30 de abril de 2016

113ª noche - Fábula de los dos manantiales





El bosque donde sucedió nuestra historia había sido en tiempos remotos un lugar frondoso con abundantes manantiales y un riachuelo que lo cruzaba de sur a norte. Después, sin que nadie supiera el motivo, la mayoría de las fuentes perdieron su caudal y el río se agostó hasta quedar reducido a un torrente por el que apenas bajaba algo de agua los días de lluvia. Sólo dos de los manantiales sobrevivieron a la sequía.
    Las dos fuentes del bosque no eran públicas. Una pertenecía a la zorra, la otra al sapo. La propiedad se había mantenido de generación en generación desde tiempos inmemoriales. Ello no tuvo importancia mientras el bosque fue rico en acuíferos, pero cuando sólo hubo agua en esas dos fuentes, los animales quedaron a expensas de ellas.
    Viéndose zorra y sapo dueños de las escasas aguas del bosque, sólo pensaron en sacar provecho de la situación. Los animales necesitaban beber y no tenían más remedio que acudir a alguno de los dos. En poco tiempo cada uno puso en su manantial un pequeño negocio. A partir de entonces los animales tuvieron que pagar por beber y acicalarse en los únicos sitios donde podían hacerlo.
    El negocio era redondo. No tenían más que cobrar —unos frutos, unas semillas, a cada cual según su naturaleza― todos los días, y hasta varias veces al día. La ambición era tanta que cada uno de ellos soñaba con atraer al mayor número posible de animales a su manantial. Con mucho disimulo la zorra se acercaba cada mañana a la fuente del sapo para enterarse de cuánto cobraba ese día por el agua y corría después a su propia fuente para pregonar a los cuatro vientos un precio un poco menor, consiguiendo así mayor clientela.
    Pronto se dio cuenta el sapo del ardid y pensó en hacer lo mismo. Después de la visita de la zorra, el sapo enviaba a su amiga la señora Rana discretamente, a enterarse del precio en el otro manantial y él lo ajustaba un poco más. Con esta guerra de precios los animales del bosque salían ganando, porque zorra y sapo estaban continuamente bajando el precio del agua. Pero los dueños de las fuentes estaban muy disgustados, especialmente en los días de lluvia, cuando el pequeño torrente bastaba para cubrir las necesidades de los animales y ellos quedaban plantados en sus negocios. 


    Una noche la zorra fue con sigilo a la fuente del sapo antes de que éste se retirase a descansar. Lo encontró metido en su charco, hinchado como un globo.
    —Tú ya tienes tu agua, señora Zorra, no necesitas venir por aquí a husmear ―increpó el sapo sin disimular su hostilidad, nada más verla.
    —Tranquilo, señor Sapo, vengo amistosamente ―contestó la zorra en tono cordial mientras se sentaba junto al charco.
    El sapo la miró con desconfianza y siguió con su baño. La zorra continuó:
    —Esto no puede seguir así, prácticamente estamos regalando el agua.
    —¡Tú tienes la culpa! —acusó el sapo, agitando las patas con furia.
    —Y tú también —añadió con suavidad la zorra—. Lo mismo que hago yo, haces tú. Pero por nuestro propio bien vamos a olvidar ahora esas rencillas. Vengo a proponerte un plan.
    —¿Un plan…? —repitió el sapo—. A ver, suéltalo. Pero como sea una de tus tretas te aseguro que te arrepentirás.
    —Verás, hasta ahora hemos estado peleando con los precios pero eso, como ves, no ha funcionado. Ni tú ni yo hemos conseguido aumentar nuestro negocio. Al contrario, cada vez ganamos menos porque estamos poniendo el precio cada vez más bajo.
    —Eso es verdad —señaló el sapo, empezando a interesarse por lo que decía la zorra.
    —Entre tú y yo tenemos toda el agua del bosque. ¡Toda!, ¿no lo comprendes? Los animales no tienen más remedio que venir a nuestras fuentes, no importa a qué precio la pongamos, no tienen elección. ¿Por qué pelear por el precio? Nos perjudicamos sin motivo. Vengo a proponerte que a partir de mañana pongamos los dos exactamente el mismo precio. Vamos a subir el agua los dos por igual, la mitad del pastel para cada uno. Un pastel muy grande. ¿Qué te parece la idea?
    El sapo se mantuvo unos instantes en silencio; después miró a la zorra con una sonrisa maliciosa y dijo escuetamente
    —¡Hecho! 


