26 de agosto de 2014

88ª noche - Fábula de las bacterias anaerobias

El señor Clostridio estaba muy disgustado; ya hacía varios meses que algo extraño sucedía en el sur de la ciénaga y no conseguía explicación por ninguna parte. Todo empezó con aquella excursión de un grupo de jóvenes escolares, de los que no regresó ninguno. Enviaron a un par de patrullas a buscarlos y tampoco regresaron. A pesar de las protestas, la zona se cerró sin más y se prohibió completamente el acceso. Pero en las semanas siguientes otros individuos habían desaparecido en zonas cada vez más al norte. Aquella pesadilla, fuese lo que fuere, estaba extendiéndose.


Sin embargo, la semana había traído buenas noticias. A la oscura ciénaga acababa de llegar una pequeña colonia de vibrios. Los vibrios eran muy adaptables, en cualquier sitio estaban bien y solían viajar mucho. Pero lo que había llamado la atención del señor Clostridio era que habían llegado desde el sur, atravesando la zona prohibida. Y habían llegado sanos y salvos.

En cuanto se enteró de la noticia mandó a su alguacil con una nota para el señor Vibrio, el jefe de la nueva colonia, pidiéndole que fuese a verlo de inmediato por un asunto muy importante. Al poco rato, el vibrio entraba en el cubículo municipal

—Bienvenido, señor Vibrio. ¿Está usted bien? Deseamos que su colonia se encuentre aquí como en su casa... —saludó el señor Clostridio, con toda la amabilidad que su agrio carácter le permitía. Sin esperar respuesta de su interlocutor, continuó—: Han venido por el sur, ¿verdad? Dígame, ¿algo ha llamado su atención?, ¿han visto algún peligro en el camino?

El vibrio estaba desconcertado. ¿Algún peligro…? ¡El mundo estaba lleno de ellos!, charcas de ácido, fumarolas tóxicas, sulfataras candentes... Viendo que el vibrio no se decidía a contestar y parecía no entender, el clostridio apremió:

—Sí, cualquier cosa que le haya parecido sospechosa, extraña...

Entonces el señor Vibrio recordó algo.

—Pues sí, algo insólito nos llamó la atención al acercarnos a la ciénaga. Pero no pareció ser ningún peligro.

—Cuente, dígame qué fue —inquirió Clostridio, impaciente.

—Pues verá, a medida que nos acercábamos a la ciénaga vimos que abundaba una cosa verde, seguramente algo vivo, y en la proximidad de esa cosa verde notamos en el aire un gas que no conocíamos hasta ahora. Pero nada de ello nos afectó. Por eso le digo que no vimos peligro, aunque nos pareció insólito. ¿Le sirve de algo?

—¡Lo que me temía! —exclamó el clostridio, visiblemente contrariado. Se acercó al escritorio y llamó a su secretario por el interfono.

En seguida entró otro clostridio en la habitación.

—Señor secretario, este vibrio confirma la presencia de cosas verdes y gases extraños en la zona sur. Está sucediendo lo mismo que pasó en Thulú hace tres años.

El secretario arqueó los cilios con una mueca de preocupación y acercándose a un armario sacó un pliego de papeles.

—Aquí guardo el expediente completo de Thulú, señor Alcalde. Desde el principio he sospechado que las desapariciones podrían deberse al mismo problema, pero no había forma de comprobarlo porque ir allí es mortal. ¿Vino usted por el sur, señor Vibrio? ¿No notó nada?

—Ya le he explicado al Alcalde; vimos cosas verdes, notamos el gas, pero ningún problema.

—Claro, los vibrios soportan muy bien casi todo —explicó el secretario, que seguía buscando entre los papeles del legajo—, pero ese gas es veneno para nosotros. Por aquí tenía los datos... aquí está. Oxígeno, así llamaron al gas. Y ese oxígeno lo producen unos vegetales de color verde. Plantas verdes, oxígeno... algo nuevo.

El secretario leyó en silencio unos instantes antes de seguir con su explicación.

—En las últimas semanas de Thulú, enviaron una expedición muy bien equipada desde la Zona Abisal, donde residía el Consejo. El estudio fue concluyente: esas plantas verdes contienen una sustancia que expuesta a la luz del sol produce el gas mortal. El enemigo no es el oxigeno sino la planta verde.

