14 de junio de 2015

97ª noche - Despertar


 

En mis primeros recuerdos aparece un hombre, un buhonero tullido que recorría los pueblos con una carreta. Si cierro los ojos, aún puedo verlo, dormido al fondo del carro.  Un día me abandonó en un cruce de caminos. Yo tenía entonces seis años.

Me recogieron dos mujeres, madre e hija, que se apiadaron y me llevaron a su casa; mejor diría su choza, que no cabe otro nombre para el cuchitril donde pasé los años siguientes. Raquel, la mayor de las dos, fue lo más parecido a una madre que tuve en mi infancia.

Vivían solas, a una legua del pueblo más cercano, del fruto de unas pocas tierras que cultivaban a tercias con el amo y de un pequeño rebaño de ovejas y algunas cabras de cuyo pastoreo me encargaron cuando tuve la edad. Nada abundaba allí más que las chinches, pero no faltaban un vaso de leche al levantarse ni un trozo de queso para el almuerzo, que yo estiraba con un buen mendrugo del pan que Raquel cocía cada dos semanas. Ni las cebollas a diario, con algo de carne los domingos, que, después de horas de hervir en el puchero, no resultaba tan dura y correosa como de cabra vieja. Su hija, Catalina, hubiera parecido hermosa de no ser zamba. Yo nunca había visto a alguien como ella, que, pasándome en unos cinco años, se conducía como una niña pequeña.
De tarde en tarde, Raquel iba al pueblo a hacer algún recado. La mujer tardaba casi todo el día, que la muchacha y yo empleábamos en ordeñar el ganado, atender las tareas de la casa y jugar en el tiempo sobrante. En una de esas ocasiones —contaría yo diez u once años—, jugábamos a escondernos alrededor de la cabaña en un día muy caluroso. Ambos sudábamos a chorros. Catalina, pese a sus piernas deformes, corría como un galgo y no tardó en descubrirme, alcanzarme y sujetarme con fuerza. Tras la risa de la victoria, arrugó la nariz y me dijo:
—Apestas. —Y debía de ser verdad, en varios días sólo me había lavado  cara y manos, como era costumbre.
La olfateé y respondí:
—Tú también.
 Hizo una mueca de desagrado; después me arrastró hacia la piedra donde Raquel molía el grano, plana y bastante grande, protegida bajo un cobertizo.
—Espera —pidió. Fue al aljibe y regresó con un caldero lleno de agua—. Vamos a lavarnos. —Y empezó a despojarse de la ropa.
 Yo, que nunca antes había visto a una mujer desnuda, me quedé pasmado viendo aparecer aquellas carnes blancas como la nieve bajo el sayo que se quitó con rapidez.
—¡¡Vamos!! —apremió al ver mi estupor.
Qué apuro sentí, nunca me había desnudado delante de una mujer. Catalina se acercó a mí y en un momento me arrancó toda la ropa. Después me ordenó que me echara sobre la piedra y, con un trapo empapado en agua y algo de jabón, me fue frotando por todas partes. Yo trataba de ocultar con la mano la entrepierna, pero Catalina dijo que era parte principal de la higiene. Apartó mi mano y, con el trapo, se dedicó a una limpieza esmerada. Mi pequeño ariete jamás se había visto en trance similar; se puso hinchado y reventón, con unas intensas ganas de orinar. Lo miré, sorprendido por el tamaño que estaba tomando mientras ella se reía y lo limpiaba una y otra vez, arriba y abajo. Las ganas de mear eran cada vez mayores, pensé que no podría aguantarlas, cuando ella paró y anunció que era su turno.
Medio enjabonado, me levanté y le cedí el sitio. Un poco más alta que yo, se estiró desnuda sobre la piedra, dejando las piernas colgando en el canto. Me dio el trapo jabonoso y con un gesto me señaló el caldero. Con delicadeza, algo asustado, empecé a frotarla. Catalina, con los ojos cerrados, sonreía y, a medida que el trapo iba bajando por su cuerpo, empezó a reír a carcajadas. Me pareció que se burlaba y paré. Ordenó:
—Sigue, tonto. —Y tomando mi mano, me arrancó el trapo, la dirigió hacia las ingles, donde la piel estaba cubierta por un tupido y corto vello oscuro, y presionó mis dedos sobre ella.
Yo nunca había sentido nada igual, aquello me embelesaba, pero por otro lado me sentía raro y las enormes ganas de orinar no hacían más que crecer. Cuando, dirigida con fuerza por las de ella, mi mano se aplastó contra su sexo, no pude contenerme más.
—¡Tengo que mear! —grité, echando a correr. Ya se me escapaban las primeras gotas de una orina que parecía fuego.
—¡Pero qué bobo eres! —la oí decir mientras me fugaba.
Al rato reaparecí, vestido; ella también se había puesto de nuevo la ropa, y pasamos el resto del día cada uno en lo suyo, sin apenas hablar, hasta que regresó Raquel. De vez en cuando me miraba de un modo que me pareció burlón. Yo estaba algo enojado, con una mezcla de sensaciones difícil de explicar. Durante la tarde oriné a menudo, con cierto escozor, hasta pensé que podría estar enfermando. Y, cada vez, un alivio extraño me recorría. Al acostarme no pude dormir, obsesionado con lo sucedido. Nada era comparable a aquella desconocida sensación. Maquinalmente, reproduje con la mano los roces que Catalina había realizado en mi cuerpo, a la vez que recordaba el suyo. De nuevo el miembro se hinchó y al cabo de poco rato volvieron las ganas incontenibles de mear. Aquello era muy inquietante... y muy agradable. Salí a orinar al lado del aprisco, volví a la cama y me dormí por fin.
Nada volvió a ser como antes. A partir de aquel día, esa nueva sensación quedó fija en mis pensamientos y no hubo noche en que, antes de dormir, no pasara un rato buscándola. Con el tiempo supe que eso es normal, pero entonces pensaba que había hecho un hallazgo extraordinario que sólo yo conocía y practicaba. Y que, por supuesto, era algo que debía ocultar a todos. Comprendí que, si bien el roce me excitaba, lo que realmente producía aquella ola de placer era el recuerdo del contacto con Catalina y con su sexo. Yo fantaseaba con un nuevo encuentro, pero no me atrevía a proponérselo, y ella parecía distante desde que aquello sucedió, aunque a veces la descubría observándome mientras yo estaba distraído.