    A la mañana siguiente un gran alboroto recorrió el bosque de punta a punta. Los más madrugadores alertaron a los demás de la enorme subida del agua durante la noche. Algunos discutían con la zorra o con el sapo.
    —¿Qué voy a dar de comer a mis hijitos si he de darte todas las semillas que tengo? ¿Cómo puede ser que por lo que ayer me pedías diez, hoy me pidas cincuenta?
    —Lo siento mucho, señora Tórtola, pero la fuente hay que cuidarla y da mucho trabajo mantenerla en condiciones. Yo misma tengo también mis necesidades, que no puedo atender porque me paso el día trabajando aquí. Mejor será que dejes de quejarte y vayas a por más semillas cuanto antes.
    —Pues más lo siento yo, señora Zorra. Me voy a la fuente del sapo que tiene un precio más razonable. Y no volveré —añadió la tórtola dignamente, mientras elevaba el vuelo en dirección al manantial del sapo.
    —Ya lo creo que volverás… —masculló para sí la zorra, con sarcasmo.
    Poco tardaron la tórtola y los demás animales del bosque en comprobar que en ambas fuentes había los mismos precios y la misma intransigencia. Acuciados por la necesidad, no tuvieron más remedio que allanarse.
    El malestar en el bosque aumentaba día a día. Desde la subida del agua, los animales pasaban la mayor parte de su tiempo recolectando pequeños frutos y semillas para poder usar las fuentes y el bosque estaba agotando sus recursos con rapidez. 


    La señora Ardilla tuvo la idea de convocar una reunión para buscar el modo de solucionar el problema. Se hizo en secreto para que la zorra y el sapo no pudiesen enviar algún espía. Se reunieron antes de la salida del sol, en un pequeño claro lejos de las fuentes. Durante un buen rato los animales se dedicaron a expresar su indignación, a repetir una y mil veces que así no se podía seguir, a lamentarse de que en poco tiempo no habría ni siquiera comida que recolectar. Todos estaban de acuerdo en señalar con indignación la importancia del problema, pero cuando llegó el capítulo de ofrecer ideas para solucionarlo... llegó el silencio. ¿Cómo conseguir que los dueños del agua rectificasen? Les parecía imposible.
    Cuando el desánimo empezaba a extenderse por la reunión, el viejo búho tomó la palabra.
    —Escuchadme. Tengo una idea que no puede fallar. No podemos obligarlos a bajar el precio pero somos libres de comprar el agua a uno o a otro. Propongo que a partir de mañana todos usemos una sola de las fuentes, igual da una que otra, pero sólo una.
    —Pero el precio será el mismo, así no arreglamos nada —señaló el señor Jilguero.
    —Por el momento, sí —continuó el búho—, pero en muy poco tiempo aquél de los dos que no venda nada se desesperará y no tardará en bajarlo para que volváis a usar su fuente. Entonces haremos lo contrario, iremos todos a comprarle a él, de modo que el otro no tendrá más remedio que bajar precio también. Controlándolos de esta manera os aseguro que podremos conseguir los precios que queramos. A vosotros os da lo mismo un pozo que otro; a ellos, no.
    Los animales comprendieron la ingeniosa estrategia del búho y acordaron seguirla al pie de la letra. Por sorteo se decidió que, por el momento, todos utilizarían sólo el manantial de la zorra. 


    El señor Sapo se extrañó mucho cuando, bien entrada la mañana, su manantial estaba solitario; ningún animal había acudido a beber. A mediodía comprendió que eso no podía ser normal. Envió a la rana a curiosear lo que sucedía en casa de la zorra y las noticias que trajo lo sacaron de quicio.
    —¡Esta tramposa y ladina zorra ha vuelto a jugármela!, ya me extrañaba tanta amabilidad por su parte. Se ha quedado por fin con todo el negocio, no sé con qué artimañas. Pero esto no va a quedar así... —clamaba indignado.
    Como había pronosticado el búho, el señor Sapo bajó su precio. Entonces fue la fuente de la zorra la que quedó desierta, hasta que se acercó a espiar y vio lo que sucedía. También ella tuvo que abaratar el agua. Los animales, bien aconsejados por el señor Búho, jugaron con las dos fuentes una y otra vez, castigando con su boicot a uno o a otro, hasta que el precio del agua les pareció justo.
    La calma y la prosperidad volvieron al bosque. Zorra y sapo aprendieron la lección y nunca más volvieron a intentar abusar de las necesidades de sus vecinos.
 


 © Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2010
    Prohibida la reproducción no autorizada.

