25 de diciembre de 2011

65ª noche - El cuento de Facebook


¿Qué sabe Facebook sobre mí?. La batalla personal de un universitario austríaco que empezó con esta pregunta ha terminado obligando a la mayor red social del planeta a mejorar los términos de privacidad de cientos de millones de sus usuarios. En el caso del estudiante de derecho Max Schrems, de 24 años, fueron 1.222 páginas en un CD, con datos personales divididos en 57 categorías, como aficiones, gustos, opiniones religiosas, y un largo etcétera, que lo dejó helado. Entre los datos, acumulados durante sus tres años en la red social, le alarmó que aparecieran informaciones y conversaciones que había borrado, pero que Facebook no eliminó definitivamente, las siguió conservando en sus archivos digitales.

"Cuando se elimina algo de Facebook, todo lo que sucede es que te lo esconden para que no lo veas", explica Schrems. "Cada vez que le escribes a otra persona, en realidad lo haces a tres, Facebook siempre está presente", advierte. La red social analizó de forma sistemática todos sus datos sin pedirle su consentimiento, incluido su parecer cuando apretaba el botón "me gusta" no sólo en la red social sino en cualquier página digital con ese "plug-in". "Facebook sabe más de nosotros de lo que la Stasi y la KGB sabía sobre cualquier ciudadano normal", reflexiona.

Schrems sostiene que lo que la empresa ofrece -mediante una descarga- a sus usuarios como su "archivo personal" no es toda la información que atesora sobre ellos, sino la que se ajusta a las leyes locales. Sin embargo, su insistencia a través de numerosos correos hizo que a él si le diesen toda la información. "Un error" que expuso a la empresa, sostiene. El archivo fue la clave para iniciar un pulso con el gigante de Internet que se prolongó en 22 reclamaciones ante el organismo irlandés para la protección de datos (DPC), que acabó dándole la razón el miércoles pasado.

La sede internacional de Facebook -que agrupa a todos los usuarios salvo los de EE.UU. y Canadá- se encuentra en Dublín, lo que implica que la compañía debe cumplir con las leyes europeas de protección de datos, que son más estrictas que las estadounidenses. Después de una investigación de tres meses por parte de las autoridades irlandesas, la red social se comprometió el pasado miércoles a mejorar la privacidad de los alrededor de 500 millones de usuarios que dependen de las oficinas de la empresa en Dublín. Las mejoras que Facebook aplicará incluyen una mayor transparencia en la gestión de las informaciones personales, como impedir utilizar una imagen del usuario para fines comerciales sin su consentimiento y eliminar la información que la red social obtiene a través del botón "me gusta", entre otros aspectos.

También se limita el tiempo que Facebook puede conservar informaciones sobre la navegación del usuario, como, por ejemplo, las búsquedas que ha hecho y cuando utiliza otros "plug-ins". Dentro de seis meses otro informe de las autoridades irlandesas evaluará los progresos y se hará también público para mejorar la confianza de los usuarios, algo que aceptó Facebook. Estas medidas, Schrems las califica de "un primer paso en un largo camino", aunque no ocultó su alegría porque se trata de cambios más importantes de los que se habían hecho en el pasado.

¿Pero cómo es posible que esas mejoras en la protección de datos sólo se hayan producido por el empeño personal de un ciudadano corriente? "Las leyes europeas son muy buenas, pero se falla en su aplicación. También es una cuestión de medios. La oficina irlandesa de protección de datos tiene 20 miembros y Facebook es un gigante que gestiona información de millones de personas", responde. Schrems reconoce que Facebook "no ha abusado del enorme poder que le da tener semejante información sobre millones de personas. Pero lo problemático es que exista algo con tanto poder sobre la gente".

Conservar y analizar semejante montaña de datos pueden tener "un gran potencial para crear problemas", sostiene el joven austríaco, en caso de que se produjese, por ejemplo, una filtración por un ataque informático. Aunque pueda sorprender, este estudiante no ha renunciado a su cuenta de Facebook, por un lado porque tiene a muchos amigos con los que perdería contacto, y por otro porque "es la empresa y no los usuarios la que tiene que cambiar", asegura.

De La Vanguardia

Si alguien no sabía por qué me borré de Facebook, ya lo sabe. Aunque no me borraron, claro, allí sigue mi ficha,  pero ya no participo.

9 de diciembre de 2011

64ª noche - El Banquete

El Banquete



La ensalada, la pasta y el asado,
el postre con su copa y cafelito,
dejaron en la pila un buen fregado
y en el aire un sutil olor a frito.

"La próxima en mi casa, que yo invito",
propone amable al irse el invitado.
"¿Qué prefieres, cocochas o lenguado?"
No me hables de comida, que vomito.

Más de una hora llevo aquí plantado
con las ollas, los platos, los cuchillos,
empeñado en cambiar grasas por brillos

y aún me queda un buen rato por delante.
Estas cosas nos pasan por membrillos.
La próxima, sin duda al restaurante.
 
 
 
Copyright Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2011

 
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6 de diciembre de 2011

63ª noche - Ulises

      Bajamos del tren cuatro o cinco viajeros. Una bombilla amarillenta alumbraba apenas el estrecho andén. Entramos a la sala de espera, donde debía aguardarme mi novia. Sólo una anciana estaba allí, sentada en un banco de madera, con el bolso sobre las rodillas. Nos miró como buscando a alguien pero nadie se acercó a ella. Cuando los otros salieron, volvió la vista al frente y quedó inmóvil. Me acerqué y saludé a la mujer, que correspondió con una sonrisa fugaz, sin apenas mirarme. Dejé la maleta en el suelo y ocupé el otro extremo del asiento. Quedamos solos, todo estaba absolutamente quieto y silencioso.
      Al cabo de unos minutos empecé a preocuparme. Quizá Laura se habría disgustado por lo que le conté por teléfono, por eso quería explicárselo personalmente. Me puse en pie y paseé arriba y abajo varias veces para distraerme. Desde el fondo de la sala miré a la mujer, rígida como una estatua. ¿Qué haría allí, sola?, me pregunté. Tras cuatro o cinco idas y venidas más me decidí a hablarle.
—Hace fresco esta noche... —Me froté las manos.
—Hoy no hace tanto frío —discrepó ella con voz firme.
—Creo que me resfrié en el tren. Son tan incómodos...
La anciana no dijo más. Di unos pasos antes de preguntar:
—¿Espera a alguien?
—En efecto —asintió, entornando los ojos al decirlo.
—Yo espero a mi novia. Es raro que no haya venido...
La mujer pareció cobrar vida; dejó el bolso a un lado, sacó de él una pitillera y prendió un cigarrillo.
—Es la primera vez que viene usted, ¿verdad? —preguntó exhalando el humo.
—Sí, ¿cómo lo sabe?
—Si hubiese estado antes aquí, todo sería diferente...
Su respuesta me desconcertó. Me acerqué a ella, y me miró con sus grandes ojos grises.
—¿Qué quiere decir? —exclamé—. ¿Qué sabe usted de mí?
—¿No me reconoces, Ulises? Ha pasado mucho tiempo... —Sonrió con amargura—. Llevo treinta años esperándote.
     Un escalofrío me recorrió la espalda al reconocer la mirada. ¡No es posible!, me dije... Su modo de hablar, su actitud, todo en ella me era familiar... ¡Pero no podía creer que fuera Laura!
—Vine a recibirte una noche como ésta, hace treinta años. Nunca llegaste. Desde entonces no he podido salir de aquí. Todas las puertas dan a un pasillo, todos los pasillos vuelven a este mismo lugar... Ahora te toca a ti, Ulises.
     Se levantó y cruzó la puerta. Cuando quise ir tras ella no la encontré, como si se hubiera esfumado en el aire. El espejo me devuelve la imagen de un anciano y desde entonces vago en esta extraña estación sin salida,  esperando no sé qué ni a quién.


©Fernando Hidalgo Cutillas 2014

 
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27 de noviembre de 2011

62ª noche - Otro cuento

Pues sí, otro tipo de cuento...

Pulsa sobre el texto para verlo mayor y completo.


