18 de agosto de 2014

86ª noche - Cinco amigas (Diario de una adolescente)

 
26 de mayo de 1996

El vecino del tercero aparenta unos cincuenta años, pero puede que tenga algunos menos, se le ve avejentado. Es muy reservado, apenas cruza dos o tres palabras si coincide con alguien esperando el ascensor. De vez en cuando huele raro, como a vino, y entonces habla un poco más, de peor humor. Mi madre me dice que no suba sola con él cuando lo vea así. A mí en el fondo me parece gracioso cuando huele a vino. Si fuera por mamá —no hagas esto, no hagas lo otro— estaría siempre bajo su falda. Cuando le respondo que ya soy una mujer, ella me mira con aire preocupado y me dice: "Por eso, nena, por eso...". En fin, que no suelo hacerle mucho caso y ella lo sabe. Me riñe constantemente. "Lo que digo te entra por un oído y sale por el otro". No es verdad. La escucho, pero de un tiempo para acá está de una rigidez insoportable. Yo pensaba que al hacerme mayor sería más permisiva pero ¡qué va!, es al revés. ¡Qué ganas tengo de que acabe el curso!


5 de agosto de 1996

 
Mis amigas han empezado a maquillarse. Y yo también, claro. No todos los días, en el cole nos lo tienen prohibido; sólo cuando salimos por ahí. Como ahora, en vacaciones. Entre todas hemos comprado una bolsita de maquillaje con barras de labios, esmalte de uñas y algunas cosas más. Sonia y Rosaura tienen suerte, en su casa les dejan hacer casi todo lo que quieren. Pero nosotras tres hemos de maquillarnos a escondidas en alguna parte, normalmente en el hueco que queda tras el portón de la parroquia, cuando está abierto. Sonia a veces se cambia la falda por un pantaloncito tan corto que nos da risa, y Rosaura ha empezado a hacerlo también. Yo no me atrevo, aunque me gusta cómo les queda.


6 de marzo de 1997

Antes no nos fijábamos en los chicos, los veíamos como idiotas que sólo piensan en fútbol, peleas y gastarnos bromas pesadas. Este año han cambiado un poco, ellos se fijan más en nosotras y nos hacen más caso. Y los mayores, los que van unos cursos por delante, todavía más. Uno de ellos ayuda a Bea a hacer los deberes desde hace unas semanas. Digo ayuda, pero en realidad los hace él, mientras mi amiga lee alguna revista. El chico tiene ya diecisiete años, ¡y ella va sola a su casa! A mí me parece un poco fuerte, la verdad.

El martes, Rosaura —la llamamos Rosa— presumió: "Yo ya lo he hecho". Nos quedamos boquiabiertas. Rosa siguió explicando que había sido durante el pasado Carnaval, con un conocido de la familia. El chico estaba tan superexcitado que no le duró ni dos minutos... Quizá por eso ella no sintió nada. Quiso decir que no llegó a ese gustito que da cuando se hace a solas. Pero que aun así se lo pasó fenomenal, que nunca se había sentido mejor que viéndolo a él excitarse tanto con ella. "Pero tan rápido...", insinué. Rosa me miró con aire de superioridad: "¡Qué sabrás tú!". Me sentí como una boba. Pero ella no era la única del grupo que lo había hecho. Sonia contó una historia parecida. La de Bea fue más interesante:

"Una tarde de la semana pasada, al terminar de hacer los deberes empezamos a hablar, un poco de todo. De películas, de música..., ya sabéis. Estábamos en el despachito que tiene en su dormitorio, sus padres habían salido. Me trajo una cocacola y él se tomó una lata de cerveza. Le brillaban los ojos de un modo especial y yo estaba cada vez más excitada. Cuando se levantó para tirar los envases vacíos a la papelera, bajo los shorts se le marcaba una erección tremenda. Los dos estábamos igual. De salidos, quiero decir. No dejé que volviera a sentarse. Lo atraje hacia mí, le bajé el pantalón e hice lo que llevaba tanto tiempo imaginando. Dudaba si me daría  asco, pero de eso nada. Sabe delicioso, tanto al principio como al final. ¡Mejor que las chuches! —bromeó. Todas soltamos una risa nerviosa—. Él alcanzó el cielo, estoy segura, y me dijo que yo era una diosa", añadió con satisfacción.
¿Y tú...?, le pregunté. "Yo llevo una semana en las nubes".

