22 de junio de 2014

82ª noche - Don Cándido


No sé cómo se le ocurrió a Diego, el menor de mis tres hijos, la estupidez de pintarse los labios con la barra de carmín de su madre y ponerse unos zarcillos muy vistosos, que ella usaba en los días de feria. Estaba solo en la casa, andaría buscando algo en el tocador y la curiosidad haría el resto. Después se distrajo con cualquier cosa y tuvo la mala suerte de que en ese momento lo llamaran a voces sus amigos desde la calle para que saliera a jugar, lo que Diego hizo sin acordarse de que iba medio disfrazado. De esta guisa recorrió los pocos metros hasta la plazoleta donde lo aguardaba un corro de chiquillos, que nada más verlo soltaron una enorme carcajada. Si Dieguito hubiera seguido la broma nada habría pasado, pero se avergonzó tanto que se encendió como un tomate y corrió a la casa llorando, mientras las burlas crecían. Se lavó bien la boca, dejó los pendientes en su sitio y con el corazón encogido se puso a hacer los deberes, o a simular que los hacía, pues no tenía ánimo. Diego contaba entonces once años.

El rumor corrió por el pueblo y, como suele suceder en estos casos, la familia fue la última en enterarse. Dos días después, Elisa volvió a casa con un gran disgusto por algo tan grave —según ella— que si me lo contara habría una desgracia.
—Habla, mujer, que será peor si me entero de otro modo —apremié.
Entre sollozos, explicó:
—Me ha contado la Tomasa que se dice por ahí que Dieguito es maricón. ¡Nada menos! Que lo han visto en la calle con los labios pintados, zarcillos y un collar. No me lo explico. Parece que es la comidilla del pueblo.

Elisa no se atrevía a mirarme a la cara. De sobra sabía que no me agradaba el modo blando en que estaba criando al muchacho, el benjamín, el que con tanto anhelo había esperado que fuese una niña. Temía que la culpara. Y no digo que no se me pasara por la cabeza, pero el problema no era ése en aquel momento.

Primero debía enterarme de lo sucedido. Llamé a Diego y se lo pregunté. Nunca lo había visto con tanto miedo en el cuerpo. Temblando, se echó a llorar, incapaz de articular palabra. Suavicé el tono, lo abracé y le recordé con cariño que yo era su padre, había aparecido un problema y mi deber era ayudarle. Y para eso era necesario que dijera qué había pasado. Con voz entrecortada explicó lo que he contado antes. Y que en el colegio, desde que eso sucedió, todos se burlaban de él y le decían palabras muy feas. Por fin rompió a llorar otra vez, abrazado a mí como una lapa.

Yo nunca había hablado de sexo con mis hijos, ni siquiera con el mayor, que rondaba ya los dieciocho. Se suponía que la naturaleza se encargaba de todo, siempre había sido así. Estaba seguro de que Dieguito no era maricón, o comoquiera que lo llamen ahora, sencillamente porque aún no era nada, un niño de once años no sabe de eso. Pero es verdad, y yo había conocido alguno en mi juventud, que ciertos muchachos tienen inclinaciones desde muy pequeños, que después acaban por florecer. ¿Sería así Dieguito? Estuve a punto de preguntarle: cuando te la tocas, ¿en qué piensas?, pero no me atreví. El chaval se tranquilizó un poco, parecía que se hubiera quitado un peso de encima, y se acostó tras tomar un vaso de leche, pues se le había ido el apetito. Con la esperanza de que el asunto se olvidara pronto y quedara sólo en cosa de chiquillos, Elisa y yo nos fuimos dormir, también antes de lo habitual.

