30 de agosto de 2011

55ª noche - El epitafio



El epitafio © Fernando Hidalgo Cutillas - 2011





 
TIEMPO EN HISTORIAS
 Los mejores cuentos y fábulas en un solo tomo

18 de agosto de 2011

54ª noche - Tabaco

Leía yo la prensa, sentado en un banco del parque, cuando se acercó un hombre a pedirme fuego. Por no ponerme a buscar el encendedor en los bolsillos le di mi cigarro, para que encendiera el suyo con la brasa. El sujeto la arrimó, aspiró un par de veces y, al devolverme el purito, me dijo: "No deberías fumar, amigo".  En respuesta di una profunda calada, con gesto de satisfacción. "No, en serio —insistió el tipo—,¿tú te has visto en el espejo?". Sospeché que el hombre no estaba en sus cabales y, desentendiéndome, volví a la lectura. Pero él siguió insistiendo: "Has conocido a fumadores que hayan muerto del pulmón, ¿verdad? ¡Cáncer! ¡Terrible...!".

Quedamos en silencio. Él seguía de pie, mirándome como si esperara una respuesta. Incómodo, por fin repliqué: "Sí, conozco casos. Pero tú también fumas. ¿A qué viene esa preocupación?". "Ahora, dime —continuó—, ¿alguno era calvo?". Me vino el recuerdo de algunos conocidos que habían muerto por esa enfermedad: Javier, mi querido Andrés, el viejo Lucas... Y de pronto caí en la cuenta: ¡ninguno de ellos era calvo! Todos lucían una magnífica cabellera antes de enfermar. Miré al desconocido con curiosidad, sorprendido por el hallazgo. Él me sonrió, se dio unas palmaditas en la calva y se alejó, fumando tranquilamente. 







Tabaco © Fernando Hidalgo Cutillas - 2011


 
TIEMPO EN HISTORIAS
 Los mejores cuentos y fábulas en un solo tomo

11 de agosto de 2011

53ª noche - Panikós

"A ver si escribes una historia con cien palabras", me ha retado Elisa.


De baja estatura y con la fuerza de un toro, su cara de viejo en un cuerpo juvenil hacía de su edad un enigma. Le acertaron el nombre: Panikós, pues pánico producía su presencia. Con un émbolo de hierro y un mazo, remataba a los heridos sin remedio de un golpe en la nuca. Unos decían que disfrutaba; otros, que bebía para soportarlo. Todos lo rehuían pero, próxima la batalla, le daban unas monedas: “Acuérdate de mí”. Las tomaba sin mirarlos y seguía bebiendo y maldiciendo a los dioses.

Panikós © Fernando Hidalgo Cutillas - 2011

 
TIEMPO EN HISTORIAS
 Los mejores cuentos y fábulas en un solo tomo

9 de agosto de 2011

52ª noche - ¿Quién es el asesino?

A ver si descubres quién es el asesino. Hay que fijarse en todo...



4 de agosto de 2011

51ª noche - Perfección

Hay quien dice que la perfección no existe. No han visto al Cirque du Soleil.



31 de julio de 2011

50ª noche - La carta

   —¿Ya, señorita?
   —Espera un poco, Juani. Ya mismo termino —dijo Elisa, mirándose al espejo—. ¿Qué tal estoy? —añadió, mostrándose de frente a la joven criada.
   —Está muy bella, señorita Elisa —exclamó Juanita, y volvió a preguntar— ¿Ya?
   —Está bien —concedió la joven—, ¡vamos!
   Ambas abandonaron el baño y se dirigeron a una salita, donde Elisa se sentó al lado de un pequeño escritorio. Juani sacó de su bolsillo un sobre bastante arrugado y se lo entregó. Estaba sin abrir. Elisa lo rasgó y sacó de él una hoja de papel cuadriculado, escrita a lápiz. 

