Para qué decir nada.
19 de septiembre de 2017
135ª noche - Primero de octubre
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21 de agosto de 2017
134ª noche - Fernando Sánchez Dragó
Dies irae
Fernando Sánchez Dragó, 20 agosto 2017
El Mundo
Dé el lector por sabidos los comentarios de rigor. Superfluo sería repetirlos. De eso ya se encargan los discos rayados de los medios de comunicación, las fatuas declaraciones de los políticos, la tediosa algarabía de las tertulias y los insulsos comentarios de la gente recogidos por las alcachofas de los reporteros. Hablaré aquí de otras cosas. Hablaré de la irritación que me produce la superficialidad, por no decir estupidez, de tan inútiles jeremiadas. Magro consuelo es el de verificar que proceden no sólo del solar patrio, sino de todos los países agredidos. Golpes de pecho nunca hay, pese a la evidencia de que la culpabilidad del terrorismo islámico no se limita a las alimañas que lo perpetran. De él son remotos responsables el entreguismo de la Unión Europea, el relativismo de quienes aún creen en la posibilidad de una alianza de civilizaciones, el utopismo de quienes elevan a religión la democracia, el buenismo de quienes ofrecen la mejilla izquierda (va con segundas) a los que abofetean la derecha, el garantismo de quienes interpretan los derechos humanos como patentes de corso, el quintacolumnismo de las organizaciones que fomentan y amparan la inmigración, el maricomplejismo de los caporales de la res pública, el chapapote multiculturalista de la progredumbre, la felonía de lo que en Francia llaman la Gran Sustitución, la vanidad de cuantos de tanto hacer el bien, como decía Tagore, se olvidan de ser buenos, la vulnerabilidad de la globalización regida por internet y la supina ignorancia de quienes no han hojeado el Corán. En él (o al menos en su belicosa interpretación) radica el origen del problema. También en la naturaleza humana y en el integrismo presente o latente en las religiones monoteístas. No es cierto, dígalo quien del Rey abajo lo diga, que todos seamos Barcelona, ni que no tengamos miedo, ni que los valores de Occidente sean los de la libertad, ni que el terrorismo se combata con más democracia, ni que los terroristas estén siendo derrotados. Esa derrota, desde luego, no se conseguirá orquestando minutos de silencio, ni encendiendo velitas junto a ositos de peluche en los lugares de autos, ni aplaudiendo al paso de los féretros de las víctimas, ni proclamando nuestra solidaridad con sus familias, ni poniendo bolardos, ni acogiéndonos a la fácil demagogia del no pasarán. Dejémonos de tontunas, cortemos la cabeza de la hidra, crucemos el Rubicón. O césar o nada.
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6 de agosto de 2017
133ª noche - ¿Ves bien los colores?
¿Qué números aparecen en los círculos?
La explicación, al pie de la página.
Dos mapas de Ishihara.
Arriba: la persona normal lee 74 mientras que la persona con ceguera de colores lee 21
Abajo: la persona con ceguera al rojo lee 2 mientras que la persona con ceguera al verde lee 4. La persona normal lee 42.
(Ishihara, Test for Colour Blindness, Tokyo, Kanehara and Co.)