Al día siguiente, cuando volví del trabajo en la viña, encontré a Diego en casa, en horas de escuela, con un ojo amoratado y el pantalón roto. Elisa estaba hundida y a mí se me llevaron los demonios:
—¡Me cago en diez!, que eres un hombre, Diego, ¡despabila! ¿Quién te ha hecho eso?
El chico siguió en su eterno silencio; quien respondió fue Elisa:
—Dice que ha sido en el patio, Miguelín y Julito le han pegado y le querían bajar los pantalones. Si no es por el maestro ve a saber cómo acaba...
Lo zarandeé:
—Si te pegan, aprieta los dientes y devuélvela, aunque te duela, ¡joder! Si no te defiendes serás el hazmerreír de todos, ¿no lo entiendes? El maestro no puede protegerte siempre...
Por la expresión de su cara, estaba muy lejos de entender. Empecé a enojarme de veras. Mi mujer de pronto recordó:
—¿No es Miguelín el monaguillo de don Cándido? Parece mentira, con el perillán que está hecho. ¿Y si habláramos con el cura?
Dudé de que sirviera de algo, pero ella insistió y consentí. De modo que al día siguiente fue con Diego a la parroquia y cuando por la noche volví del trabajo me contó el resultado.

El cura no sabía nada del asunto y se interesó mucho por el relato de Elisa. Le dijo que, antes que nada, el niño debía confesarse con él y, según lo que Dieguito le contara, vería qué hacer. Pero siendo secreto de confesión, ni ella ni yo debíamos preguntar; tampoco al niño. Elisa se quedó rezando en la capilla mientras don Cándido cuchicheaba con Diego arrodillado en un rincón, fuera del confesionario. Pasó un buen rato y los dos se pusieron de pie. Mi mujer fue hacia ellos, esperanzada. Déjelo en mis manos, no se preocupen; les aseguro que ni Miguelín ni ningún otro niño volverá a meterse con su hijo, fueron las palabras del cura. Y los despidió.

Aunque no confié mucho en la promesa de don Cándido, tampoco podía hacer otra cosa de modo que decidí dejar pasar unos días sin pensar en ello. Pero, en efecto, ya no hubo más altercados en la escuela ni en ninguna otra parte y Dieguito volvió poco a poco a la normalidad. Sin el acicate de las habladurías y burlas de los niños, el rumor se olvidó como si el percance nunca hubiera ocurrido.

A medida que Diego crecía se hacía más varonil, aunque mantenía un cierto amaneramiento que me preocupaba. Él no es tan zafio como sois todos aquí, explicaba Elisa, es más listo y hace las cosas a su manera. Pero la duda en ocasiones me quitaba el sueño. ¡Que no!, decía ella. Y, además, ¿qué tendría de malo? Hoy eso se ve normal, añadía. Yo callaba. Normal, sí, pero de dientes afuera. El que tiene una hija puta o un hijo maricón siempre anda señalado por el dedo. Cuando cumplió los dieciocho Diego fue a la universidad, cerca de la capital, y no sabía de él más que lo que nos contaba por teléfono o en sus cortas visitas por vacaciones. Cuando le preguntaba si tenía novia respondía con bromas y evasivas.

Él se hizo un hombre y yo me hice mayor. Terminó la carrera y entró a cursar la especialidad en el más importante hospital de Madrid. Me sentía orgulloso de él. Un día, cuando menos lo esperaba, llegó al pueblo con una muchacha. Mi novia, nos dijo. Era una chica deliciosa. Mi alegría fue enorme, aunque no tanta como el día en que, seis meses después, se celebró la boda en el pueblo. Don Cándido, anciano pero todavía en activo, fue quien los casó. Con los brindis y la euforia, me achispé un poco más de la cuenta y, con la imprudencia del vino, no pude resistir la curiosidad que había aguantado tantos años. Sabía que a don Cándido no le sacaría prenda, pero a Diego esperaba soltarle la lengua. Así que me senté a su lado, apartados del bullicio, y le sonsaqué:
—¿Qué pasó aquel día con don Cándido?
Él, que también había tomado un par de copas, me miró con fingida severidad.
—Así que aún tienes dudas...
—No, hijo, no, ninguna duda, ¡cómo podría tenerla! Simple curiosidad, fue tan inesperado... ¿Qué pasó? —insistí.
—Has de prometer que no se lo contarás a nadie. Ni a mamá ni a mis hermanos, absolutamente a nadie.
—Hecho.
—Pues muy sencillo. Me dio un encendedor plateado y dijo: "Mañana, antes de ir a la escuela, pásate por el bar del padre de Miguelín y dale discretamente esto, dile que se lo olvidó, él sabe dónde. Y saludos de mi parte". Y eso fue exactamente lo que hice.
Me quedé de piedra. De pronto reparé en don Cándido que, desde el otro extremo de la mesa, estaba atento a nuestra conversación. Cuando lo miré, alzó su copa en un brindis y me guiñó un ojo.