Unas semanas después, Raquel hubo de volver al pueblo. Nos dejó solos de nuevo, con todo el día por delante. Catalina limpió la casa mientras yo ordeñaba las ovejas, y después vino a ayudarme, en silencio. A punto de terminar, sin alzar la vista del cubo donde recogía la leche, me dijo con sorna:
—Eres un miedica, Daniel.
Pensé que tenía algo de razón.
—Me puse malo —dije a modo de disculpa—. Podríamos lavarnos ahora —sugerí.
—Hoy soy yo quien está mala. —Se alzó la enagua y, sin pudor, me mostró el sexo, del que salían unos hilos de sangre. Me asusté mucho.
—¿¡Qué te pasa!? ¿Lo sabe tu madre?
Ella se rió.
—Claro que lo sabe. Esto nos pasa a las mujeres cada mes, mientras somos jóvenes. Dura varios días, en los que no se puede mojar el cuerpo porque se podría una morir.
—Vaya... ¡Qué cosa más rara! Si me saliera sangre de esa forma creo que me moriría aun sin mojarme; sólo del susto.
Catalina volvió a reír.
—Eres muy asustadizo, Daniel. No te saldrá sangre, pero pronto te saldrá otra cosa. Y más de una vez al mes.
—¿Sí...? ¿Qué? —pregunté con curiosidad.
Ella dio un apretón a la ubre que tenía en la mano, que soltó un chorrito blanco y, mirándome con picardía, dijo:
—¡Ya lo verás!
Cogió el cubo y fue hacia la casa, dejándome en un mar de dudas. ¿Leche?
Casi nunca me llevaban al pueblo, pues Raquel quería evitar preguntas e inmiscusiones y, las pocas veces que fui, decía que era el hijo de algún familiar que estaba de visita. Yo crecía en un entorno cerrado con esas dos mujeres , sin hombres, y no podía imaginar qué podría traer el futuro, que no fuese cuidar del rebaño. No había pensado en ello y las palabras de Catalina hicieron que me lo planteara por primera vez. Me estaba convirtiendo en un hombre, pero yo no sabía bien qué era eso.
Raquel iba a menudo al campo y recogía hierbajos que luego secaba al sol, trituraba y conservaba en bolsitas de tela. También traía insectos o pequeñas alimañas que trataba del mismo modo. Yo había observado que, cuando debía ir al pueblo, desde unos días antes preparaba cocimientos que, después de colados, guardaba en botellas de vidrio. La casa apestaba de modo nauseabundo mientras preparaba los brebajes. Cuando le preguntaba, me decía que era para que creciesen mejor los tomates, pero yo sabía que no era verdad, porque nunca la vi echar aquel caldo sobre los tomates, sino ponerlo en pequeños frascos que cerraba cuidadosamente y llevaba después al pueblo en el zurrón. Era muy misterioso y Raquel nunca hablaba de ello.
Al final del otoño los viajes de la mujer se hicieron más frecuentes, y también el tiempo que Catalina y yo pasábamos a solas. Aunque ella siempre me había parecido boba, era mayor que yo y comprendí que sabía algunas cosas que yo ignoraba, por las que sentí curiosidad. Desde el día del baño, meses atrás, ella no volvió a mostrar interés en jugar conmigo de aquel modo, era yo quien buscaba repetirlo y ella quien, por uno u otro motivo, lo rechazaba.
Un día le pregunté
—¿Y tú cómo sabes de hombres?
Esbozó una sonrisa enigmática, pero no dijo nada hasta que insistí.
—¿Es que no has visto nunca a ninguno? —respondió con jactancia.
—¿Un hombre en esta casa? No.
—No eres el único que aprovecha estos pastos, ¿sabes? —añadió con misterio. Recordé haber visto de lejos a algún pastor en el valle.
—¿Y tú y él...?
—¡Claro! ¿Crees que soy tonta? Es un hombre hecho y derecho. Él me enseña.
—Pues enséñame tú a mí.
—Eres demasiado chico todavía.
—¡Que no! Soy un hombre, ya lo verás... Pronto cumpliré doce años.
—Cuando seas mayor  —sentenció con aire de superioridad.
En invierno los días eran cortos y, con los campos helados, no había mucho que hacer. Las ovejas comían la cebada que yo había almacenado antes de que cayeran las primeras nieves y parían sus corderitos en el establo. Pasábamos los días dentro de la choza, las mujeres dedicaban el tiempo libre a coser y remendar y yo, a tallar figuritas de madera a partir de raíces o ramas de forma caprichosa. Por las tardes, Raquel nos contaba historias. Decía que, de joven, había trabajado con los cómicos, con quienes recorrió los corrales de media España, y que aún sabía de memoria algunos de los textos que entonces interpretaba:
Dulces señores míos, tras cien males
hasta aquí de Numancia padecidos,
que son menores los que son mortales,
y en los bienes también que ya son idos,
siempre mostramos ser mujeres vuestras,
y vosotros también nuestros maridos.
¿Por qué en las ocasiones tan siniestras
que el cielo airado agora nos ofrece,
nos dais de aquel amor tan cortas muestras?...
Raquel se transformaba al recitar, como si no fuera ella. Catalina no prestaba apenas atención pero yo la escuchaba embobado, sintiendo que había mucha fuerza en aquellas palabras, aunque no las comprendía. Le pedía que me explicara cómo eran las ciudades en las que había estado, y las gentes que en ellas había conocido. Raquel contaba historias maravillosas y yo hubiera querido que aquellos momentos no acabasen nunca.
Con mucha paciencia, me enseñaba a leer en alguno de sus viejos  libros. Los leía una y otra vez. Tenía varios, recuerdo que por entonces usábamos uno titulado Calila e Dimna, que yo llevaba siempre en el morral, en cuya última página ella había escrito de su puño y letra las tablas de multiplicar. A falta de papel y tinta, a menudo afilaba alguna de las pequeñas ramas carbonizadas del hogar y me animaba a escribir con ella en las paredes, que cada cierto tiempo encalaba. Me decía:
—Un día saldrás de este pequeño rincón y conocerás el mundo. Has de prepararte para eso.
Insistía en que pusiese interés en aprender cuanto pudiera. Y que me apartara de las malas personas... Entonces callaba y, por su gesto, yo comprendía que la asaltaban malos recuerdos. Pero nunca me atreví a preguntarle por ello.
Yo no era consciente entonces del diferente trato que nos daba a Catalina y a mí, a pesar de ser ella su hija. Nunca la vi dedicarse a la muchacha, ni poner interés en su preparación, más allá de las tareas de la casa. No fue hasta mucho más adelante que comprendí que entre ellas debía de existir algún motivo para esa indiferencia.
