18 de junio de 2011

34ª noche - Paranoia





Están por todas partes, sobre postes larguísimos para no llamar la atención. Nos vigilan, nos controlan, nos persiguen. Día y noche. Lo saben todo.
Vuelvo a casa, como todas las noches, al terminar mi turno en la gasolinera. Es muy tarde; las avenidas, normalmente abarrotadas, están vacías. Sólo circulan unos pocos taxis y algún particular, quién sabe adónde puedan ir a estas horas. Avanzo por la autopista que entra a la ciudad desde el sur. Siete carriles, que no dan abasto en las horas punta, sólo para mí en la madrugada, como siempre. Cada pocos metros, un panel suspendido sobre la vía repite el mismo mensaje: «Velocidad controlada por radar. Recuerde, límite su velocidad a 50 kilómetros/hora. Por su seguridad». Esa es la cara amable, la de delante. En la de atrás, siete buitres al acecho. En los fines de semana los forasteros caen como moscas, igual que caíamos todos al iniciarse el sistema. ¡A cincuenta, en una autopista de siete carriles, casi vacía, ¿por mi seguridad?! ¡¡Anda ya!! Pero flash, flash, flash...

Hasta que no acumulan cinco fotos no te las envían. Quinientos euros de un plumazo, ¡casi nada! Y sin rechistar o te aplican recargo y te embargan la cuenta. Y todo por mi seguridad. Por ir a sesenta en lugar de cincuenta a las tres de la madrugada en una autopista vacía; ¡hay que joderse! Creo que nos están domando, como a los caballos en el circo, eso es lo que hacen. Hoy tengo un mal día.
 
Aparco en la calle, después de dar unas cuantas vueltas buscando un sitio vacío. En la calle, pero no gratis. La calle ya no es de todos como antes, ahora por aparcar en la calle hay que pagarles. Como en un garaje. Ahora la calle es suya; de todos, o sea, suya. Cierro el coche y miro la hora en el reloj de la iglesia. Entonces la veo: en el cruce, sobre un poste fino y altísimo, dominándolo todo. Un irrefrenable impulso me asalta, una rabia que no puedo contener y le dedico el más sentido corte de mangas que he hecho en mi vida. Lo repito. ¡¡Jódete!!, ¡¡¡jódete!!!, desde el alma. Se ha movido, creo que me ha visto. Me mira directamente. Camino hacia el portal sintiéndome observado y entro en la casa. Me acuesto, pero no puedo dormir. A través de la ventana, la veo. Aún sigue mirando hacia aquí.
. . .
Otra vez de regreso, siempre por el mismo camino. En la última semana me están sucediendo cosas extrañas. Ayer saltó un flash detrás de mí, en la autopista, pero yo no iba a más de cincuenta, estoy seguro. Y hace tres días, ya cerca de casa, un semáforo me tuvo quince minutos en rojo. No pasó un alma y yo allí parado un cuarto de hora. Ni el perro mejor amaestrado lo haría. Eso no es normal. Pero pasar en rojo cuesta dinero y no me lo puedo permitir. ¡¡Hey!!, ¿qué ha sido eso? Ha saltado otro flash… ¡Pero si voy a cuarenta! ¡Dios mío!, ¿a qué velocidad tendré que ir para que no me desplumen? Yo vivo de mi sueldo, y al día, ¡qué remedio! No lo puedo regalar. Sigo mi camino, intentando no pasar de treinta; tan despacio que me da la sensación de estar parado. Tardo hora y cuarto en llegar a casa, pero al menos no han saltado más flashes. Pronto amanecerá. La miro y allí sigue, en lo alto, siempre vigilando hacia mi casa.
. . .
 