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10 de julio de 2017
132ª noche - El tío de los muertos
El tío de los muertos es un viejo conocido desde los años sesenta del siglo pasado, cuando se pasaba por casa para cobrar el recibo del seguro de entierro. "Santa Lucía —decía mi madre—. Ya está aquí el de los muertos". Y le pagaba las pesetas que costaba mensualmente el seguro para que, en caso de defunción, cada uno de nosotros pudiera ser enterrado. Y es que eso del entierro era caro. Como el dentista y el notario, algo al alcance sólo de las personas pudientes. Y así, pagado mes a mes, se notaba menos. Después, cuando llegaba el momento del "siniestro", la compañía ponía el coche fúnebre, el de acompañamiento y las flores según la categoría correspondiente a la prima que se eligió. Yo, que ya no era tan pequeño, me preguntaba qué pasaría a la gente que no tuviera seguro. Y los mayores me decían que, aparte los ricos que se pueden permitir cualquier cosa, los demás tendrían un entierro miserable, poco menos que echarlos a patadas de este mundo, en ataúdes como cajas de huevos. Por eso la gente de bien se procuraba un seguro con instinto de protección, que no era bueno ser la comidilla del barrio en estas cosas. Y como la muerte ronda siempre a todo el mundo y la edad no pone a nadie a salvo, también a mí, con mis catorce años recién cumplidos, me aseguraron el entierro en una categoría intermedia, ni mucho ni poco. Ni Seat 1500 gris, pero tampoco Cadillac negro.
He tenido la fortuna de no haber hecho uso del seguro todavía, después de cincuenta años de pago mensual de las cuotas. A precio actual, 13 euros al mes, durante 50 años = 7.800 euros, cualquiera diría que ése es un dinero que he capitalizado para mi entierro, que ya casi me estaría alcanzando para uno a la federica. Pero he aquí que hace un par de años reparé en una carta de la aseguradora que me comunicaba un aumento sustancial de la cuota, en consonancia con el aumento del coste de los servicios funerarios en mi ciudad. Y que, si no pagaba, se anulaba la póliza sin más; todo perdido. Nada de capitalización. Esa prepotencia se me atragantó.
En primer lugar, el seguro de entierro no es un seguro propiamente dicho, porque el siniestro se va a producir antes o después con toda certeza. Se parece más a un fondo de pensiones que a un seguro, pues se orienta a un hecho que con toda probabilidad se va a cumplir: la defunción y el entierro. Si alguien se asegura contra incendio, o accidente de tráfico, probablemente ni una ni otra cosa se produzcan y una vez pasado el periodo que cubre cada prima, se liquida el asunto y listo; o se renueva. Pero si se asegura el entierro, tenga usted por cierto que llegará el momento en que el hecho se producirá. Las excepciones son escasísimas: incidente en el que no se pueda recuperar el cadáver (en los accidentes aéreos o marítimos suele pasar), arrebatamiento a los Cielos como el profeta Daniel, ascensión tras el tránsito como la Virgen... en general, muy pocas. Entonces ¿por qué se plantea como un seguro algo que debería ser una capitalización? ¿Por qué después de haber pagado durante cincuenta años un seguro de entierro, sin duda mucho más de lo que el entierro vale, se me advierte de que el impago de cualquier cuota me dejará sin derecho alguno? ¿Por qué después de haber pagado mi entierro durante cincuenta años, en lugar de decirme: "Mire, usted ya ha pagado de sobra su entierro, ya no es necesario que pague más", o "Le vamos a reducir la cuota", en lugar de eso me dicen "Le subimos la cuota porque ha subido todo, y si no paga va a enterrarle Rita, la que canta, que nosotros no"? Auténtico instinto de protección.
Eso me irritó, como decía antes, cuando hace un par de años caí en esa cuenta. Miré entonces con curiosidad qué me esperaba cuando, frío y callado, no pudiera darme cuenta de nada. "Cien recordatorios a cuatro colores con oración a elegir, libro de condolencias, dos coches negros —uno para el cadáver y otro para el acompañamiento—, unas cuantas flores, alquiler de nicho o cremación, sala de esto, sala de lo otro, preparación del despojo para evitar sorpresas desagradables (Loctite por aquí, Loctite por allá), algún padrenuestro... y todo eso me resultó desagradable y excesivo. Como están los tiempos, yo sólo quisiera desaparecer con el menor ruido posible. Llamé a la aseguradora y les exigí que no volvieran a subirme ni un céntimo la prima. No la anulé por consideración a los familiares que me sobrevivan, pero ganas me dieron. Les costó aceptar mis condiciones, pero finalmente pasó una agente por casa para que firmara mi renuncia a la actualización anual. Como yo no podré verlo, me perderé el show en el que la misma agente tratará de tomar el pelo a mis deudos esgrimiendo ese documento que firmé aquella tarde. Pero ojos que no ven... Esa batalla la tengo ganada porque a mí me va a dar todo absolutamente igual. Si tengo ocasión, les dejaré dicho: "No soltéis ni un euro".