   —Mi muy querida Juanita, dos puntos —leyó Elisa—, espero que al recibo de estas... ¡Juani! No pongas esa cara de boba. Anda, siéntate ahí —ordenó, señalando una silla al otro lado de la mesa.
   Juani obedeció sentándose, pero la expresión de su cara no cambió sino para embobarse aún más. Dándola por imposible, Elisa continuó:
   —... espero que al recibo de estas líneas se encuentre usted bien de salud. No le pregunto por los suyos porque sé que está sola en el mundo, sin más familia que esas buenas personas que la tienen en su casa. Que Dios las bendiga. Parece un chico bien educado —comentó Elisa.
   —Es muy formal, un caballero... —apostilló Juani—. Siga, por favor, siga.
   —Desde que llegué al cuartel he hecho algunos amigos y las cosas no andan mal. No me sobra tiempo, trajinamos todo el día de una cosa a otra sin apenas descanso, así que sólo puedo sacar un momento para escribirla por la noche. Dentro de pocos minutos apagarán las luces y he de ser breve. No puedo andar con rodeos. Quiero...
   —Señorita Elisa, ¿qué quiere decir breve? —interrumpió Juani.
   —Humm, corto, rápido... que ha de darse prisa. Sin luz no se puede escribir. ¿Entiendes?
   —Ya... pobrecillo —exclamó Juani, conmovida.
   —Quiero pedirle permiso para escribirla con frecuencia y saber si puedo esperar de usted que responda a mis cartas. Desde que la conocí no he podido pensar en otra cosa que en usted y este inoportuno servicio de armas al que me veo obligado me está resultando la condena más insufrible. Sólo me alivia pensar que dentro de dos años volveré a ser libre y si usted, querida Juanita, tiene a bien aguardarme me llenaría de felicidad. Dígame que puedo tener esperanza y encenderá en mi corazón una luz eterna... ¡Vaya!, debieron de apagar la luz porque lo que sigue apenas se entiende—comentó Elisa, divertida.
   Juani bajó de la nube.
   —¡Oh, qué pena! ¿No se lee? —exclamó la muchacha con tristeza.
   —Parece que pone No puedo seguir...por favor con.... contésteme. Suyo siempre... afec...afectísimo; sí, eso pone. Y firma Joaquín Río —concluyó Elisa, poniendo de nuevo la carta en el sobre, que entregó a Juanita. Esta lo guardó como un tesoro en su delantal y preguntó, tímidamente
   —¿Me escribirá la respuesta, señorita Elisa?
   —Claro que sí, pero mañana. Ahora he de salir. Prepárame el abrigo.

   Durante todo el día siguiente Juanita estuvo rondando a Elisa. Le daba apuro insistir pero era superior a sus fuerzas. En cada mirada, en cada gesto podía leerse ¿ya?, ¿ya?, ¿ya?... Por fin Elisa dijo:
   —Ya. Trae la carta que vamos a contestar a tu novio.
   —¡Mi novio! —repitió Juanita, ruborizándose—. Si apenas nos conocemos...
   —Eso es verdad, Juani. Por si acaso, no te hagas muchas ilusiones. Aún no sabes cómo son los hombres.
   El rostro de Juanita se ensombreció por un momento. Fue a su cuarto y volvió con el mismo sobre del día anterior, aunque mucho más arrugado.
   —En realidad no lo necesitamos. Estoy segura de que recuerdas muy bien todo lo que pone. ¿Qué quieres decirle? —preguntó Elisa, cogiendo una hoja de papel de una carpeta.
   Juanita se puso nerviosa; ella no sabía qué decir, ni qué hacer. Sólo sabía que Joaquín le gustaba, pero intuía que decir eso no estaría bien.
   —No sé, señorita Elisa —dijo la sirvienta, mirando el papel con apuro...
   —Vamos a ver, ¿tú quieres que él siga escribiéndote? Ya sabes lo que este chico busca, ¿no? ¿Tú estás de acuerdo?
   Juanita seguía sin saber qué decir, retorciéndose en un mar, no de dudas, sino de inseguridades.
   —¡Pero qué boba eres, Juani! ¿Quieres a este hombre, sí o no? —La pregunta de Elisa sonó como un ultimátum.
   —Sí le quiero —dijo por fin la muchacha, tímidamente...
   —Pues venga, vamos a decírselo...
   —Ponga usted lo que le parezca —pidió Juanita, llena de vergüenza.
   —Está bien... —Elisa garabateó durante unos minutos sobre el folio blanco. 
   Juanita miraba, sin entender nada, admirando los bellos trazos que la plumilla dejaba en azul oscuro sobre el papel. Sintió orgullo al imaginar a Joaquín recibiendo su carta, tan bien presentada, tan femenina y elegante.
   —A ver si te gusta —dijo Elisa tras terminar el escrito, y leyó en voz alta:

   Querido amigo Joaquín, me alegro tanto de que esté usted bien y haya hecho buenas amistades entre sus compañeros. Estoy segura de que, siendo un hombre tan valiente y honrado, dejará una huella imborrable allí por donde pase. No vea estos dos años como una condena sino como una oportunidad de conocer más mundo. Recibiré sus cartas con agrado y las contestaré si con ello alivio su pena. Nada me gustaría más que a su regreso pudiésemos reanudar nuestra amistad, interrumpida por sus obligaciones. Espero ese momento con gran ilusión. Reciba mi más afectuoso saludo

   —Y tu firma, o sea: Juanita. ¿Qué te parece? —inquirió Elisa.
   —Bien... ¿No es un poco fría? Yo lo amo... —dijo Juanita, menos tímida que al principio
   —Una señorita no puede decir según qué cosas —aleccionó Elisa—, ya habrá tiempo. Además, él tampoco dice nada. Sólo te pide permiso para escribirte y tú se lo das. No hay que decir más.
   —Ya —comprendió Juanita, un poco decepcionada—, está bien. ¿Puede leérmela otra vez?
   Elisa releyó el texto despacio, pensando que la muchacha querría aprenderlo de memoria.
   Juanita escuchó con atención y por fin sonrió. Elisa tenía razón, una señorita no puede decir más, por el momento. Esperó pacientemente a que Elisa terminase de poner las señas en el sobre.
   —Gracias, muchas gracias, señorita Elisa. ¿Puedo acercarme un momento a la estafeta para echar la carta hoy mismo? —Nadie hubiese sido capaz de negarse a una solicitud tan sentida.
   —Ve, corre —concedió Elisa, con una sonrisa. Juani voló por la puerta.


   —¿Qué estabas haciendo, hija? —preguntó doña Mercedes, al entrar a la salita.
   —Escribía una carta al novio de Juani. No te lo he contado aún. Juani recibió ayer carta de un caballero —lo dijo con cierta sorna—, interesándose por ella.
   —¡Qué pena! —exclamó doña Mercedes—, con lo mal que está el servicio. Chica que se casa, ¡adiós!
   —Bueno, no te preocupes mucho por eso —respondió Elisa, con una carcajada—. No creo que la cosa vaya adelante.

   Semanas después, en un cuartel de Santiago de Cuba, un soldado recibía una carta de Madrid. La remitía Juanita Celaya. La abrió rápidamente, ilusionado, y leyó lo que sigue:

   Querido amigo Joaquín, me alegro tanto de que esté usted bien y haya hecho buenas amistades entre sus compañeros. Estoy segura de que siendo un hombre tan valiente y honrado dejará una huella imborrable allí por donde pase. No vea estos dos años como una condena sino como una oportunidad de conocer más mundo. No obstante, lamento decirle que no tengo interés en su correspondencia por lo que le agradeceré que no me escriba más. Hay otra persona en mi corazón. Espero que me comprenda. Reciba mi más afectuoso saludo.