14 de noviembre de 2011

61ª noche - La sentencia

   Como todas las mañanas, si el tiempo era bueno, fui al parque a eso de las once. A principios de marzo me gustaba tomar el sol de invierno y leer un rato, o simplemente contemplar la gente alrededor. Sentado en un banco, abrí el libro que estaba leyendo: una novela sobre el Imperio Inca que me tenía absorto. Me encontraba en un extremo del paseo, cerca de la avenida que lo bordea, la zona más transitada del pequeño recinto. Era mi banco preferido.
   Llevaba un rato allí cuando se me acercó una niña que no tendría más de cuatro o cinco años. No la vi llegar, enfrascado como estaba en la lectura. Debió de haber estado antes jugando con la tierra pues tenía las manitas bien sucias, y lo primero que hizo fue plantarlas en mi pantalón blanco.
   —¡Eh!, pequeña, no has de tocar nada con las manitas tan sucias… —aleccioné con el tono más cariñoso que pude, dentro de mi contrariedad.
   Dejé el libro a un lado y me puse en pie para sacudir las manchas. La niña aprovechó para agarrarlo.
   —Pero ¡bueno! ¿No ves que estás ensuciando todo? —recriminé, sin perder la compostura. No era cuestión de enojarse con una nena de esa edad… ¡Qué sabía ella!
   —¿Qué lees? —me preguntó con el ceño fruncido.
   —Un libro muy bonito que no has de manchar. ¿Cómo no estás con tu mamá? Anda, dámelo antes de que se estropee… —pedí con fingida dulzura.
   La niña se encogió de hombros y, lejos de hacerme caso, escondió el libro a su espalda.
   Yo estaba bastante irritado por la situación; no con la niña, pero ella era el problema. Con gusto la hubiera cogido por el brazo y obligado a darme el libro, pero pensé que no estaría bien.
   —Venga, devuélveme el libro y ve con tu mamá —ordené, ensayando un tono de abuelo autoritario .
   —¡Eres malo! —fue su respuesta, y echó a correr con su botín.
   La seguí con la mirada y mi enojo se volvió preocupación cuando vi que iba directamente hacia la calle, en ese momento con abundante tráfico.
   —¡No corras, para! —grité, y fui tras ella todo lo rápido que me permitieron mis ya cansadas piernas—. ¡No cruces! —insistí, pero ella estaba cada vez más lejos, por mucho que yo me esforzaba.
   Entonces vi a dos mujeres hablando en la acera y les señalé a la pequeña, confiando en que la interceptaran. No hizo falta, la niña fue derecho hacia ellas. Una de las mujeres le dijo algo que no pude oír por la distancia y siguió hablando, sin hacer más caso. Pensé que debía de ser su madre.
   Cuando me acerqué, la niña gritó:
   —¡Eres malo, muy malo! —Y se echó a llorar. Las dos mujeres me miraban con cara de pocos amigos, como pidiendo una explicación: "¿Qué hacía usted corriendo detrás de la niña?".
   Me sentía ridículo cuando saludé y conté lo que había pasado.
   —¿Así que mi hija lo ha tocado a usted "ahí"? —preguntó la madre, señalando la mancha del pantalón con un gesto de la barbilla. Entonces reparé en que una de las manchas estaba sobre un lugar algo comprometido—. ¿No será que le ha pedido que lo toque? Julita, ¿te ha hecho algo este señor?
   —¡Señora! —protesté— yo estaba leyendo tranquilamente cuando su hija, a la que debería tener mejor educada y más controlada, empezó a molestarme.
   Mientras tanto la nena no paraba de gritar: "¡Es malo, es muy malo! ¡El hombre es malo!…", con un berrinche creciente.

   —Que leía, dice, si no lleva nada que leer… ¡Qué corta es la mentira…!
   —Leía un libro que ha robado su hija. Debe de llevarlo en alguna parte.
   —¿Me toma por idiota? ¡Espere a que pase un guardia y veremos qué estaba haciendo usted!
   Yo estaba más que indignado a esas alturas de la conversación. Dispuesto a ofrecer la prueba de que no mentía, con un rápido movimiento así a la niña del brazo con intención de rescatar el libro. La pequeña dio un grito como si estuvieran degollándola y me lanzó un puntapié, al que se unieron los golpes que la madre propinaba en mi espalda con el puño.
   —¡Deje a la niña, pervertido! —gritaba, sin parar de golpear.
   Dos hombres que pasaban por allí se acercaron al ver el alboroto. La otra mujer, hasta entonces callada, les informó:
   —Éste…, que estaba tocando a la niña…
   El más joven me sujetó por el brazo mientras el otro usaba su teléfono móvil.
   —Así que tenemos a un viejo verde… —digo el energúmeno de modo amenazador. Me zarandeó agarrándome por la ropa, lo que hizo saltar un par de botones de mi camisa.
   —No te compliques, Andrés, que ya viene la policía —aconsejó el otro.
   —¡Oigan, yo…! —intenté explicarme.
   —Calladito y quieto —ordenó mi captor con chulería.
   La mención de la policía me inquietó pero, viendo el cariz que tomaba el asunto, sólo deseaba que llegara cuanto antes. Unos minutos después, dos vehículos se detuvieron junto a la acera y bajaron de ellos cuatro hombres uniformados.
   —Este viejo, que estaba abusando de la nena. Menos mal que la tengo bien enseñada y echó a correr… ¡Y aún tuvo la desfachatez de perseguirla! —explicó la madre.
   Yo lo negué, volviendo a explicar lo que había sucedido. La amiga corroboró lo dicho por la madre.
   —¿Han visto algo ustedes? —preguntó uno de los agentes a los tipos que me habían sujetado.
   —Cuando llegamos, este hombre tenía agarrada a la nena y la madre forcejeaba con él, no hemos visto más —respondió el que los había llamado.
   Era suficiente; me esposaron las manos a la espalda, me metieron en uno de los coches y me llevaron a la comisaría. Yo estaba avergonzado, asustado e indignado por igual. Tras un buen rato de espera, a solas en una especie de calabozo, me llevaron ante un inspector. Sentí alivio cuando retiraron las esposas.
   Conté una vez más con detalle lo sucedido aquella mañana. El oficial anotaba todo cuidadosamente en el ordenador. Con frecuencia me interrumpía para puntualizar algo:
   —¿Qué leía?
   —Una novela, "El cóndor de la pluma dorada". Es una edición de bolsillo, un libro no muy grande.
   —En sus pertenencias no consta ningún libro…
   —Ya le dije, lo robó la nena y salió corriendo. ¿Es que no lo han encontrado?
   Sin responder, el hombre escribía a toda velocidad. Tuve la impresión de que él escribía mucho más de lo que yo decía. Y eso no me gustaba nada. Terminada la historia, imprimió unas hojas y las puso frente a mí.
   —Lea su declaración y, si está de acuerdo, fírmela.
   Leí con atención. Era el relato de todo lo que le había explicado, traducido a la jerga judicial. Lo firmé.
   —Y ahora ¿qué pasará? —pregunté.
   El hombre me miró con sus ojos tristes y adoptó un aire menos rígido.
   —Lo tiene usted mal. Cuatro testigos afirman que usted estaba acosando a la nena, y la misma pequeña dice que es "el hombre malo". El libro del que habla no aparece… El examen de la niña ha dado negativo pero eso no excluye tocamientos y otras prácticas habituales.
   —Pero yo sólo he dicho la verdad. No tengo antecedentes de ningún tipo, mi familia, y en el barrio, me conocen… ¡Es absurdo!
   —Le creo, pero eso no sirve para nada. Las pruebas son las que mandan y no le favorecen. Hay tres testigos que confirman la versión de la madre y nadie que confirme lo que dice usted. Además, las huellas de esas manitas sobre su pantalón…
   —¿Y entonces…?
   —Hemos avisado a su familia. Su esposa está en camino, con algo de ropa para usted porque todo lo que lleva ha de quedar aquí, como prueba. Pasará al Juzgado de Guardia y el juez decidirá. Normalmente en los casos de abusos a menores el detenido entra en prisión, pero confío en que, dadas las circunstancias, sea benévolo. Con suerte, fijará un día para el juicio y lo dejará marchar.
—Hágame un favor —pedí antes de salir—. Busquen el libro. Le aseguro que ese libro existe.
—Nos estamos encargando ya de ello. Aunque la existencia del libro no cambiará mucho el asunto, sería muy bueno para usted que apareciera.
   Custodiado por un guardia, yo esperaba sentado en el pasillo mi turno ante el juez. Di un respingo cuando se abrió una de las puertas y salieron las dos mujeres que me habían metido en aquel lío. Al pasar me lanzaron una despectiva mirada. Mientras se alejaban las oí comentar: "Te has fijado cómo se parece a tu hermano".
   Yo estaba preocupado por lo que pensara mi mujer. Cuando volvimos a casa le pedí que me dijera la verdad de lo que pensaba, cualquiera que fuese. Me abrazó y con lágrimas en los ojos me aseguró que me creía, que confiaba en mí, como siempre. Que me conocía muy bien, ¡ya tantos años!, que yo era un buen hombre, normal en todo. Sentí un enorme alivio. El resto de mi familia no sabe nada. El juicio será el mes próximo.
   El inspector me llamó al día siguiente por teléfono para decirme que el libro había aparecido. En una de las papeleras del parque, sucio de tierra y medio destrozado. Tuve que ir a identificarlo. El abogado cree que todo va a quedar en una multa y una amonestación, pues hay pocos hechos probados. Y un antecedente en mi ficha policial. Pero hasta que decida el juez, nada es seguro.
   Ha pasado una semana. Por fortuna, el incidente no ha llegado a saberse en el barrio aunque, no sé si serán manías mías, noto que algunos vecinos me miran de otro modo, como si me rehuyeran.
   Estos días tenemos con nosotros a nuestra nieta Clara. Carlos, nuestro hijo mayor, celebra los diez años de matrimonio con un pequeño viaje, como una breve luna de miel. Mi esposa está contenta; disfruta mucho la presencia de la pequeña.
   Esta mañana, ella debía ir a hacer unas compras:
   —Ahora la abuelita va a salir y te quedarás con el abuelo, ¿vale? Pórtate bien… —La expresión de su cara cambió de pronto—. O mejor ven conmigo, verás como te gusta ir de compras. Vamos a pasarlo muy bien. Ponte la chaquetita y dale un beso a tu abuelo.
   Cuando se han cruzado nuestras miradas, esquiva la suya, no han hecho falta palabras. El juicio será el mes próximo pero la sentencia se ha dado hoy.