Begoña y yo hemos quedado como las tontas del grupo. A punto de cumplir los quince, y en Babia. Bego, hay que reconocerlo, tiene poco atractivo. Es fea de cojones, vaya. Acné, rechoncha, bajita, con el pelo descuidado y encima empollona. Es natural que ella siga en el limbo, pero ¿yo?


12 de marzo de 1997

Ayer noche me desnudé y me miré en el espejo del armario. Vi a una muchacha alta, esbelta, de incipientes caderas y senos apenas insinuados, con un trasero redondo y un sexo adulto que, por su aspecto, ha de saber a vainilla y canela. Lo probé, y tenía razón. Las facciones armoniosas, el cabello rojizo, suelto y siempre bien cuidado; unas cuantas pecas que resultan graciosas... Soy una joven atractiva. ¿Por qué, entonces...? Reconocí en ese momento que nunca me había interesado por ningún chico. Los sigo viendo como unos pequeños monstruos ruidosos, rudos y egoístas. Y las historias de mis amigas lo confirman, tres aventuras y ninguna de ellas ha sentido nada. Cuando algún chico se acerca a mí, yo me aparto; los encuentro insoportables. Sin embargo, con algunos profesores es distinto. El de dibujo, ufff, me tiene loca. Y el de mates. Pero es algo imposible. Pensando en ellos me relajé antes de dormir.


27 de marzo de 1997

Bego nos ha dado una sorpresa. "He conocido a un chico", dijo con su cara redonda. Las cuatro nos volvimos con asombro. "¿Y...?", preguntamos a coro. Nos contó que era muy simpático; habían ido al cine y a dar un paseo. "¿¿Y...??", insistimos, muertas de incredulidad. Bego se puso colorada. "Me pidió salir conmigo, que le gusto y quiere que nos conozcamos mejor", explicó. "¡¿Nada más?!", el interrogatorio llegaba al tercer grado. "Nos dimos un beso", respondió. "¿¡Sólo eso!?". Las otras se echaron a reír. A Bego parecía no importarle. Me fijé entonces en ella y la encontré un poco cambiada.


4 de abril de 1997

Todas nos moríamos por conocer al novio de la fea. ¡Cómo sería él! Imaginándolo, nos partíamos de risa. Tal para cual, rotos para descosidos, ésas eran nuestras conclusiones. En el fondo yo no lo veo así, pero les sigo el juego a las otras tres. Decantarme hacia el otro lado es peligroso, podría convertirme en blanco de sus burlas y críticas.
Pero ya hemos descubierto quién es el muchacho y para sorpresa nuestra, no está tan mal. Un poco gordito, no muy alto, pero con una cara agradable. En el fondo, un chico del montón por el que ninguna de nosotras hubiera dado un paso... si no fuera el amigo de Bego. Rosaura sonreía con malicia: "A ése le enseño yo lo que es una mujer en diez minutos". Ella es la más lanzada de las cinco. De largo. Es un año mayor que las otras. No tiene padre, pero nunca habla de ello. He visto a su madre sólo una vez, por casualidad. Es tan joven que parecen hermanas.

6 de abril de 1997
Esta tarde, Emilio, el chico de Bego, estaba solo en la puerta del instituto. Rosa nos pidió que esperáramos y se acercó a él, zalamera. Vimos que cruzaron unas palabras, Rosa muy sonriente, pero al final se descompuso, gritó algo desagradable que no oímos bien, y le lanzó un gesto obsceno. Regresó a toda velocidad, echando chispas. "Es gilipollas, un imbécil de mierda. Si yo quisiera, ¡vamos...!, pero no vale la pena. ¡Gordo asqueroso!", y siguió un buen rato poniéndolo verde.


