19 de junio de 2014

81ª noche - La última cena



      En la celda de paredes blancas destacaba la silueta de un hombre vestido con un mono de color naranja chillón, sentado sobre un somier sin colchoneta. Al fondo, muy arriba, una cámara de vigilancia y, a media altura, una imagen modestamente enmarcada: Jesús, sentado a la mesa y rodeado por los doce apóstoles. Se abrió la reja y entraron dos guardias con un carrito de los que se usan para la comida y un taburete. En silencio, los pusieron en el centro de la habitación y el hombre naranja ocupó el asiento frente al carro. Al retirar el mantel que lo cubría, aparecieron una langosta abierta por la mitad, un buen pedazo de filete de buey y una botella de vino de California. Entonces empezó un bloque de anuncios y Elisa me acercó uno de sus redondos pechos.
      —Toca aquí —pidió, señalando un punto cerca de la axila.
      Lo hice y noté un bulto del tamaño de un guisante. Al día siguiente la acompañé al ginecólogo.

      —No se asuste, parece que sólo es un quiste de grasa o un ganglio inflamado. Haremos una punción para examinarlo. En el peor de los casos podría ser necesario quitarlo y hacer un tratamiento que a veces es molesto, pero suele dar muy buen resultado. Ya no es como antes. —El doctor intentó tranquilizarnos con una sonrisa.

      A los tres días fuimos a recoger el resultado de la biopsia. El ginecólogo se había equivocado: el cáncer de mama al que veladamente aludió no era el peor de los casos. El peor de los casos consistió en que aquel bultito era metástasis de un melanoma que habían extirpado a Elisa unos ocho años antes, algo que ya apenas recordaba. Una forma de cáncer aparentemente inofensiva, como una verruga, pero terrible cuando se extiende porque no hay tratamiento eficaz.

      Por lo demás, Elisa se encontraba tan bien como siempre. Sólo aquel pequeño bulto... Pero se derrumbó. Primero, la cirugía en la axila. El cirujano trajo buenas noticias, se había podido limpiar todo y era la única metástasis. Nos dio esperanzas. Después, al oncólogo. Y la quimio. Durante varias semanas le administraron en vena no sé qué, que la dejaba descompuesta. Ya no era la mujer saludable con sólo un bultito. Perdió el apetito y gran parte del cabello. Y su vitalidad.

      Terminada la quimio, el oncólogo anunció que Elisa estaba "limpia", libre de enfermedad, pero existía el riesgo, poco probable, de una recaída. Yo, que no dejaba de informarme en Internet, sabía que mentía, creo que Elisa también estaba al tanto, e imagino que él se daba cuenta de ello, pero los tres fingíamos que todo iba bien. Propuso un tratamiento con interferón durante un año, algo molesto pero mucho más llevadero que la quimio.

      Transcurrieron los meses con relativa normalidad. Las pruebas de cada trimestre eran satisfactorias y empezamos a acariciar la idea de que Elisa pudiera formar parte del escaso tanto por ciento que, sin saber por qué, se salva. Terminado el año, el oncólogo pidió una revisión más completa. Y entonces reapareció. "Una diseminación de decenas de pequeñas formaciones de 1 a 2 milímetros de diámetro que se extiende por ambos hemisferios cerebrales", decía el informe. Cuando lo leyó, al salir de la clínica después de recogerlo, Elisa se sentó en la escalera para no desplomarse.

      Pero la esperanza había prendido en nosotros, después de un año en el que todo parecía ir bien. Eligió tener fe y estaba decidida a intentar lo que fuera necesario. Lo consideraba una obligación. La enviaron a radioterapia. Habiendo tantos pequeños tumores no se podía apuntar a ninguno. Decidieron dar una dosis global, con la intención de que fuera bastante para eliminar las pequeñas metástasis pero no tanto que dañara al tejido sano. El tratamiento no era molesto ni complicado, poco más que hacerse una radiografía. Al cabo de dos angustiosas semanas, un nuevo TAC. Todos los tumorcillos del tamaño de un grano de arroz habían desaparecido. Salvo cuatro, que ya eran del volumen de un garbanzo. "Ahora es más fácil, son sólo unos pocos, podemos ir a por ellos con precisión", anunció el oncólogo con un optimismo incombustible. Curiosamente, entonces le creímos.

      La nueva radioterapia —radiocirugía la llaman— es una técnica muy avanzada. Requirió el ingreso en clínica por un día. Elisa pensaba que después le harían nuevas pruebas, pero no fue así. "Ya es mucha radiación, esté segura de que todo irá bien". Y de nuevo la quimio, ahora más fuerte. Y mucha cortisona.

      Durante unos días Elisa quiso estar sola; no soportaba la presencia de nadie, ni siquiera la mía. Después reapareció una mujer diferente. Pasaba horas removiendo sus viejos papeles, fotografías y otros recuerdos... Salvo unos pocos bien seleccionados, lo demás fue a parar a grandes bolsas de basura que se amontonaban en el garaje. También hizo testamento. No era ni la sombra de lo que había sido hasta año y medio antes. Las fuerzas la abandonaron poco a poco hasta que un día no se pudo levantar. Yo la cuidaba del modo más solícito pero ella no soportaba verse inútil y fue incapaz de aguantar. Acudió de urgencia a la clínica y quedó ingresada.

      Todos los días, al salir del trabajo, pasaba las horas con ella hasta que las enfermeras me echaban. Casi todas eran muy amables, sin embargo alguna no dejaba de mostrar su mal carácter. Me preguntaba cómo podía ser desatenta con personas que pasábamos por ese tipo de trance. Cada noche traían una pequeña carta para elegir el menú del día siguiente. De primero tienes consomé, verdura al vapor o fideos a la cazuela, le leía. Los fideos, decía ella. De segundo, tortilla francesa, pechuga a la plancha o cordero al horno. El cordero, elegía. Invariablemente, durante los dos meses que permaneció allí, escogió siempre los platos más consistentes, abundantes y sabrosos. Al principio estaba sorprendido, no la reconocía; Elisa siempre había comido como un pajarito y tenía a gala usar la misma talla que a los dieciocho años. Entonces comprendí que en esos días ella no comía para recuperar unas fuerzas que sabía perdidas sino por el mero placer de darse un gusto tantos años reprimido. El último placer.
 
©Fernando Hidalgo Cutillas 2014
 

 
TIEMPO EN HISTORIAS
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3 comentarios:

Pepa dijo...

Magnífica historia, Fernando. Junto con las fábulas, de lo mejorcito que has escrito. Desde el punto de vista de la forma es un relato redondo y con un giro espectacular, porque cuando ella le aproxima el pecho al marido, uno se prepara para una escena amorosa y sin embargo...
En este cuento estupendamente contado, la mujer pasa a ser la protagonista de la historia que está viendo. Los detalles médicos, los justos y precisos. Enhorabuena. Lo tiene todo.

Luisa Méndez dijo...

Coincido de pleno con Pepa. Es de lo mejorcito que te he leído, Fer, ni sobra ni falta nada.

Enhorabuena.

Panchito dijo...

la mujer pasa a ser la protagonista de la historia que está viendo
Totalmente de acuerdo, Belén, ese es el giro que pretendí darle.
Gracias a las dos por pasar. Saludos.