27 de abril de 2016

112ª noche - Como un pájaro

      —Cuéntamelo, abuelo...
      —No; aún eres muy chico. Ya lo sabrás cuando seas mayor, como tu hermano Andrés y los otros muchachos.
      —Pero ya soy mayor, y me han contado algunas cosas. ¿Es verdad que cuando eras pequeño podías volar?
      El anciano miró la cara de Tomasín y no pudo evitar una sonrisa. ¡Qué contestar!
      —¿Quién te ha dicho eso? ¿Andrés?
      —Sí, y Andrés no miente. Me dijo que volabas más rápido que cualquier pájaro. Mucho más rápido, como millones de veces más alto y más rápido...
      —¡Para, para! —El viejo cortó el entusiasmo de su nieto—. ¿Crees que es cierto que yo a tu edad podía volar?
      —Si él lo dice... Dímelo tú, ¿podías?
      —A ver, Tomás, yo no volaba como tú estás pensando. Entonces había unos aparatos que volaban y nos llevaban a las personas de un sitio a otro, por el aire. Como si tú te montaras en un pájaro: tú no vuelas, pero sí vuelas. ¿Lo entiendes?
      —¡Qué pájaro más grande! Yo no he visto nunca a esos pájaros.
      —No, claro que no. Los llamábamos aviones y podían llevar hasta quinientas personas.
      —¡Halaaa! —exclamó el niño, impresionado.
      —Pero todo eso quedó atrás hace muchos años, envuelto en la gran bola de fuego. —El hombre terminó la frase con un rictus—. Y ahora ve a la cabaña y acuéstate, que ya es tarde.
      Aquella noche Tomasín soñó que volaba, a caballo sobre un enorme pájaro, tal como el abuelo le había contado.

© Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2012

24 de abril de 2016

111ª noche - La tentación de don Antonio

       Don Antonio había sido un niño introvertido y estudioso, que abrazó el sacerdocio como único modo, por su origen humilde, de seguir estudios cuando terminó la enseñanza primaria. Con la pubertad llegó el deseo, aunque se adaptó bien a la vida religiosa y durante muchos años, en los que anduvo de pueblo en pueblo y de parroquia en parroquia, cumplió cabalmente sus obligaciones, pero no sentía fe y cuanto más profundizaba en Teología, más dudaba de la existencia de ese Dios bueno pero irascible, omnipotente pero pusilánime hasta el extremo de abandonar el mundo a la continua serie de calamidades que lo asolan. No obstante, don Antonio guardaba para sí sus dudas y controlaba sus impulsos, y todo cuanto hacía y decía se ajustaba perfectamente al canon de la Iglesia; mejor que algunos de sus compañeros, de los que se sabía en privado de ciertos pecados no tan veniales, sobre los que todos hacían la vista gorda y cualquier insinuación era rematada con un: "Nadie, salvo Dios, es perfecto".

      Cuando cumplió los cuarenta y seis, don Antonio conoció por primera vez lo que es el infierno, en forma de cólico renal. Hasta que pudieron asistirlo en el remoto lugar donde vivía, pasó varias horas con un dolor insoportable. Ingresó por unos días en el hospital comarcal y, al alta, lo llamó el señor Obispo para interesarse por su salud.
      —Es mi obligación cuidar de los sacerdotes de mi diócesis. Por nuestros votos no podemos formar una familia propia, sólo la gran familia de la Iglesia, que siempre, no lo dude, nos cuidará. Pero también ayudan el arraigo al lugar donde se vive y la cercanía de los parientes. Sin olvidar la calidad de la atención médica, que, con los años, como ha podido comprobar, empieza a ser necesaria. Por eso, cuando alcanzan una edad, trato de procurarles destinos más cómodos. ¿Tiene usted familia?
      —Tengo una hermana en Estepona —explicó don Antonio.
      El Obispo torció el gesto ligeramente. Juntó las manos y apoyó los labios sobre la punta de los pulgares durante unos segundos. Después pareció haber resuelto una duda y continuó:
      —Creo que don Julián, el párroco de los Remedios, ronda la jubilación. Pronto tendrá noticias. —El Obispo dio por terminada la entrevista con una sonrisa.

