30 de mayo de 2015

94ª noche - Los milagros de Nuestra Señora

  Los Mendoza del Moral eran la más importante familia de El Fontanillo, pueblo sevillano fundado por sus antepasados a finales del siglo XIII, poco después de que el Rey Santo de Castilla sometiera a los moros de aquellas tierras. Hacía siglos que los títulos nobiliarios se fueron por otras ramas de la familia, que se trasladaron a Madrid, pero la hidalguía y pujanza económica de los que quedaron en la casa solariega aseguraban su hegemonía en la comarca. Por eso, cuando Catalina Ojeda de Mendoza abortó por tercera vez, don Rafael fue a la iglesia parroquial de la Asunción con una promesa solemne: si su esposa le daba un heredero, haría a su costa una nueva fachada para el templo en el más puro estilo barroco andaluz. Después se postró ante la Virgen y pasó orando el resto de la tarde.
  Los ruegos debieron de ser escuchados, pues al poco tiempo Catalina quedó de nuevo encinta y dio a luz un precioso niño al que bautizaron Pablo. El padre se apresuró a cumplir lo prometido, encargando de ello a los mejores arquitectos cordobeses. En el friso del que arrancaba la espadaña ordenó poner la siguiente inscripción: "GRATIAS AGIMUS TIBI DOMINA EXCELSA - PAULUS 1 NOV 1742". En los años siguientes llegaron dos niñas en sendos embarazos. Rafael se felicitaba por haberse confiado a la Virgen.

  El pequeño Pablo, el primogénito tan deseado, era el ojo derecho de sus padres, que no escatimaron a la hora de proporcionarle el bienestar y la educación que le correspondían. Todos los domingos lo llevaban a misa y, al salir del oficio, era Pablo el encargado de repartir algunas monedas entre los pordioseros que aguardaban junto al pórtico. Desde muy chico, Rafael le señalaba el friso donde aparecían su nombre y fecha de nacimiento como recuerdo del milagro de la Virgen. A su corta edad, el niño se hizo la idea de que él mismo era milagroso: su nombre figuraba en el templo al igual que el de los santos, los mendigos le besaban las manos con devoción cuando repartía las limosnas, hasta el párroco en ocasiones se refería a él como fruto de Nuestra Señora. Todo ello hizo que en Pablo creciera un profundo sentimiento religioso, lo que complacía a sus padres hasta que, cerca de la edad de nueve años, manifestó su deseo de hacerse sacerdote.
  Rafael quedó muy contrariado. Pablo era su hijo mayor, el único varón, el llamado a continuar el linaje y la pujanza de la familia, no a entrar a la Iglesia, destino más propio para alguna de sus hermanas, si sintiera esa vocación. Como el niño era aún pequeño, el padre creyó que al crecer se le iría la idea de la cabeza. Cuando Pablo recibió la Primera Comunión se interesó por ser monaguillo de la parroquia, donde pasaba todo el tiempo que sus maestros le permitían. La determinación por entrar en el clero se hizo entonces férrea. Don Rafael habló de ello con el párroco pero, como persona principal, buen cristiano y familiar del Santo Oficio, el padre no podía oponerse a la vocación del chiquillo, y el cura estaba entusiasmado con la idea. De manera que, a regañadientes, tuvo que disimular su disgusto, confiando todavía en que, tal vez, cuando tuviera más edad, el niño desistiera.

  En poco tiempo, el joven Pablo, inteligente y aplicado, aprendió latín, recitaba de memoria cualquier página del Misal Romano y conocía el templo mejor que el sacristán. A los doce años visitó por primera vez el Seminario Conciliar Sevillano, un viaje de unas dos horas en carreta, acompañado por el cura, para tantear la admisión del muchacho. El Rector quedó impresionado por sus cualidades, y acordó que Pablo ingresara al centro en su próximo cumpleaños, festividad de Todos los Santos e inicio del curso. El párroco y su acólito regresaron exultantes a El Fontanillo.