—¿Y no pudieron hacer nada? —preguntó el vibrio, más por curiosidad que por preocupación.

—Se intentó. Hubo una enorme crisis. GreyMood, una organización de clostridios preocupada por el medio ambiente, culpó al Sistema de Desechos de haber favorecido la aparición de estas plantas que viven sobre materia orgánica en descomposición. Propusieron una serie de medidas extremas. Remover completamente el sustrato, cubrir las plantas para que, sin luz solar, no produjesen oxígeno, instalar quemadores en las zonas afectadas que consumiesen el gas... El Gobierno se vio obligado a aceptarlas para contener la revuelta. Murieron muchos intentándolo y al final no se consiguió nada. Aquello era imparable y hubo que abandonar Thulú. No se salvó ninguno de los que quedaron allí.

—Hace tiempo que GreyMood está presionando aquí también con el dichoso Sistema de Desechos. Y ahora tenemos el mismo problema. ¡Van a crucificarme! —exclamó el alcalde Clostridio.

—Eso es seguro, pero no es lo peor —sentenció el secretario—. Si sigue el mismo proceso, apenas nos queda tiempo. Antes de seis meses el oxígeno cubrirá completamente esta ciénaga y la vida aquí será imposible. El mundo se está acabando, señor Alcalde, ¡adónde vamos a llegar...! —exclamó el secretario, mientras los dos clostridios salían apesadumbrados de la sala.


MORALEJA
Que no se puede parar

lo que rueda eternamente

es cosa que poca gente

se haya parado a pensar.

La Naturaleza da

a todo bicho viviente

tiempo y oportunidad

y después, ¡pase el siguiente!

En esta larga cadena

de la vida en nuestro mundo

somos sólo un eslabón.

Quienes se hacen la ilusión

de parar el minutero

sepan que la Evolución

no concede una excepción

ni es asunto de dinero.

©Fernando Hidalgo Cutillas 2010
 
 


 
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24 de agosto de 2014

87ª noche - El mal amor, el buen amor

 
 
 
El mal amor

¡Ay, amor! Juguete del destino,
pasión tenaz, suspiro enamorado,
horizonte de mar, canto rodado
me torno cuando cruzas mi camino.

Del Sol y la locura soy vecino;
de todo lo imposible, el abogado;
que no hay, amor, secreto peor guardado
ni manantial, amor, más cristalino.

Pero esta vez, amor, te has ensañado
y el ciego desatino que me empuja,
perdida la razón, endemoniado,

me lleva sin remedio hacia una bruja.
Si no te compadeces de mi suerte,
que te lo ruego, amor, dame la muerte.
 
 
 
 
 
El buen amor

Eres, amor, el dueño de mis noches
y el único consuelo de mis días,
la fuente de mis pocas alegrías,
el origen de todos los reproches.

Quisiéronme casar con un bamboche
de cara tosca y pelo engominado;
hombre de posición, rico hacendado
de los de caja fuerte, casa y coche.

Mas les dije que no, renuncié a todo
y lo dije bien alto y con empeño
que me sobraban coche, casa y dueño.

Que a mí no me interesa el acomodo
sino el muchacho espigado y trigueño
con el que, a veces, por las noches, sueño.
 
 
©Fernando Hidalgo Cutillas 2014

 
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18 de agosto de 2014

86ª noche - Cinco amigas (Diario de una adolescente)

 
26 de mayo de 1996

El vecino del tercero aparenta unos cincuenta años, pero puede que tenga algunos menos, se le ve avejentado. Es muy reservado, apenas cruza dos o tres palabras si coincide con alguien esperando el ascensor. De vez en cuando huele raro, como a vino, y entonces habla un poco más, de peor humor. Mi madre me dice que no suba sola con él cuando lo vea así. A mí en el fondo me parece gracioso cuando huele a vino. Si fuera por mamá —no hagas esto, no hagas lo otro— estaría siempre bajo su falda. Cuando le respondo que ya soy una mujer, ella me mira con aire preocupado y me dice: "Por eso, nena, por eso...". En fin, que no suelo hacerle mucho caso y ella lo sabe. Me riñe constantemente. "Lo que digo te entra por un oído y sale por el otro". No es verdad. La escucho, pero de un tiempo para acá está de una rigidez insoportable. Yo pensaba que al hacerme mayor sería más permisiva pero ¡qué va!, es al revés. ¡Qué ganas tengo de que acabe el curso!