© Fernando Hidalgo Cutillas - 2011

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8 de octubre de 2011

59ª noche - Fábula de los agraviados

La señora Cabra y el señor Cerdo aguardaban impacientes tras la línea dibujada en el suelo frente al mostrador que lucía el rótulo 'Oficina de Agravios'.   Detrás del tablero, Miss Mare —ella se empeñaba en que la llamasen así desde que
supo que sus antepasados procedían de Edimburgo— atendía con amabilidad a una joven gallina que, con aspecto indignado, rellenaba a toda prisa un impreso oficial, murmurando:
—Una hace lo que le da la gana sin que nadie tenga que venir a criticar, ¡sólo faltaría eso! ¿A usted no le gustan los caballos? —Miss Mare se ruborizó, a pesar de que obviamente la pregunta era retórica—. Pues a mí me gustan los gallos. ¡Y no conozco otra forma de tener polluelos!
Con gesto airado la señorita Gallina rubricó el im-preso y lo entregó a su interlocutora que, tras estampar un sello de fechas, lo depositó en una bandeja, a su izquierda.
—Ya está en marcha su reclamación. Dentro de unos días recibirá noticias del Comité. No se impaciente, el proceso es un poco largo, la comunicación con los humanos no es fácil. Buenas tardes —Miss Mare, aliviada por haber terminado la entrevista, despidió a la gallina, bebió un sorbo del refresco de alfalfa que ocultaba bajo el tablero y anunció en voz alta
—¡El siguiente…!
La cabra avanzó hasta situarse frente a ella.
—¿Qué hay de lo mío, se sabe algo o qué? —espetó, a modo de saludo.
—Pero usted presentó ayer su reclamación. No ha habido tiempo... —explicó su interlocutora, reconocién-dola.
—¿Ayer? Por la mañana, ¿no? ¿O fue por la tarde?  Es mucho tiempo...
—Más o menos se demora un mes, a veces más...  Tenga paciencia.
De un salto la cabra subió al mostrador y empezó a caminar  entre los papeles que había sobre él.
—Por favor, baje de ahí enseguida —suplicó Miss Mare.
La cabra parecía no oírla. De un nuevo salto colocó sus cuatro pezuñas sobre un pesado pisapapeles de granito y se quedó inmóvil.
—Tendré que dar parte de su comportamiento en esta oficina, eso no favorecerá a su reclamación —amenazó la funcionaria.
—Está bien, está bien, ya bajo...
—¡Hasta el suelo! —ordenó la yegua con firmeza.
Aliviada, comprobó que la cabra, por una vez,  hacía caso. Sólo deseaba que la señora Cabra desapareciese cuanto antes, le daba igual que se la tragara la tierra o la abdujese un platillo volante.
—Entonces, ¿cómo quedamos? ¿Vuelvo mañana?
—¡No, no venga mañana!  —estalló Miss Mare, golpeando con fuerza la madera del mostrador.
La cabra se desplomó como si le hubiesen dispara-do. Rápidamente se acercaron dos miembros de seguri-dad.
—¿Otra vez ella? —comentó el agente Perro con fastidio—. Ayúdame a sacarla de aquí —pidió a su compañero— a ver si con el  fresco se le pasa.
El señor Cerdo miró a la yegua con aire indeciso, sin atreverse a avanzar. No sabía si era buen momento para abordarla.
—Pase, pase —pidió Miss Mare, con deseos de ter-minar cuanto antes su trabajo.
—He recibido esta carta... —dijo el cerdo, mostrando un papel que sacó de un sobre sucio y arrugado.
—Ah, sí. El secretario del Comité lo está esperando. Sígame, por favor...
El señor Cerdo fue tras la yegua hasta un despacho situado al fondo del vestíbulo. Sentado tras una mesa cubierta de papeles, el secretario levantó la vista al notar su presencia. Miss Mare se dirigió hacia él y le mostró la carta, comentando algo en voz baja, antes de dejarlos solos.
—Siéntese, por favor —pidió el secretario—. Verá, señor Cerdo, como sabe ya es la cuarta vez que presenta usted este tipo de reclamación...
—Por supuesto, es un caso grave. Nunca he visto nada igual, señor Lince. Los humanos la han tomado conmigo.
—A ver... —Lince echó un vistazo al expediente que tenía sobre la mesa—. Cuando usted era conocido como señor Marrano se quejó de que su nombre fuese equivalente a un insulto, a alguien de aspecto sucio y desaliñado. Su reclamación fue atendida y se le cambió el nombre, que pasó a ser señor Puerco. Pero poco después, también puerco se transformó en insulto, con el mismo significado. De nuevo atendimos su queja y le dimos un nuevo nombre: señor Guarro. No había pasado un año y tuvimos el mismo problema. Por tercera vez se le rebautizó y a pesar de todo seguimos en lo mismo...
—Ya le digo, es un acoso inaudito —explicó el cerdo, satisfecho por la clara exposición del problema que había hecho el señor Lince.
—Esto...  señor Cerdo —el secretario parecía elegir cuidadosamente las palabras—, ¿usted no ha pensado que podría haber un motivo para este “acoso”?
—¿Motivo? —el cerdo estaba sorprendido— ¿Qué motivo podría haber? No comprendo...
—Mire, está claro que, se llame usted como se lla-me, al cabo de poco tiempo ese nombre equivale al de alguien sucio. Ya sabe como es el cerebro de los huma-nos, tan aficionados a  la analogía...
—¿Está usted insinuando...?
—No; insinuando no. Estoy explicándole cuál es el problema y por qué los cambios de su nombre son inúti-les. Y ahora le voy a  dar la solución.
El señor Lince abrió uno de los cajones de su escri-torio y sacó un paquete pequeño, que dejó sobre la mesa al alcance del señor Cerdo. Este lo cogió y arrancó con rapidez el envoltorio de papel. Apareció una pastilla de jabón.
—¡Y no meta las patas en la comida! —oyó decir al secretario, mientras él abandonaba el despacho, como siempre, cabizbajo

MORALEJA
Si con tu conducta plantas
de tu mala fama esquejes,
cuando crezcan, no te quejes.
 

 



 
 



Fábula de los agraviados, copyright Fernando Hidalgo Cutillas 2008.

 
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2 de octubre de 2011

58ª noche - Fábula de la cebra Felipa

Al sur de Massai Mara, en la amplia sabana de África Central, vivía desde tiempos remotos una manada de cebras grande y poderosa, liderada por un impresionante macho de largas crines llamado Gedeón. La vida de la manada era plácida y sencilla. Pastaban las jugosas hierbas de la ladera, bebían en las aguas del arroyo, llegando hasta el lago cercano en los meses de sequía. Las cebras parecían vivir en el paraíso excepto por un problema: una familia de leones había encontrado guarida en un rocoso montículo cercano. Raro era el día en el que la manada no sufría el ataque de dos o tres leonas hambrientas, encargadas de servir la mesa. A veces, alertada con tiempo por el siempre oteante Gedeón, la manada lograba escapar del ataque huyendo a gran velocidad. Pero muchas otras, alguna cebra era alcanzada y devorada por los felinos mientras las demás galopaban con todas sus fuerzas, aterrorizadas. Había sido así durante miles de años. Era la dura ley de la supervivencia.