En los veranos todo era distinto. Cuando los pastos se secaban en el valle, yo debía llevar el rebaño a tierras más altas donde a veces pasaba varios días. Me gustaba estar en plena naturaleza, descifrando los libros que me diera Raquel. A partir de septiembre, alguna de las ovejas se portaba de modo extraño y olía de manera especial. Entonces el carnero la montaba, mientras ella se estaba muy quieta. Nunca vi a ninguna quejarse ni rechazar al macho como Catalina me rechazaba a mí. Había pasado tanto tiempo desde mi juego con la muchacha que parecía que ella lo hubiera olvidado y ya no estuviera en sus planes repetirlo; pero yo, que me hacía mayor, no me resignaba a seguir consolándome con fantasías solitarias, estaba decidido a hacer como el carnero en la primera ocasión y Catalina no podría negarse porque era la única hembra. Con estas ideas regresaba a la choza, pero una vez allí, ante las dos mujeres se desinflaba mi determinación. Con Raquel en casa a todas horas, no veía modo.
Al final del verano, todos los años la mujer dedicaba una tarde a contar las monedas que guardaba en una alcancía rota y las amontonaba en varias pilas. En una de esas ocasiones, yo miraba con curiosidad y ella me advirtió:
—Si no entiendes de cuentas, nunca sabrás lo que tienes ni lo que debes, y todos abusarán de tu ignorancia.
Me mostró los reales de plata y vellón, los maravedíes y algún ardite, y me explicó su valor y equivalencia.
—También hay monedas de oro, ya las conocerás cuando seas rico —bromeó.
Al terminar, guardó dos de los montones en un cinto.
—¿Para quién son? —pregunté.
—¡Para el diablo! —contestó con desaliento.
El día de San Miguel, ellas llevaron las monedas al cura, como pago de la parte que correspondía al priorato propietario de las tierras. Así hacían cada año.
Yo no sabía mi edad, ni en qué año nací, aunque Raquel calculaba que debió de ser sobre 1673. Recuerdo el invierno de 1687 como el más crudo de cuantos allí pasé. Desde la casa oíamos aullar a los lobos, agresivos como nunca, espoleados por el hambre y el frío. Por la noche los escuchaba hurgar en el establo, que yo cerraba siempre a cal a canto. Las ovejas balaban, aterrorizadas.
 Cuando cesaron las heladas y se fundió la nieve, volvió la actividad a la casa. Raquel no tardó en dedicarse a cocer sus hierbas por lo que deduje que pronto iría al pueblo, lo que yo esperaba ansiosamente desde hacía muchas semanas. En efecto, la mujer se fue una mañana muy temprano. En cuanto la perdí de vista me acerqué al camastro de Catalina y me acosté junto a ella. Yo estaba muy excitado y decidido a no dejar escapar la ocasión. Le cogí la mano y la puse sobre mis ingles. Ella se despertó.
—¡Vaya! —exclamó—, cómo ha crecido el pequeño Daniel...
Y era cierto, el «pequeño Daniel», como yo mismo, había dado un buen estirón desde que ella lo vio.
—Es de tanto que pienso en ti —respondí, galante.
—Es porque te haces mayor. Ven. —Tiró de mí hasta ponerme encima. —¿No has visto nunca cómo hacen los carneros?
—Claro. Date la vuelta.
—No. —Se rió sin malicia—. Déjame hacer a mí...
Con la ayuda de su mano y unos ligeros movimientos, entró la llave en la cerradura. Me moví sobre ella, al principio suavemente, después de modo frenético, a medida que aumentaba mi excitación. Cuando Catalina notó que se acercaba el éxtasis, se retiró un poco y yo me derramé sobre su vientre, abrazado a ella, con un aullido de placer. Después, extenuado, me dejé caer sobre el colchón. Catalina pasó el dedo por su vientre y me lo mostró, manchado del líquido blanco y viscoso que yo conocía bien.
—¡Te lo dije! ¿Recuerdas? —Los dos nos echamos a reír.
Nadie hubiera pensado que un día que empezó tan bien acabara tan mal. Se hizo noche cerrada y Raquel no había vuelto. Empezábamos a temer por ella cuando vimos acercarse por el camino unas antorchas. Al aproximarse, descubrimos a un grupo de hombres encabezados por uno que se apoyaba en un bastón rematado por una cruz. Catalina me dijo que era un cura, y me pidió que me escondiera, pues, aunque debía correr el rumor, nadie sabía a ciencia cierta de mi existencia allí. Obedecí, y me oculté detrás del establo, en una zona de tupido matorral, desde donde podía ver la casa.
La muchacha salió a recibir a la comitiva, pensando que traería noticias de su madre. Cuando el grupo llegó, el cura agitó la cruz frente a Catalina y le dijo algo de lo que sólo pude entender una palabra: bruja. Después, otro hombre cubrió a la chica con una ropa de arpillera y le ató las manos mientras otros dos entraban con antorchas a la casa y empezaban a removerlo todo. Me asusté tanto que escapé corriendo entre las sombras hacia el bosque, sin mirar atrás. Cuando llegué a los primeros árboles y pude esconderme entre ellos, ya bastante lejos, me giré y vi que de la choza salía un humo espeso y empezaban a escapar algunas llamas. No sé cuánto tiempo estuve allí, mirando cómo se consumía el que había sido mi hogar durante los últimos años, el único que había conocido. Después, debí quedar dormido.
Desperté cuando el sol ya calentaba. Miré la casa, de la que sólo quedaba un rescoldo de humeantes ruinas. Me acerqué con precaución, sin encontrar a nadie. El huerto, del que ya habían empezado a salir algunos brotes, aparecía destrozado. El establo, con la puerta desquiciada, estaba vacío. El morral y la manta estaban en el mismo lugar donde acostumbraba esconderlos.  Tomé ambas cosas. Yo era un hombre y no quería llorar, pero algunas lágrimas recorrían por su cuenta mis mejillas. No entendía por qué había sucedido aquel desastre, qué mal podía haber hecho aquella buena mujer para que la llamaran bruja y la castigaran de ese modo. Mucho después comprendí que su pecado era ser diferente, y que la intolerancia, la envidia y la superstición fueron la chispa que encendió aquellas antorchas. Al lado del aljibe encontré una de las figuritas de madera que yo había tallado y la recogí, la puse en el morral y con sólo ese equipaje partí hacia lo desconocido. Corría el mes de marzo de 1688.
©Fernando Hidalgo Cutillas - 2015
Todos los derechos reservados - Prohibida la reproducción
 