      Pocos meses después don Antonio fue trasladado a una de las tres parroquias de Estepona. Se presentó a los otros dos párrocos, mucho mayores que él, y una vez instalado se dispuso a cumplir sus obligaciones.
      Como le habían advertido, su trabajo cambió radicalmente: las misas, casi desiertas; en la confesión, ni un alma. El templo, pequeño pero precioso edificio del siglo XVIII, era más un objetivo turístico que lugar de oración. En bodas, bautizos y comuniones se abarrotaba, sí, pero de ese tipo de "fieles" que no van nunca a la iglesia y no saben si estar sentados o de rodillas, ni responder con un simple amén. Y don Antonio, que seguía con sus dudas, pensaba que el infierno habría de ser muy grande, pues muchas eran las personas que vivían en pecado mortal. Y Dios, el omnipotente Dios, lo consentía. ¿Cómo vive tanta gente apartada de Dios? ¿Es eso lo que Él quiere? Y, si no lo quiere, ¿por qué lo permite? El libre albedrío del hombre, claro. ¿Es libre albedrío el de estos niños a los que sólo llevan al templo en el día de su bautizo y en el de su comunión?
      El trabajo era escaso y en las horas de ocio leía y reflexionaba. Abandonó el uso de la sotana y se interesó por libros que trataban la religión desde un punto de vista crítico. Uno de ellos comenzaba hablando de un ermitaño quien durante toda su vida había sido un estricto anacoreta. Pero en su vejez lo asaltó una duda: si Dios existía y todo era tal como le habían enseñado, debía estar feliz, pues tenía la Gloria eterna asegurada. Pero, si no, habría desperdiciado su vida por entero, privándose de todo placer que no fuese el nacido del sufrimiento místico. Entonces el ermitaño comprendió que esa simple duda lo condenaba y que todo había sido inútil. La fe, aunque sin obras no es bastante, es el único camino. Obras sin fe no llevan al Cielo. Eso dice la Iglesia. Y esa falta de fe era también el caso de don Antonio.
      No fue algo que él eligiera. En su mente comenzó a crecer un nuevo concepto de Dios, más acorde a su parecer con lo que veía alrededor. Deducía: "Si Dios es el Creador, infinitamente sabio y omnipotente, su intención no debió de ser muy distinta del resultado conseguido. Lo contrario habría sido una impensable torpeza". Y don Antonio dejó de buscar al Creador en los libros y en los dogmas, para buscarlo en el mundo real que lo rodeaba. Siguió con su rutina de párroco, pero fuera del trabajo se relacionaba más con la gente, abandonando la rigidez de costumbres que siempre había mantenido. El celibato le pesaba cada día más. En nada ayudaban los grupos de jóvenes turistas que deambulaban por todas partes y que el atribulado párroco miraba cada vez con mayor curiosidad.
      Se sentía angustiado, temiendo dar un paso en falso, pero necesitaba una respuesta. En ocasiones paseaba por las playas. Superado el leve sentimiento de culpa, cada vez se atrevía a caminar más lejos en la larga extensión arenosa llena de cuerpos al sol. Uno de esos días, rebasada la hilera de rocas que sirve de rompeolas, llegó a un pequeño rincón lleno de bañistas completamente desnudos. Nunca había visto nada parecido. Se estremeció hasta la última célula de su ser. Desbordadas sus emociones, juntó ambas manos y alzó la vista al cielo: "¡Señor, dame fuerzas!", pidió. Al sentir una erección como jamás había tenido, don Antonio comprendió el plan del Creador.


 © Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2016

31 de marzo de 2016

110ª noche - La profecía

   Neferté dejó caer la fina túnica de lino que la cubría y se sumergió hasta los hombros en el río. Sintió el limo envolviendo sus pies y el contacto agradable del agua, refrescando su cuerpo y su mente. Cerró los ojos e inició una plegaria a Sobek.
 