Una de las cebras jóvenes, llamada Felipa, destacaba entre las demás por una rareza natural: tenía una sola franja negra a cada lado, tan ancha que ocupaba casi todo el flanco. Un día Felipa pidió a la manada que se reuniese a su alrededor y les habló así:
—¿Veis lo que sucede cada día? Esos gatos se nos echan encima a cada momento y no sabemos hacer otra cosa que salir corriendo. Los más jóvenes y fuertes galopamos veloces y conseguimos escapar pero ¿y los más débiles? ¿Qué le pasó ayer a tu padre? —preguntó Felipa, señalando con el hocico a una de las cebras, que  escuchaba con atención—. ¿O, hace pocos días, a tu hijo, que apenas tenía un mes? —añadió, señalando de igual modo a otra de ellas.
Felipa hizo una larga pausa esperando que se apagara el murmullo que sus palabras habían levantado.
—¡Han sido devorados por los leones, como tantos otros! —continuó Felipa por fin, teatralmente—. ¿Qué será de cualquiera de nosotros si cae enfermo o cuando los años nos vuelvan más torpes? Lo sabéis, ¿verdad? —Felipa llevaba su mirada desafiante de una a otra cebra, fijándola finalmente en Gedeón—. Yo os lo diré: ¡que nos comerán los leones!
Espantada por las palabras de Felipa y sintiendo real un peligro aún imaginario, la manada se agitó.
—Alto, alto, amigos, no os pongáis nerviosos —gritó Gedeón—. No hay peligro en este momento, tranquilizaos y volved a la reunión.
—Felipa tiene razón —opinó la cebra que había perdido a su cría no hacía mucho tiempo.
—Acabarán por comernos a todos —sentenció la cebra recientemente huérfana.
—¡Es horrible, no podré soportarlo! —suspiró una joven cebra gestante, sin apenas aliento.
—Bueno, calma —pidió Gedeón—. Siempre ha sido así. Nuestros antepasados han vivido así desde los tiempos más remotos y aquí estamos nosotros. La manada no se ha extinguido. Es ley de vida. De algo hay que morir y éste es nuestro destino. Los leones se alimentan de nosotros como nosotros nos alimentamos de las hierbas del campo, que también son seres vivos. Prefiero morir en un instante, cuando empiece mi declive, que morir de enfermedad o decrepitud poco después. Olvidemos eso y vivamos felices porque nada se puede hacer.
—¡Sí se puede hacer algo! —anunció solemnemente Felipa—. Yo tengo un plan...
La atención de todos se centró sobre ella y se hizo un silencio en el que se hubiera podido oír la caída de una espina de acacia. Felipa continuó:
—Siempre son dos o tres las leonas que nos atacan. Nosotros somos más de ochenta. Pero, en lugar de defendernos, siempre salimos al galope, esperando tener la suerte de que no nos alcancen y dejando desamparados a los más débiles.
Las orejas de los oyentes no podrían estar más tiesas.
—Pero ¿qué pasaría si les hiciésemos frente? —inquirió Felipa
Un murmullo de asombro surgió entre los presentes.
—Las cebras no podemos luchar con los leones —argumentó una vieja hembra que había visto actuar a los felinos muchas veces.
—Es una locura —añadió otra un poco más allá
—Entre nosotros hay cebras fuertes y valientes. —Felipa intentaba recuperar el control de la situación—. La coz de una de ellas podría dejar inerme a una leona. Entre dos o tres de nosotros podemos acabar con cualquiera de esos gatos.
Un tenso silencio volvió a cubrir la manada. Los más ancianos y débiles, sabiéndose fáciles víctimas de próximas cacerías, empezaban a acariciar la idea propuesta por Felipa. Los más poderosos y fuertes dudaban de que fuese posible algo tan temerario y que nunca se había intentado, debatiéndose entre el temor a una lucha desigual y el amor que sentían por sus familias. Por fin Gedeón intervino:
—Como jefe de la manada he tomado las decisiones hasta ahora, siempre pensando en el bien de todos. Pero en esta ocasión no estoy seguro de qué decisión he de tomar. Por una parte veo una temeridad lo que propone Felipa; por otra, veo justo que ayudemos a nuestros compañeros más débiles. Propongo que hagamos una votación.

El sol estaba ya muy bajo cuando Walia dio la voz de alarma. Una instintiva sacudida recorrió la manada, que inició veloz galope de huída, pero casi inmediatamente cambiaron de dirección reagrupándose alrededor de un árbol cercano.
—Rápido, los potros y ancianos junto al tronco, deprisa —ordenaba Gedeón, resoplando agitadamente.
—Vosotros, los guerreros, id cubriendo todos los flancos, pero dejad pasar a los más débiles hacia el centro. ¡Rápido!, que ya casi están aquí —gritaba Felipa.
Dos leonas se acercaban sin disimulo, sabiéndose descubiertas. Apenas estaban a cincuenta metros del grupo. Los relinchos y bufidos de las cebras eran signo evidente de la gran excitación de la manada. Una tercera leona, oculta hasta entonces por unos matorrales, apareció de súbito muy cerca, hacia el Oeste.
Las leonas estaban sorprendidas por la actitud de la manada de cebras. ¡No huían! Guiadas por su instinto, saltaron sobre las cebras del círculo exterior. Éstas, no habituadas a la lucha, eran presa del pánico al sentir las afiladas garras sobre sus lomos y propinaban tremendas pero descontroladas coces aquí y allá, las más de las cuales se perdían en el aire o impactaban contra sus propios congéneres. Una nube de polvo denso atenazaba todas las gargantas y hacía que los relinchos y rugidos fuesen aún más desgarrados. De improviso las leonas se retiraron unos metros, cesando en su ataque. Una de ellas cojeaba visiblemente. Las cebras se mantuvieron a distancia en angustiosa espera.
Dos leones machos se hicieron visibles a lo lejos. Sus enormes cabezas parecían gigantescas enmarcadas por la oscura melena. Felipa gritó, desde dentro del círculo:
—No os preocupéis, amigos, los machos nunca cazan; no se meterán con nosotros....
—Creo que tiene razón —opinó Gedeón, no muy convencido al ver que los leones iniciaban un rápido trote.
El instinto de los leones machos no juzgó a las cebras como presas de caza. Las presas de caza huían y nunca luchaban, o si lo hacían era débilmente, en la desesperación del último momento. La nueva actitud de las cebras conducía a la lucha abierta, y ésa sí era objetivo de los machos.
Cuando los leones se lanzaron sobre la manada, las leonas que antes se habían retirado los siguieron. El pánico se apoderó definitivamente de las cebras, emprendiendo muchas de ellas una huída desesperada. La mayor parte de las que quedaron rezagadas, las más fuertes y generosas, pagaron con su vida su gesto de lealtad al rebaño. Gedeón escapó en el último momento, viendo que nada se podía hacer.
Los leones empezaron un festín como nunca lo habían tenido. Cinco cebras, alguna aún agonizante, yacían a su alrededor. La leona coja lamía su garra magullada y uno de los leones tenía una hemorragia en su ojo izquierdo, seguramente producto de una coz. Otros felinos, incluyendo a un buen número de cachorros,  iban acercándose al banquete.
Las cebras galoparon durante mucho tiempo antes de sentirse seguras. Jamás se vio ejército más derrotado. Gedeón procuró reunir los restos de la manada antes de que la oscuridad lo hiciera más difícil. Poco a poco fueron llegando las cebras supervivientes, extenuadas. Cabizbajos y doloridos, todos se prepararon para descansar, sin mediar palabra.
Y así cayó la noche sobre Massai Mara.