  En los meses siguientes, de nada sirvieron las largas conversaciones de Rafael con su hijo. Argüía aquél que, siendo Pablo el mayor y único varón, debía cuidar de la familia y administrar las propiedades, tener herederos... Pero el muchacho se cerraba en la idea de que su vocación era por voluntad de la Virgen, y más de una vez le mostró el friso en el que esa voluntad quedaba patente. El padre se maldijo mil veces por haberlo colocado allí. Por otro lado, su propia fe y la determinación del chico llegaron a hacerlo dudar. ¿Sería verdaderamente el deseo de Nuestra Señora? ¿Y si Pablo estuviera en lo cierto?
  Un Rafael angustiado se postró ante el altar de la Virgen de la Asunción en la tarde del último día de octubre y musitó: "Señora, si es tu voluntad, dame entendimiento y consuelo. Y, si no lo es, dáselos a mi hijo". Aquella noche no pudo dormir, ni quitarse de la cabeza que, cuando amaneciera, Pablo saldría de su mundo para siempre.
  Después del desayuno, Rafael y Pablo estaban vestidos para la ocasión y el carruaje, al que ya se había subido el cura, aguardaba en la puerta. Se despedía el niño de su madre, entre los sollozos de ésta, cuando el suelo empezó a temblar. Primero, despacio, como mecido por suaves olas, y, poco después, con la violencia de un temporal. Todos, muy asustados y sobrecogidos, salieron al patio por temor a que la casa se derrumbara sobre ellos. Los caballos, que ya habían sido enganchados al carro, se lanzaron al galope hacia el campo, como desbocados, sin que el cochero pudiera evitarlo. Pasaron unos largos segundos y todo volvió a la normalidad, pero nadie se movió de donde estaba. Se miraban unos a otros sin entender nada ni saber qué hacer. De pronto, un estruendo anunció otra sacudida, esa vez más fuerte. Algunas de las cornisas se desprendieron y cayeron al patio. Durante cerca de diez minutos, varios temblores se sucedieron con pequeñas pausas entre ellos. Por fortuna, la casa, de tan solo dos plantas y buena fábrica, resistió. Después, tras un largo y tenso silencio, volvió la calma.
  Rafael y su hijo se dirigieron a pie hacia el centro del pueblo. En el camino, las casas más humildes aparecían completamente arruinadas, y algunos heridos eran cuidados por familiares y vecinos. Otros se afanaban por sacar de entre los escombros a los que habían quedado sepultados. Y muchos, igual que ellos, caminaban como autómatas hacia la plaza del templo. Al llegar allí, comprobaron que la iglesia seguía intacta, excepto la espadaña que, antes alta y esbelta, se había derrumbado frente a la puerta de entrada. El friso, hecho pedazos, descansaba a un lado, ya ilegible, excepto por dos de las piedras que curiosamente habían quedado juntas, formando la frase EX PAULUS. Era la respuesta de la Virgen.
  Ambos se arrodillaron y santiguaron, con la vista elevada al cielo. Después, Rafael juntó las manos y rezó fervorosamente durante largo rato. Al terminar, se alzó y, en voz alta para que todos pudieran oírlo, dijo: "A mi costa reconstruiré todo lo caído, y en esta ocasión el friso agradecerá a la Virgen que nos haya preservado a los que estamos ilesos, y que vele por los que han tenido menos suerte". A continuación abrazó a su hijo y lo devolvió a la casa.