   Dos días antes, Neferté se había despertado agitada, llena de desasosiego por un ensueño extraño: en el atardecer, ella caminaba de regreso hacia su choza con dos cántaros llenos de agua que había recogido del pozo próximo al cañaveral; ya muy cerca de la casa vio a Khun, su esposo, que había regresado de las tareas del campo y la contemplaba desde el umbral. Neferté aceleró el paso, impaciente por reunirse con él. Entonces se partió la cinta de una de sus sandalias, ella tropezó y los cántaros cayeron al suelo, rompiéndose en añicos. Pero en lugar de agua, un enorme charco de sangre quedó en el camino.
   La angustia la acompañó durante todo el día, no lograba apartar de su cabeza el inquietante sueño de la noche anterior. Ocupada en cuidar de los animales, ordeñar las cabras, remendar algunos trapos y las demás tareas de la casa, la jornada transcurrió con aparente normalidad, sólo su cerebro escapaba de la rutina con una incesante pregunta: ¿qué podría significar ese sueño? Cerca del ocaso regresó Khun del pequeño huerto que cultivaba, cenaron unas tortitas de trigo con higos y ella se acostó pronto, esperando que un sueño reparador la alejase de sus preocupaciones.
   A medianoche Neferté despertó dando un grito. El sueño se había repetido, idéntico, con la única salvedad de que en esta ocasión ella llevaba un solo cántaro, no dos. Khun despertó también al oír el grito pero, viendo que no se trataba más que de una pesadilla, volvió dormir, abrazado a su esposa.
   Neferté ya no pudo pegar ojo en el resto de la noche. Estaba segura de que el ensueño tenía un significado que ella no podía descifrar. Los cántaros rotos, la sangre en el suelo cerca de su casa, Khun observando... ¿Qué querían decirle los dioses? Observó a su esposo, dormido a su lado. Sus cabellos negros, brillantes; su cuerpo musculoso, su olor a hierbabuena y albahaca... Hacía un año de su boda, cuando ella tenía trece. Pronto cumpliría los quince y estaba ansiosa por darle su primer hijo... Acarició su espalda con delicadeza, para no despertarlo. Y así amaneció.
  Apenas Khun hubo marchado, Neferté cogió la pequeña orza de aceite de oliva, uno de los presentes de su boda, y salió hacia el templo de Bastet. Caminaba ligera, a ratos corría, impaciente por llegar. El sol ya estaba sobre las palmeras cuando atravesó la imponente puerta y llegó al gran patio de columnas. Paseando entre ellas vio a quien buscaba. Corrió hacia él y se postró a sus pies, elevando la orza de aceite en sus manos, a modo de ofrenda.
   —Acepta este presente para tu señora Bastet y socorre a su sierva en su desdicha. Es aceite de Palestina, el mejor y más oloroso, un presente que recibí en mi boda y que yo te entrego para conocer el significado de un ensueño que he tenido por dos días consecutivos. Apiádate de esta campesina, te lo ruego.
   Hami, guardián y sacerdote del templo, recogió la pequeña orza, la abrió y vertió unas gotas del contenido sobre su mano izquierda, que después olió y lamió con gesto de satisfacción.
   —Álzate y habla, mujer —ordenó con voz solemne.
   Neferté se sentó sobre sus talones, sin llegar a ponerse de pie al darse cuenta de que era mucho más alta que Hami. Le contó con detalle los dos sueños de las noches precedentes y la angustia que por ellos sentía. El sacerdote escuchaba con atención y, al terminar, quedó largo rato en silencio, con los ojos cerrados, como en trance.
   —¿Cuál es tu nombre? —preguntó por fin.
   —Neferté, mi dueño.
   —Sígueme.
   La mujer siguió a Hami al interior de una construcción de piedra, atravesando un estrecho pasadizo hasta llegar a una sala más amplia en cuyo centro se encontraba la gran estatua de un gato en actitud vigilante, con un ancho collar. El sacerdote colocó la orza a los pies de la estatua y desapareció tras ella. Neferté se sintió intimidada, sola con la inquietante imagen del gato en la lúgubre estancia, únicamente iluminada por dos pequeñas lámparas alimentadas con aceite de ricino. Momentos después una nueva luz, más potente, surgió por detrás de la estatua y una voz con extraños ecos le llegó desde un sitio indeterminado:
 
Neferté, el sueño que has tenido es una profecía. Los cántaros son los días que faltan: ayer dos, hoy uno, el día señalado es mañana. La sangre es la muerte y a quien va a morir lo has visto en el ensueño. Morirá por algo que tú harás, porque tú rompes los cántaros con tu descuido. Ahora, vete.
 
   El corazón de la muchacha se encogió al oír la profecía, sintió pánico de ella misma, ¿Khun iba a morir, al día siguiente, por algo que ella haría? Rompió a llorar, desbordada por su inmensa angustia.
   Regresó a la choza como sonámbula, con la cabeza dando vueltas a las palabras de la diosa. No es posible —cavilaba—, los dioses pueden equivocarse, yo no haría nunca nada contra Khun. Es mi marido, mi dueño, mi amor, lo es todo para mí.... Sumida en su profunda preocupación pasó el resto del día y se esforzó en que Khun no notase nada al regresar. Se acostó con una gran ansiedad por temor a nuevas pesadillas, no quería dormir pero por fin el agotamiento la venció. Esa noche transcurrió sin ensueños extraños.
 