©Fernando Hidalgo Cutillas 2014 

19 de junio de 2014

81ª noche - La última cena



      En la celda de paredes blancas destacaba la silueta de un hombre vestido con un mono de color naranja chillón, sentado sobre un somier sin colchoneta. Al fondo, muy arriba, una cámara de vigilancia y, a media altura, una imagen modestamente enmarcada: Jesús, sentado a la mesa y rodeado por los doce apóstoles. Se abrió la reja y entraron dos guardias con un carrito de los que se usan para la comida y un taburete. En silencio, los pusieron en el centro de la habitación y el hombre naranja ocupó el asiento frente al carro. Al retirar el mantel que lo cubría, aparecieron una langosta abierta por la mitad, un buen pedazo de filete de buey y una botella de vino de California. Entonces empezó un bloque de anuncios y Elisa me acercó uno de sus redondos pechos.
      —Toca aquí —pidió, señalando un punto cerca de la axila.
      Lo hice y noté un bulto del tamaño de un guisante. Al día siguiente la acompañé al ginecólogo.

      —No se asuste, parece que sólo es un quiste de grasa o un ganglio inflamado. Haremos una punción para examinarlo. En el peor de los casos podría ser necesario quitarlo y hacer un tratamiento que a veces es molesto, pero suele dar muy buen resultado. Ya no es como antes. —El doctor intentó tranquilizarnos con una sonrisa.

      A los tres días fuimos a recoger el resultado de la biopsia. El ginecólogo se había equivocado: el cáncer de mama al que veladamente aludió no era el peor de los casos. El peor de los casos consistió en que aquel bultito era metástasis de un melanoma que habían extirpado a Elisa unos ocho años antes, algo que ya apenas recordaba. Una forma de cáncer aparentemente inofensiva, como una verruga, pero terrible cuando se extiende porque no hay tratamiento eficaz.

      Por lo demás, Elisa se encontraba tan bien como siempre. Sólo aquel pequeño bulto... Pero se derrumbó. Primero, la cirugía en la axila. El cirujano trajo buenas noticias, se había podido limpiar todo y era la única metástasis. Nos dio esperanzas. Después, al oncólogo. Y la quimio. Durante varias semanas le administraron en vena no sé qué, que la dejaba descompuesta. Ya no era la mujer saludable con sólo un bultito. Perdió el apetito y gran parte del cabello. Y su vitalidad.

      Terminada la quimio, el oncólogo anunció que Elisa estaba "limpia", libre de enfermedad, pero existía el riesgo, poco probable, de una recaída. Yo, que no dejaba de informarme en Internet, sabía que mentía, creo que Elisa también estaba al tanto, e imagino que él se daba cuenta de ello, pero los tres fingíamos que todo iba bien. Propuso un tratamiento con interferón durante un año, algo molesto pero mucho más llevadero que la quimio.

      Transcurrieron los meses con relativa normalidad. Las pruebas de cada trimestre eran satisfactorias y empezamos a acariciar la idea de que Elisa pudiera formar parte del escaso tanto por ciento que, sin saber por qué, se salva. Terminado el año, el oncólogo pidió una revisión más completa. Y entonces reapareció. "Una diseminación de decenas de pequeñas formaciones de 1 a 2 milímetros de diámetro que se extiende por ambos hemisferios cerebrales", decía el informe. Cuando lo leyó, al salir de la clínica después de recogerlo, Elisa se sentó en la escalera para no desplomarse.