TIEMPO EN HISTORIAS
 Los mejores cuentos y fábulas en un solo tomo

7 de junio de 2015

96ª noche - La cita


  José sale de su casa a las ocho horas, tres minutos y doce segundos de la mañana. En cincuenta y siete segundos recorre el tramo hasta el café de la esquina; un minuto y doce segundos después tiene ante él un humeante pocillo. Hojear el periódico y un poco de paciencia para no quemarse los labios retrasan su salida de la cafetería hasta las ocho horas, once minutos y tres segundos, exactamente. Aún no sabe que el destino lo está cronometrando con absoluta precisión.
  Seis minutos y catorce segundos después corre para alcanzar el autobús que se le escapa, pero no lo consigue. La espera hasta el siguiente es de ocho minutos y medio, de conversación con un conocido que también aguarda. El hombre espera otra línea y José se despide cuando llega el bus que debe tomar. Aunque él no sea consciente de ello, son las ocho, treinta y ocho minutos y cuarenta segundos cuando baja del vehículo y se dispone a recorrer a pie el último tramo de su trayecto al trabajo.
 
Felisa, la asistenta de doña Mercedes, empieza su jornada a las siete de la mañana, en el último piso del número 323 bis de la avenida del General Castaños. Abre la puerta con su propia llave, se cambia de ropa en el trastero y se dirige a la cocina para preparar los desayunos de los niños, que pronto saldrán para el colegio. Mientras la familia se pone en marcha, ella da un repaso al salón, siempre impecable, sin hacer mucho ruido. Doña Mercedes aún dormirá hasta las nueve. Felisa aprovecha el resto de ese rato de obligado silencio en el interior para limpiar la terraza. Son las ocho, veinticinco minutos y nueve segundos cuando, después de admirar una vez más las magníficas vistas del ático, suelta los toldos y empieza a fregarlos con un cepillo empapado en detergente. Después los rociará con la misma manguera que sirve para regar las macetas que adornan el barandal, llenas de colorido en estos días. Algo que suele hacer los sábados pero que esta semana, por excepción, hará en viernes, porque mañana libra. 
 
  José dispone de casi veintidós minutos para recorrer los apenas quinientos metros que hay hasta el despacho. A paso tranquilo, llega al cruce y gira hacia General Castaños, la misma avenida donde, en el número 341, está la empresa donde trabaja. Si alguien se fijara, comprobaría que da diez pasos cada ocho segundos, y en cada uno de ellos avanza cuarenta y ocho centímetros. Treinta y seis metros por minuto, dos kilómetros y ciento sesenta metros por hora. Trece minutos lo separan de su destino, tiene tiempo de sobra. Al pasar junto al quiosco situado frente al número 319, observa que ha salido ya un nuevo ejemplar de Flaps, la revista de aeromodelismo que compra todos los meses. Aguarda, sin prisa, a que la señora que ha llegado antes que él se decida entre Hola y Lecturas. Por fin compra las dos, paga y se va. Mientras el quiosquero abre el paquete que acaba de recibir, José mira el reloj. Son las 8:51, ya no puede entretenerse más. A las ocho, cincuenta y dos minutos y cincuenta y siete segundos, con la revista bajo el brazo y paso rápido, enfila el último trecho.
 
  Felisa ha terminado de limpiar los toldos y trata de fijarlos con las cintas de lona. Se ha levantado algo de viento y a la mujer, menuda, se le hace difícil sujetarlos. A las ocho y cincuenta y tres minutos exactos, una ráfaga inesperada empuja el toldo con fuerza contra una de las macetas, que se vuelca y, en dos segundos y siete décimas, ni una más ni una menos, cae hasta la calle. Felisa grita horrorizada temiendo lo peor. Se asoma con angustia y descubre al hombre tirado sobre un charco de sangre. Presente, con exquisita puntualidad, en la última y más importante cita de su vida.