 
La carta © Fernando Hidalgo Cutillas 2008


 
TIEMPO EN HISTORIAS
 Los mejores cuentos y fábulas en un solo tomo

26 de julio de 2011

49ª noche - El muñeco

    Dicen que tres traslados equivalen a un incendio; en las cosas que se pierden, quieren decir. Por nuestro trabajo, Elisa y yo ya llevamos cuatro, en poco más de doce años. Tienen bastante razón, cada vez que repasas y empaquetas absolutamente todo lo que arrastras, uno se cuestiona si vale la pena conservar aquellos libros que ya leyó y no volverá a leer jamás, aquella lámpara de pie horrible que nos regalaron, aún precintada en su caja, el Scalextric con el que yo pasaba las tardes de vacaciones cuando era pequeño o la máquina de escribir que ya nunca vamos a usar. 
   En el primero de estos traslados, entre los objetos del altillo apareció una vieja muñeca de trapo, desgarbada y con las ropitas bastante raídas. Algún viejo recuerdo de Elisa, pensé, y la lancé sin más al cajón de desechos, pensando que a ella no le importaría.
   Cuando nos disponíamos a bajar el cajón al contenedor y Elisa vio la muñeca entre los demás trastos, dio un respingo como si la hubiesen pinchado con un alfiler.
   —¡Mi Florita! —exclamo, mientras la recogía y la apretaba contra su pecho.
   No dijo más. No hacía falta. La miré y vi a la niña que había sido. Que siempre será.
   Desde entonces, la muñeca es lo primero que empaquetamos.

    Cristina tenía un muñeco parecido en todo a un bebé. Lloraba, tomaba biberones, movía los ojos, hasta hacía pipí y moqueaba. A ratos dormía y, al despertar, agitaba brazos y piernas balbuceando “upa”. Si lo cogía en brazos sonaba una risita y si no, un estridente berrinche. Todo el mundo estaba encantado con el muñeco, cuyo tacto y aspecto tanto semejaba al de una criatura, hasta el punto en que quienes lo veían por primera vez lo confundían con un auténtico bebé. Se lo regalaron en su sexto cumpleaños, poco después de la pasada Navidad. La pequeña estaba fascinada con Tino, que así lo había bautizado, y le dedicaba toda su atención. En su mundo infantil era un miembro más de la familia, como mamá, papá y su hermano.

    Andrés, cinco años mayor que Cristina, era buen estudiante y un muchacho inteligente, según sus profesores. Las habilidades del muñeco despertaron en él una enorme curiosidad. No podía imaginar cómo era posible que un trozo de goma hiciese tantas cosas y tan oportunamente. Un día, aprovechando la ausencia de todos, quiso saber por qué el muñeco parecía vivo, qué extraña cosa hacía posible que comiese, llorase y se callase cuando lo mecían. Lo llevó a su habitación y con ayuda de un cuchillo y un pequeño destornillador fue abriendo y desmontando sus piezas. Al cabo de un rato el muñeco se había convertido en un montón de trozos de goma, de cable, de finos tubos de plástico, una caja de pilas, un pequeño altavoz, una especie de canicas que formaban los ojos... y por supuesto ya no hacía nada. Ya ni siquiera era un muñeco.

    Es fácil imaginar el disgusto que tuvo la pequeña al volver a casa. Lloró sin consuelo durante mucho rato. Después se acercó a los restos del muñeco y los miró con frialdad. Cogió todo y lo lanzó a la basura. No volvió a llorar pero, triste y ensimismada, no era la misma que siempre.

    Los padres, después de reñir y castigar concienzudamente al hijo mayor, creyeron que debían sustituir el muñeco estropeado por otro igual; o mejor, si era posible. Al día siguiente fueron a la tienda de juguetes y compraron un muñeco muy similar pero aún más sofisticado. Este era capaz de aprender a decir algunas palabras, de sonreír y de algunas otras monerías añadidas. A pesar de ello, cuando Cristina lo recibió no mostró apenas interés por su nuevo bebito, ni siquiera le puso nombre. Andrés fue advertido del grave problema que tendría si se acercara a menos de un metro del muñeco.