      Pero la esperanza había prendido en nosotros, después de un año en el que todo parecía ir bien. Eligió tener fe y estaba decidida a intentar lo que fuera necesario. Lo consideraba una obligación. La enviaron a radioterapia. Habiendo tantos pequeños tumores no se podía apuntar a ninguno. Decidieron dar una dosis global, con la intención de que fuera bastante para eliminar las pequeñas metástasis pero no tanto que dañara al tejido sano. El tratamiento no era molesto ni complicado, poco más que hacerse una radiografía. Al cabo de dos angustiosas semanas, un nuevo TAC. Todos los tumorcillos del tamaño de un grano de arroz habían desaparecido. Salvo cuatro, que ya eran del volumen de un garbanzo. "Ahora es más fácil, son sólo unos pocos, podemos ir a por ellos con precisión", anunció el oncólogo con un optimismo incombustible. Curiosamente, entonces le creímos.

      La nueva radioterapia —radiocirugía la llaman— es una técnica muy avanzada. Requirió el ingreso en clínica por un día. Elisa pensaba que después le harían nuevas pruebas, pero no fue así. "Ya es mucha radiación, esté segura de que todo irá bien". Y de nuevo la quimio, ahora más fuerte. Y mucha cortisona.

      Durante unos días Elisa quiso estar sola; no soportaba la presencia de nadie, ni siquiera la mía. Después reapareció una mujer diferente. Pasaba horas removiendo sus viejos papeles, fotografías y otros recuerdos... Salvo unos pocos bien seleccionados, lo demás fue a parar a grandes bolsas de basura que se amontonaban en el garaje. También hizo testamento. No era ni la sombra de lo que había sido hasta año y medio antes. Las fuerzas la abandonaron poco a poco hasta que un día no se pudo levantar. Yo la cuidaba del modo más solícito pero ella no soportaba verse inútil y fue incapaz de aguantar. Acudió de urgencia a la clínica y quedó ingresada.

      Todos los días, al salir del trabajo, pasaba las horas con ella hasta que las enfermeras me echaban. Casi todas eran muy amables, sin embargo alguna no dejaba de mostrar su mal carácter. Me preguntaba cómo podía ser desatenta con personas que pasábamos por ese tipo de trance. Cada noche traían una pequeña carta para elegir el menú del día siguiente. De primero tienes consomé, verdura al vapor o fideos a la cazuela, le leía. Los fideos, decía ella. De segundo, tortilla francesa, pechuga a la plancha o cordero al horno. El cordero, elegía. Invariablemente, durante los dos meses que permaneció allí, escogió siempre los platos más consistentes, abundantes y sabrosos. Al principio estaba sorprendido, no la reconocía; Elisa siempre había comido como un pajarito y tenía a gala usar la misma talla que a los dieciocho años. Entonces comprendí que en esos días ella no comía para recuperar unas fuerzas que sabía perdidas sino por el mero placer de darse un gusto tantos años reprimido. El último placer.
 
