres le parecieron. Inmóviles, amenazadores, en silencio, como si esperasen alguna señal, cientos, miles de pájaros se habían adueñado de Campillo. Entonces oyó un alarido que parecía provenir del mismo Infierno.


Cuando, cerca de mediodía, Áreon y el cardenal Lotar se acercaron al lugar nadie salió a su encuentro. Extrañado por la soledad del paraje, el rey envió exploradores para que se adelantaran. Al poco rato regresaron al galope, como si les persiguiera el Diablo. Contaron que no habían visto rastro de las tropas, ni del conde de Osuna ni de ningún otro ser vivo; sin embargo todos habían sentido la presencia de algo maligno y terrorífico, algo que cortaba la respiración y helaba la sangre. Fuere lo que fuese lo que les había ocurrido, aquellos hombres habían quedado al borde de la locura. No obstante, y contrariando al chambelán que estaba verdaderamente impresionado, el rey decidió entrar en el pueblo con diez de sus caballeros de más confianza, además del cardenal que, por conocer al Diablo mejor que ninguno de los presentes, sería de utilidad si el Maligno anduviese realmente por allí.
Así que los doce jinetes hubieron entrado en Campillo franqueando una de las brechas más anchas de la muralla, el cielo se oscureció por el vuelo de miles de pájaros que aparecieron de pronto sin que nadie viese desde dónde llegaban. Parecían surgir de la nada, del mismo aire, y se lanzaron hacia donde el grupo de caballeros debía de estar. El fragor de sus graznidos se hizo insoportable. Viendo lo que sucedía, el grueso de las tropas reales fue tras los pasos de su jefe para socorrerlo. Unos a pie y otros al galope llegaron en pocos minutos a la plaza de armas frente a la entrada de la fortaleza, cuyas puertas estaban abiertas de par en par. Allí encontraron a once de los caballos, solos y cubiertos de sangre. Sólo el del cardenal conservaba a su jinete, maltrecho, aferrado a la cruz que colgaba de su cuello. El hombre no cesaba de mascullar exorcismos en latín, que intercalaba con gritos incoherentes. Sin duda había perdido la razón. Cuando los soldados lo desmontaron con intención de socorrerlo vieron que tenía la cara ensangrentada y que ambos ojos le habían sido arrancados. El terror se apoderó definitivamente de la tropa que huyó aún más veloz de lo que había llegado.


El cardenal nunca recuperó la razón; pasó el resto de sus días recluido en el convento de San Bartolomé, recitando sin fin sus exorcismos y letanías. De vez en cuando, de día o de noche, rompiendo el silencio místico del monasterio, podían oírse sus gritos: "¡¡¡Los pájaros, los pájaros!!! Enterrad a los muertos...". Entonces era presa de gran agitación y alguno de los monjes se apresuraba a darle a beber unas gotas de láudano que lo calmaban y adormecían. Del conde de Osuna y de su ejército, del rey y de sus caballeros, jamás se volvió a saber. Hay quien dice haber visto por los alrededores de Campillo, en las noches de difuntos, tropas formadas por soldados ciegos luchando encarnizadamente unos con otros, sin que nadie cayese por graves que fueran sus heridas. Pero son muy pocos los que lo afirman, porque casi nadie se atreve a acercarse por allí desde que sucedieron estos hechos, y menos aún en esa noche. Hoy Campillo es sólo un punto gris en el mapa, cuyo simple recuerdo hace que la gente se persigne y corra a refugiarse en sus casas.


