1 de junio de 2015

95ª noche - ¡Que viene el lobo!

Con la helada y el hambre, los lobos bajan del monte. Lo hacen desde tiempo inmemorial, y siempre los pastores y gañanes los reciben a tiros y bastonazos. Por no hablar de los perros, no menos feroces que sus parientes, pero sí mejor alimentados y protegidos. Unos adversarios a tener en cuenta.
 
Cuando los lobos bajan al valle, donde los rebaños acarran en verano y buscan el pasto más jugoso en el invierno, producen un enorme destrozo. El lobo no mata sólo lo que puede comer; mata todo lo que puede, tan rápido como puede. Es un asesino nato. "¡Que viene el lobo!", anuncia el zagal a gritos, y todos corren al lugar porque saben que uno solo de ellos es capaz de terminar con el rebaño entero si no lo detienen. Con hoces, hachas y garrotes, lo persiguen hasta acorralarlo. Después, con saña, le cortan la cabeza: en el Ayuntamiento pagan 12 reales por cada una de ellas.
 
Años atrás, la bonanza de unos cuantos inviernos permitió que crecieran grandes manadas, que desbordaron a los pastores. Los más viejos aún recuerdan el terror de tener que encerrarse en sus cabañas, escuchando los arañazos y embestidas de las fieras en la puerta, los lastimosos balidos de las ovejas y los ruidos que produce la muerte. Los lobos invadieron la aldea durante dos días, aniquilaron los rebaños, incluso atacaron a muerte a dos personas, pero no las devoraron. Sólo cuando estuvieron ahítos, los aldeanos pudieron devolverlos al monte con la ayuda del fuego y la noche.
 
Al pueblo, más abajo y mejor comunicado, los lobos no llegan. Los domingos, allí van los aldeanos, cuando el trabajo se lo permite, para escuchar la misa y mantenerse en contacto con su pequeña metrópoli particular. El nuevo párroco es franciscano. Un buen hombre, buen cristiano, un buen cura que reparte amor y comprensión. Hermano pastor, hermano labrador, hermana oveja, hermano perro... ¿hermano lobo? Cuando lo dice nadie lo entiende. ¡Hermano lobo!  "El lobo es una criatura de Dios, mata para comer, como tú mismo. Sólo necesita tu ayuda y tu comprensión, ya que Dios te ha colocado en una situación mejor que la suya". Ésa es la explicación del franciscano, y una brizna de entendimiento se abre paso entre las duras ideas de los lugareños. El cura tiene un plan.
 
De nuevo, la helada y el hambre han hecho que los lobos bajen del monte. Los espera el párroco, con un cordero degollado entre las manos, que les ofrece con amor y respeto. Los lobos desconfían, el cura deja su ofrenda en el suelo, se retira y pide a los demás hombres, armados con palos, que lo sigan. Observan a distancia cómo el que parece ser jefe de la manada olfatea la presa, le da varias vueltas, la coge entre las fauces y desaparece con ella, ladera arriba. Los otros lobos van detrás. El cura está satisfecho: "Sólo un cordero, uno solo cada cierto tiempo, y los lobos serán vuestros hermanos", anuncia.
 
Pasan unos meses. Los lobos, irracionales al cabo, ni entienden ni necesitan entender. Buscan su comida y la tienen. Los hombres sí entienden: que cada vez hay más lobos en el monte y menos corderos en los rediles. Y hay más lobos, es cierto. Ya un cordero no es suficiente para tantos, han de ser dos. Y hay menos corderos y ovejas, también es cierto; de seguir así, pronto escasearán la carne y la leche entre los hombres.
 
El pueblo está dividido. Unos, los labradores del valle, cerca del río, celebran el pacto con los lobos. Son buenas personas, sensibles y cristianas. Los pastores de la aldea, por el contrario, sienten que han perdido una batalla sin lidiarla. Porque los lobos se pasean entre ellos con normalidad, sin que se vea que ataquen a personas ni rebaños, es verdad, pero cada vez más numerosos, gordos y lustrosos, y no dejan de desaparecer ovejas y cabritos que nadie sabe dónde se han perdido. Las protestas de los aldeanos son rechazadas por los demás. Los llaman crueles y sanguinarios, sin atender a otras razones. Un zagal fue increpado por usar su honda para ahuyentar a un lobo que se acercaba sigilosamente al rebaño que cuidaba. "¡¿Acaso llegó a tocar a un becerro siquiera?!", le preguntaron.
 
Cada vez más aldeanos abandonan sus chozos y se van al pueblo. Ya no serán pastores de sus propios rebaños, sino jornaleros de alguno de los señoritos del lugar. Los pocos que van quedando lo tienen cada día peor. Por fin, deciden marcharse a otras tierras, a vivir con otras gentes.
 
Ya no hay aldea ni rebaños. Pero hay muchos lobos, gordos, fuertes y bien lustrosos, que recorren las veredas buscando regalos que ya nadie les ofrece y que, desde lejos, miran al pueblo, aullando y salivando en las noches de luna llena.

©Fernando Hidalgo Cutillas - 2015

 
TIEMPO EN HISTORIAS
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1 comentario:

Blanca Miosi dijo...

Cuanto mejor los tratas, mejor se sienten, más dueños de la situación, se enseñorean mostrando pertenencias que no les corresponden, robos que se han hecho legales por anuencia de los que el problema no les atañe de cerca. Así es el mundo, tal cual. Pero también les llegará su hora, entonces sufrirán en carne propia lo que con valentía y coraje no supieron defender.
Los consejeros y asesores miran por sus propios intereses, siempre ha sido y seguirá siendo así.