 
©Fernando Hidalgo Cutillas - 2015

 
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17 de mayo de 2015

93ª noche - Fábula de Gusanito

    Tras todo el día arrastrándome arriba y abajo, llegué a la lechuga. La olí y mordisqueé con precaución. Tal como había imaginado, estaba crujiente y deliciosa, mucho más que las hojas del árbol que había abandonado. Como ya oscurecía, me acurruqué cerca del cogollo para pasar la noche.
    Con los primeros rayos del sol, estiré mis patitas y me lancé sobre una de las hojas más tiernas. La perforé cerca del centro y fui mordiendo de modo regular, dejando un agujero de bordes festoneados cada vez mayor. En uno de los bocados noté algo viscoso. Dos cuernecillos asomaron por el agujero:
    —¿Qué haces? ¡Me has mordido...! —Se quejó el caracol.
    —Disculpe, señor caracol, no lo había visto. —Me excusé—. Ya lo ve, estoy comiendo esta hoja tan jugosa... ¿Usted no come? Está muy buena.
    —Hoy haré dieta, esta noche he ido un poco suelto... —El caracol se deslizó hasta ponerse a mi lado. Me miraba con curiosidad, moviendo sendos ojillos que remataban cada uno de los dos cuernos—. Pero ¿tú no eres un gusanito de seda?
    —¿De seda...? No lo sé. Todos mis hermanos están allí, en aquel árbol de hojas ásperas y malolientes. —Señalé la morera.
    —Y allí deberías estar tú también. No tengo duda de que eres un gusano de seda, y aquella es tu comida, no ésta. Harías bien en volver allí si no quieres tener problemas. —Y, muy despacio, el caracol se fue deslizando hacia otra hoja, sin despedirse.
    Seguí a lo mío, saboreando cada mordisco de aquel manjar recién descubierto. El esfuerzo había valido la pena. Estaba a punto de terminar la hoja cuando pasaron a mi lado dos mariquitas. Caminaban rápidamente, como si tuvieran prisa, y apenas me prestaron atención. Alcancé a oír algo de lo que hablaban:
    —¿No es éste un gusano de seda?
    —Lo es. Y, si come lechuga, se le van a secar los sesos. Allá él, no es cosa nuestra.
    ¡Qué sabrán esas mariquitas!, esto está buenísimo, me dije. Empezaba a sentir la panza llena, pero aún cabría algún bocado más, por lo que me moví a otra de las tiernas hojas y seguí mordisqueando.  Una fila de hormigas se cruzó conmigo. Eran muchas, y cada una me decía algo diferente:
    —Gusanito...
    —Si comes lechuga...
    —Te quedarás ciego...
    —Se te hinchará la panza...
    —Te saldrá rabo...
    —Te volverás tonto...
    —Te quedarás cojo...
    —Se te caerá la piel a tiras...
    Y siguieron pasando y haciéndome terribles predicciones. Yo me decía: ¡qué sabrán estas hormigas ignorantes!, siempre unas detrás de otras. Algo tan delicioso no puede ser malo. Unos días después se me hinchó la panza, empezó a caer la piel a tiras y me asusté. ¿Tendrían razón las hormigas? Pero debajo de aquella piel apareció otra más bonita, y no hice más caso.
    Seguí comiendo y comiendo día tras día, hasta que de pronto un hilo muy fino que salía de algún lugar de mi cabeza empezó a envolverme. Yo no sabía qué era aquello, pero tenía tanto sueño que me acurruqué sin moverme, hasta sentir que estaba completamente envuelto en una capa muy suave y amarillenta. Después, debí de quedar dormido.
    Cuando desperté, no me reconocí. Mi cuerpo, antes largo y delgado, era entonces una bola rechoncha y peluda, con unas alas demasiado pequeñas para algo tan pesado. Sentí que me asfixiaba y mordí con furia la capa suave y amarilla para escapar de mi prisión. Avancé unos pasos y me quedé, ciego e inmóvil, sobre los restos de la hoja que días antes había empezado a mordisquear.
    Llevo así tres días. Soy incapaz de probar bocado y de moverme. Sólo espero no sé qué, pero no llega. Siento un ansia que no comprendo, la necesidad de estar con mis hermanos, mas las fuerzas me han abandonado y se me hace imposible volver al árbol donde sé que ellos están. Recuerdo ahora las advertencias de las hormigas sabias y me pregunto por qué, entre tantas calamidades como me anunciaron, ninguna me avisó de la verdad: Te quedarás solo.

MORALEJA

Buscándose una vida diferente,
Gusanito bajó de la morera,
decidido a saltar cualquier barrera,
a conocer el mundo y a otra gente.

Llegó a su nuevo hogar tras la carrera,
rompiendo de este modo la costumbre
de mil generaciones, mansedumbre
de quien acepta el sino que le espera.

Cuando lo ven, todos le dan consejos:
que vuelva con su gente y sus hermanos
y Gusanito piensa: ¡Bah!, son viejos

asustadizos, necios y villanos.
No soportan que yo llegue tan lejos
y mi valor confunde a estos ancianos.

Así que Gusanito no hizo caso.
Después, su soledad fue su fracaso.