   Despertó cuando Khun se había marchado. Un instante después recordó la profecía y con terror pensó: hoy sucederá lo que haya de suceder. No molió el trigo, ni arregló la casa, ni trajo agua del pozo, ni hizo nada más que esperar, sentada a la puerta, a que ese día aciago transcurriera. El sol recorrió su camino más lento que nunca. Vio menguar la sombra de los juncos y más tarde volver a crecer, alargándose sobre la tierra reseca y arenosa en esas fechas. Pronto llegaría la crecida. Y pronto volvería Khun del trabajo en la huerta... ¿Que él iba a morir por algo que haría ella? ¡Imposible!, pensó. Pero entonces se iluminó una luz en su cerebro: ella no haría nada contra él, de eso estaba segura, pero ¿y si fuese algo involuntario? ¿Y si lo envenenara, sin saberlo, o por un accidente o por torpeza, como en el ensueño, ella hiciese algo que acabara con la vida del muchacho? La idea le resultó insoportable. ¿Sería eso lo que la diosa le había profetizado? La posibilidad se abrió paso en su mente como un huracán hasta convertirse en certeza. ¡Sí, no podría ser de otro modo! Bastet no se equivoca nunca y ella no debía tratar de engañarse a sí misma. ¿Qué hacer?, se preguntó con desesperación... Y entonces, al ver de nuevo la tierra reseca y arenosa, lo supo.
   Neferté dejó caer la túnica de lino que la cubría y se sumergió hasta los hombros en el río. Sintió el limo envolviendo sus pies y el contacto agradable del agua, refrescando su cuerpo y su mente. Cerró los ojos e inició una plegaria a Sobek. Dobló las rodillas y se dejó llevar por la corriente. Una dulce sensación de ingravidez la inundó. Sería más fácil de lo que había imaginado y Khun quedaría a salvo, reharía su vida, sólo tenía diecisiete años... Volaba en el agua como un ave en el cielo, conteniendo aún la respiración. El lecho del río ya quedaba lejos de sus pies, no había vuelta atrás posible. Se le acababa el tiempo... De pronto un chapoteo le hizo abrir los ojos. Horrorizada, vio la cara de Khun a través de las turbias aguas, junto a la de ella. Su esposo luchaba desesperadamente por sacarla a flote. Intentó gritar con todas sus fuerzas: ¡¡Vete, Khun, vete, vuelve a la orilla, déjame...!!, pero al hacerlo el agua le inundó la boca y los pulmones.

A la mañana siguiente, en un recodo, el río devolvió los cuerpos de los dos jóvenes, abrazados. Un gran gato negro con un ancho collar los miraba, en actitud vigilante.

© Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2011

20 de marzo de 2016

109ª noche - Si sueñas, loterías.

"Si sueñas, loterías", así te invita la publicidad a participar en los numerosos sorteos que se realizan en nuestro país. Y, en efecto, la lotería es para soñadores. Soñadores ilusos, en concreto.
Las loterías se basan en un sorteo donde, entre un conjunto de posibilidades, ocurre un suceso que señala al ganador. Este suceso se asocia al azar, normalmente al movimiento de unas bolas dentro de un bombo, o a un acontecimiento futuro e incierto, como el resultado de un partido, etc.
Cada participante paga su APUESTA. La suma de todas las apuestas es la RECAUDACIÓN total, de la que se paga el PREMIO. La relación entre la apuesta y el premio depende, entre otras cosas, de la PROBABILIDAD de acertar.
 
Primer ejemplo: Juan y Luis apuestan 100 euros a que el domingo llueve o no. La apuesta es 100, los participantes, 2. La recaudación, 200. El premio, también 200. Y la posibilidad de ganar cada uno de ellos es 1/2, o sea, 0.5    En este ejemplo el juego es del todo limpio: multiplicando el premio por la probabilidad se obtiene la apuesta.
200 * 0.5 = 100
 
Premio * probabilidad = Apuesta
 
En este caso el juego es equitativo, sin ventaja para ninguno de los dos.
 
 
Segundo ejemplo: Rafa decide hacer un sorteo en su bar. Para ello, vende 100 boletos a 10 euros cada uno. La recaudación es 100 * 10 = 1000 euros. Por lo tanto el ganador debería recibir mil euros. Pero Rafa decide que su trabajo en la organización ha de tener compensación, y anuncia que el premio será sólo de 900 euros, los 100 restantes se los quedará él. Si analizamos este caso:
Apuesta= 10
Esperanza matemática = 1/100 = 0.01
Recaudación = 1000 = Premio teórico
Premio real = 900
900 * 0,01 = 9 euros  menor que apuesta, que es 10
 
El juego no es equitativo.  
Como cada participante pagó 10, 1 euro va directamente para Rafa.
 
En este segundo ejemplo, la situación ya no es totalmente justa, aunque parece aceptable. Sólo un 10% de la apuesta se pierde, un euro de cada diez.
 
 
Tercer ejemplo: ¿Y si Rafa decidiera que, por su trabajo, ha de quedarse 600 euros de la recaudación? Entonces el premio sería sólo de 400 euros y la apuesta justa sería:
400 * 0.01 = 4 euros
Es decir, de los diez euros apostados, sólo 4 serían para el sorteo, los otros seis se los queda Rafa por la cara.
Seguramente en este tercer ejemplo Rafa no venderá muchos boletos, que la gente no es tonta. A no ser que diga que los beneficios son para alguna organización altruista, pero ahí entran ya otros factores ajenos a lo que se está tratando ahora.
 
