29 de julio de 2018

142ª noche - El varón castrado.

Cuando Esther Vilar escribió "El varón domado" en 1971, ahora hace 47 años, fue novedoso el enfoque que presentó de la relación entre hombres y mujeres. 
La idea principal del libro  es que la mujer no es oprimida por el hombre, sino que en realidad es la mujer la que controla al hombre para manejar la relación y esto es algo de lo que el hombre muchas veces no es consciente. Para ello la mujer atrapa al hombre usando estrategias de seducción. En palabras de la autora:

El hombre fue entrenado y condicionado por la mujer, de manera no muy distinta a como Pavlov condicionó sus perros, para convertirlos en sus esclavos. Como compensación por su labor los hombres son premiados periódicamente con una vagina.

Otras estrategias de la mujer son el uso de halagos, administrados cuidadosamente para controlar al hombre, y la utilización de los hijos como rehenes.
El libro recibió amplio eco en la prensa y otros medios de difusión, fue el tercero más vendido en España en 1975, a pesar de que nada verdaderamente importante se contara en él, sólo un punto de vista que podía hacer pensar y sonreír. Por ejemplo, la anécdota con la que empieza:

El MG amarillo limón se inclina y da bandazos. La mujer -joven- que lo conduce lo frena sin demasiada prudencia, baja de él y descubre que la llanta delantera izquierda está en el suelo. No pierde un instante en tomar medidas para la reparación de la rueda: inmediatamente lanza miradas a los coches que pasan, como si esperara a alguien. No tarda en detenerse una furgoneta, al percibir su conductor esa señal de desamparo femenino recogida por todos los códigos («débil mujer abandonada por la técnica masculina»). El conductor nota al instante lo que hay que hacer. «Enseguida estará», dice consoladoramente, y, como prueba de su resolución, pide a la accidentada que le dé el gato. No le pregunta siquiera si ella misma sería capaz de cambiar la rueda: ya sabe que no lo es (la mujer tendrá unos treinta años, va vestida a la moda y bien maquillada). Ella no encuentra gato alguno en su MG, razón por la cual el de la camioneta va a por el suyo; de paso se trae más herramientas, por si acaso. Le bastan cinco minutos para solventar el asunto y colocar la rueda pinchada en el lugar previsto en el MG. Tiene las manos manchadas de grasa. La mujer le ofrece un pañuelito bordado que él rechaza cortésmente. Siempre tiene a mano en la caja de herramientas un trapo y gasolina, precisamente para casos así. Ella da las gracias exuberantemente y pide perdón por su torpeza «típicamente femenina». Si él no hubiera pasado por allí -declara- se habría tenido que quedar probablemente hasta la noche. Él no contesta, sino que, una vez que ella se ha sentado de nuevo ante el volante, le cierra con delicadeza la puerta y aún le aconseja por la ventanilla, que ella ha bajado, que cambie pronto el neumático pinchado. Ella contesta que lo hará aquel mismo día en la estación de servicio a la que suele ir. Y arranca.     El hombre ordena las herramientas en la caja y se vuelve hacia la camioneta, lamentando no poder lavarse las manos. Tampoco lleva tan limpios los zapatos, pues para cambiar la rueda ha tenido que chapotear en una zona de barro; y su trabajo -es representante- requiere calzado limpio. Tendrá que darse prisa si quiere alcanzar al cliente que sigue en su lista. Pone el motor en marcha. «Estas mujeres» -va pensando «no se sabe nunca cuál es la más tonta”; y se pregunta en serio qué habría hecho aquélla si él no hubiera pasado por allí. Acelera imprudentemente -muy contra su costumbre- con objeto de recuperar el retraso que lleva. Al cabo de un rato empieza a tararear algo en voz baja. Se siente feliz de alguna manera.

Ha cambiado mucho la sociedad desde entonces. El drama entre los sexos ha adquirido más importancia que el cambio de una rueda o quién hace la cena. El varón ya no es domado, ahora está castrado. Así se titula el ensayo del periodista José Díaz Herrera escrito en 2006 y editado por Planeta,  del que nadie habla porque no interesa a algunos grupos de presión. Éste es el final del prólogo:

Cuando en 1976 vine a Madrid a trabajar en Cambio16, Pepe Oneto y Juan Tomás de Salas me encomendaron una tarea difícil, la más difícil del periodismo de aquella época: acosar y meter en la cárcel a los golpistas que campaban por sus respetos en los cuartos de banderas de los cuarteles y amenazaban un día sí y otro también con acabar con el régimen de libertades. Se creó entonces el Equipo de Investigación de la revista, y en coordinación con Fernando Rehinlein, de Diario 16, nos dedicamos a limpiar el país de pistolones. En dos ocasiones, los golpistas me descubrieron y me pusieron la pistola en la cabeza para matarme. Luego investigamos a los GAL y el sargento de la guardia civil Manuel Pastrana, relacionado con las tramas, volvió a tenerme a tiro de su automática; Gilbert Perret me arrancó una cámara de fotos en su restaurante de la costa valenciana, la pateó y envió a un grupo de matones a Madrid para liquidarme pero se confundieron y acabaron en la sede de Diario 16.
En 1995 el comandante Ricardo Sáenz de Ynestrillas y un policía golpista vinieron a mi casa de Pozuelo de Alarcón a pasaportarme porque les habíamos descubierto un plan para matar al Rey y a Felipe González en Galicia. Me enteré de ello años más tarde, cuando me lo contó el comisario de Policía de Moratalaz, Antonio Andrade. Años antes, a través de una psicóloga tuvimos una infiltrada en un piso de los Grapo, que permitió las dos principales caídas de la banda, y probablemente que Antonio Pedrol Rius, Antonio Garrigues Walker y que unos cuantos generales del ejército murieran tranquilamente en sus camas o sigan aún con vida. Con el Grapo, sea dicho de una vez y para siempre, acabamos un grupo de periodistas desde Cambio 16 y no la policía, en una etapa en la que Pío Moa había dejado de pertenecer a la banda de matarifes-donde ocupó cargos políticos- e intentaba formar un partido de izquierdas. En 1985 denunciamos al Caso Almirón8, es decir, el intento de infiltración de la extrema derecha en Alianza Popular, lo que nos costó tres secuestros de la revista y, al año siguiente, sacamos el asunto de la mafia policial, el caso de corrupción más grave jamás detectado hasta entonces en el seno de la Policía española, con más de treinta agentes encarcelados. Hasta a Jesús de Polanco nuestro trabajo le pareció una acción encomiable y nos concedió el premio Ortega y Gasset, que rechazamos, lo que no fue obstáculo para que años más tarde uno de sus consejeros me llevara a los tribunales. En quince años de vida profesional viví siempre en el filo de la navaja, defendiendo los ideales de la concordia y la instauración de un régimen de libertades y de democracia para todos, que un individuo de gris intelecto, nefasto políticamente y metrosexual social, José Luis Rodríguez Zapatero, puede poner al borde del abismo en una legislatura.  
Todo el terror, el riesgo y las amenazas con una pistola clavada en la sien que sentí en aquel período de mi vida de iluso «salvador de una patria» en la que cupiéramos todos, sin exclusiones, no significaba nada al lado del dolor inmenso, la amargura inconsolable, la tragedia personal y humana de cualquiera de los personajes que aparecen a continuación en este libro y que se cuentan por millares. Porque, bajo el pretexto de acabar con la lacra de muertes de mujeres —condenables, lacerantes, terroríficas todas ellas—  al igual que las de los hombres, ese terror invisible que no se cuenta en los periódicos, el Gobierno ha instaurado un «estado de sitio» contra los 21.780.869 varones que viven en España, según el padrón municipal de 2005. Así, 400 hombres son detenidos todos los días, miles de ellos sometidos a «juicios de conformidad», que son pantomimas de juicio porque siempre salen culpables, centenares son ingresados en la cárcel, 26.000 son anualmente desterrados de sus barrios, y 140.000 registrados en los archivos de la Policía como delincuentes, aunque el 60% de ellos resultan absueltos en los juzgados penales, 20.000 se acogen a su derecho a no declarar para que el Estado no rompa sus familias. Todo ello ocurre en un clima en que las muertes en el seno de la familia, lejos de disminuir, han aumentado en más de un 50%, con cerca de un 40% de hombres que —perdido todo— asesinan a su mujer y luego se suicidan ellos. Y es que cuando todo el mundo habla de la mediación familiar, la custodia compartida, la detección precoz del maltratador y los programas educacionales para paliar el problema, el gobierno ha decidido matar moscas a cañonazos, meter en la cárcel a miles de hombres por una mínima riña familiar, culpabilizándoles indirectamente de la violencia más grave que comete una minoría, menos del dos por millón de la población masculina española. De todo eso y de otras cosas más trata este libro que no hubiera sido posible sin la ayuda de Sebastián Moreno, la colaboración de Ricardo Artola, Manolo Zazo, Carmen Dorta y Andrés Laína, y los desvelos de centenares de jueces, padres separados y divorciados, madres y hermanas angustiadas y otros centenares de personas que me contaron su caso. A todos ellos mi profundo agradecimiento. Y, como ya es un lugar común en este tipo de obras, los aciertos son de quienes me han ayudado, los errores e inexactitudes, exclusivamente míos.

Y éste, el enlace para descargarlo en PDF. Es un link directo al archivo, sin publicidad, sin trampa ni cartón. Pulsa sobre la portada. 






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