©Fernando Hidalgo Cutillas - 2015
Todos los derechos reservados - Prohibida la reproducción

 
TIEMPO EN HISTORIAS
 Los mejores cuentos y fábulas en un solo tomo

1 de junio de 2015

95ª noche - ¡Que viene el lobo!

Con la helada y el hambre, los lobos bajan del monte. Lo hacen desde tiempo inmemorial, y siempre los pastores y gañanes los reciben a tiros y bastonazos. Por no hablar de los perros, no menos feroces que sus parientes, pero sí mejor alimentados y protegidos. Unos adversarios a tener en cuenta.
Cuando los lobos bajan al valle, donde los rebaños acarran en verano y buscan el pasto más jugoso en el invierno, producen un enorme destrozo. El lobo no mata sólo lo que puede comer; mata todo lo que puede, tan rápido como puede. Es un asesino nato. "¡Que viene el lobo!", anuncia el zagal a gritos, y todos corren al lugar porque saben que uno solo de ellos es capaz de terminar con el rebaño entero si no lo detienen. Con hoces, hachas y garrotes, lo persiguen hasta acorralarlo. Después, con saña, le cortan la cabeza: en el Ayuntamiento pagan 12 reales por cada una de ellas.
Años atrás, la bonanza de unos cuantos inviernos permitió que crecieran grandes manadas, que desbordaron a los pastores. Los más viejos aún recuerdan el terror de tener que encerrarse en sus cabañas, escuchando los arañazos y embestidas de las fieras en la puerta, los lastimosos balidos de las ovejas y los ruidos que produce la muerte. Los lobos invadieron la aldea durante dos días, aniquilaron los rebaños, incluso atacaron a muerte a dos personas, pero no las devoraron. Sólo cuando estuvieron ahítos, los aldeanos pudieron devolverlos al monte con la ayuda del fuego y la noche.
Al pueblo, más abajo y mejor comunicado, los lobos no llegan. Los domingos, allí van los aldeanos, cuando el trabajo se lo permite, para escuchar la misa y mantenerse en contacto con su pequeña metrópoli particular. El nuevo párroco es franciscano. Un buen hombre, buen cristiano, un buen cura que reparte amor y comprensión. Hermano pastor, hermano labrador, hermana oveja, hermano perro... ¿hermano lobo? Cuando lo dice nadie lo entiende. ¡Hermano lobo!  "El lobo es una criatura de Dios, mata para comer, como tú mismo. Sólo necesita tu ayuda y tu comprensión, ya que Dios te ha colocado en una situación mejor que la suya". Ésa es la explicación del franciscano, y una brizna de entendimiento se abre paso entre las duras ideas de los lugareños. El cura tiene un plan.
De nuevo, la helada y el hambre han hecho que los lobos bajen del monte. Los espera el párroco, con un cordero degollado entre las manos, que les ofrece con amor y respeto. Los lobos desconfían, el cura deja su ofrenda en el suelo, se retira y pide a los demás hombres, armados con palos, que lo sigan. Observan a distancia cómo el que parece ser jefe de la manada olfatea la presa, le da varias vueltas, la coge entre las fauces y desaparece con ella, ladera arriba. Los otros lobos van detrás. El cura está satisfecho: "Sólo un cordero, uno solo cada cierto tiempo, y los lobos serán vuestros hermanos", anuncia.
Pasan unos meses. Los lobos, irracionales al cabo, ni entienden ni necesitan entender. Buscan su comida y la tienen. Los hombres sí entienden: que cada vez hay más lobos en el monte y menos corderos en los rediles. Y hay más lobos, es cierto. Ya un cordero no es suficiente para tantos, han de ser dos. Y hay menos corderos y ovejas, también es cierto; de seguir así, pronto escasearán la carne y la leche entre los hombres.
El pueblo está dividido. Unos, los labradores del valle, cerca del río, celebran el pacto con los lobos. Son buenas personas, sensibles y cristianas. Los pastores de la aldea, por el contrario, sienten que han perdido una batalla sin lidiarla. Porque los lobos se pasean entre ellos con normalidad, sin que se vea que ataquen a personas ni rebaños, es verdad, pero cada vez más numerosos, gordos y lustrosos, y no dejan de desaparecer ovejas y cabritos que nadie sabe dónde se han perdido. Las protestas de los aldeanos son rechazadas por los demás. Los llaman crueles y sanguinarios, sin atender a otras razones. Un zagal fue increpado por usar su honda para ahuyentar a un lobo que se acercaba sigilosamente al rebaño que cuidaba. "¡¿Acaso llegó a tocar a un becerro siquiera?!", le preguntaron.
Cada vez más aldeanos abandonan sus chozos y se van al pueblo. Ya no serán pastores de sus propios rebaños, sino jornaleros de alguno de los señoritos del lugar. Los pocos que van quedando lo tienen cada día peor. Por fin, deciden marcharse a otras tierras, a vivir con otras gentes.
Ya no hay aldea ni rebaños. Pero hay muchos lobos, gordos, fuertes y bien lustrosos, que recorren las veredas buscando regalos que ya nadie les ofrece y que, desde lejos, miran al pueblo, aullando y salivando en las noches de luna llena.