A la mañana siguiente, un nuevo sol radiante iluminó la llanura como si nada hubiera pasado. Gedeón contó las bajas. Bastantes entre los más fuertes estaban malheridos, algunos de ellos con lesiones que, en el caso de que llegasen a curar, habrían de dejar secuelas graves. Durante unos días la manada se dedicó a recuperarse y descansar sin sufrir nuevos ataques de los leones, que tenían bien repleta su despensa.
Por fin Gedeón reunió a todos y les habló:
—Amigos, hemos pasado una mala experiencia.
—¿Dónde está Felipa? —preguntó un macho superviviente, aunque con la piel hecha trizas.
—Sí, ¿dónde está esa traidora? —increpó otra cebra, ahora tuerta.
Felipa se había mantenido oculta de la manada todo ese tiempo, temerosa de sufrir represalias por las consecuencias de su idea.
—Felipa hizo sólo una propuesta que creyó buena —continuó Gedeón—. No debéis culparla de lo que ha sucedido porque no hemos hecho más que lo que entre todos se decidió. ¿O habéis olvidado la votación?
—Pero ¿dónde se metió durante la batalla? —preguntó una hembra joven, milagrosamente indemne—. Yo no vi que participase en la defensa. Esa cebra cobarde nos ha metido a todos en un buen lío...
—La idea de Felipa era buena —interrumpió un viejo macho que apenas se aguantaba en pie—. Sois vosotros los que habéis fracasado. Os habéis portado como inútiles. ¡Qué de coces al viento! Y entre vosotros mismos. Yo he visto como Jonás ha derribado a Walia de una coz. Pobre Walia, allí quedó. No habéis tenido valor para una defensa eficaz —acusó el anciano.
—Era mi mejor amigo, bien que lo siento. Pero yo no podía ver nada, me atacaban por todas partes y tú, anciano, no sabes lo que se siente cuando esas garras se clavan en tus costillas... —explicó Jonás, apesadumbrado
—Abuelo —tomó Gedeón la palabra—, no debes ofender así a los que han dado su vida por la tuya. Las cebras no somos guerreros y es natural que hayamos fracasado en la lucha. No es un problema de cantidad, es un problema de eficacia. La idea de Felipa me hizo dudar. Por eso dejé que decidieseis vosotros. Ahora ya no tengo ninguna duda. Lo que propone Felipa conduce a la extinción de la manada en poco tiempo. Esta vez éramos bastantes y no nos ha ido bien. La próxima, seremos menos y aún nos iría peor.  Si siguiéramos el plan de Felipa, cada vez habría menos cebras poderosas en el exterior del círculo y más ancianos, lisiados y débiles en el centro. Si sometiésemos a votación la decisión a tomar cada uno votaría por sus propios intereses y cada vez ganaría con mayor número de votos la opción equivocada, es decir, la de los que querrían seguir en el centro mientras mueren por ellos otros individuos más útiles y necesarios. La manada sobrevivirá a esta catástrofe pero en lo sucesivo no volveremos a luchar con los leones.
Gedeón se retiró y la asamblea fue dispersándose. A lo lejos, Felipa observaba al grupo sin atreverse a intervenir. Nunca reuniría suficiente valor para volver con la manada. Vio a Gedeón trotar en su dirección y sintió miedo. ¿Por qué siempre sentía miedo...? Giró en redondo y se alejó velozmente hacia el Norte.

MORALEJA
Se juntaron cuatro pillos, cinco necios
y dos que tenían razón.
Y en un tema de importante relevancia
propusieron votación.
Los pillos por interés, los necios por necedad,
de todo se dijo menos la verdad.
¿Queréis saber quién ganó?
Pues, naturalmente, yo.

Kiro, el león.

**************

Fábula de la Cebra Felipa, copyright: Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 1997.

 
 
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Antología de relatos españoles y sudamericanos.
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22 de septiembre de 2011

57ª noche - Fábula de la serpiente y las gallinas

  En un claro cerca del recodo, en la ribera, pasaba sus días un grupo de gallinas con sus gallos y polluelos. Lejano ya el tiempo en que sus antepasados compartieron el Edén con los nuestros, también las aves aprendieron a esforzarse para ganar su sustento y conocieron el dolor y la desgracia. Picoteando aquí y allá, desgranando las espigas silvestres, tragando insectos y aprovechando cuanto la Naturaleza les regateaba, el grupo sobrevivía sin demasiadas dificultades.
Al contrario que sus esposas, los gallos tenían mal carácter. No se soportaban unos a otros y eran frecuentes las trifulcas en las que alguien salía malparado. Eso no preocupaba mucho a los demás; en realidad los gallos no servían para gran cosa, en opinión de sus gregarias y laboriosas hembras. Pero, claro, había que tener polluelos...
Todos miraban la linde del bosque con recelo. Les parecía un lugar terrible, habitado por criaturas ominosas cuyo simple recuerdo los espantaba. Seres con todo el cuerpo cubierto por extraños filamentos, de cabeza casi triangular, mirada penetrante y —un escalofrío estremecía sus crestas al pensarlo— enormes dientes en sus fauces. Cuando aparecía el zorro se producía un enorme revuelo. Después todo volvía a la normalidad, excepto por un pequeño charco de sangre y plumas que quedaba en alguna parte. Del bosque nunca salía nada bueno.
Del río, sí. Les proporcionaba toda el agua que necesitaban, además de mantener frondosa la ribera. Las aves no eran muy listas pero sentían que el fluir de su corriente les era tan vital como el de su propia sangre. También el cielo era generoso. El sol y la lluvia eran para ellas una bendición. Pero a veces el río se enojaba. Sus aguas bajaban turbias y encrespadas, arrasándolo todo. Debía de haber un poderoso motivo, porque en estas ocasiones el cielo solía unirse a esa furia enviando agua a raudales y, lo peor de todo, unas luces cegadoras que se acompañaban de un terrible estruendo. Hasta el sol se ocultaba en esos casos; eran momentos terribles en los que las azoradas gallinas enloquecían de pavor. Pero, como dijo alguien una vez, después de la tempestad siempre viene la calma: volvía a salir el sol, el viento amainaba y las aguas tornaban a su cauce. Todo alrededor quedaba arrasado y maltrecho, aunque la Naturaleza no tardaría en hacer las reparaciones necesarias. Las gallinas entendían muy bien que, pasara lo que pasase, nunca pasaba nada. Al final la vida siempre seguía como antes. Para algunos no,  pero... esos ya no contaban.
 
Un día de primavera, entre los destrozos que dejó la tempestad apareció algo nuevo. Las gallinas lo miraron, sorprendidas. Se trataba de un ser cubierto de escamas parecidas a las de sus propias patas, largo y estrecho como un palo, que yacía en el suelo sin que aparentemente tuviese nada con qué moverse. Había en él algo siniestro, tal vez sus ojos astutos, su cabeza más triangular aún que la del zorro… pero sin garras ni terribles dientes, sin patas siquiera, les pareció inofensivo. La serpiente irguió su cabeza al sentirse acosada y los demás, cautos ante lo desconocido, se dispersaron.
Aunque no volvieron a verla en varios días, presentían que el reptil seguía por allí. No tardó en suceder el primer incidente. El cacareo desconsolado de una joven clueca alarmó al grupo: había desaparecido un huevo. El misterio no se resolvió y el robo de huevos siguió sucediendo con regularidad. Cada tres días desaparecía uno. Todos pensaron que el ladrón no era otro que la serpiente y después de ponerse de acuerdo, decidieron dar una batida por los alrededores, escrutando la zona hasta encontrarla y dejarla a merced de los gallos.
La serpiente reptó veloz, se escondió en las grietas y quedó más quieta que un muerto, pero no sirvió de nada. El grupo era numeroso y las gallinas conocían muy bien la zona. Cuando la descubrieron, el gallo más lanzado le propinó un terrible picotazo en la cola. El reptil se irguió, siseó, blandió su bífida lengua y mostró todo su repertorio de amenazas, pero los gallos no se echaron atrás. A toda velocidad, el pequeño cerebro de la serpiente trataba de encontrar una salida a aquella situación desesperada. Su veneno podría acabar con uno de ellos, pero los demás la destrozarían. Había que evitar una lucha que con seguridad iba a perder.
—¡Un momento, señores gallos! ¿Por qué se enojan conmigo? ¿Qué les he hecho yo para que me ataquen con tanta furia? —gritó con aire inocente.
—Bien lo sabes, reptil inmundo. Desde que llegaste has estado robando los huevos de nuestras gallinas y eso se va a acabar —sentenció el gallo del picotazo.
—¡Eres injusto! Yo no tengo elección, he de comer o moriré de hambre. Pero tenéis razón, robar no está bien, pagaré por los huevos el precio que pidáis... —ofreció la astuta serpiente—. Es más de lo que vosotros mismos hacéis, ¿o acaso pagáis por el grano y los insectos que os lleváis al pico?
Los gallos quedaron sorprendidos por el ofrecimiento de la serpiente. Era cierto que ella, como todos, necesitaba comer para sobrevivir. Quizá el negocio fuese interesante. Se reunieron y hablaron en voz baja durante un rato, antes acercarse de nuevo al reptil.
—Creo que podremos llegar a un acuerdo —anunció por fin el que se había erigido en líder—. Verás, hay un zorro en el bosque, quizá dos o tres. Es frecuente que salgan y nos ataquen. Si nos libras del zorro tendrás un huevo cada tres días. Pero te advierto que si el zorro vuelve a perseguirnos será tu fin.
—Caro me hacéis pagar el alimento, pero acepto el pacto. En tres días volveré a por mi huevo. Os aseguro que el zorro no volverá a molestaros.
La serpiente se arrastró lentamente hacia el bosque mientras las aves regresaban a su base. El alboroto había tenido un desenlace imprevisto y todos, aunque desconfiaban, estaban esperanzados por poder librarse de la terrible amenaza del zorro de modo tan sencillo. Un huevo cada tres días... con tantas gallinas eso no era nada.
Pasaron los tres días y la serpiente volvió.
—El zorro ya no es problema, he venido a por mi huevo —anunció al jefe del grupo.
—Pronto se verá. No descuides el asunto, si el zorro vuelve eres reptil muerto —contestó el gallo, amenazador—. Ahora toma tu huevo y procura apartarte de nosotros.
—Hasta dentro de tres días —se despidió la serpiente, con fingida sumisión.
 