Y en segundo lugar, algo que es más importante: ¿Sabéis por qué los entierros son tan caros, que parece que sólo se puedan morir los ricos? ¿No lo sabéis? Pero si es muy fácil: PORQUE PAGAMOS SEGUROS DE ENTIERRO. Si no tuviéramos ese seguro, cuando se muriera un familiar y vinieran del ayuntamiento o de donde sea que vengan esos buitres a cobrar por enterrar el fiambre, los echaríamos de la casa a collejas. ¿De dónde sacar tres o cuatro mil euros, cuando en España se vive al día y con lo justo? Pero, claro, como se ha pagado el seguro mes a mes... Una familia de tres personas ¿cuánto paga? Cerca de 50 euros, ¿no? No está al alcance de cualquier mileurista. Quizá se olvidó la Constitución de darnos el derecho, además de a una vivienda y a un trabajo dignos, a un entierro digno y asequible, que no sea un negocio. Porque somos una sociedad moderna, con principios, no carroñera, y la muerte ya es bastante desgracia como para que vengan a sacarnos los cuartos en ese trance, aprovechando que estamos en horas bajas, con urgencia y cierto despiste. Que no estamos en el Antiguo Egipto, ni el abuelo es faraón, ni el triste nicho es una pirámide. Ten una cosa bien clara: con seguro o no, en casa no te van a dejar. Si no lo pagáis como si lo pagáis, os echarán tierra encima, que debajo no os va a faltar. ¿Qué sucede con toda esa gente de aquí y de allá, cada vez más, que no paga ni el seguro ni el entierro? ¿Pensáis que se pudren en su casa?
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2 de julio de 2017
4 de junio de 2017
130ª noche - Cosas de familia
El abuelo tenía un reloj de bolsillo. No un reloj cualquiera: era de oro, con dos tapas bien labradas que se abrían presionando una pestaña a cada lado. En la de delante, un grueso relieve de una escena de campo; en la posterior, un esmalte de tonos rojizos en forma de mariposa con unos pequeños diamantes incrustados en las puntas de las alas. Desde que el hombre se puso enfermo apenas salía de casa, pero cada día sacaba el reloj del cajón de la mesilla donde lo guardaba para darle cuerda. Si algo no se usa, acaba estropeándose, decía. Lo verdaderamente especial en aquel reloj era la sonería. Un delicado tintineo daba las horas y las medias como un reloj de pared, pero mucho más suave.
Cuando yo contaba nueve años, aquel maravilloso artefacto me hacía alucinar. A menudo me llamaba el abuelo antes de darle cuerda, faltando pocos minutos para mediodía. A las doce en punto: tin, tin, tin… La campanita me parecía tan hermosa como la que debe sonar a las puertas del Cielo. Nunca me dejó darle cuerda, ni siquiera sostenerlo en las manos; decía que yo era demasiado pequeño y podría romperlo. Entonces me entristecía y él me consolaba: «Cuando yo falte, este reloj será tuyo». Y así empecé a desear que el abuelo faltara.
El reloj era muy antiguo, a pesar de lo cual funcionaba como el primer día. Por entonces me contó el abuelo que había pertenecido a su abuelo Fausto, el que fuera maestro nacional y más tarde alcalde del pueblo de origen de esa rama de nuestra familia. Fue quien lo compró, en la joyería de más postín de la ciudad de Cáceres. Y desde don Fausto la máquina había pasado de padre a hijo ya en dos ocasiones. Al saberlo, quise asegurarme de que el abuelo me daría el reloj a mí, y no a papá. Su respuesta me decepcionó: «Las cosas de familia pasan de padres a hijos». Le recriminé que me hubiera engañado con falsas promesas, por lo que añadió: «No te he engañado, niño, el reloj será tuyo cuando yo falte… y tu padre también». Y así empecé a desear que mi padre también faltara.