3 de junio de 1997

El curso avanza, creo que aprobaré todas las asignaturas, y todo sigue igual, excepto Bego, que ha desaparecido del grupo. A veces la vemos paseando con Emilio cuando salimos del instituto. Cada día está más cambiada. Yo me alegro por ella, pero las demás mantienen una especie de acoso y un aire de superioridad que me parece fuera de lugar. Se la ve feliz, mientras nosotras andamos de mal en peor. Los deberes de Bea se han convertido en la excusa para terminar todos los días del mismo modo, algo ya rutinario y carente de afecto. La diosa del amor se ha convertido en esclava sumisa, cosa que me parece que en el fondo a ella le va. "¡Cóbrale, Bea, cóbrale, a ver si te va a pasar como a la tonta del chiste...!", bromea Rosa con su acostumbrada mala leche. Sonia no cuenta nada; cada vez viste más llamativa, se maquilla más y parece más ausente. Fuma sin parar y sus faltas en el instituto son constantes. Y yo... ¡Yo he empezado a fantasear con el vecino del tercero segunda! Me imagino encontrarlo un día en el ascensor, solos los dos. Lo pararía entre dos pisos y él no podría resistirse. Seguro que un hombre así habrá sido marino, o agente secreto, o militar... quizá sea un científico que se esconde de la CIA porque conoce peligrosos secretos. Y sabrá cómo tratar a una mujer. Yo sólo tendré que decir:  haz conmigo lo que quieras. Y él sabrá muy bien qué hacer. Y con estas fantasías me masturbo día sí, día también. Pero cuando de tarde en tarde coincidimos en el ascensor, la fantasía se vuelve pesadilla: "Niña, que me pones en un compromiso. Cuando seas mayor, pásate por casa pero de momento dedícate a estudiar y a aprender un poquito de la vida". O, peor aún, me toma del brazo, me arrastra a la puerta de mi casa y dice a mis padres: "A ver si controlan a esta zorrita, que está muy salida y va para puta". De modo que me estoy muy quieta y callada mientras subimos hasta su rellano.
 
* * *


Hoy he encontrado este viejo diario, que ya no recordaba. He leído algunas páginas y no me reconozco. ¡Qué terrible etapa es la adolescencia! Una última nota, antes de devolverlo al olvido:

12 de agosto de 2014

Aquél fue el último curso en esa ciudad, porque trasladaron a mi padre. Es ingeniero de ferrocarriles, no estábamos más de tres o cuatro años en el mismo lugar, por norma. Perdí contacto con mi grupo de amigas —en realidad nunca lo fuimos—, y conocí a otras nuevas. Seguí virgen hasta los diecisiete. Tengo un recuerdo muy agradable de aquel primer muchacho, que me pasaba en cinco años, aunque todo quedara en una simple aventura, como otras durante esa época. Más tarde encontré a mi hombre ideal y nos casamos en 2008. Tenemos un hijo, no están los tiempos para más.


¿Qué habrá sido de mis amigas del instituto? Se me ha ocurrido buscarlas en Google y en Facebook...  Sin saber por qué, he empezado por Bego. Ahí está: Begoña Céspedes Cantón, directora adjunta del Servicio de Ginecología del Hospital Felipe Dávila, ¡quién lo hubiera dicho! Guapísima, esbelta, irreconocible. Y algunas fotos personales junto a un hombre robusto, no muy alto, como ella, de cara feliz y sonriente. Continúo con Beatriz Cifuentes Giménez. Reconozco la foto enseguida, la misma Bea con algunos años más. Divorciada, con su muro de Facebook lleno de juegos para aburridos y ese tipo de mensajes de autoayuda que se comparten tan a menudo. Sonia Santos Manchón: me entristece encontrar sólo una necrológica de hace siete años. De Rosaura... no recuerdo el apellido. Estoy a punto de dejar un mensaje de saludo en alguna parte pero lo pienso mejor, apago el PC y voy a ver un rato de televisión con mi familia.
 
 
©Fernando Hidalgo Cutillas 2014

 
TIEMPO EN HISTORIAS
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1 comentario:

Antony Sampayo dijo...

Maestro, maestro, tomas mis caminos, je je je.
¡Perfecto! Me ha resultado agradable, amarra, tiene una buena dosis de humor ingenuo.

Abrazos.