Yo estaba tan absorto en el relato que di un respingo cuando el orco, dando por terminada la historia, me preguntó:
—¿Estás seguro de que tu rey es mejor que Áreon? —Y prorrumpió en una risa que me sonó siniestra—. Los humanos sois estúpidos, nunca aprendéis las lecciones. Cuando lucha el mal contra el mal siempre gana el peor de los males. Al mal sólo puede combatirlo el bien, contra la bondad nosotros no podemos hacer nada. ¿Crees que eres lo bastante bondadoso para vencerme? —insistió el orco.
Sus palabras me hicieron reflexionar. Lo miré y ya no vi al ser infrahumano que sólo merecía odio y muerte, sino a un ser desvalido y agonizante. Creo que, por primera vez en mi vida de soldado, sentí compasión. Me levanté y me dirigí a mi caballo, que aguardaba a pocos metros del lugar, para coger la cantimplora y ofrecérsela al herido. Pero, increíblemente, cuando volví la cabeza el orco ya no estaba.
En el suelo quedó mi lanza, partida. En el aire, con vuelo majestuoso, un cuervo se alejaba, graznando con fuerza. ¿Podría ser...? Estúpidamente, alcé la mano en un gesto de despedida.







Noche de difuntos © Fernando Hidalgo Cutillas  2008


 
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13 de julio de 2011

44ª noche - Recortes





Recortes

Como perla de ostra, tan paciente,
de manera insidiosa, poco a poco
hizo piedra el riñón incontinente;
el cruel traidor casi me vuelve loco.

Descompuesto, fané, descangallado,
envuelto entre la angustia y el sofoco
me fui al ambulatorio que, cerrado,
lucía el cartel: "Servicio recortado.
No abriremos mañana, ni hoy tampoco".

La furia, el descontrol, la adrenalina
que tal desfachatez en mí produjo
resultó ser muy buena medicina,
pues al momento recuperó su flujo
mi cálida, amarilla y fiel orina.

Así, por fin, me dieron buen servicio.
¡Esta gente conoce bien su oficio!


© Fernando Hidalgo Cutillas 2011


 
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12 de julio de 2011

43ª noche - Soneto de arte menor

Arte menor

Escribió Serafín una novela,
la leyó un par de veces, por si acaso;
se dijo: "No hay más cera en esta vela".
Y lo hizo todo en medio mes escaso.

Con ella bajo el brazo y firme paso
seguro de su triunfo y de su arte
buscando editorial que hiciera caso
se anduvo la ciudad de parte a parte.

Para con pormenores no agobiarte
y de la broma no apurar el vaso
te ahorraré los detalles del descarte.

Al final, Serafín no fue al Parnaso
a pesar de tanto que a su abuela
gustaron Serafín y su novela.

Copyright 2010 Fernando Hidalgo Cutillas

 
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9 de julio de 2011

42ª noche - El Legado

Los documentales sobre la Segunda Guerra Mundial no se acaban nunca. ¡La última gran guerra!, ha habido después otras, pero nunca tan universales, que conmoviesen tanto los cimientos de la civilización. Hoy pasaron en el Canal Historia otro de esos documentos gráficos sobre el nazismo que, por sabido que sea ya casi todo, siempre son interesantes.
—Parece mentira que ese hombrecillo ridículo pudiera poner en jaque a medio Mundo —ha comentado Elisa al ver unas imágenes de Hitler.
La verdad es que el führer no parecía gran cosa, con su cuerpo menudo, su bigote a lo Charlot y el grotesco saludito que hacía, entre los aguerridos y marciales hombres de su ejército, con los brazos impecablemente extendidos. Pero a veces las cosas no son lo que parecen.
—Hitler fue un monstruo de crueldad como pocos ha habido en la historia, Elisa, pero te aseguro que no era ningún hombrecillo ridículo. Hasta ahora ha sido el único líder político que pudo hipnotizar a ochenta millones de personas y conducirlas a un destino trágico. No seas ingenua...
Ella quedó pensativa, con gesto contrariado. No se le ocurría qué decir pero era evidente que no comulgaba con mi punto de vista. Así que continué:
—Fue el primero que aplicó rigurosamente técnicas de psicología para el control de masas, algo que intentan  ahora casi todos los políticos. Ellos anulan tu voluntad. Han descubierto el modo en que funciona la mente humana y son capaces de manipularla. Si los escuchas, si los sigues, no hay escapatoria...
—Oye, eso me da más miedo aún que la conspiración de la que hablábamos ayer...
—Es que esto ES la conspiración. Empezó a través de los magos de salón y mesmeristas y se ha continuado con la Prensa , la televisión y los psicólogos. ¿No has visto los nuevos programas de psicología, tipo Gran Hermano? Parecen incomprensibles, ¿verdad? Pues sirven para descifrar las claves del funcionamiento de la mente. Publicidad y política están detrás, apostaría una mano.
—¿Con los magos? —Había más incredulidad que sorpresa en su pregunta.
—Ellos sabían mucho sobre sugestión, eran verdaderos psicólogos antes de que la Psicología se descubriese. ¿Tampoco has oído hablar de Erik Hanussen?
—Nunca —confesó Elisa.
—Pues deberías leer El Legado. Su verdadero nombre era Hermann Steinschneider, y paradójicamente era judío. En el principio de esa novela, Blanca Miosi explica todo tal como debió de ser.