A partir de entonces las aves se vieron libres de los ataques de su pérfido enemigo. Ya no veían el bosque tan terrible, hasta se atrevían a buscar alimento en zonas cada vez más próximas a él. Poco a poco olvidaron la amenaza. Pero a finales del otoño, un nuevo charco de sangre y plumas acabó con su tranquilidad. Cuando la serpiente acudió a buscar su huevo el gallo montó en cólera.
—Te lo advertí, si esto volvía a pasar lo pagarías con tu vida —amenazó, exhibiendo sus temibles espolones.
—Gallo —adujo con tono tranquilo la serpiente—, ¿no comprendes que estos son otros zorros? Yo cumplí el pacto; hace meses que no os molesta ninguno de ellos. ¿Qué puedo yo hacer, si han llegado más? Ahora tenéis otro problema y si me matas no podréis resolverlo. ¿No sería mejor para tus gallinas que llegásemos a un nuevo acuerdo?
—Hummm —meditó el gallo, sopesando las razones de la serpiente. Si mataba al reptil nadie podría librarlos de los zorros, eso era cierto. Y habían estado tan tranquilos todo el verano... —¿Qué propones?, habla claro.
—Cuando yo necesité algo que me era indispensable os ofrecí pagar un precio. Ahora ya tengo lo que necesito pero, si vosotros precisáis algo de mí, creo que lo justo será que me hagáis una oferta... Quizá me interese. Ya se sabe, quien algo quiere, algo le cuesta —expuso la serpiente con astucia.
La furia del gallo se había desvanecido por completo, ahora estaba en un brete. Volver a vérselas con los zorros después de tantos meses de bonanza era una mala solución. El grupo no se lo perdonaría. Necesitaba llegar a un acuerdo.
—¿Un huevo cada dos días? —sugirió con cautela.
—No es una buena idea, señor gallo. ¿No ves que cada cierto tiempo volverán los zorros? ¿Por qué no hacemos un pacto que os libre para siempre de ellos? Yo me comprometo a que sea así. Pero necesito un huevo cada día, gastaré muchas energías con tanto trabajo.
—Está bien —concedió el gallo de mala gana, viendo que no tenía opción.
Los zorros desaparecieron de nuevo de los alrededores y las gallinas recuperaron la tranquilidad perdida. La serpiente no se dejaba ver mucho, aunque cada día se presentaba puntualmente a recoger su sueldo, que las gallinas le entregaban sin discusión, pues todos apreciaban la dicha de sentirse seguros.
 
Pasó el invierno y llegó el deshielo en las nevadas cumbres que, junto con las lluvias propias de la época, desbordó el río una vez más. En esta ocasión fue terrible, muchas aves fueron arrastradas río abajo hasta desaparecer y todo quedó desolado como nunca. Cuando las gallinas, libres del problema del zorro, se sentían más seguras, la Naturaleza vino a recordarles una vez más la fragilidad de su existencia. Se lamentaban en corros de su suerte y su aspecto escuálido y desmochado hubiese resultado cómico de no corresponder con tal desgracia. Un mal trance para pagar deudas, pero nadie quería que volviese el zorro, de manera que el huevo siguió apareciendo diariamente.
La serpiente soportó muy bien el temporal en su refugio. Ello le dio una idea, que no tardó en llevar a la práctica.
—Buenos días, señor gallo —saludó a su interlocutor habitual—, malos momentos estáis pasando ¿verdad?
—Los peores en mucho tiempo, reptil. ¿Qué vienes a hacer aquí?, ¿no te han dado ya tu huevo?
—¡Oh, sí! Gracias al Cielo eres un gallo de palabra. Sólo estaba pensando que lo del zorro apenas es nada comparado con esto. ¡Qué terrible situación! En cambio yo disfruto de la lluvia desde mi refugio...
—¡Pues mira qué suerte tienes! Nosotros no tenemos refugios —masculló el gallo, molesto por la impertinencia de la serpiente.
—He pensado que eso podría cambiar. ¿No os gustaría tener donde protegeros de las inclemencias y los peligros cuando la Naturaleza se desboca?
—Claro, pero... —El gallo no supo qué más decir.
—Yo podría indicaros cómo hacerlo y dirigir los trabajos. Tengo experiencia... —sugirió la serpiente, sin demostrar mucho interés.
La idea llamó poderosamente la atención del gallo.
—¿Tú podrías? Si no tienes patas, ni pico siquiera....
—No he dicho que pueda hacer el trabajo, sino que puedo dirigirlo. 
 
La serpiente explicó al gallo su plan. Bajo sus indicaciones, las gallinas construirían un amplio y resistente refugio donde todo el grupo se podría guarecer; y terminó su exposición con un “pero quien algo quiere...”.
—¿Y cuál es el precio esta vez? —preguntó el gallo, con fastidio.
—¿Dos huevos diarios? —propuso el reptil.
Las gallinas trabajaron laboriosamente durante varios meses, bajo la dirección de la serpiente, hasta que el refugio estuvo a punto. Fue agotador y, además, cada día tenían que entregar dos huevos; pero valió la pena, la sólida construcción las libraría del mayor de sus peligros. Las próximas riadas resultarían inofensivas.

Algo después fue un águila quien alteró la paz del corral. Más tarde una plaga de insectos. Hasta un incendio, producto de un rayo que cayó cerca. La serpiente no cesaba de vender sus soluciones y las gallinas no paraban de trabajar de una a otra cosa, tejiendo redes, abriendo cortafuegos, excavando depósitos, afilando estacas, acarreando agua... ¡Qué lejos había quedado su plácida vida anterior! Pero la seguridad se había vuelto algo necesario, imprescindible. Sólo pensar que el zorro pudiese atacar, que el río pudiese arrastrarlas, que el águila se cerniese sobre ellas, la simple idea les hubiese puesto la piel de gallina si ése no hubiera sido su estado natural.
 
Pasaron varios años. El claro del bosque, cerca del recodo del río, era irreconocible. El grupo de aves, también. Nada era como debía ser. Las gallinas parecían autómatas de mirada perdida, cuyo único fin en la vida fuese no sufrir, lo que las hacía sufrir enormemente. La mitad trabajaba todo el día en las cosas más inútiles, la otra mitad se dedicaba a poner huevos, tantos había que pagar a diario a la serpiente. Sólo quedaba un gallo, antes  orgulloso y valiente, después un simple criado del reptil. Éste había ordenado construir su guarida en el centro del claro.
Sobre el inmenso almacén en el que acumulaba los huevos recibidos, un cómodo mirador le ofrecía el lugar perfecto para contemplar su imperio. Y aquello era sólo el principio. Esas gallinas neuróticas no darían mucho más de sí, pero había muchas más gallinas en el mundo.
 
©Fernando Hidalgo Cutillas 2010 


 
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10 de septiembre de 2011

56ª noche - She

—¡Cómo pasa el tiempo! Cuando veo a los famosos me doy cuenta... —comenta Elisa hojeando una revista.
Me acerco a husmear. Es un reportaje sobre Charles Aznavour. Está mayor, sí.
—Pero  sigue cantando —añade.
—Ese hombre, como Serrat, tiene la emoción en la voz, cante lo que cante. Como un trémolo especial.
—No lo había pensado. —Elisa cierra la revista y pone cara de reflexionar. Es una cara especial, tendríais que verla...—Es cierto, es la voz. La mayoría de veces no lo entiendo pero me emociona igual.
—Pero Serrat no lo ha perdido con la edad. Aznavour sí —concluyo.



30 de agosto de 2011

55ª noche - El epitafio



El epitafio © Fernando Hidalgo Cutillas - 2011





 
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18 de agosto de 2011

54ª noche - Tabaco

Leía yo la prensa, sentado en un banco del parque, cuando se acercó un hombre a pedirme fuego. Por no ponerme a buscar el encendedor en los bolsillos le di mi cigarro, para que encendiera el suyo con la brasa. El sujeto la arrimó, aspiró un par de veces y, al devolverme el purito, me dijo: "No deberías fumar, amigo".  En respuesta di una profunda calada, con gesto de satisfacción. "No, en serio —insistió el tipo—,¿tú te has visto en el espejo?". Sospeché que el hombre no estaba en sus cabales y, desentendiéndome, volví a la lectura. Pero él siguió insistiendo: "Has conocido a fumadores que hayan muerto del pulmón, ¿verdad? ¡Cáncer! ¡Terrible...!".