Cuarto ejemplo: Lola decide comprar un billete de la Lotería de Navidad 2015, por lo que desembolsa 200 euros. Ésa es su apuesta. Con ese billete opta a varias posibilidades de premio, desde la devolución de lo apostado hasta 4.000.000 de euros del premio gordo, pasando por la pedrea, y otros premios de creciente importancia, y Lola concurre en un solo sorteo a todos ellos, con el mismo boleto. Hay 160 series, idénticas, sin premios añadidos por número de serie, así que podemos centrarnos en una sola serie para hacer los cálculos más sencillos.
Estos son los premios por cada serie:
  • 1º premio o el ‘Gordo’: 4.000.000 euros
  • 2º premio: 1.250.000 euros
  • 3º premio: 500.000 euros
  • 4º premio: dos premios de 200.000 euros
  • 5º premio: ocho premios de 60.000 euros
  • Pedrea: 1.794 premios de 1.000 euros
  • Números anterior y posterior al 1º premio: dos premios de 20.000 euros
  • Números anterior y posterior al 2º premio: dos premios de 12.500 euros
  • Números anterior y posterior al 3º premio: dos premios de 9.600 euros
  • Centenas del 1º, 2º y 3º premio: 297 premios de 1.000 euros
  • Centenas del 4º y 5º premio: 198 premios de 1.000 euros
  • Con las dos últimas cifras del 1º, 2º y 3º premios: 2.547 premios de 1.000 euros
  • Reintegro: 8.499 premios de 200 euros
Veamos ahora las probabilidad de cada uno, y la apuesta equitativa para cada caso:
La probabilidad de que toque a Lola el premio gordo, 4.000.000 de euros, es 1/100.000, o sea, 0,00001
  • Si multiplicamos 4.000.000 * 0,00001 = 40
 
  • Para el segundo premio 1.250.000 * 0,00001 = 12,5
 
  • El tercero 500.000 * 0,00001 = 5
 
  • Dos cuartos premios 200.000 * 0,00002 = 4 (nótese que la probabilidad es ahora doble)
 
  • Ocho quintos premios 60.000 * 0,00008 = 4,4
 
  • La pedrea, 1.000 * 0,01794 = 17, 94 (nótese que son 1974 números premiados, y por tanto posibilidades)
 
  • Anterior y posterior 1º premio 20.000 * 0.00002 = 0,4
 
  • Anterior y posterior 2º premio 12.500 * 0.00002 = 0,25
 
  • Anterior y posterior 3º premio 9.600 * 0.00002 = 0,192
 
  • Centenas varias 1.000 * 0.00495 = 4,95
 
  • Dos últimas cifras 1.000 * 0.02547 = 25,47
 
  • Reintegros 200 * 0.08499 = 17
Lola participa en todos esos sorteos, y los 200 euros de su apuesta se pueden dividir en las cantidades que aparecen al final de cada línea, cuya suma da 156,85 euros, no 200. La diferencia 200 - 156,85 = 43,15 euros de Lola que no tienen nada que ver con el sorteo y van directamente al saco, una vez cubiertos los gastos reales de organización, le toque la lotería o no. En realidad, un poco más, porque algunos de los premios no son acumulables, cosa que en este resumen no se ha tenido en cuenta. Loterías anuncia de el 70% de la recaudación es para premios. En ese caso, son 60 los euros que el Estado se queda de cada billete de valor nominal 200.
Por eso los premios de lotería hasta hace muy pocos años estaban libres de impuestos, porque el Estado ya saca su tajada antes del sorteo, del bote generado. Pero ahora se aplica un impuesto sobre esos premios, el 20%, de modo que si a Lola le toca el primer premio, por ejemplo, que son 4 millones de euros, cobrará sólo 3.200.000 euros. Y esto me parece a mí doble imposición y mala memoria.
Por otra parte, todo el mundo suele decir "qué bien, que el premio ha salido repartido, así sirve a mucha gente". Pero deduzco que eso ha de ser una hipocresía, porque si se quisiera que los premios fueran repartidos, se harían los sorteos con más premios pequeños y no esas barbaridades  para un único ganador; y se repartirían los premios sin ganador entre los acertantes de menor grado, como se hacía antes en las quinielas. Pero no,  se generan botes asombrosos para un solo ganador que sueñe mucho y se hacen sorteos imposibles que a nadie tocan, quedándose los remanentes a disposición del organizador, como si fueran de su propiedad, cuando yo creo que son propiedad del conjunto de participantes en el sorteo para el que han apostado.
En la ONCE es aún peor, se reparte en premios sólo el 55% de la recaudación.  http://www.estadisticaparatodos.es/taller/loterias/once.html .
En el sorteo de hoy, Día del Padre, se anuncia uno de 17 millones de euros. La probabilidad de que te toque es de 1/15.000.000 = 0,0000000666 es decir, tendrías que comprar un boleto cada día (365 días al año)  y te tocará por término medio salvo que seas muy gafe al cabo de 20.000 o 30.000 años. Un poco mayor te va a pillar. Y, si no toca, ¿quién se queda el dinero? ¿Para botes aún mayores?
 