©Fernando Hidalgo Cutillas - 2015
 
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12 de mayo de 2015

92ª noche - Mal menor

En la ciudad, maltratada por el desempleo y la miseria, se producen a diario violentos atracos, en los que los agresores utilizan con frecuencia alguna arma blanca. A menudo, las víctimas reciben heridas que, dada la mugre que suelen acumular los cuchillos y navajas de los delincuentes, tienden a infectarse gravemente, cuando no a transmitir alguna terrible enfermedad.
Las autoridades están preocupadas por los atracos pero, más aún, por sus consecuencias sobre la salud. Tras consultar con las fuerzas vivas de la localidad, el alcalde anuncia: No es posible evitar los atracos, pero sí podemos mejorar las condiciones sanitarias. Si van a atracar, al menos que lo hagan con higiene, explica desde el balcón de la Casa Consistorial. En el estanque, los gansos de la plaza aplauden largo rato.
A partir de este momento, a cualquiera que en la ciudad lo precise se le entregará gratuitamente un cuchillo limpio en el Ayuntamiento. Sin preguntas, por orden del señor alcalde, que pudieran desanimar de utilizar este higiénico servicio.
 
©Fernando Hidalgo Cutillas - 2015

 
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15 de febrero de 2015

91ª noche - Fábula de los apresurados

Arrastraba un burro  su carreta por un camino de un bosque. Se disponía a
atravesar un cruce cuando lo detuvieron unos gritos:
 —¡Alto, alto! —exigió una gallina que caminaba rápidamente, en dirección transversal, llevando entre sus alas a un lánguido pollito—. Mi hijito está malo, lo llevo al doctor, ¡no querrás pasar primero! —protestó.
El burro se detuvo y aguardó a que pasaran la gallina y sus polluelos, que la seguían siempre a todas partes. Se disponía a reanudar la marcha cuando lo alarmaron nuevos gritos:
—¡Abran paso, es urgente! —pidió una cabra en tono airado—. Voy a por leche para mis crías; por desgracia la mía se secó y si no me apresuro a llevársela morirán de hambre.
 —Señora... —inició el burro, pero en ese momento llegó al cruce el ciervo que ejercía las funciones de guardia de tránsito.
—¿Qué sucede aquí? —preguntó el agente de la autoridad.
—¡Que este burro quiere pasar primero, cuando yo estoy acudiendo a una urgencia muy importante! —reclamó la cabra.
—¿Es eso cierto? ¿No conoce las normas? —El ciervo miró al burro con cara de pocos amigos.
—Oiga, yo...
—Tendré que multarle. Siga usted, señora cabra, no la entretengo si tiene prisa...
La cabra siguió su camino mientras el ciervo empezaba a pedirle al burro toda clase de permisos y documentos y a examinarlos sin prisa ninguna.
Extendida la multa, revisada la documentación y amonestado el burro, reanudaba éste la marcha cuando se acercó al cruce una hilera de cachorros.
—¡Quieto!, ¿no ve que van a pasar esos pequeños? ¿Es que quiere atropellar a alguno? —increpó el ciervo con muy malos modos, así que el burro volvió a detenerse y a armarse de paciencia.
—Adiós, pequeños —saludó el ciervo muy amable y sonriente—, ¿adónde vais?
—A la escuela —contestaron varios de ellos a coro, y continuaron con su gracioso andar y con sus juegos.
La fila era larga y el burro se impacientaba...
De pronto, desde lo alto del carro, un búho asomó la cabeza.
—Psss, agente, venga un momento, haga el favor.
Reticente y muy arrogante, el ciervo se acercó al pasajero que con tanta insolencia lo llamaba.
—Mire, yo soy el médico —explicó el búho—, esta oveja es la encargada de la lechería, y la lechuza que ve usted a mi lado es la maestra. La prisa de todos los que han pasado con tanta urgencia no servirá de nada si nosotros no estamos en nuestros puestos; ¿lo entiende, señor ciervo?
El agente quedó perplejo.
—¿Por qué no dijeron que lo suyo también era urgente? —inquirió.
—Porque no lo es; simplemente vamos a nuestros trabajos, como cada día. No sé qué le ha hecho pensar que el interés de nuestro amigo el burro en llevarnos puntualmente a nuestros puestos no era importante. Todo el que va a alguna parte tiene sus motivos, cuya importancia nadie puede adivinar...
En esto vieron de regreso a la gallina.
—¡Mi polluelo! —clamaba, llorando a cresta tendida—. ¡¿Cómo no está el doctor en su consulta?! Habría que colgar al responsable —propuso con indignación.
También la cabra apareció, desesperada.
—No comprendo; ¡la hora que es y la lechería no ha abierto! ¿Qué daré de comer a mis hijitos?
En esto la lechuza sugirió:
—Señores, ¿qué les parece si seguimos nuestro camino, antes de que en la escuela también haya problemas?
El ciervo dio un largo pitido con su silbato, cortó el tráfico con un aparatoso gesto y dio paso al burro y su carro. Después se puso las gafas de sol y siguió con su duro trabajo.
 