El mejor acierto de Blanca Miosi en El Legado es haber imaginado de qué modo pudo un ocultista, un parapsicólogo, un mesmerista, ayudar a Hitler a trepar al poder. No debió de ser a base de conjuros secretos ni pócimas de ojos de murciélago, sino con consejos como los que recoge este fragmento del capítulo III de la novela:




  —Empecemos por darle a usted un título —prosiguió Hanussen como si estuviera en trance—, un gran nombre aparte del que ya tiene, que será recordado eternamente por todo el mundo. ¿Qué le parece... «Führer»?
  —Führer... Sí. Me gusta —afirmó Hitler—, ¡el Führer! —repitió en voz alta levantando la barbilla.
  —También debe instaurar un saludo específico para su persona y su partido. Los romanos acostumbraban saludar al César con un: Ave César, y un ademán muy reconocible: extendían el brazo en dirección a su persona. Algo así como esto:
  Hanussen se situó delante de Hitler y, después de juntar los talones de sus zapatos ocasionando un ruido seco, levantó el brazo hacia él y dijo en voz alta:
   —¡Heil Hitler! —Retomó su postura anterior y preguntó, sabiendo que lo había impresionado—: ¿Qué le parece?
  —Me gusta. Es usted un genio. ¡Heil Hitler! —exclamó con excitación— ¡Ese será el saludo!
  —Y han de hacerlo todos, no sólo al dirigirse a usted, sino entre ellos. Y cuando la multitud que lo aclame se reúna frente a usted, ¿se imagina cómo se verán esos miles de brazos levantados en su dirección? No sólo es un saludo, no —enfatizó Hanussen—, arrastra una fuerza detrás, y toda la energía proveniente de cada uno de esos fervorosos brazos lo transformarán a usted en el Führer que tanto desea ser para su patria. Usted contestará al saludo con un movimiento del brazo, indolente, algo echado hacia atrás, como atrapando la fuerza. No debe otorgar ese poder a nadie.
  —Comprendo perfectamente. En cuanto a cómo hacer para captar la atención de la gente,  puedo aprender.
  —Ensaye usted frente a un espejo. Es importante saber actuar, y que cada gesto suyo se vea tan convincente que parezca real.

El Legado, copyright Blanca Miosi.

41ª noche - Conspiración

 