©Fernando Hidalgo Cutillas - 2015

 
TIEMPO EN HISTORIAS
 Los mejores cuentos y fábulas en un solo tomo

30 de mayo de 2015

94ª noche - Los milagros de Nuestra Señora

  Los Mendoza del Moral eran la más importante familia de El Fontanillo, pueblo sevillano fundado por sus antepasados a finales del siglo XIII, poco después de que el Rey Santo de Castilla sometiera a los moros de aquellas tierras. Hacía siglos que los títulos nobiliarios se fueron por otras ramas de la familia, que se trasladaron a Madrid, pero la hidalguía y pujanza económica de los que quedaron en la casa solariega aseguraban su hegemonía en la comarca. Por eso, cuando Catalina Ojeda de Mendoza abortó por tercera vez, don Rafael fue a la iglesia parroquial de la Asunción con una promesa solemne: si su esposa le daba un heredero, haría a su costa una nueva fachada para el templo en el más puro estilo barroco andaluz. Después se postró ante la Virgen y pasó orando el resto de la tarde.
  Los ruegos debieron de ser escuchados, pues al poco tiempo Catalina quedó de nuevo encinta y dio a luz un precioso niño al que bautizaron Pablo. El padre se apresuró a cumplir lo prometido, encargando de ello a los mejores arquitectos cordobeses. En el friso del que arrancaba la espadaña ordenó poner la siguiente inscripción: "GRATIAS AGIMUS TIBI DOMINA EXCELSA - PAULUS 1 NOV 1742". En los años siguientes llegaron dos niñas en sendos embarazos. Rafael se felicitaba por haberse confiado a la Virgen.

  El pequeño Pablo, el primogénito tan deseado, era el ojo derecho de sus padres, que no escatimaron a la hora de proporcionarle el bienestar y la educación que le correspondían. Todos los domingos lo llevaban a misa y, al salir del oficio, era Pablo el encargado de repartir algunas monedas entre los pordioseros que aguardaban junto al pórtico. Desde muy chico, Rafael le señalaba el friso donde aparecían su nombre y fecha de nacimiento como recuerdo del milagro de la Virgen. A su corta edad, el niño se hizo la idea de que él mismo era milagroso: su nombre figuraba en el templo al igual que el de los santos, los mendigos le besaban las manos con devoción cuando repartía las limosnas, hasta el párroco en ocasiones se refería a él como fruto de Nuestra Señora. Todo ello hizo que en Pablo creciera un profundo sentimiento religioso, lo que complacía a sus padres hasta que, cerca de la edad de nueve años, manifestó su deseo de hacerse sacerdote.
  Rafael quedó muy contrariado. Pablo era su hijo mayor, el único varón, el llamado a continuar el linaje y la pujanza de la familia, no a entrar a la Iglesia, destino más propio para alguna de sus hermanas, si sintiera esa vocación. Como el niño era aún pequeño, el padre creyó que al crecer se le iría la idea de la cabeza. Cuando Pablo recibió la Primera Comunión se interesó por ser monaguillo de la parroquia, donde pasaba todo el tiempo que sus maestros le permitían. La determinación por entrar en el clero se hizo entonces férrea. Don Rafael habló de ello con el párroco pero, como persona principal, buen cristiano y familiar del Santo Oficio, el padre no podía oponerse a la vocación del chiquillo, y el cura estaba entusiasmado con la idea. De manera que, a regañadientes, tuvo que disimular su disgusto, confiando todavía en que, tal vez, cuando tuviera más edad, el niño desistiera.

  En poco tiempo, el joven Pablo, inteligente y aplicado, aprendió latín, recitaba de memoria cualquier página del Misal Romano y conocía el templo mejor que el sacristán. A los doce años visitó por primera vez el Seminario Conciliar Sevillano, un viaje de unas dos horas en carreta, acompañado por el cura, para tantear la admisión del muchacho. El Rector quedó impresionado por sus cualidades, y acordó que Pablo ingresara al centro en su próximo cumpleaños, festividad de Todos los Santos e inicio del curso. El párroco y su acólito regresaron exultantes a El Fontanillo.

  En los meses siguientes, de nada sirvieron las largas conversaciones de Rafael con su hijo. Argüía aquél que, siendo Pablo el mayor y único varón, debía cuidar de la familia y administrar las propiedades, tener herederos... Pero el muchacho se cerraba en la idea de que su vocación era por voluntad de la Virgen, y más de una vez le mostró el friso en el que esa voluntad quedaba patente. El padre se maldijo mil veces por haberlo colocado allí. Por otro lado, su propia fe y la determinación del chico llegaron a hacerlo dudar. ¿Sería verdaderamente el deseo de Nuestra Señora? ¿Y si Pablo estuviera en lo cierto?
  Un Rafael angustiado se postró ante el altar de la Virgen de la Asunción en la tarde del último día de octubre y musitó: "Señora, si es tu voluntad, dame entendimiento y consuelo. Y, si no lo es, dáselos a mi hijo". Aquella noche no pudo dormir, ni quitarse de la cabeza que, cuando amaneciera, Pablo saldría de su mundo para siempre.
  Después del desayuno, Rafael y Pablo estaban vestidos para la ocasión y el carruaje, al que ya se había subido el cura, aguardaba en la puerta. Se despedía el niño de su madre, entre los sollozos de ésta, cuando el suelo empezó a temblar. Primero, despacio, como mecido por suaves olas, y, poco después, con la violencia de un temporal. Todos, muy asustados y sobrecogidos, salieron al patio por temor a que la casa se derrumbara sobre ellos. Los caballos, que ya habían sido enganchados al carro, se lanzaron al galope hacia el campo, como desbocados, sin que el cochero pudiera evitarlo. Pasaron unos largos segundos y todo volvió a la normalidad, pero nadie se movió de donde estaba. Se miraban unos a otros sin entender nada ni saber qué hacer. De pronto, un estruendo anunció otra sacudida, esa vez más fuerte. Algunas de las cornisas se desprendieron y cayeron al patio. Durante cerca de diez minutos, varios temblores se sucedieron con pequeñas pausas entre ellos. Por fortuna, la casa, de tan solo dos plantas y buena fábrica, resistió. Después, tras un largo y tenso silencio, volvió la calma.
  Rafael y su hijo se dirigieron a pie hacia el centro del pueblo. En el camino, las casas más humildes aparecían completamente arruinadas, y algunos heridos eran cuidados por familiares y vecinos. Otros se afanaban por sacar de entre los escombros a los que habían quedado sepultados. Y muchos, igual que ellos, caminaban como autómatas hacia la plaza del templo. Al llegar allí, comprobaron que la iglesia seguía intacta, excepto la espadaña que, antes alta y esbelta, se había derrumbado frente a la puerta de entrada. El friso, hecho pedazos, descansaba a un lado, ya ilegible, excepto por dos de las piedras que curiosamente habían quedado juntas, formando la frase EX PAULUS. Era la respuesta de la Virgen.
  Ambos se arrodillaron y santiguaron, con la vista elevada al cielo. Después, Rafael juntó las manos y rezó fervorosamente durante largo rato. Al terminar, se alzó y, en voz alta para que todos pudieran oírlo, dijo: "A mi costa reconstruiré todo lo caído, y en esta ocasión el friso agradecerá a la Virgen que nos haya preservado a los que estamos ilesos, y que vele por los que han tenido menos suerte". A continuación abrazó a su hijo y lo devolvió a la casa.