Otro día hablaremos de esos sorteos con premio especial a la serie. Y de las máquinas tragaperras, y de la publicidad de casinos on line por parte de ídolos de los jóvenes como son los futbolistas de éxito.
Por eso, si sueñas, loterías.

14 de marzo de 2016

108ª noche - El Orotava

Habíamos coincidido en los últimos años de colegio. Antonia era morena, alta como un ciprés, desgarbada como un avestruz y tenía cara de antipática. En resumen, la amiga perfecta para acompañarme al baile. Por entonces empezaban a llamarlos discoteques, sonaba muy moderno. Todos los domingos por la tarde se llenaban de chicos y chicas. Por alguna ley no escrita íbamos siempre en parejas: dos chicos, dos chicas.  Al lado de Antonia, mi melena cuidadosamente oxigenada y mi figura armoniosa hacían que yo pareciera Marilyn. Ella asumía su papel de patito feo sin rechistar, y es que en cierto modo nos utilizábamos mutuamente: Antonia era mi carabina y yo era su gancho.

  Uno de esos domingos estábamos sentadas en una de las pequeñas mesas que bordeaban la pista, hablando de nuestras cosas y simulando no prestar atención a lo que sucedía alrededor.
  —¿Te has fijado en ése? —me preguntó Antonia, señalando discretamente con su afilada barbilla—. Es un bombón.
  Yo lo había visto desde que entró y habló un rato con el camarero. Su acompañante era un joven regordete, con gafas. Ambos vestían traje, como era norma por entonces.
  —¿Quién? —Lancé una mirada perdida, sin mucho interés—. Ah, ése. Pseee, no está mal —juzgué con displicencia.
  —Está buenísimo —insistió.
  ¡Claro que estaba buenísimo! Pero yo no pensaba admitirlo mientras él no picara el anzuelo. ¡Qué poca clase tenía Antonia!, no dejaba de mirarlo con torpe disimulo. Poco después, ellos se acercaron. En torno a la mesita había cuatro sillas.
  —¿Podemos sentarnos? —preguntó el bombón.
  —Bueno —respondí. Y retiré el bolso de la silla donde lo había dejado, para hacer sitio.
  En contra de lo previsto y antes de que yo pudiera reaccionar, el guaperas se sentó junto a Antonia; y el gordo, a mi lado. Se presentaron: Enrique y Daniel.
  Yo estaba furiosa. Se me pasó el recato de golpe, no hacía más que lanzar miradas a Enrique diciéndole con los ojos: "¿Cómo está con esa fea un hombre como tú?". Pero Antonia no paraba de hablar y distraerlo, captando toda su atención. Entonces pusieron una canción lenta. Era mi oportunidad.
  —Me encanta esta canción —dije, mirando directamente a Enrique.
  —A mí también. ¿Bailamos?
  El muy imbécil se lo pidió a Antonia. Daniel apenas sabía bailar y yo estaba bastante enojada. Así que la tarde fue un desastre para mí, mientras la bruja, a la que sólo faltaba la escoba, se divertía con "mi" chico.
 
  Aquél fue el final de mi amistad con ella. A Enrique volví a verlo en mi boda, un año después. Fue uno de los padrinos, como amigo íntimo de Daniel. Una boda un poco precipitada, como todas las de penalti.

El Orotava © Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2016

27 de febrero de 2016

107ª noche - Pequeño caballo

   Cuando Fonsito contaba cinco años, sus padres lo llevaron al cine, a ver una película de indios. El crío quedó tan impresionado por la belleza y la fuerza de las monturas que decidió que, de mayor, quería ser caballo. La mamá le dijo: "Eso no puede ser, tú eres un niño y de mayor serás un hombre". Fonsi se echó a llorar. Él quería ser caballo por encima de todas las cosas.

   Estuvo un buen rato berreando, mientras en los padres crecía un sentimiento de culpa: ¿estarían coartando la libertad y los sentimientos del niño? ¿Y si fuera realmente un caballo, dentro de un cuerpo equivocado? A la semana siguiente, transformaron el dormitorio del hijo en un pequeño establo. Fonsi rebuznaba de felicidad.

Pequeño caballo © Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2016