—¿Crees que es verdad que existen esas conspiraciones que predican algunos "enterados"?
—Yo creo que no. No sé. Pero creo que no. Decir que las Torres Gemelas las tiró Bush me parece el colmo de la sinrazón...
—Eso sí, claro, pero no me extrañaría que algo hubiera...
—¿Qué quieres decir? —pregunté con curiosidad.
—Pues que el Mundo no funciona solo, y la democracia es una mera apariencia para bobos. ¿Es que no lo ves? Hay alguien que maneja los hilos... Las guerras, las crisis, las corrientes migratorias, el dinero...
—Creo que has visto demasiados documentales de Michael Moore.
—Algo está cambiando; ellos están moviendo ficha... —insistió Elisa.
—Bueno, vale, imaginemos que tengas razón. ¿Sirve de algo pensarlo? ¿Hay alguna cosa que podamos hacer tú y yo? ¿O incluso todos? Sólo comernos el coco con ideas absurdas.
—Están pasando cosas que nunca había imaginado que podrían suceder... Y es sólo el principio. ¡Estoy asustada!, francamente —Su mirada era la de una niña desamparada.
Me acerqué a ella, la abracé y le susurré al oído:
—Te quiero. Sólo eso importa.
Ella sonrió y me abrazó también. Y ahí quedó todo.





Llueve. Detrás de los cristales llueve, y llueve fuerte. Miro a través de la ventana, empañada por dentro, salpicada de pequeñas gotas por fuera, para ver a la gente en las calles. Un día de lluvia en la ciudad; día gris, incómodo... Apropiado para posponer cualquier cosa que no sea absolutamente inaplazable, perfecto para no salir de casa. Aquí, en el salón de mi ático, hace calor. Compruebo el termostato de la calefacción: veinticinco grados centígrados. En la madrugada hacía frío, recuerdo que lo subí. Lo ajusto a veintidós, es suficiente. Vuelvo a mirar por la ventana: el tránsito está atascado, algunos impacientes hacen sonar las bocinas de sus automóviles, dos mujeres discuten por un taxi libre, un joven corre, chapoteando en los charcos, con un diario sobre la cabeza... La lluvia no para de arreciar y yo siento un íntimo placer al ver este caos del que estoy completamente a salvo.


Al final del otoño los días son muy cortos. Hoy no se ha visto el sol, apenas son las cinco y ya anochece. Me invade una dulce sensación de confortable tristeza. Arrebujado en mi sillón orejero me dispongo a continuar la lectura de la novela que tengo entre manos. Es muy interesante: la historia de un joven polaco que estuvo preso en Auschwitz y sobrevivió. Ya me quedan pocas páginas, qué pena.


Termino la novela en poco más de una hora. Hace rato que tuve que encender la lámpara pues  ha oscurecido. El ruido de la lluvia, torrencial pero monótono, me está adormilando. Atisbo de nuevo por la ventana. Es raro, no se ve a nadie y aún es pronto. Bien mirado, no es tan raro: las calles se han transformado en ríos. Nunca he visto tanta agua en la ciudad, los coches no podrían circular. La mayoría de comercios ha bajado las persianas, supongo que para evitar inundaciones. Pienso en mi automóvil, guardado en el garaje, en el sótano del edificio. Probablemente estará inundado. No sería la primera vez que entrase agua. Me disgusta la idea pero no tengo intención de hacer nada; con la que está cayendo ni se me pasa por la cabeza salir de mi refugio. Ya me enteraré mañana y el seguro cubrirá cualquier daño.


Las calles vacías y oscuras tienen un aspecto desacostumbrado, siniestro. Observo que el agua ha alcanzado ya buena altura, aproximadamente un metro desde la calzada. ¡Qué desastre! ¿Será así en toda la ciudad? Cojo el teléfono para llamar a mi hijo mayor que vive en una zona más céntrica. Marco su número pero nadie contesta. A esta hora aún no habrá vuelto del trabajo. Me preocupa imaginarlo por ahí en estas circunstancias pero aparto la idea rápidamente. Es joven, es inteligente, es sólo lluvia en la ciudad...