Quedamos en silencio. Él seguía de pie, mirándome como si esperara una respuesta. Incómodo, por fin repliqué: "Sí, conozco casos. Pero tú también fumas. ¿A qué viene esa preocupación?". "Ahora dime —continuó—, ¿alguno era calvo?". Me vino el recuerdo de algunos conocidos que habían muerto por esa enfermedad: Javier, mi querido Andrés, el viejo Lucas... Y de pronto caí en la cuenta: ¡ninguno de ellos era calvo! Todos lucían una magnífica cabellera antes de enfermar. Miré al desconocido con curiosidad, sorprendido por el hallazgo. Él me sonrió, se dio unas palmaditas en la calva y se alejó, fumando tranquilamente. 







Tabaco © Fernando Hidalgo Cutillas - 2011


 
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11 de agosto de 2011

53ª noche - Panikós

"A ver si escribes una historia con cien palabras", me ha retado Elisa.


De baja estatura y con la fuerza de un toro, su cara de viejo en un cuerpo juvenil hacía de su edad un enigma. Le acertaron el nombre: Panikós, pues pánico producía su presencia. Con un émbolo de hierro y un mazo, remataba a los heridos sin remedio de un golpe en la nuca. Unos decían que disfrutaba; otros, que bebía para soportarlo. Todos lo rehuían pero, próxima la batalla, le daban unas monedas: “Acuérdate de mí”. Las tomaba sin mirarlos y seguía bebiendo y maldiciendo a los dioses.

Panikós © Fernando Hidalgo Cutillas - 2011

 
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9 de agosto de 2011

4 de agosto de 2011

31 de julio de 2011

50ª noche - La carta

   —¿Ya, señorita?
   —Espera un poco, Juani. Ya mismo termino —dijo Elisa, mirándose al espejo—. ¿Qué tal estoy? —añadió, mostrándose de frente a la joven criada.
   —Está muy bella, señorita Elisa —exclamó Juanita, y volvió a preguntar— ¿Ya?
   —Está bien —concedió la joven—, ¡vamos!
   Ambas abandonaron el baño y se dirigeron a una salita, donde Elisa se sentó al lado de un pequeño escritorio. Juani sacó de su bolsillo un sobre bastante arrugado y se lo entregó. Estaba sin abrir. Elisa lo rasgó y sacó de él una hoja de papel cuadriculado, escrita a lápiz. 

   —Mi muy querida Juanita, dos puntos —leyó Elisa—, espero que al recibo de estas... ¡Juani! No pongas esa cara de boba. Anda, siéntate ahí —ordenó, señalando una silla al otro lado de la mesa.
   Juani obedeció sentándose, pero la expresión de su cara no cambió sino para embobarse aún más. Dándola por imposible, Elisa continuó:
   —... espero que al recibo de estas líneas se encuentre usted bien de salud. No le pregunto por los suyos porque sé que está sola en el mundo, sin más familia que esas buenas personas que la tienen en su casa. Que Dios las bendiga. Parece un chico bien educado —comentó Elisa.
   —Es muy formal, un caballero... —apostilló Juani—. Siga, por favor, siga.
   —Desde que llegué al cuartel he hecho algunos amigos y las cosas no andan mal. No me sobra tiempo, trajinamos todo el día de una cosa a otra sin apenas descanso, así que sólo puedo sacar un momento para escribirla por la noche. Dentro de pocos minutos apagarán las luces y he de ser breve. No puedo andar con rodeos. Quiero...
   —Señorita Elisa, ¿qué quiere decir breve? —interrumpió Juani.
   —Humm, corto, rápido... que ha de darse prisa. Sin luz no se puede escribir. ¿Entiendes?
   —Ya... pobrecillo —exclamó Juani, conmovida.
   —Quiero pedirle permiso para escribirla con frecuencia y saber si puedo esperar de usted que responda a mis cartas. Desde que la conocí no he podido pensar en otra cosa que en usted y este inoportuno servicio de armas al que me veo obligado me está resultando la condena más insufrible. Sólo me alivia pensar que dentro de dos años volveré a ser libre y si usted, querida Juanita, tiene a bien aguardarme me llenaría de felicidad. Dígame que puedo tener esperanza y encenderá en mi corazón una luz eterna... ¡Vaya!, debieron de apagar la luz porque lo que sigue apenas se entiende—comentó Elisa, divertida.
   Juani bajó de la nube.
   —¡Oh, qué pena! ¿No se lee? —exclamó la muchacha con tristeza.
   —Parece que pone No puedo seguir...por favor con.... contésteme. Suyo siempre... afec...afectísimo; sí, eso pone. Y firma Joaquín Río —concluyó Elisa, poniendo de nuevo la carta en el sobre, que entregó a Juanita. Esta lo guardó como un tesoro en su delantal y preguntó, tímidamente
   —¿Me escribirá la respuesta, señorita Elisa?
   —Claro que sí, pero mañana. Ahora he de salir. Prepárame el abrigo.

   Durante todo el día siguiente Juanita estuvo rondando a Elisa. Le daba apuro insistir pero era superior a sus fuerzas. En cada mirada, en cada gesto podía leerse ¿ya?, ¿ya?, ¿ya?... Por fin Elisa dijo:
   —Ya. Trae la carta que vamos a contestar a tu novio.
   —¡Mi novio! —repitió Juanita, ruborizándose—. Si apenas nos conocemos...
   —Eso es verdad, Juani. Por si acaso, no te hagas muchas ilusiones. Aún no sabes cómo son los hombres.
   El rostro de Juanita se ensombreció por un momento. Fue a su cuarto y volvió con el mismo sobre del día anterior, aunque mucho más arrugado.
   —En realidad no lo necesitamos. Estoy segura de que recuerdas muy bien todo lo que pone. ¿Qué quieres decirle? —preguntó Elisa, cogiendo una hoja de papel de una carpeta.
   Juanita se puso nerviosa; ella no sabía qué decir, ni qué hacer. Sólo sabía que Joaquín le gustaba, pero intuía que decir eso no estaría bien.
   —No sé, señorita Elisa —dijo la sirvienta, mirando el papel con apuro...
   —Vamos a ver, ¿tú quieres que él siga escribiéndote? Ya sabes lo que este chico busca, ¿no? ¿Tú estás de acuerdo?
   Juanita seguía sin saber qué decir, retorciéndose en un mar, no de dudas, sino de inseguridades.
   —¡Pero qué boba eres, Juani! ¿Quieres a este hombre, sí o no? —La pregunta de Elisa sonó como un ultimátum.
   —Sí le quiero —dijo por fin la muchacha, tímidamente...
   —Pues venga, vamos a decírselo...
   —Ponga usted lo que le parezca —pidió Juanita, llena de vergüenza.
   —Está bien... —Elisa garabateó durante unos minutos sobre el folio blanco. 
   Juanita miraba, sin entender nada, admirando los bellos trazos que la plumilla dejaba en azul oscuro sobre el papel. Sintió orgullo al imaginar a Joaquín recibiendo su carta, tan bien presentada, tan femenina y elegante.
   —A ver si te gusta —dijo Elisa tras terminar el escrito, y leyó en voz alta:

   Querido amigo Joaquín, me alegro tanto de que esté usted bien y haya hecho buenas amistades entre sus compañeros. Estoy segura de que, siendo un hombre tan valiente y honrado, dejará una huella imborrable allí por donde pase. No vea estos dos años como una condena sino como una oportunidad de conocer más mundo. Recibiré sus cartas con agrado y las contestaré si con ello alivio su pena. Nada me gustaría más que a su regreso pudiésemos reanudar nuestra amistad, interrumpida por sus obligaciones. Espero ese momento con gran ilusión. Reciba mi más afectuoso saludo

   —Y tu firma, o sea: Juanita. ¿Qué te parece? —inquirió Elisa.
   —Bien... ¿No es un poco fría? Yo lo amo... —dijo Juanita, menos tímida que al principio
   —Una señorita no puede decir según qué cosas —aleccionó Elisa—, ya habrá tiempo. Además, él tampoco dice nada. Sólo te pide permiso para escribirte y tú se lo das. No hay que decir más.
   —Ya —comprendió Juanita, un poco decepcionada—, está bien. ¿Puede leérmela otra vez?
   Elisa releyó el texto despacio, pensando que la muchacha querría aprenderlo de memoria.
   Juanita escuchó con atención y por fin sonrió. Elisa tenía razón, una señorita no puede decir más, por el momento. Esperó pacientemente a que Elisa terminase de poner las señas en el sobre.
   —Gracias, muchas gracias, señorita Elisa. ¿Puedo acercarme un momento a la estafeta para echar la carta hoy mismo? —Nadie hubiese sido capaz de negarse a una solicitud tan sentida.
   —Ve, corre —concedió Elisa, con una sonrisa. Juani voló por la puerta.