Copyright Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2010

 
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29 de diciembre de 2014

90ª noche - El extraño caso del Dr.Jekill y Miriam Hyde


       
Tras doctorarme en el MTI, recibí una extraña oferta de trabajo: el cargo de jefe de un Equipo Alfa en el Centro Nacional de Biología Aplicada de las Fuerzas Armadas, que dependía directamente de la Casa Blanca.  Se trataba de uno de esos empleos que deben ocultarse a todos, incluida la familia. Aparentemente, yo trabajaba en un laboratorio farmacéutico de ámbito multinacional, así lo creían mis padres, mis hermanos, los amigos y —cuando me casé— también mi esposa Miriam.
La labor requería por largas temporadas una dedicación intensiva e ininterrumpida. Pasados un par de años de matrimonio, Miriam empezó a sentirse molesta por esas ausencias de difícil justificación. Yo argüía viajes de trabajo y otros motivos similares,  pero la explicación no lograba que se sintiera menos sola. Sus quejas, a veces mimosas y a veces airadas, agriaban nuestra relación hasta el punto en que ella dijo que no era ésa la vida que deseaba llevar a mi lado y que, de no encontrar solución, pediría el divorcio.  La idea de separarnos me atormentó desde el principio. El problema parecía no tener arreglo: yo no podía dejar de lado mis investigaciones y ella —yo la comprendía— llevaba la vida de una viuda, la mayor parte del tiempo.

Mi trabajo consistía en la transmutación genética. ¿Se imaginan un toro con la capacidad mental de un chimpancé? ¿Un hombre, con la fuerza proporcional a la de un escarabajo pelotero? Se trataba de introducir en los genes de un individuo otros, de diferente especie, que contuvieran las cualidades que se quería conseguir. Trabajábamos con una gran variedad de animales, cuyos genomas estudiábamos continuamente.
Una mañana, en mala hora se me ocurrió comentar mis cuitas con un compañero del equipo, un buen investigador, del que conocía su divorcio, pocos meses antes. Un día, sin más,  su mujer se largó con otro.  Y allí nos quedamos los dos, fumando sendos cigarrillos con cara de palo. Antes de volver cada uno a lo suyo, mientras mi amigo apagaba la colilla, soltó con acritud:
—Ahora tengo un perro, seguro que él no me va a dejar. —Y se fue a su lugar de trabajo.
El comentario quedó rondando en la cabeza. A la hora de comer, ya no pensaba yo en otra cosa. Y a media tarde, caí en cuenta de que, sin pretenderlo, mi amigo había dado en el clavo.
Repasé el genoma canino buscando los genes y alelos de los que depende la inquebrantable fidelidad de esos animales. Pronto los encontré. En la pantalla del microscopio electrónico estaba la clave de todo. En los días siguientes, partiendo de un magnífico ejemplar de pastor alemán extraje, purifiqué y preparé con gran cuidado todo lo necesario, hasta concentrar en un centímetro cúbico de suero amarillento la mayor carga de fidelidad nunca vista. Sólo faltaba encontrar la excusa para inocularla a Miriam, lo que no sería problema, aprovechando alguno de los tratamientos que le administraba de vez en cuando para la alergia. Dejé el vial en el frigorífico de casa, a la espera del momento adecuado.