Hoy he dormido fatal, toda la noche con pesadillas. Soñé que venía a casa un hombre grueso con un traje negro, un montón de fotos y un saco de arpillera, de los que usaban los cacos en el siglo pasado. Me iba dando fotos y por cada una de ellas metía algo de la casa en el saco: un jarrón, una cazuela, el teléfono móvil, una cuchara... El saco no debía de tener fondo porque igual cabía el televisor que un sillón o la nevera. Cuando sólo quedaban las paredes, el hombre me tiró a la cara las fotos que sobraban y soltó una carcajada. Entonces vi que estaban todas en blanco.
Más tarde, esa misma noche, soñé que estaba esperando al tranvía, junto a un grupo de gente muy variado. Llegó el convoy y subimos. Iba yo a registrar mi billete en la máquina automática cuando vi que todos se sentaban tranquilamente, sin pagar. Me frené y me dije: entre más de quince personas, ¿sólo pagas tú? ¿Es que eres el tonto del pueblo? Y me senté sin sellar mi tarjeta de transporte; por dignidad, no por ahorrarme unos céntimos. Y ahí vino lo peor. En la siguiente parada un montón de agentes vestidos de un modo que me recordó a la fachada de la Pasión del templo de la Sagrada Familia, acompañados por varios perros, estaban esperándonos. Pensé: nos van a trincar a todos. Habrá que pagar la multa y pasar un mal rato, ¡mala suerte! Pero cuando el tranvía paró todo el mundo se escabulló sin que nadie se lo impidiese, como las cucarachas cuando enciendes la luz. Sólo yo quedaba en el vagón cuando ellos entraron, me esposaron y me condujeron a un edificio con rejas en las ventanas.
 
Aquello parecía un interrogatorio, pero no había preguntas. El hombre gordo del saco, el mismo del anterior sueño, hablaba y hablaba, riñéndome...
—No le estoy riñendo; lo amonesto, que es distinto —dijo con su voz aflautada, casi femenina.
—Como usted diga, señor alcalde.
—A ver si lo entiende: tenemos zorros, serpientes, gallinas, conejos, cucos, buitres... Usted es gallina, no porque sea cobarde —eso ya ni se dice, porque se supone— sino porque pone huevos. ¿Lo pilla?
—Allí había mucha gente y sólo me detuvieron a mí —me quejé. Yo no entendía nada.
—Porque eran zorros, serpientes, cucos... Esos no ponen huevos de gallina. No valen. Recuerde el viejo dicho: «Tanto tienes, tanto vales».
—Mejor diga: «Tanto tienes, tanto te puedo quitar».
 
El hombre siguió hablando de las ventajas del trabajo, que me permitía vivir un poco mejor que los que no trabajaban, y de la obligación de tirar del carro sin importar cuánta gente se suba en él. Por solidaridad, una de las bases de la civilización desde antes de los griegos. Me habló de la Solidaridad de Milo y la Solidaridad de Samotracia. Hasta me enseñó fotos —siempre fotos— de unas estatuas medio rotas.
 
—Aquí todo el mundo puede tener cuatrocientos euros. Quien quiera más tiene que trabajar. Naturalmente los políticos contamos aparte, somos de otro nivel... Con cuatrocientos euros no se muere nadie de hambre. ¿Cuánto lleva encima, joven?
—Unos sesenta euros más o menos.
—Adjudicado. Déjelos sobre la mesa y puede irse.
Y entonces desperté.
 
La semana pasada tuve una crisis de ansiedad en el trabajo. Pensé que me asfixiaba pero se me pasó con un diazepam que me dio el encargado. No puedo ponerme al volante, me entra una angustia insoportable. Decidí ir al psiquiatra, que me dio la baja y unas cuantas pastillas diarias. Dice que tenga paciencia, que será largo.
. . .
Ha pasado un año y me encuentro mucho mejor. El contrato se acabó pero sigo con la baja. Ahora cobro cuatrocientos euros al mes, una miseria aunque con eso nadie se muere de hambre. Y ya no me vigilan.
 
Paranoia  © Fernando Hidalgo Cutillas

 
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