©Fernando Hidalgo Cutillas 2014
 

 
TIEMPO EN HISTORIAS
 Los mejores cuentos y fábulas en un solo tomo

13 de mayo de 2014

80ª noche - La ofensa

    Cuando Ramón nos la presentó, pensé que sería otra aventura pasajera. Quizá estuviera tan enamorada como parecía, pero por la forma de aceptar el trato que él le daba creo que Matilde era, sobre todo, una mujer sumisa por naturaleza. De las que se enganchan a un hombre sin remedio. Era mediocre y tenía escaso atractivo, así que, conociendo a Ramón, me extrañó que la pareja siguiese adelante.
   Él era un viejo amigo del instituto con el que manteníamos una relación estrecha y, decididos a que la presencia de Matilde no alterara nuestra costumbre, mi mujer y yo la aceptamos sin reparo. Pero, pasadas las primeras semanas, él se ponía furioso con facilidad y empezó a ser corriente que las cenas en una u otra casa terminaran con discusiones, en las que era muy grosero. Nosotros procurábamos calmar los ánimos sin implicarnos en sus asuntos y las reuniones siguieron semanalmente, aunque rara vez acababan bien. 
    Poco después a mi amigo le tocó un pequeño premio en la lotería, unos pocos miles de euros. Nos llamó, eufórico, insistiendo en que nos invitaba a cenar esa misma noche en uno de los restaurantes de su barrio. No aceptó excusas y, a pesar de lo inoportuno, por no desairarlo acudimos a la cita. Cuando llegamos, él estaba en la barra, con los ojos vidriosos y una verborrea que no le conocía, rodeado por ocho o diez personas. Me arrepentí de haber ido pero, ya que estábamos allí, lo que quería era cenar cuanto antes y volver a casa, aunque Ramón parecía no tener prisa. De pronto empezó a insultar a Matilde de un modo muy despectivo, delante de todos. Ella, callada a su lado, soportaba el chaparrón con su cara de ardilla, mirando al suelo sin pestañear. Me acerqué a Ramón y le pedí que se controlara, que cenáramos de una vez y la fiesta terminara en paz. Lejos de hacerme caso, alzó más la voz y siguió atacando con saña a su pareja. Después, dirigiéndose a mí en tono chulesco, sacó unos cuantos billetes del bolsillo y me apuntó con ellos: "¡Cuando se tiene dinero hay que divertirse, desgraciao! ¡Que eres un mierda!". Pensé que no valía la pena responder, tomé a mi esposa del brazo y nos largamos inmediatamente. 
    Ramón había bebido demasiado, pero yo no lo había visto antes así.  Me sentí defraudado. ¿Era la nuestra una amistad sincera? Deduje que Ramón se había convertido a lo largo de los años en alguien muy diferente del muchacho que yo había conocido tiempo atrás y que la estabilidad en mi pareja, en mi profesión y en mi vida en general había despertado en él una insana envidia. No cabía otra explicación. Aquella noche había explotado un globo que llevaba mucho tiempo inflándose.
   Unos días después, Matilde telefoneó a Clara, mi mujer. Le explicó que Ramón siguió bebiendo y la fiesta terminó de mala manera. Por la mañana, ella recogió sus cuatro cosas y se fue a casa de una amiga. Cuando más tarde Clara me lo contó, pensé que era lo mejor para ambos.

   Pasó algún tiempo sin que supiéramos de ellos. Una tarde en la que acudí con unos amigos al pub de costumbre, vi a Ramón en la barra, solo, y fui a saludarlo. Yo estaba decepcionado pero no lo culpaba, era sólo que la vida y él no se llevaban bien. Él había bebido un poco más de la cuenta, pero estaba sereno. Se disculpó y le quité importancia. Después me habló de Matilde.
    —La eché de casa, ¿sabes? Era una zorra que se iba con cualquiera... Se metió en mi casa apenas nos conocimos. Sólo busca a alguien que la mantenga. Encima, ¡celosa hasta aburrir! Y en la cama, tan vulgar...
    Por cortar la sarta de improperios, al fijarme en su chaqueta de cuero marrón pregunté:
     —¿No es ésa la chaqueta que te robaron del coche? ¿Apareció?
     Ramón se rió con malicia.
    —La olvidé en casa de una tía que conocí en un putiferio. Dije que me la robaron para que Matilde no se mosqueara... Después la recuperé, pero la dejé en el taller para no dar explicaciones. —Y volvió a reír, haciéndome un guiño. Nos despedimos y me fui a casa mientras él se quedaba cociéndose en la barra.