Ya hacía un mes de la inyección cuando noté los primeros cambios. Miriam me esperaba junto a la puerta con gran excitación, daba vueltas a mi alrededor con alegría, atenta a cualquiera de mis deseos sin mostrar contrariedad por mi ausencia o los retrasos. A la menor oportunidad, se arreglaba para salir conmigo, me arrastraba ansiosamente a pasear a la calle, adelantándose para curiosear algún escaparate o alcanzándome, si había quedado atrás en su correteo. Se obsesionó con los collares, me hizo comprar varios de ellos. En una ocasión estuvo a punto de orinar en un parterre, apenas conseguí evitarlo. Yo la reñía dulcemente tratando de controlar esos excesos, ante lo que Miriam bajaba la cabeza y emitía un lastimoso y leve gruñido. Pero inmediatamente recobraba su vigor y jovialidad. Por lo demás, seguía siendo la de siempre y estoy seguro de que ella no notó nada extraño. Cuando logré mitigar las efusiones de la nueva Miriam, todo pareció quedar bajo control. A nadie, ni siquiera al amigo divorciado, conté nada, pues no hace falta decir que lo realizado contravenía todos los códigos imaginables y no quería correr riesgos. Y así pasaron cinco meses más.
Un día me sorprendió no encontrarla en casa a mi regreso. Llamé por teléfono a varios conocidos y nadie sabía nada de ella. Esperé, sin resultado.  Por la noche, estaba a punto de avisar a la policía  cuando oí unos suaves golpes y gemidos en la puerta. Abrí, y allí estaba Miriam, con las ropas sucias como si se hubiera revolcado en el barro, greñuda, los brazos y piernas llenos de arañazos, con una cara de pena que partía el corazón. Entró temerosa, tomó una ducha y nos acostamos sin cenar ni mediar palabra. Ella se enroscó a mí inmediatamente, como si nada hubiera pasado. Por la mañana, actuó como otro día cualquiera.
Habíamos decidido no tener niños  hasta encontrar la ocasión idónea, por eso nos preocupó el retraso menstrual, y más aún nos sorprendió un test de embarazo positivo. Aceptamos la decisión del destino, pero pasadas unas semanas, la ecografía mostró algo inaudito: Miriam esperaba quintillizos. Y lo más sorprendente: tres de los fetos no parecían humanos, sino perrunos. Yo miraba las imágenes sin poder dar crédito. Aquello no podía seguir adelante.
Empecé a dejarla encerrada en casa con llave, pero no tardé en advertir que ella escapaba fácilmente, saltando la valla entre los setos del jardín. Regresaba a los dos o tres días, con tan lamentable aspecto como si volviera de la guerra. Pero feliz y tan fiel en su afecto hacia mí como siempre.

Los cambios en la política del país llevaron a cancelar muchos de los proyectos del Departamento de Defensa, entre ellos el de experimentación genética en que yo estaba trabajando. Con una pluma de oro, un contrato de confidencialidad y una palmada en la espalda, me enviaron a casa. Allí me esperaba Miriam con un negro y enorme pastor alemán que había encontrado vagabundeando por la calle, apoltronado sobre el sillón que yo solía usar.
—¿A que es precioso? —dijo, y me sacó la lengua.

 
©Fernando Hidalgo Cutillas - 2014

 
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13 de noviembre de 2014

89ª noche - Mentira piadosa

Desde su corta edad, Antonio pensaba que la tía Paula tenía todos los años del mundo. Era hermana de su fallecido abuelo materno, Julián, y no supo de ella hasta que, un verano, la familia decidió ir de vacaciones al pueblo de sus orígenes. El padre se reuniría con ellos unos días después, por cuestiones de trabajo.
 
Voluminosa, vestida con indescifrables envolturas, siempre de luto no se sabía bien por quién, la tía Paula era una mujer extravagante. Estaba casada con el tío Diego, que había sido pregonero, ya jubilado. Era un hombre enjuto, alto y ligeramente encorvado, que parecía alimentarse sólo de cortados(*) con leche condensada y copas de coñac, a pesar de lo cual nunca se le veía ebrio, al contrario, siempre cabal, simpático y comedido en todo. Con frecuencia llamaba a su mujer "Doña Paula", lo que parecía bienintencionadamente socarrón. Y es que Doña Paula tenía delirio de grandeza.
 