5 de agosto de 1996

 
Mis amigas han empezado a maquillarse. Y yo también, claro. No todos los días, en el cole nos lo tienen prohibido; sólo cuando salimos por ahí. Como ahora, en vacaciones. Entre todas hemos comprado una bolsita de maquillaje con barras de labios, esmalte de uñas y algunas cosas más. Sonia y Rosaura tienen suerte, en su casa les dejan hacer casi todo lo que quieren. Pero nosotras tres hemos de maquillarnos a escondidas en alguna parte, normalmente en el hueco que queda tras el portón de la parroquia, cuando está abierto. Sonia a veces se cambia la falda por un pantaloncito tan corto que nos da risa, y Rosaura ha empezado a hacerlo también. Yo no me atrevo, aunque me gusta cómo les queda.


6 de marzo de 1997

Antes no nos fijábamos en los chicos, los veíamos como idiotas que sólo piensan en fútbol, peleas y gastarnos bromas pesadas. Este año han cambiado un poco, ellos se fijan más en nosotras y nos hacen más caso. Y los mayores, los que van unos cursos por delante, todavía más. Uno de ellos ayuda a Bea a hacer los deberes desde hace unas semanas. Digo ayuda, pero en realidad los hace él, mientras mi amiga lee alguna revista. El chico tiene ya diecisiete años, ¡y ella va sola a su casa! A mí me parece un poco fuerte, la verdad.

El martes, Rosaura —la llamamos Rosa— presumió: "Yo ya lo he hecho". Nos quedamos boquiabiertas. Rosa siguió explicando que había sido durante el pasado Carnaval, con un conocido de la familia. El chico estaba tan superexcitado que no le duró ni dos minutos... Quizá por eso ella no sintió nada. Quiso decir que no llegó a ese gustito que da cuando se hace a solas. Pero que aun así se lo pasó fenomenal, que nunca se había sentido mejor que viéndolo a él excitarse tanto con ella. "Pero tan rápido...", insinué. Rosa me miró con aire de superioridad: "¡Qué sabrás tú!". Me sentí como una boba. Pero ella no era la única del grupo que lo había hecho. Sonia contó una historia parecida. La de Bea fue más interesante:

"Una tarde de la semana pasada, al terminar de hacer los deberes empezamos a hablar, un poco de todo. De películas, de música..., ya sabéis. Estábamos en el despachito que tiene en su dormitorio, sus padres habían salido. Me trajo una cocacola y él se tomó una lata de cerveza. Le brillaban los ojos de un modo especial y yo estaba cada vez más excitada. Cuando se levantó para tirar los envases vacíos a la papelera, bajo los shorts se le marcaba una erección tremenda. Los dos estábamos igual. De salidos, quiero decir. No dejé que volviera a sentarse. Lo atraje hacia mí, le bajé el pantalón e hice lo que llevaba tanto tiempo imaginando. Dudaba si me daría  asco, pero de eso nada. Sabe delicioso, tanto al principio como al final. ¡Mejor que las chuches! —bromeó. Todas soltamos una risa nerviosa—. Él alcanzó el cielo, estoy segura, y me dijo que yo era una diosa", añadió con satisfacción.
¿Y tú...?, le pregunté. "Yo llevo una semana en las nubes".

Begoña y yo hemos quedado como las tontas del grupo. A punto de cumplir los quince, y en Babia. Bego, hay que reconocerlo, tiene poco atractivo. Es fea de cojones, vaya. Acné, rechoncha, bajita, con el pelo descuidado y encima empollona. Es natural que ella siga en el limbo, pero ¿yo?