    Clara y Matilde seguían telefoneándose de vez en cuando. Así me enteré de que la mujer había empezado a trabajar en una frutería. Un día Clara me dijo que la había invitado a cenar y vendría con su nuevo novio. Matilde quería que lo conociéramos y conservar nuestra amistad, aunque ya no estuviera con Ramón. Me pareció una  intromisión, habría preferido mantenerme alejado de sus asuntos, pero Clara no veía motivo para rechazar a la chica; a fin de cuentas, fue Ramón quien la metió en nuestra vida, dijo. 
   Lucas era un hombre tosco, sin conversación, guapete, eso sí. Y Matilde estaba encantada. Se habían conocido poco antes y ella se fue en seguida a vivir con él. Me sorprendió la precipitación con que Matilde actuaba, pero no era cosa de mi incumbencia. Lucas parecía una buena persona. Noté ilusión en sus miradas y me alegré por ellos. Fue una velada cortita, de trámite, y dejamos en el aire una nueva reunión.
    Dos o tres días más tarde, Clara me pasó el teléfono; Matilde quería consultarme algo. Después de los saludos me contó:
    —Ramón fue a buscarme anoche a la frutería. Dice que no puede vivir sin mí, que se está matando poco a poco.  Creo que voy a darle otra oportunidad.
    Se hizo una larga pausa. Yo no sabía qué decir; Matilde había sufrido maltrato y yo estaba seguro de que volverían a las andadas, ahora que parecía que todo le iba mejor... Yo conocía bien a Ramón, o eso creí hasta la noche en que se emborrachó. Por un momento lo recordé, apuntándome con su pequeño fajo de billetes: "¡Eres un mierda!".
    —Habéis tenido muchos problemas, yo creo que no va a funcionar. Y Lucas, ¿qué?
    —Estoy hecha un lío. Ramón me quiere; él es así, pero me quiere. Está loco por mí. No me perdonaría que le pasara algo por mi culpa. Sólo quería que lo supieras. Lucas comprenderá, llevamos poco tiempo juntos.
    —Vamos a ver. La cuestión no es que Ramón te quiera o no, sino si sois compatibles. Yo creo que él no está hecho para vivir en pareja, es muy independiente, va de flor en flor...
    —Mientras estuvo conmigo, no —aseguró ella.
    Y entonces expliqué el asunto de la chaqueta con pelos y señales. Clara estaba en la cocina; me alegré de que no lo escuchara. Aunque pedí a Matilde que no dijera nada a Ramón, le faltó tiempo.

    Una tarde, mucho después, me lo encontré en la calle. Por un momento pensé que armaría una bronca pero no se alteró. Tras un frío saludo me miró con aire severo.
    —Así que contaste la confidencia que te hice... ¿Eso hace un amigo? Eres un canalla —dijo en tono amargo.
    Me sentí avergonzado, había roto una regla de oro no escrita. Me justifiqué:
    —Habría sido un error volver con ella y tú lo sabes.
    Ramón dejó correr el tema, como si no le interesara.
    —¿Puedes prestarme sesenta euros? Te los devuelvo la semana que viene. He olvidado la cartera en casa. —Lo pidió con arrogancia.
    Le di tres billetes de veinte. Cuando se alejaba tuve el presentimiento de que era la última vez que lo veía. Se me hizo un nudo en la garganta.

    Unos años más tarde me enteré de que Ramón había muerto. De cáncer, dijeron. Fue mucho el tiempo de amistad y buenos recuerdos, pero el único que me persigue implacable es el de tenerlo frente a mí con la mirada turbia y el brazo extendido señalándome con los billetes, mientras pronuncia la frase que jamás podré olvidar.

©Fernando Hidalgo Cutillas 2014
 
TIEMPO EN HISTORIAS
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22 de abril de 2014

79ª noche - Letras al Viento - Descarga directa y gratuita

Letras al Viento
II Antología de relatos españoles
e hispanoamericanos

 
Con la participación de Juan Antonio Marín, Eduardo Krüger, Lautaro Volpi,
José García Montalbán, Fernando Hidalgo, Antonio Pacheco, Belén Garrido,
Regina Úbeda, Quercia, Mario Archundia, Ricardo Durán, Milagros García
Zamora, Blanca Miosi, Luisa Méndez, Pedro Quintana y Antony Sampayo
 
 
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TIEMPO EN HISTORIAS
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10 de marzo de 2014

