26 de julio de 2011

49ª noche - El muñeco

    Dicen que tres traslados equivalen a un incendio; en las cosas que se pierden, quieren decir. Por nuestro trabajo, Elisa y yo ya llevamos cuatro, en poco más de doce años. Tienen bastante razón, cada vez que repasas y empaquetas absolutamente todo lo que arrastras, uno se cuestiona si vale la pena conservar aquellos libros que ya leyó y no volverá a leer jamás, aquella lámpara de pie horrible que nos regalaron, aún precintada en su caja, el Scalextric con el que yo pasaba las tardes de vacaciones cuando era pequeño o la máquina de escribir que ya nunca vamos a usar. 
   En el primero de estos traslados, entre los objetos del altillo apareció una vieja muñeca de trapo, desgarbada y con las ropitas bastante raídas. Algún viejo recuerdo de Elisa, pensé, y la lancé sin más al cajón de desechos, pensando que a ella no le importaría.
   Cuando nos disponíamos a bajar el cajón al contenedor y Elisa vio la muñeca entre los demás trastos, dio un respingo como si la hubiesen pinchado con un alfiler.
   —¡Mi Florita! —exclamo, mientras la recogía y la apretaba contra su pecho.
   No dijo más. No hacía falta. La miré y vi a la niña que había sido. Que siempre será.
   Desde entonces, la muñeca es lo primero que empaquetamos.

    Cristina tenía un muñeco parecido en todo a un bebé. Lloraba, tomaba biberones, movía los ojos, hasta hacía pipí y moqueaba. A ratos dormía y, al despertar, agitaba brazos y piernas balbuceando “upa”. Si lo cogía en brazos sonaba una risita y si no, un estridente berrinche. Todo el mundo estaba encantado con el muñeco, cuyo tacto y aspecto tanto semejaba al de una criatura, hasta el punto en que quienes lo veían por primera vez lo confundían con un auténtico bebé. Se lo regalaron en su sexto cumpleaños, poco después de la pasada Navidad. La pequeña estaba fascinada con Tino, que así lo había bautizado, y le dedicaba toda su atención. En su mundo infantil era un miembro más de la familia, como mamá, papá y su hermano.

    Andrés, cinco años mayor que Cristina, era buen estudiante y un muchacho inteligente, según sus profesores. Las habilidades del muñeco despertaron en él una enorme curiosidad. No podía imaginar cómo era posible que un trozo de goma hiciese tantas cosas y tan oportunamente. Un día, aprovechando la ausencia de todos, quiso saber por qué el muñeco parecía vivo, qué extraña cosa hacía posible que comiese, llorase y se callase cuando lo mecían. Lo llevó a su habitación y con ayuda de un cuchillo y un pequeño destornillador fue abriendo y desmontando sus piezas. Al cabo de un rato el muñeco se había convertido en un montón de trozos de goma, de cable, de finos tubos de plástico, una caja de pilas, un pequeño altavoz, una especie de canicas que formaban los ojos... y por supuesto ya no hacía nada. Ya ni siquiera era un muñeco.

    Es fácil imaginar el disgusto que tuvo la pequeña al volver a casa. Lloró sin consuelo durante mucho rato. Después se acercó a los restos del muñeco y los miró con frialdad. Cogió todo y lo lanzó a la basura. No volvió a llorar pero, triste y ensimismada, no era la misma que siempre.

    Los padres, después de reñir y castigar concienzudamente al hijo mayor, creyeron que debían sustituir el muñeco estropeado por otro igual; o mejor, si era posible. Al día siguiente fueron a la tienda de juguetes y compraron un muñeco muy similar pero aún más sofisticado. Este era capaz de aprender a decir algunas palabras, de sonreír y de algunas otras monerías añadidas. A pesar de ello, cuando Cristina lo recibió no mostró apenas interés por su nuevo bebito, ni siquiera le puso nombre. Andrés fue advertido del grave problema que tendría si se acercara a menos de un metro del muñeco.