Hacía mucho tiempo que la familia no tenía contacto, tanto que los tíos no sabían de la existencia del niño. Cuando llegaron a la casa del pueblo, conociendo lo mirada que era Paula para eso, a la madre se le ocurrió decir que lo habían bautizado Julián, como el abuelo. La tía quedó oronda y satisfecha con el detalle, pues no cabía en su imaginación que hubiera sido de otro modo. Y se pasó la tarde llamándolo: Julián por aquí, Julián por allá... Antonio, advertido por su madre, atendía, aunque sin comprender el extraño cambio de nombre. Pero, pasada la inquietud de los primeros momentos, el niño se olvidó  y dejó de prestar atención. Y la tía no era tonta.
—Mira a tu hijo. ¡Julián, ven...! Ni se inmuta.
Antonio, leyendo un tebeo, hacía oídos sordos.
—¡¡Julián!!, ven de una vez, que te llama la tía —gritó la madre.
El niño levantó la cabeza y fue al lado de las dos mujeres, un poco asustado.
—¿Por qué no atiendes, eh? —riñó la madre, disgustada. Antonio guardó silencio.
—¿Crees que soy tonta? —increpó Paula. Y preguntó directamente al pequeño—: ¿Cómo te llamas, hijo? 
—Julián —explicó la madre. Paula la fulminó de una mirada.
—Tú calla. ¿Cómo te llamas, niño? —insistió.
Antonio no sabía dónde meterse. Pasados unos segundos de zozobra, balbuceó con la mirada en el suelo:
—Toñito.
A la tía le dio uno de sus ataques, con los que tan oportunamente remataba cada uno de sus disgustos. Si no hubiera sido por Diego, que rondaba cerca, no se sabe cómo hubiera terminado aquello.
—Tranquila, "Doña Paula", el niño se llama Antonio, como su padre. Ya se van perdiendo esas viejas costumbres. —Y, dirigiéndose a la madre, reprochó moviendo la cabeza a uno y otro lado—: ¡A quién se le ocurre...!
—¡Tratar de engañarme a mí con la memoria de mi hermano, que Dios tenga en la Gloria! ¡Cómo te atreves, Candelaria! Para mí, has muerto. ¡Ay, Señor! Tráeme las pastillas, Diego, que me va a dar...
Diego trajo las pastillas y le hizo un guiño a Toñito, que estaba a punto de echarse a llorar.
—Habéis asustado al niño, haced el favor...

La cosa no fue a más pero las vacaciones quedaron definitivamente arruinadas. Cuando llegó el padre, Candelaria, sin darle explicación, decidió terminarlas en un pueblo de la costa.
—Como tú quieras, "Doña Candelaria" —asintió el marido.

(*) Café con muy poca leche.
 
 
©Fernando Hidalgo Cutillas - 2014

 
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26 de agosto de 2014

88ª noche - Fábula de las bacterias anaerobias

El señor Clostridio estaba muy disgustado; ya hacía varios meses que algo extraño sucedía en el sur de la ciénaga y no conseguía explicación por ninguna parte. Todo empezó con aquella excursión de un grupo de jóvenes escolares, de los que no regresó ninguno. Enviaron a un par de patrullas a buscarlos y tampoco regresaron. A pesar de las protestas, la zona se cerró sin más y se prohibió completamente el acceso. Pero en las semanas siguientes otros individuos habían desaparecido en zonas cada vez más al norte. Aquella pesadilla, fuere lo que fuere, estaba extendiéndose.


    Sin embargo, la semana había traído buenas noticias. A la oscura ciénaga acababa de llegar una pequeña colonia de vibrios. Los vibrios son muy adaptables, en cualquier sitio están bien y suelen viajar mucho. Pero lo que había llamado la atención del señor Clostridio era que habían llegado desde el sur, atravesando la zona prohibida. Y habían llegado sanos y salvos.