12 de marzo de 1997

Ayer noche me desnudé y me miré en el espejo del armario. Vi a una muchacha alta, esbelta, de incipientes caderas y senos apenas insinuados, con un trasero redondo y un sexo adulto que, por su aspecto, ha de saber a vainilla y canela. Lo probé, y tenía razón. Las facciones armoniosas, el cabello rojizo, suelto y siempre bien cuidado; unas cuantas pecas que resultan graciosas... Soy una joven atractiva. ¿Por qué, entonces...? Reconocí en ese momento que nunca me había interesado por ningún chico. Los sigo viendo como unos pequeños monstruos ruidosos, rudos y egoístas. Y las historias de mis amigas lo confirman, tres aventuras y ninguna de ellas ha sentido nada. Cuando algún chico se acerca a mí, yo me aparto; los encuentro insoportables. Sin embargo, con algunos profesores es distinto. El de dibujo, ufff, me tiene loca. Y el de mates. Pero es algo imposible. Pensando en ellos me relajé antes de dormir.


27 de marzo de 1997

Bego nos ha dado una sorpresa. "He conocido a un chico", dijo con su cara redonda. Las cuatro nos volvimos con asombro. "¿Y...?", preguntamos a coro. Nos contó que era muy simpático; habían ido al cine y a dar un paseo. "¿¿Y...??", insistimos, muertas de incredulidad. Bego se puso colorada. "Me pidió salir conmigo, que le gusto y quiere que nos conozcamos mejor", explicó. "¡¿Nada más?!", el interrogatorio llegaba al tercer grado. "Nos dimos un beso", respondió. "¿¡Sólo eso!?". Las otras se echaron a reír. A Bego parecía no importarle. Me fijé entonces en ella y la encontré un poco cambiada.


4 de abril de 1997

Todas nos moríamos por conocer al novio de la fea. ¡Cómo sería él! Imaginándolo, nos partíamos de risa. Tal para cual, rotos para descosidos, ésas eran nuestras conclusiones. En el fondo yo no lo veo así, pero les sigo el juego a las otras tres. Decantarme hacia el otro lado es peligroso, podría convertirme en blanco de sus burlas y críticas.
Pero ya hemos descubierto quién es el muchacho y para sorpresa nuestra, no está tan mal. Un poco gordito, no muy alto, pero con una cara agradable. En el fondo, un chico del montón por el que ninguna de nosotras hubiera dado un paso... si no fuera el amigo de Bego. Rosaura sonreía con malicia: "A ése le enseño yo lo que es una mujer en diez minutos". Ella es la más lanzada de las cinco. De largo. Es un año mayor que las otras. No tiene padre, pero nunca habla de ello. He visto a su madre sólo una vez, por casualidad. Es tan joven que parecen hermanas.

6 de abril de 1997
Esta tarde, Emilio, el chico de Bego, estaba solo en la puerta del instituto. Rosa nos pidió que esperáramos y se acercó a él, zalamera. Vimos que cruzaron unas palabras, Rosa muy sonriente, pero al final se descompuso, gritó algo desagradable que no oímos bien, y le lanzó un gesto obsceno. Regresó a toda velocidad, echando chispas. "Es gilipollas, un imbécil de mierda. Si yo quisiera, ¡vamos...!, pero no vale la pena. ¡Gordo asqueroso!", y siguió un buen rato poniéndolo verde.


3 de junio de 1997

El curso avanza, creo que aprobaré todas las asignaturas, y todo sigue igual, excepto Bego, que ha desaparecido del grupo. A veces la vemos paseando con Emilio cuando salimos del instituto. Cada día está más cambiada. Yo me alegro por ella, pero las demás mantienen una especie de acoso y un aire de superioridad que me parece fuera de lugar. Se la ve feliz, mientras nosotras andamos de mal en peor. Los deberes de Bea se han convertido en la excusa para terminar todos los días del mismo modo, algo ya rutinario y carente de afecto. La diosa del amor se ha convertido en esclava sumisa, cosa que me parece que en el fondo a ella le va. "¡Cóbrale, Bea, cóbrale, a ver si te va a pasar como a la tonta del chiste...!", bromea Rosa con su acostumbrada mala leche. Sonia no cuenta nada; cada vez viste más llamativa, se maquilla más y parece más ausente. Fuma sin parar y sus faltas en el instituto son constantes. Y yo... ¡Yo he empezado a fantasear con el vecino del tercero segunda! Me imagino encontrarlo un día en el ascensor, solos los dos. Lo pararía entre dos pisos y él no podría resistirse. Seguro que un hombre así habrá sido marino, o agente secreto, o militar... quizá sea un científico que se esconde de la CIA porque conoce peligrosos secretos. Y sabrá cómo tratar a una mujer. Yo sólo tendré que decir:  haz conmigo lo que quieras. Y él sabrá muy bien qué hacer. Y con estas fantasías me masturbo día sí, día también. Pero cuando de tarde en tarde coincidimos en el ascensor, la fantasía se vuelve pesadilla: "Niña, que me pones en un compromiso. Cuando seas mayor, pásate por casa pero de momento dedícate a estudiar y a aprender un poquito de la vida". O, peor aún, me toma del brazo, me arrastra a la puerta de mi casa y dice a mis padres: "A ver si controlan a esta zorrita, que está muy salida y va para puta". De modo que me estoy muy quieta y callada mientras subimos hasta su rellano.
 