    A los pocos días la madre sonrió, satisfecha, al ver que Cristina parecía recuperada. Había cogido el muñeco y llevaba un buen rato jugando con él, a solas en su habitación. Cuando se acercó con sigilo para disfrutar de la escena vio algo que la sobrecogió. La niña, con las toscas tijeras de uso escolar, estaba despanzurrando al muñeco nuevo. Los padres no se hubieran alterado más si hubiese sido un bebé de carne y hueso.

    Inmediatamente concertaron una entrevista con el psicólogo infantil y al día siguiente llevaron a Cristina a la consulta. Hubo preguntas, test y entrevistas con todos, incluido Andrés.

    Pasados unos días, volvieron para recoger los resultados y recibir el dictamen del especialista. El psicólogo, sentado en su escritorio frente a los padres, hojeó los informes antes de empezar a hablar.
    —Cristina es una niña normal y todo lo que ha sucedido es normal. No tienen por qué preocuparse.
    Percibió desconfianza en la mirada de ambos padres, y se apresuró a proseguir.
    —Cristina tomó al primer muñeco como a un hermanito. Los niños tienen gran imaginación y la viven con intensidad, pero el muñeco tenía una apariencia tan real que apenas tuvo que usarla. Para Andrés, sin embargo, Tino era sólo un muñeco con unas extraordinarias cualidades cuyo funcionamiento lo asombraba y no comprendía. Andrés no tenía intención de hacer daño cuando destrozó el muñeco, sólo lo abrió para ver de qué modo funcionaba, como hubiese abierto cualquier otra cosa que despertase su curiosidad. ¿No había hecho antes alguna travesura de este tipo?
    —Sí —respondió el padre—, varias veces. Siempre está desmontando aparatos, que después ya no sirven para nada.
    —¿Lo ve…? En realidad Andrés jugó también con el muñeco, pero a un juego distinto. Tino era un juguete y ambos hermanos jugaron con él, cada uno a su manera.
    —Pero Cristina destrozó el segundo muñeco que compramos… —señaló la madre, poco convencida.
    —Porque ahora Cristina ha visto lo que realmente son esos muñecos y ya no puede revivir la misma fantasía con la que envolvió al primero. No podía jugar con el muñeco nuevo como jugó con el otro, ya no podía imaginarlo como a un bebé real. Igual que antes su hermano, ella sintió curiosidad y jugó a verle las tripas. Eso fue todo.
    —¿Y no le ocasionará algún problema? ¿Nunca más querrá jugar como antes? —indagó el padre, alarmado.
    —Cuando un muñeco es un trozo de trapo o de cartón, los niños de cualquier edad comprenden el juego y usan la imaginación sin problemas. Puedes arrancarle la cabeza, coserla al revés y seguirá siendo su querido muñeco. Pero cuando es tan perfecto como era Tino, los niños pequeños se desorientan. Déjenla usar la imaginación. Compren a Cristina un muñeco de trapo y verán como todo vuelve a la normalidad.


   Satisfechos por la amplia explicación del psicólogo, los padres se despidieron de él y regresaron a casa con los niños. Era un corto paseo.
   —¿Lo ves, mujer? Es normal, no pasa nada... —insistía el esposo, quitando importancia.
   Ella asentía en silencio, aunque no podía librarse de la imagen de Cristina destripando al muñeco, con aquella extraña expresión en la cara...

   Cenaron y acostaron a los pequeños antes de disfrutar de un ratito de televisión. Con el ruido de la película ninguno de los dos oyó a la niña salir de su cuarto, dirigirse a la cocina y entrar después sigilosamente en el dormitorio de Andrés.
El muñeco © Fernando Hidalgo Cutillas 2009

 
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3 comentarios:

Arora dijo...

Veo que tocas todos los palos.... qué gracioso.....
Brazos

B. Miosi dijo...

Este final es escalofriante, Fernando, ¡Bárbaro!

Vaya con los niños de ahora, en lo que uno se descuide...

Besos1
Blanca

Antony Sampayo dijo...

Fantástico, Panchi, este final es genial, digno de tan atrapante argumento.

Abrazos.