 
©Fernando Hidalgo Cutillas - 2015

 
TIEMPO EN HISTORIAS
 Los mejores cuentos y fábulas en un solo tomo

17 de mayo de 2015

93ª noche - Fábula de Gusanito

    Tras todo el día arrastrándome arriba y abajo, llegué a la lechuga. La olí y mordisqueé con precaución. Tal como había imaginado, estaba crujiente y deliciosa, mucho más que las hojas del árbol que había abandonado. Como ya oscurecía, me acurruqué cerca del cogollo para pasar la noche.
    Con los primeros rayos del sol, estiré mis patitas y me lancé sobre una de las hojas más tiernas. La perforé cerca del centro y fui mordiendo de modo regular, dejando un agujero de bordes festoneados cada vez mayor. En uno de los bocados noté algo viscoso. Dos cuernecillos asomaron por el agujero:
    —¿Qué haces? ¡Me has mordido...! —Se quejó el caracol.
    —Disculpe, señor caracol, no lo había visto. —Me excusé—. Ya lo ve, estoy comiendo esta hoja tan jugosa... ¿Usted no come? Está muy buena.
    —Hoy haré dieta, esta noche he ido un poco suelto... —El caracol se deslizó hasta ponerse a mi lado. Me miraba con curiosidad, moviendo sendos ojillos que remataban cada uno de los dos cuernos—. Pero ¿tú no eres un gusanito de seda?
    —¿De seda...? No lo sé. Todos mis hermanos están allí, en aquel árbol de hojas ásperas y malolientes. —Señalé la morera.
    —Y allí deberías estar tú también. No tengo duda de que eres un gusano de seda, y aquella es tu comida, no ésta. Harías bien en volver allí si no quieres tener problemas. —Y, muy despacio, el caracol se fue deslizando hacia otra hoja, sin despedirse.
    Seguí a lo mío, saboreando cada mordisco de aquel manjar recién descubierto. El esfuerzo había valido la pena. Estaba a punto de terminar la hoja cuando pasaron a mi lado dos mariquitas. Caminaban rápidamente, como si tuvieran prisa, y apenas me prestaron atención. Alcancé a oír algo de lo que hablaban:
    —¿No es éste un gusano de seda?
    —Lo es. Y, si come lechuga, se le van a secar los sesos. Allá él, no es cosa nuestra.
    ¡Qué sabrán esas mariquitas!, esto está buenísimo, me dije. Empezaba a sentir la panza llena, pero aún cabría algún bocado más, por lo que me moví a otra de las tiernas hojas y seguí mordisqueando.  Una fila de hormigas se cruzó conmigo. Eran muchas, y cada una me decía algo diferente:
    —Gusanito...
    —Si comes lechuga...
    —Te quedarás ciego...
    —Se te hinchará la panza...
    —Te saldrá rabo...
    —Te volverás tonto...
    —Te quedarás cojo...
    —Se te caerá la piel a tiras...
    Y siguieron pasando y haciéndome terribles predicciones. Yo me decía: ¡qué sabrán estas hormigas ignorantes!, siempre unas detrás de otras. Algo tan delicioso no puede ser malo. Unos días después se me hinchó la panza, empezó a caer la piel a tiras y me asusté. ¿Tendrían razón las hormigas? Pero debajo de aquella piel apareció otra más bonita, y no hice más caso.
    Seguí comiendo y comiendo día tras día, hasta que de pronto un hilo muy fino que salía de algún lugar de mi cabeza empezó a envolverme. Yo no sabía qué era aquello, pero tenía tanto sueño que me acurruqué sin moverme, hasta sentir que estaba completamente envuelto en una capa muy suave y amarillenta. Después, debí de quedar dormido.
    Cuando desperté, no me reconocí. Mi cuerpo, antes largo y delgado, era entonces una bola rechoncha y peluda, con unas alas demasiado pequeñas para algo tan pesado. Sentí que me asfixiaba y mordí con furia la capa suave y amarilla para escapar de mi prisión. Avancé unos pasos y me quedé, ciego e inmóvil, sobre los restos de la hoja que días antes había empezado a mordisquear.
    Llevo así tres días. Soy incapaz de probar bocado y de moverme. Sólo espero no sé qué, pero no llega. Siento un ansia que no comprendo, la necesidad de estar con mis hermanos, mas las fuerzas me han abandonado y se me hace imposible volver al árbol donde sé que ellos están. Recuerdo ahora las advertencias de las hormigas sabias y me pregunto por qué, entre tantas calamidades como me anunciaron, ninguna me avisó de la verdad: Te quedarás solo.

MORALEJA

Buscándose una vida diferente,
Gusanito bajó de la morera,
decidido a saltar cualquier barrera,
a conocer el mundo y a otra gente.