* * *


Hoy he encontrado este viejo diario, que ya no recordaba. He leído algunas páginas y no me reconozco. ¡Qué terrible etapa es la adolescencia! Una última nota, antes de devolverlo al olvido:

12 de agosto de 2014

Aquél fue el último curso en esa ciudad, porque trasladaron a mi padre. Es ingeniero de ferrocarriles, no estábamos más de tres o cuatro años en el mismo lugar, por norma. Perdí contacto con mi grupo de amigas —en realidad nunca lo fuimos—, y conocí a otras nuevas. Seguí virgen hasta los diecisiete. Tengo un recuerdo muy agradable de aquel primer muchacho, que me pasaba en cinco años, aunque todo quedara en una simple aventura, como otras durante esa época. Más tarde encontré a mi hombre ideal y nos casamos en 2008. Tenemos un hijo, no están los tiempos para más.


¿Qué habrá sido de mis amigas del instituto? Se me ha ocurrido buscarlas en Google y en Facebook...  Sin saber por qué, he empezado por Bego. Ahí está: Begoña Céspedes Cantón, directora adjunta del Servicio de Ginecología del Hospital Felipe Dávila, ¡quién lo hubiera dicho! Guapísima, esbelta, irreconocible. Y algunas fotos personales junto a un hombre robusto, no muy alto, como ella, de cara feliz y sonriente. Continúo con Beatriz Cifuentes Giménez. Reconozco la foto enseguida, la misma Bea con algunos años más. Divorciada, con su muro de Facebook lleno de juegos para aburridos y ese tipo de mensajes de autoayuda que se comparten tan a menudo. Sonia Santos Manchón: me entristece encontrar sólo una necrológica de hace siete años. De Rosaura... no recuerdo el apellido. Estoy a punto de dejar un mensaje de saludo en alguna parte pero lo pienso mejor, apago el PC y voy a ver un rato de televisión con mi familia.
 
 
©Fernando Hidalgo Cutillas 2014

 
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8 de agosto de 2014

85ª noche - Morbo (¿Por qué lo llaman fidelidad cuando quieren decir miedo?)

 
  Mi José siempre ha sido un hombre muy fogoso; cuando éramos novios, no pensaba en otra cosa que en hacer el amor. En cualquier sitio que estuviéramos, de pronto  me llevaba a algún rincón discreto. No fue el primer muchacho que conocí, y ése fue un punto a su favor pues mis relaciones anteriores me habían dejado una pobre expectativa sobre el sexo. Me dijo mi mejor amiga alguna vez: "Mejor que lo haga contigo que con otras", y yo le daba siempre a José lo que él pedía. Por lo demás, nuestra relación iba como la seda: trabajador, honrado, responsable, atento...

  En los primeros tiempos de matrimonio el dormitorio era un volcán en permanente erupción. Por aquel entonces, un sábado propuso José ir a tomar una copa a una discoteca. Después de movernos un poco por la pista, me tomó del brazo y me condujo a una zona cerca de los servicios. Estaba tan oscuro que apenas pude distinguir lo que nos rodeaba pero el ruido de alguna respiración entrecortada me indicó que no estábamos solos. Me empujó contra la pared, levantó la falda, me bajó la braguita y embistió con fuerza durante varios minutos hasta que se desahogó. Por primera vez, no sentí nada. Tenía la cabeza en otro sitio: ¿qué hacíamos allí, en lugar de disfrutar con entera libertad en nuestro dormitorio? Caí en cuenta entonces de que a José lo excitaba ese tipo de situaciones; el sexo furtivo no había sido sólo una necesidad cuando no teníamos adonde ir sino que también formaba parte de sus fantasías.