78º noche - La soledad de Rosaura

    Hay palabras que parecen hechas para imaginarlas, casi nadie conoce su significado. A menudo, insultos: estúpido, cursi, gilipollas... Después resulta que sí, que lo tienen, y en el diccionario está, pero uno empieza a oírlas desde pequeño y por algún motivo se deja llevar por la intuición. 
Cursi, como digo, es una de ellas. No levantaba yo un metro del suelo cuando la oí por primera vez. "Qué cursi", dijo alguien, refiriéndose a la joven vecina del entresuelo. Yo no sabía el significado pero miré a la vecina, pizpireta, al volante de su Seat 600 equipada como si fuera un piloto de Fórmula1. Capté en ella lo diferente y pensé: eso es ser cursi. Volví a oír la palabra relacionada con otras personas, casi siempre mujeres, y pensé que mi intuición no me había engañado. Cursi es llamar, a los amigos, amistades; al cine, cinematógrafo; a las revistas, ilustraciones; al novio, prometido; caminar respingando el culo y tomar el café con el meñique estirado. Hasta hoy no se me había ocurrido mirar lo que estrictamente significa: "Se dice de un artista o de un escritor, o de sus obras, cuando en vano pretenden mostrar refinamiento expresivo o sentimientos elevados", "Dicho de una persona: Que presume de fina y elegante sin serlo". ¿Y por qué sin serlo? Claro, una persona inteligente, realmente elegante, no es "cursi".