    A los pocos días la madre sonrió, satisfecha, al ver que Cristina parecía recuperada. Había cogido el muñeco y llevaba un buen rato jugando con él, a solas en su habitación. Cuando se acercó con sigilo para disfrutar de la escena vio algo que la sobrecogió. La niña, con las toscas tijeras de uso escolar, estaba despanzurrando al muñeco nuevo. Los padres no se hubieran alterado más si hubiese sido un bebé de carne y hueso.

    Inmediatamente concertaron una entrevista con el psicólogo infantil y al día siguiente llevaron a Cristina a la consulta. Hubo preguntas, test y entrevistas con todos, incluido Andrés.

    Pasados unos días, volvieron para recoger los resultados y recibir el dictamen del especialista. El psicólogo, sentado en su escritorio frente a los padres, hojeó los informes antes de empezar a hablar.
    —Cristina es una niña normal y todo lo que ha sucedido es normal. No tienen por qué preocuparse.
    Percibió desconfianza en la mirada de ambos padres, y se apresuró a proseguir.
    —Cristina tomó al primer muñeco como a un hermanito. Los niños tienen gran imaginación y la viven con intensidad, pero el muñeco tenía una apariencia tan real que apenas tuvo que usarla. Para Andrés, sin embargo, Tino era sólo un muñeco con unas extraordinarias cualidades cuyo funcionamiento lo asombraba y no comprendía. Andrés no tenía intención de hacer daño cuando destrozó el muñeco, sólo lo abrió para ver de qué modo funcionaba, como hubiese abierto cualquier otra cosa que despertase su curiosidad. ¿No había hecho antes alguna travesura de este tipo?
    —Sí —respondió el padre—, varias veces. Siempre está desmontando aparatos, que después ya no sirven para nada.
    —¿Lo ve…? En realidad Andrés jugó también con el muñeco, pero a un juego distinto. Tino era un juguete y ambos hermanos jugaron con él, cada uno a su manera.
    —Pero Cristina destrozó el segundo muñeco que compramos… —señaló la madre, poco convencida.
    —Porque ahora Cristina ha visto lo que realmente son esos muñecos y ya no puede revivir la misma fantasía con la que envolvió al primero. No podía jugar con el muñeco nuevo como jugó con el otro, ya no podía imaginarlo como a un bebé real. Igual que antes su hermano, ella sintió curiosidad y jugó a verle las tripas. Eso fue todo.
    —¿Y no le ocasionará algún problema? ¿Nunca más querrá jugar como antes? —indagó el padre, alarmado.
    —Cuando un muñeco es un trozo de trapo o de cartón, los niños de cualquier edad comprenden el juego y usan la imaginación sin problemas. Puedes arrancarle la cabeza, coserla al revés y seguirá siendo su querido muñeco. Pero cuando es tan perfecto como era Tino, los niños pequeños se desorientan. Déjenla usar la imaginación. Compren a Cristina un muñeco de trapo y verán como todo vuelve a la normalidad.


   Satisfechos por la amplia explicación del psicólogo, los padres se despidieron de él y regresaron a casa con los niños. Era un corto paseo.
   —¿Lo ves, mujer? Es normal, no pasa nada... —insistía el esposo, quitando importancia.
   Ella asentía en silencio, aunque no podía librarse de la imagen de Cristina destripando al muñeco, con aquella extraña expresión en la cara...

   Cenaron y acostaron a los pequeños antes de disfrutar de un ratito de televisión. Con el ruido de la película ninguno de los dos oyó a la niña salir de su cuarto, dirigirse a la cocina y entrar después sigilosamente en el dormitorio de Andrés.
El muñeco © Fernando Hidalgo Cutillas 2009

 
TIEMPO EN HISTORIAS
 Los mejores cuentos y fábulas en un solo tomo