  Durante los días siguientes yo no dejaba de dar vueltas en la cabeza a lo que había sucedido. Todo el mundo sabe que el sexo no es sólo roce, también es imaginación. Y me preguntaba qué era lo que José imaginaba cuando hacíamos el amor. Y las palabras de mi amiga retumbaban cada vez con más fuerza: "Mejor que lo haga contigo que con otra".

  En las semanas siguientes se repitió la escena de la discoteca y yo aprendí a relajarme para encontrar placer. En una ocasión, sentí una mano en la nalga. Creí que sería la de mi marido, pero en seguida me di cuenta de que él tenía ambos brazos sobre mis hombros. No pude evitar un grito. La mano desapareció al momento, y desde la oscuridad empezaron a oírse una risa burlona y algunas groserías. Me liberé de José y salí corriendo hacia la puerta. Cuando él me alcanzó, ya fuera del local, quiso quitarle importancia, no era más que una inocua mano anónima. Esa noche, cuando llegamos a casa, José quiso continuar lo empezado. No dejó de hacer bromas sobre la mano y mi susto. Ya no volvimos por la discoteca.

  Poco después quedé embarazada. José se puso loco de contento. Lloré de felicidad, era la culminación del gran amor que sentía por mi marido, amor que estaba desarrollando una parte hasta entonces para mí desconocida: la desconfianza y los celos. Especialmente a medida que el embarazo avanzaba y el sexo entre nosotros se enrarecía. En tres años llegaron dos pequeños, Tino y Lita. Ellos lo cambiaron todo: volqué en la casa todo el tiempo que me dejaba libre mi empleo de media jornada y José se dedicó a su trabajo en cuerpo y alma. Algunos días regresaba muy tarde. Asuntos de última hora, plazos improrrogables que había que cumplir... Una gestoría es como un servicio de urgencias, me explicaba. El día en que me descubrí husmeando su ropa interior sentí vergüenza de mí misma. Nuestras relaciones seguían siendo maravillosas y yo no tenía motivo para comportarme como una paranoica. Hacía mucho tiempo que nuestras aventuras arriesgadas habían terminado, ya no éramos tan jóvenes y sólo cabía pensar que se le habían ido de la cabeza aquellos caprichos de juventud.

  Cuando la pequeña Lita cumplió cinco años, los padres de José propusieron llevarse a los niños con ellos unos días, a una casita en la playa no lejos de donde vivimos. No hubo inconveniente y, por primera vez en bastante tiempo, José y yo volvimos a tener la libertad de los días de recién casados. La primera noche fuimos al teatro y después a tomar un refresco en una terraza cerca del parque municipal. Yo había imaginado algo muy distinto. Me sentí defraudada, pero por otra parte me alegré. A la noche siguiente tuvimos una cena en casa de una pareja de viejos amigos, un poco mayores que nosotros; los cuatro nos conocíamos desde la adolescencia. No se habían casado ni tenido hijos, pero parecían muy unidos y felices. Se diría que hubieran quedado anclados en la época hippy: ella, con túnicas, flores e inciensos por toda la casa; él, con su artesanía caprichosa, su cabello largo recogido en una cola y un porrito(*) siempre entre los labios. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.