En las vacaciones de aquel verano entraron ladrones a la casa y una de las cosas que robaron fue el reloj. Jamás lo recuperamos. Mi disgusto fue largo y espantoso, pero con el tiempo he llegado a alegrarme de que aquel reloj desapareciera. Mi hijo, igual que yo hice, tendrá que comprarse sus propios relojes.
© Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2017
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30 de mayo de 2017
129ª noche - El experimento del profesor de Economía
En una universidad americana, un profesor de economía nunca había suspendido a un solo alumno, hasta que una vez suspendió a toda la clase. Esa clase en particular había insistido en que el socialismo realmente funcionaba: con un gobierno asistencial intermediando en la riqueza, nadie sería pobre y nadie sería rico, todo sería igual y justo. Entonces, el profesor les dijo:
"Está bien, vamos a hacer un experimento socialista en esta clase. En vez de dinero, usaremos sus notas, las que obtengan ustedes en las pruebas. Todas las notas serán concedidas con base en la media de la clase y por tanto serán 'justas'. Todos recibirán la misma nota, lo que en teoría significa que nadie será suspendido y tampoco nadie recibirá un 10".
Tras la primera prueba, el profesor calculó la media y todos recibieron un 7. De esta forma, quienes estudiaron con dedicación quedaron indignados; pero los alumnos que no se esforzaron, quedaron muy felices con el resultado.
Para la preparación de la segunda prueba, los estudiantes flojos estudiaron mucho menos (ellos esperaban sacar notas buenas de cualquier forma) y los que al inicio habían estudiado mucho decidieron que ellos también se aprovecharían del tratamiento propuesto para sus notas. Como resultado, la media de la segunda prueba fue de 4. Por supuesto, a nadie le gustó...
En la tercera prueba, la media general fue de 1.
Surgieron los desacuerdos entre los estudiantes y la búsqueda de culpables llevó a malas palabras, que pasaron a ser parte de la atmósfera de la sala de aquella clase. La búsqueda de "justicia" entre los estudiantes había sido la causa principal de las quejas, mientras que el odio y el sentido de injusticia se convirtieron en parte común de ese grupo.
Al final del curso, nadie quería estudiar para beneficiar al resto de los estudiantes... Todos los alumnos suspendieron y hubieron de repetir aquella materia... El experimento fue un fracaso.
Para sorpresa de los alumnos, el profesor explicó:
"El experimento socialista fracasó, porque cuando la recompensa es grande, el esfuerzo por el éxito individual es grande; pero, cuando el gobierno quita todas las recompensas, tomando los logros de otros para darlos a los que no se esforzaron, entonces nadie más va querer hacer su mejor esfuerzo".
1. No se puede llevar al más pobre a la prosperidad, quitando la prosperidad del más rico.
2. Para cada uno que recibe sin haber tenido que trabajar, hay una persona trabajando sin recibir. Y esto no va por jubilados o pensionistas, que ellos han trabajado y cubierto su parte. Pero sí por los "free riders" (parásitos).
3. El gobierno no consigue dar nada a nadie sin que para ello no tenga que quitar algo a otra persona.
4. Al contrario de lo que predica el socialismo, es imposible multiplicar la riqueza intentando dividirla.
5. Cuando la mitad de la población entiende la idea de que no necesita trabajar, entonces la otra mitad entiende que no vale la pena trabajar para sustentar a la primera mitad.
Ese momento es el principio del fin de una nación.
(Anécdota atribuida a Winston Churchill)
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