26 de agosto de 2014

88ª noche - Fábula de las bacterias anaerobias

El señor Clostridio estaba muy disgustado; ya hacía varios meses que algo extraño sucedía en el sur de la ciénaga y no conseguía explicación por ninguna parte. Todo empezó con aquella excursión de un grupo de jóvenes escolares, de los que no regresó ninguno. Enviaron a un par de patrullas a buscarlos y tampoco regresaron. A pesar de las protestas, la zona se cerró sin más y se prohibió completamente el acceso. Pero en las semanas siguientes otros individuos habían desaparecido en zonas cada vez más al norte. Aquella pesadilla, fuese lo que fuere, estaba extendiéndose.


Sin embargo, la semana había traído buenas noticias. A la oscura ciénaga acababa de llegar una pequeña colonia de vibrios. Los vibrios eran muy adaptables, en cualquier sitio estaban bien y solían viajar mucho. Pero lo que había llamado la atención del señor Clostridio era que habían llegado desde el sur, atravesando la zona prohibida. Y habían llegado sanos y salvos.

En cuanto se enteró de la noticia mandó a su alguacil con una nota para el señor Vibrio, el jefe de la nueva colonia, pidiéndole que fuese a verlo de inmediato por un asunto muy importante. Al poco rato, el vibrio entraba en el cubículo municipal

—Bienvenido, señor Vibrio. ¿Está usted bien? Deseamos que su colonia se encuentre aquí como en su casa... —saludó el señor Clostridio, con toda la amabilidad que su agrio carácter le permitía. Sin esperar respuesta de su interlocutor, continuó—: Han venido por el sur, ¿verdad? Dígame, ¿algo ha llamado su atención?, ¿han visto algún peligro en el camino?

El vibrio estaba desconcertado. ¿Algún peligro…? ¡El mundo estaba lleno de ellos!, charcas de ácido, fumarolas tóxicas, sulfataras candentes... Viendo que el vibrio no se decidía a contestar y parecía no entender, el clostridio apremió:

—Sí, cualquier cosa que le haya parecido sospechosa, extraña...

Entonces el señor Vibrio recordó algo.

—Pues sí, algo insólito nos llamó la atención al acercarnos a la ciénaga. Pero no pareció ser ningún peligro.

—Cuente, dígame qué fue —inquirió Clostridio, impaciente.

—Pues verá, a medida que nos acercábamos a la ciénaga vimos que abundaba una cosa verde, seguramente algo vivo, y en la proximidad de esa cosa verde notamos en el aire un gas que no conocíamos hasta ahora. Pero nada de ello nos afectó. Por eso le digo que no vimos peligro, aunque nos pareció insólito. ¿Le sirve de algo?

—¡Lo que me temía! —exclamó el clostridio, visiblemente contrariado. Se acercó al escritorio y llamó a su secretario por el interfono.

En seguida entró otro clostridio en la habitación.

—Señor secretario, este vibrio confirma la presencia de cosas verdes y gases extraños en la zona sur. Está sucediendo lo mismo que pasó en Thulú hace tres años.

El secretario arqueó los cilios con una mueca de preocupación y acercándose a un armario sacó un pliego de papeles.

—Aquí guardo el expediente completo de Thulú, señor Alcalde. Desde el principio he sospechado que las desapariciones podrían deberse al mismo problema, pero no había forma de comprobarlo porque ir allí es mortal. ¿Vino usted por el sur, señor Vibrio? ¿No notó nada?

—Ya le he explicado al Alcalde; vimos cosas verdes, notamos el gas, pero ningún problema.

—Claro, los vibrios soportan muy bien casi todo —explicó el secretario, que seguía buscando entre los papeles del legajo—, pero ese gas es veneno para nosotros. Por aquí tenía los datos... aquí está. Oxígeno, así llamaron al gas. Y ese oxígeno lo producen unos vegetales de color verde. Plantas verdes, oxígeno... algo nuevo.

El secretario leyó en silencio unos instantes antes de seguir con su explicación.

—En las últimas semanas de Thulú, enviaron una expedición muy bien equipada desde la Zona Abisal, donde residía el Consejo. El estudio fue concluyente: esas plantas verdes contienen una sustancia que expuesta a la luz del sol produce el gas mortal. El enemigo no es el oxigeno sino la planta verde.

—¿Y no pudieron hacer nada? —preguntó el vibrio, más por curiosidad que por preocupación.

—Se intentó. Hubo una enorme crisis. GreyMood, una organización de clostridios preocupada por el medio ambiente, culpó al Sistema de Desechos de haber favorecido la aparición de estas plantas que viven sobre materia orgánica en descomposición. Propusieron una serie de medidas extremas. Remover completamente el sustrato, cubrir las plantas para que, sin luz solar, no produjesen oxígeno, instalar quemadores en las zonas afectadas que consumiesen el gas... El Gobierno se vio obligado a aceptarlas para contener la revuelta. Murieron muchos intentándolo y al final no se consiguió nada. Aquello era imparable y hubo que abandonar Thulú. No se salvó ninguno de los que quedaron allí.

—Hace tiempo que GreyMood está presionando aquí también con el dichoso Sistema de Desechos. Y ahora tenemos el mismo problema. ¡Van a crucificarme! —exclamó el alcalde Clostridio.

—Eso es seguro, pero no es lo peor —sentenció el secretario—. Si sigue el mismo proceso, apenas nos queda tiempo. Antes de seis meses el oxígeno cubrirá completamente esta ciénaga y la vida aquí será imposible. El mundo se está acabando, señor Alcalde, ¡adónde vamos a llegar...! —exclamó el secretario, mientras los dos clostridios salían apesadumbrados de la sala.


MORALEJA
Que no se puede parar

lo que rueda eternamente

es cosa que poca gente

se haya parado a pensar.

La Naturaleza da

a todo bicho viviente

tiempo y oportunidad

y después, ¡pase el siguiente!

En esta larga cadena

de la vida en nuestro mundo

somos sólo un eslabón.

Quienes se hacen la ilusión

de parar el minutero

sepan que la Evolución

no concede una excepción

ni es asunto de dinero.

©Fernando Hidalgo Cutillas 2010
 
 


 
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