  La cena fue tan exótica como ellos: garbanzos molidos con especias y un surtido de hortalizas caramelizadas, a decir verdad, exquisito. Todo ello servido con pan de pita, en una mesa baja, nosotros sentados en cojines alrededor. El nombre de ella es Ángeles aunque hace tiempo que le gusta más al revés: Selegna. Dice que es adoradora de la Luna. Está llena de ese tipo de tonterías. Cuando Selegna sirvió los pistachos, higos secos y el dulce de calabaza que formaban el postre, Austin —antes Agustín— puso a trabajar los dedos. Era un maestro liando porros, ni imagino cuántos habría hecho en su vida. Ellos bebieron un anisado al estilo sirio, nosotros preferimos tomar ron con cola. Circulando el cigarrillo y tomando tragos, nos relajamos totalmente. Salieron las risas tontas, los recuerdos que parecían olvidados, y fueron cayendo las barreras.
  De pronto Selegna propuso:
  —Juguemos al juego de la verdad...
  Austin se quedó mirando las volutas de humo del cigarrillo como si no hubiera oído. José —lo conozco bien— se puso en guardia. Y a mí me pareció interesante.
  —Si lo jugamos, prohibido preguntar sobre cuernos. Y las preguntas tontas, ésas de me quieres, no me quieres... —dijo Austin desde su ensimismamiento.
  —Es sólo la verdad, replicó Selegna. A nadie puede hacer daño. Y si a alguien se lo hiciera, es quien más necesita saberla.
  —¡Venga! —animé—, ¿quién empieza?
  —Yo misma, y pregunto a Austin: ¿por qué no quieres tener un hijo conmigo?
  Austin pasó el porro, se llevó una mano a la boca y quedó unos instantes con la mirada perdida antes de responder:
  —Ni contigo ni con nadie. Sólo lo tendría si pudiera pedirle permiso para traerlo a este mundo extraño. Pero como eso no es posible, no lo tendré. ¿Satisfecha?

  Selegna asintió con un gesto.
  —Te toca —dijo a José.
  Pensé que me preguntaría a mí, pero se dirigió a Selegna:
  —¿Crees que tu relación con Austin va a durar para siempre?
  Ella no dudó un instante:
  —Ni lo sé, ni me preocupa. Llevamos juntos diez años, eso es ciclo y medio. Estaremos juntos mientras nos apetezca, no necesito imaginar más.  

  Tras un momento de silencio, señaló:
  —Tu turno, Vicky.
  Yo había estado dando vueltas a mi pregunta desde el principio del juego, pero necesitaba más tiempo.
  —Déjame para el final —pedí—. Ahora tú, Austin.
  Me miró con sus ojos azules y vidriosos, nunca los había visto brillar así.
  —¿De qué tienes miedo, Vicky? Ésta es mi pregunta...
  Era lo que menos esperaba. Traté de ser sincera:
  —Soy muy feliz, mi vida es como un velero que navega en aguas calmas. Tengo miedo de que eso cambie.
  —No, Vicky, te he observado durante toda la noche y hay algo más. Algo en esas aguas que te asusta...
  A modo de respuesta, entonces hice yo mi pregunta:
  —José, nuestra relación sexual ¿te satisface? ¿Hay algo que eches en falta?
  Después de apurar el porro hasta casi quemarse los dedos, él lo aplastó en el plato y empezó a contestar, mirando la colilla todavía.
  —Nuestra relación sexual, como tú la llamas, es muy satisfactoria. Pero sé por dónde vas y te pregunto —me miró a los ojos—: ¿Tú sabes lo que es el morbo? ¿No has fantaseado nunca con situaciones que jamás se darán pero que te excitan más que ninguna otra cosa?
  —¿Qué quieres decir?, ¿acaso piensas en otras cuando haces el amor conmigo...?
  —Vamos a dejarlo aquí —atajó Selegna—. Es tarde y, además, lo que sigue del juego es cosa vuestra, sólo vuestra. Si os apetece, podéis seguirlo en casa. Pero os prevengo de que no se puede buscar la verdad sin estar preparado para encontrarla.

  El paseo hasta casa era corto y lo hicimos en silencio. Ya en el dormitorio, José me miró con ojos tristes.
  —Estás disgustada, ¿verdad? —preguntó.
  —Un poco —asentí.
  —No lo comprendes. ¿De verdad no conoces el morbo? ¿No te dio morbo, por ejemplo, cuando te pusieron la mano en el culo aquel día, en la discoteca?
  —¡Me dio asco!
  —Antes esas cosas te excitaban. Como, cuando novios, hacíamos el amor en cualquier rincón.
  —Yo... lo hacía por ti. —Me sentía confusa.
  José me miró unos instantes como si acabara de descubrirme.
  —Hemos bebido demasiado... Vamos a dormir y ya hablaremos —cortó. Salió al balcón a fumar el último cigarrillo mientras yo usaba el baño. Después nos dispusimos a dormir, sin más palabras.
 
(*) Cigarrillo de cannabis o marihuana.

© Fernando Hidalgo Cutillas - 2014

 
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