Llegó a su nuevo hogar tras la carrera,
rompiendo de este modo la costumbre
de mil generaciones, mansedumbre
de quien acepta el sino que le espera.

Cuando lo ven, todos le dan consejos:
que vuelva con su gente y sus hermanos
y Gusanito piensa: ¡Bah!, son viejos

asustadizos, necios y villanos.
No soportan que yo llegue tan lejos
y mi valor confunde a estos ancianos.

Así que Gusanito no hizo caso.
Después, su soledad fue su fracaso.

©Fernando Hidalgo Cutillas - 2015
 
TIEMPO EN HISTORIAS
 Los mejores cuentos y fábulas en un solo tomo

12 de mayo de 2015

92ª noche - Mal menor

En la ciudad, maltratada por el desempleo y la miseria, se producen a diario violentos atracos, en los que los agresores utilizan con frecuencia alguna arma blanca. A menudo, las víctimas reciben heridas que, dada la mugre que suelen acumular los cuchillos y navajas de los delincuentes, tienden a infectarse gravemente, cuando no a transmitir alguna terrible enfermedad.
Las autoridades están preocupadas por los atracos pero, más aún, por sus consecuencias sobre la salud. Tras consultar con las fuerzas vivas de la localidad, el alcalde anuncia: No es posible evitar los atracos, pero sí podemos mejorar las condiciones sanitarias. Si van a atracar, al menos que lo hagan con higiene, explica desde el balcón de la Casa Consistorial. En el estanque, los gansos de la plaza aplauden largo rato.
A partir de este momento, a cualquiera que en la ciudad lo precise se le entregará gratuitamente un cuchillo limpio en el Ayuntamiento. Sin preguntas, por orden del señor alcalde, que pudieran desanimar de utilizar este higiénico servicio.
 
©Fernando Hidalgo Cutillas - 2015

 
TIEMPO EN HISTORIAS
 Los mejores cuentos y fábulas en un solo tomo

15 de febrero de 2015

91ª noche - Fábula de los apresurados

Arrastraba un burro  su carreta por un camino de un bosque. Se disponía a
atravesar un cruce cuando lo detuvieron unos gritos:
 —¡Alto, alto! —exigió una gallina que caminaba rápidamente, en dirección transversal, llevando entre sus alas a un lánguido pollito—. Mi hijito está malo, lo llevo al doctor, ¡no querrás pasar primero! —protestó.
El burro se detuvo y aguardó a que pasaran la gallina y sus polluelos, que la seguían siempre a todas partes. Se disponía a reanudar la marcha cuando lo alarmaron nuevos gritos:
—¡Abran paso, es urgente! —pidió una cabra en tono airado—. Voy a por leche para mis crías; por desgracia la mía se secó y si no me apresuro a llevársela morirán de hambre.
 —Señora... —inició el burro, pero en ese momento llegó al cruce el ciervo que ejercía las funciones de guardia de tránsito.
—¿Qué sucede aquí? —preguntó el agente de la autoridad.
—¡Que este burro quiere pasar primero, cuando yo estoy acudiendo a una urgencia muy importante! —reclamó la cabra.
—¿Es eso cierto? ¿No conoce las normas? —El ciervo miró al burro con cara de pocos amigos.
—Oiga, yo...
—Tendré que multarle. Siga usted, señora cabra, no la entretengo si tiene prisa...
La cabra siguió su camino mientras el ciervo empezaba a pedirle al burro toda clase de permisos y documentos y a examinarlos sin prisa ninguna.
Extendida la multa, revisada la documentación y amonestado el burro, reanudaba éste la marcha cuando se acercó al cruce una hilera de cachorros.
—¡Quieto!, ¿no ve que van a pasar esos pequeños? ¿Es que quiere atropellar a alguno? —increpó el ciervo con muy malos modos, así que el burro volvió a detenerse y a armarse de paciencia.
—Adiós, pequeños —saludó el ciervo muy amable y sonriente—, ¿adónde vais?
—A la escuela —contestaron varios de ellos a coro, y continuaron con su gracioso andar y con sus juegos.
La fila era larga y el burro se impacientaba...
De pronto, desde lo alto del carro, un búho asomó la cabeza.
—Psss, agente, venga un momento, haga el favor.
Reticente y muy arrogante, el ciervo se acercó al pasajero que con tanta insolencia lo llamaba.
—Mire, yo soy el médico —explicó el búho—, esta oveja es la encargada de la lechería, y la lechuza que ve usted a mi lado es la maestra. La prisa de todos los que han pasado con tanta urgencia no servirá de nada si nosotros no estamos en nuestros puestos; ¿lo entiende, señor ciervo?
El agente quedó perplejo.
—¿Por qué no dijeron que lo suyo también era urgente? —inquirió.
—Porque no lo es; simplemente vamos a nuestros trabajos, como cada día. No sé qué le ha hecho pensar que el interés de nuestro amigo el burro en llevarnos puntualmente a nuestros puestos no era importante. Todo el que va a alguna parte tiene sus motivos, cuya importancia nadie puede adivinar...
En esto vieron de regreso a la gallina.
—¡Mi polluelo! —clamaba, llorando a cresta tendida—. ¡¿Cómo no está el doctor en su consulta?! Habría que colgar al responsable —propuso con indignación.
También la cabra apareció, desesperada.
—No comprendo; ¡la hora que es y la lechería no ha abierto! ¿Qué daré de comer a mis hijitos?
En esto la lechuza sugirió:
—Señores, ¿qué les parece si seguimos nuestro camino, antes de que en la escuela también haya problemas?
El ciervo dio un largo pitido con su silbato, cortó el tráfico con un aparatoso gesto y dio paso al burro y su carro. Después se puso las gafas de sol y siguió con su duro trabajo.
 
Copyright Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2010

 
TIEMPO EN HISTORIAS
 Los mejores cuentos y fábulas en un solo tomo