     En cuanto se enteró de la noticia mandó a su alguacil con una nota para el señor Vibrio, el jefe de la nueva colonia, pidiéndole que fuese a verlo de inmediato por un asunto muy importante. Al poco rato, el vibrio entraba en el cubículo municipal.
     —Bienvenido, señor Vibrio. ¿Está usted bien? Deseamos que su colonia se encuentre aquí como en su casa... —saludó el señor Clostridio, con toda la amabilidad que su agrio carácter le permitía. Sin esperar respuesta de su interlocutor, continuó—: Han venido por el sur, ¿verdad? Dígame, ¿algo ha llamado su atención?, ¿han visto algún peligro en el camino?
     El vibrio estaba desconcertado. ¿Algún peligro…? ¡El mundo estaba lleno de ellos!, charcas de ácido, fumarolas tóxicas, sulfataras candentes... Viendo que el vibrio no se decidía a contestar y parecía no entender, el clostridio apremió:
     —Sí, cualquier cosa que le haya parecido sospechosa, extraña...
     Entonces el señor Vibrio recordó algo.
    —Pues sí, algo insólito nos llamó la atención al acercarnos a la ciénaga. Pero no pareció ser ningún peligro.
      —Cuente, dígame qué fue —inquirió Clostridio, impaciente.
   —Pues verá, a medida que nos acercábamos a la ciénaga vimos que abundaba una cosa verde, seguramente algo vivo, y en la proximidad de esa cosa verde notamos en el aire un gas que no conocíamos hasta ahora. Pero nada de ello nos afectó. Por eso le digo que no vimos peligro, aunque nos pareció insólito. ¿Le sirve de algo?
     —¡Lo que me temía! —exclamó el clostridio, visiblemente contrariado. Se acercó al escritorio y llamó a su secretario por el interfono.
     En seguida entró otro clostridio en la habitación.
    —Señor secretario, este vibrio confirma la presencia de cosas verdes y gases extraños en la zona sur. Está sucediendo lo mismo que pasó en Thulú hace tres años.
     El secretario arqueó los cilios con una mueca de preocupación y acercándose a un armario sacó un pliego de papeles.
     —Aquí guardo el expediente completo de Thulú, señor Alcalde. Desde el principio he sospechado que las desapariciones podrían deberse al mismo problema, pero no había forma de comprobarlo porque ir allí es mortal. ¿Vino usted por el sur, señor Vibrio? ¿No notó nada?
     —Ya le he explicado al Alcalde; vimos cosas verdes, notamos el gas, pero ningún problema.
    —Claro, los vibrios soportan muy bien casi todo —explicó el secretario, que seguía buscando entre los papeles del legajo—, pero ese gas es veneno para nosotros. Por aquí tenía los datos... aquí está. Oxígeno, así llamaron al gas. Y ese oxígeno lo producen unos vegetales de color verde. Plantas verdes, oxígeno... algo nuevo.
     El secretario leyó en silencio unos instantes antes de seguir con su explicación.
     —En las últimas semanas de Thulú, enviaron una expedición muy bien equipada desde la Zona Abisal, donde residía el Consejo. El estudio fue concluyente: esas plantas verdes contienen una sustancia que expuesta a la luz del sol produce el gas mortal. El enemigo no es el oxigeno sino la planta verde.
     —¿Y no pudieron hacer nada? —preguntó el vibrio, más por curiosidad que por preocupación.
   —Se intentó. Hubo una enorme crisis. GreyMood, una organización de clostridios preocupada por el medio ambiente, culpó al Sistema de Desechos de haber favorecido la aparición de estas plantas que viven sobre materia orgánica en descomposición. Propusieron una serie de medidas extremas. Remover completamente el sustrato, cubrir las plantas para que, sin luz solar, no produjesen oxígeno, instalar quemadores en las zonas afectadas que consumiesen el gas... El Gobierno se vio obligado a aceptarlas para contener la revuelta. Murieron muchos intentándolo y al final no se consiguió nada. Aquello era imparable y hubo que abandonar Thulú. No se salvó ninguno de los que quedaron allí.
    —Hace tiempo que GreyMood está presionando aquí también con el dichoso Sistema de Desechos. Y ahora tenemos el mismo problema. ¡Van a crucificarme! —exclamó el alcalde Clostridio.
     —Eso es seguro, pero no es lo peor —sentenció el secretario—. Si sigue el mismo proceso, apenas nos queda tiempo. Antes de seis meses el oxígeno cubrirá completamente esta ciénaga y la vida aquí será imposible. El mundo se está acabando, señor Alcalde, ¡adónde vamos a llegar...! —exclamó el secretario, mientras los dos clostridios salían apesadumbrados de la sala.



MORALEJA


Que no se puede parar
lo que rueda eternamente

es cosa que poca gente
se haya parado a pensar.

La Naturaleza da
a todo bicho viviente
tiempo y oportunidad
y después, ¡pase el siguiente!

En esta larga cadena
de la vida en nuestro mundo
somos sólo un eslabón.

Quienes se hacen la ilusión
de parar el minutero
sepan que la Evolución
no concede una excepción
ni es asunto de dinero.

©Fernando Hidalgo Cutillas 2010
 
 
TIEMPO EN HISTORIAS
 Los mejores cuentos y fábulas en un solo tomo