   —¿Qué estabas haciendo, hija? —preguntó doña Mercedes, al entrar a la salita.
   —Escribía una carta al novio de Juani. No te lo he contado aún. Juani recibió ayer carta de un caballero —lo dijo con cierta sorna—, interesándose por ella.
   —¡Qué pena! —exclamó doña Mercedes—, con lo mal que está el servicio. Chica que se casa, ¡adiós!
   —Bueno, no te preocupes mucho por eso —respondió Elisa, con una carcajada—. No creo que la cosa vaya adelante.

   Semanas después, en un cuartel de Santiago de Cuba, un soldado recibía una carta de Madrid. La remitía Juanita Celaya. La abrió rápidamente, ilusionado, y leyó lo que sigue:

   Querido amigo Joaquín, me alegro tanto de que esté usted bien y haya hecho buenas amistades entre sus compañeros. Estoy segura de que siendo un hombre tan valiente y honrado dejará una huella imborrable allí por donde pase. No vea estos dos años como una condena sino como una oportunidad de conocer más mundo. No obstante, lamento decirle que no tengo interés en su correspondencia por lo que le agradeceré que no me escriba más. Hay otra persona en mi corazón. Espero que me comprenda. Reciba mi más afectuoso saludo.


 
La carta © Fernando Hidalgo Cutillas 2008


 
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26 de julio de 2011

49ª noche - El muñeco

    Dicen que tres traslados equivalen a un incendio; en las cosas que se pierden, quieren decir. Por nuestro trabajo, Elisa y yo ya llevamos cuatro, en poco más de doce años. Tienen bastante razón, cada vez que repasas y empaquetas absolutamente todo lo que arrastras, uno se cuestiona si vale la pena conservar aquellos libros que ya leyó y no volverá a leer jamás, aquella lámpara de pie horrible que nos regalaron, aún precintada en su caja, el Scalextric con el que yo pasaba las tardes de vacaciones cuando era pequeño o la máquina de escribir que ya nunca vamos a usar. 
   En el primero de estos traslados, entre los objetos del altillo apareció una vieja muñeca de trapo, desgarbada y con las ropitas bastante raídas. Algún viejo recuerdo de Elisa, pensé, y la lancé sin más al cajón de desechos, pensando que a ella no le importaría.
   Cuando nos disponíamos a bajar el cajón al contenedor y Elisa vio la muñeca entre los demás trastos, dio un respingo como si la hubiesen pinchado con un alfiler.
   —¡Mi Florita! —exclamo, mientras la recogía y la apretaba contra su pecho.
   No dijo más. No hacía falta. La miré y vi a la niña que había sido. Que siempre será.
   Desde entonces, la muñeca es lo primero que empaquetamos.

    Cristina tenía un muñeco parecido en todo a un bebé. Lloraba, tomaba biberones, movía los ojos, hasta hacía pipí y moqueaba. A ratos dormía y, al despertar, agitaba brazos y piernas balbuceando “upa”. Si lo cogía en brazos sonaba una risita y si no, un estridente berrinche. Todo el mundo estaba encantado con el muñeco, cuyo tacto y aspecto tanto semejaba al de una criatura, hasta el punto en que quienes lo veían por primera vez lo confundían con un auténtico bebé. Se lo regalaron en su sexto cumpleaños, poco después de la pasada Navidad. La pequeña estaba fascinada con Tino, que así lo había bautizado, y le dedicaba toda su atención. En su mundo infantil era un miembro más de la familia, como mamá, papá y su hermano.

    Andrés, cinco años mayor que Cristina, era buen estudiante y un muchacho inteligente, según sus profesores. Las habilidades del muñeco despertaron en él una enorme curiosidad. No podía imaginar cómo era posible que un trozo de goma hiciese tantas cosas y tan oportunamente. Un día, aprovechando la ausencia de todos, quiso saber por qué el muñeco parecía vivo, qué extraña cosa hacía posible que comiese, llorase y se callase cuando lo mecían. Lo llevó a su habitación y con ayuda de un cuchillo y un pequeño destornillador fue abriendo y desmontando sus piezas. Al cabo de un rato el muñeco se había convertido en un montón de trozos de goma, de cable, de finos tubos de plástico, una caja de pilas, un pequeño altavoz, una especie de canicas que formaban los ojos... y por supuesto ya no hacía nada. Ya ni siquiera era un muñeco.

    Es fácil imaginar el disgusto que tuvo la pequeña al volver a casa. Lloró sin consuelo durante mucho rato. Después se acercó a los restos del muñeco y los miró con frialdad. Cogió todo y lo lanzó a la basura. No volvió a llorar pero, triste y ensimismada, no era la misma que siempre.

    Los padres, después de reñir y castigar concienzudamente al hijo mayor, creyeron que debían sustituir el muñeco estropeado por otro igual; o mejor, si era posible. Al día siguiente fueron a la tienda de juguetes y compraron un muñeco muy similar pero aún más sofisticado. Este era capaz de aprender a decir algunas palabras, de sonreír y de algunas otras monerías añadidas. A pesar de ello, cuando Cristina lo recibió no mostró apenas interés por su nuevo bebito, ni siquiera le puso nombre. Andrés fue advertido del grave problema que tendría si se acercara a menos de un metro del muñeco.

    A los pocos días la madre sonrió, satisfecha, al ver que Cristina parecía recuperada. Había cogido el muñeco y llevaba un buen rato jugando con él, a solas en su habitación. Cuando se acercó con sigilo para disfrutar de la escena vio algo que la sobrecogió. La niña, con las toscas tijeras de uso escolar, estaba despanzurrando al muñeco nuevo. Los padres no se hubieran alterado más si hubiese sido un bebé de carne y hueso.

    Inmediatamente concertaron una entrevista con el psicólogo infantil y al día siguiente llevaron a Cristina a la consulta. Hubo preguntas, test y entrevistas con todos, incluido Andrés.

    Pasados unos días, volvieron para recoger los resultados y recibir el dictamen del especialista. El psicólogo, sentado en su escritorio frente a los padres, hojeó los informes antes de empezar a hablar.
    —Cristina es una niña normal y todo lo que ha sucedido es normal. No tienen por qué preocuparse.
    Percibió desconfianza en la mirada de ambos padres, y se apresuró a proseguir.
    —Cristina tomó al primer muñeco como a un hermanito. Los niños tienen gran imaginación y la viven con intensidad, pero el muñeco tenía una apariencia tan real que apenas tuvo que usarla. Para Andrés, sin embargo, Tino era sólo un muñeco con unas extraordinarias cualidades cuyo funcionamiento lo asombraba y no comprendía. Andrés no tenía intención de hacer daño cuando destrozó el muñeco, sólo lo abrió para ver de qué modo funcionaba, como hubiese abierto cualquier otra cosa que despertase su curiosidad. ¿No había hecho antes alguna travesura de este tipo?
    —Sí —respondió el padre—, varias veces. Siempre está desmontando aparatos, que después ya no sirven para nada.
    —¿Lo ve…? En realidad Andrés jugó también con el muñeco, pero a un juego distinto. Tino era un juguete y ambos hermanos jugaron con él, cada uno a su manera.
    —Pero Cristina destrozó el segundo muñeco que compramos… —señaló la madre, poco convencida.
    —Porque ahora Cristina ha visto lo que realmente son esos muñecos y ya no puede revivir la misma fantasía con la que envolvió al primero. No podía jugar con el muñeco nuevo como jugó con el otro, ya no podía imaginarlo como a un bebé real. Igual que antes su hermano, ella sintió curiosidad y jugó a verle las tripas. Eso fue todo.
    —¿Y no le ocasionará algún problema? ¿Nunca más querrá jugar como antes? —indagó el padre, alarmado.
    —Cuando un muñeco es un trozo de trapo o de cartón, los niños de cualquier edad comprenden el juego y usan la imaginación sin problemas. Puedes arrancarle la cabeza, coserla al revés y seguirá siendo su querido muñeco. Pero cuando es tan perfecto como era Tino, los niños pequeños se desorientan. Déjenla usar la imaginación. Compren a Cristina un muñeco de trapo y verán como todo vuelve a la normalidad.


   Satisfechos por la amplia explicación del psicólogo, los padres se despidieron de él y regresaron a casa con los niños. Era un corto paseo.
   —¿Lo ves, mujer? Es normal, no pasa nada... —insistía el esposo, quitando importancia.
   Ella asentía en silencio, aunque no podía librarse de la imagen de Cristina destripando al muñeco, con aquella extraña expresión en la cara...

   Cenaron y acostaron a los pequeños antes de disfrutar de un ratito de televisión. Con el ruido de la película ninguno de los dos oyó a la niña salir de su cuarto, dirigirse a la cocina y entrar después sigilosamente en el dormitorio de Andrés.
El muñeco © Fernando Hidalgo Cutillas 2009

 
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