Un estruendo me despierta, en el sillón, desorientado. Desde que duermo mal por las noches, me entra un sopor irresistible a cualquier hora. Miro el reloj sobre la chimenea: son casi las diez. El resplandor de un rayo ilumina brevemente la sala y pasados pocos segundos otro trueno retumba por vidrios y paredes. Me acerco a la ventana una vez más. Apenas puedo creerlo, el agua ha cubierto completamente el nivel de la planta baja y casi alcanza la altura de las ventanas del primer piso. Corro al teléfono, descuelgo el auricular y espero inútilmente el tono de llamada: no hay línea. En cuanto llueve no funciona nada, sentencio con hastío. Pienso entonces en mi teléfono móvil, temiendo que también el servicio esté averiado. Lo compruebo y mis temores se confirman. Pero ¿a qué viene esta ansiedad?, me pregunto. Estoy en el ático, a salvo de todo. Me hubiese gustado comprobar que mi hijo está bien, cierto, pero seguro que es así. No hay nada que temer, es sólo lluvia...


He cenado tarde, casi a medianoche. La televisión tampoco funciona, así que estuve escuchando la radio. Nada decían de la tormenta, sólo encontré emisoras extranjeras o de música. Después hubo un corte de luz. Estuve buscando un viejo receptor a transistores que se alimentaba con baterías; debe de estar en alguna parte pero no lo he encontrado. Hace años que no lo uso, quizá ya no funcione. No pierdo de vista a la ventana. El agua sigue subiendo, cada vez más rápidamente. Ahora va por las ventanas del tercer piso. Esto no puede ser real, parece una pesadilla, pero lo estoy viendo y estoy despierto. ¿Qué estará haciendo la gente a la que se le inunda la casa? Las calles —los ríos debería decir— siguen desiertas. ¿Dónde están la policía y los bomberos? Nunca ha llovido tanto, estas cosas no pueden suceder aquí... Confío en que pronto amaine y empiece a bajar el nivel. No me acostaré mientras la tormenta continúe, ya no puede quedar mucho.


El agua está tan cerca del balcón que podría tocarla con la mano. He bajado todas las persianas, completamente. ¡Oh, Dios!, no sé qué hacer, ahora ni siquiera veo lo que sucede afuera. No me atrevo a levantar ninguna de las persianas. Estoy aterrorizado.


Hace rato que no oigo truenos y diría que el ruido de la lluvia disminuye, gracias al Cielo. Esperaré un poco más y echaré un vistazo afuera. Seguro que el agua desciende más rápido de lo que ha subido. Pero ¿qué es eso que entra bajo la puerta? ¿De qué están mojándose mis zapatillas de lana?

Lluvia en la ciudad. Copyright: Fernando Hidalgo Cutillas

5 de julio de 2011

40ª noche - El futuro

—Oye, ¿has borrado las fábulas? —me ha preguntado Elisa.
—Pues sí; las seis. Las he colocado en Amazon Kindle y no es conveniente que estén publicadas en otros sitios...
—¿Kindle?, ¿qué es eso?
—El e-book de Amazon. Te estás quedando anticuada, querida —Para una vez que la pillo en falta no me he resistido a la tentación. Ella suele sabérselas todas.
—¡Ah!, un e-book... Por ahí anda el Papyre que compré hace casi dos años. No termino de acostumbrarme.
—Pues es el futuro, Elisa. En el volumen y el peso de un libro de bolsillo tienes toda una biblioteca. Diez mil libros o más. Tendríamos que salir de la casa para poder guardar tantos libros...
—En eso tienes razón. Ya no sé dónde poner los que compro.
—Además son más baratos, y los tienes instantáneamente, sin moverte de casa. Puedes leerlos también en el ordenador, sin necesidad de ningún e-book. Es el futuro, insisto. ¡Y la de bosques que se salvarán!
—¡Y la de imprentas que cerrarán! —me replicó con la misma vehemencia—. Déjame de kindles, que yo seguiré pasando las páginas de papel con el dedo y doblándolas un poquito por la esquina para saber por dónde voy.
—Si quieres leer alguno de los cuentos no tardes mucho porque también los borraré dentro de unos días.
—Ya los he leído, bobo... ¿Dónde estará el Papyre? —Y se pasó un rato buscándolo por los cajones, hasta que lo encontró.