   Pero no es esa vecina la cursi de la que os quiero hablar, sino mi profesora de piano, Rosaura, una solterona de cuarenta años cuando la conocí. Trabajaba en un colegio cercano a mi casa, no en el que yo estudiaba, pero allí me llevaron para las clases de música dos veces por semana. De luto riguroso por la reciente muerte de su madre, alta y grande como un caballo, de facciones a juego. A mí el piano nunca me interesó, fue un capricho de mi madre; ahora pienso que también ella tenía algo de cursi.  
    Entre claves y corcheas, Khöler y Stamaty, pasaron los martes y jueves de ocho a nueve de la tarde durante algunos años. Mis progresos eran moderados, yo ponía poco interés y mi pacto con mamá era que nada de exámenes ni exigencias; sería un hobby al que dedicar el tiempo libre, sin presión. Después de unos años, estuve en condiciones de tocar por mi cuenta algunas piezas de las que compraba las partituras —carísimas— en Casa Beethoven, de la Rambla, ya entonces una vieja tienda de música, que aún existe. Eso me animó, aunque estaba decepcionado por cómo sonaba la música de los Beatles o los Sirex en un simple piano, sobre todo por mi escasa habilidad.  
    A pesar de su cursilería, aquella mujer me interesó. Era a la vez amable y dura; casta castísima, pero también coqueta; envarada y cálida. Empecé el bachillerato y los horarios se hicieron incompatibles. Cambiamos las clases al sábado, en su casa, sólo una vez por semana, a mediodía. Cada vez dedicábamos menos tiempo a las clases y más a hablar, hasta abandonarlas por completo. Yo me iba haciendo mayor y los años nos habían dado confianza. Los sábados a las doce me presentaba en su casa con una botella de cava y algo de la pastelería, y pasábamos un buen rato charlando y tomando ese extraño aperitivo. Poco a poco, ella fue contándome su vida.
    Era hija única, y vivía sola con su padre. Su parto fue complicado y a consecuencia de ello la madre quedó inválida. Una hemiplejia, al parecer. Tuvo una infancia dura, cuidando de la madre a todas horas, con el fantasma de una absurda culpa flotando sobre su cabeza. De carácter incombustible, Rosaura debió de ser una niña alegre y una joven ilusionada. Empezó muy pronto los estudios de piano, en el Conservatorio del Liceo, y terminó muy joven. Durante un tiempo pensó que podría dedicarse a dar conciertos o entrar en alguna orquesta de fama pero, si bien tenía mucha habilidad interpretativa, le sobraba energía. Aún recuerdo cómo tocaba La danza del fuego, de Falla; el piano ardía realmente. Creo que ella desfogaba sobre las teclas sus frustraciones, porque cuando tocaba La primavera, de Debussy, también ardía el piano, y eso se transmitía. El caso es que no pudo ser y se dedicó a dar clases.  
  Por aquella época se movía en ambientes artísticos y tuvo algunos pretendientes —dije pretendientes, ¡qué cursi!— , gente de teatro y de música. Algunos se hicieron después famosos, en televisión sobre todo. Era la época del Estudio 1. Ella se hacía ilusiones. Hasta que un día le dijo su madre: "Tú has de cuidar de tus padres, ya me ves, no puedes casarte. Así que deja de ver a esos jóvenes porque sólo conseguirás poner tu nombre en entredicho". Me cuesta imaginar qué pasó por su mente al oírlo, pero lo aceptó. Se olvidó de todo lo que no fueran las clases, los padres y la casa, un viejo piso del Ensanche, lúgubre como su misma vida. Y así fue como se volvió cursi.  
    Cuando ella cumplió los cuarenta, su madre murió. Fue entonces cuando la conocí. Sola con el padre, ya jubilado, su vida siguió igual aunque con menos presión. El padre, a quien yo de vez en cuando saludaba, había sido encargado de una ferretería y tocaba el violín. Me pareció un hombre amable y pusilánime, acostumbrado a no pensar. Ella lo cuidaba con fervor casi religioso hasta que, diez años después, también se fue. Recuerdo el sepelio con una extraña sensación. Llovía y por algún motivo no pudo entrar el féretro a la iglesia. Bajo los arcos del pórtico salió el cura a bendecirlo, una ceremonia de lo más desabrido. Rosaura, descompuesta y otra vez de negro de pies a cabeza, me pareció un pajarillo sin amparo.
    A menudo el futuro se puede adivinar sin ser médium. En este caso, el futuro era muy previsible: cuando muriera el padre, Rosaura iba a quedar sola. Ella había cuidado de sus padres, les había dedicado su vida pero ¿quién cuidaría de ella? Con casi sesenta años aún quedan algunas cartas que jugar, se podría decir. Mas ¿acaso no cuenta el pasado?  
    Rosaura lo intentó. Conoció a algunos hombres. El primero, un solterón loco con más rarezas que ella, que acabó armando un escándalo. El último, un viudo medio alcohólico, con un hijo delincuente y más problemas que soluciones. Pero al menos era un hombre. Yo seguía visitándola aunque no con tanta frecuencia. Algún sábado me dejaba caer por su casa, con mi botella de cava y el bracito de gitano. Un día me dijo: "Lo he hecho, y no es para tanto". Solté una carcajada. Sí, realmente me hizo gracia que hubiera sucedido, que me lo contara, y su comentario de que no era tanto. Para ella era importante.  
    Siempre quería descorchar la botella. "A ver si puedo...", solía decir. Un día vi en su frigorífico unas cuantas botellas de cava puestas a enfriar. Nunca pensé en esa posibilidad. Bueno, no se perdía nada. La vida se consume en sí misma, me dije. La historia con el viudo terminó, la cortó ella cuando se hizo insoportable. Le costó. Sabía que no habría más. 
    Los años no pasaban en vano. Rosaura se jubiló, ya no iba a los colegios ni daba clases en casa. Y estaba absolutamente sola: ni pareja, ni hijos, ni hermanos ni sobrinos... Yo terminé los estudios de Medicina y seguía viéndola de tarde en tarde, con el cava y la receta de las pastillas para dormir, que desde un tiempo atrás me pedía ansiosamente. No más de una cada día, insistía yo, y procuraba no proporcionarle más de las necesarias.
    Debía tener unos setenta cuando se cayó en su casa. Se rompió el fémur. Estuvo dos días en el suelo antes de que alguien se diera cuenta. Una prima acudió, alarmada por no tener respuesta al teléfono. Por casualidad. La llevaron al hospital. Cuando salió de la casa, con lo puesto, no sabía que nunca más iba a volver. 
   Pasó un año en una residencia de ancianos terrible. Fui a visitarla algunas veces, era tétrico el lugar, el ambiente, el olor... De allí salió por una neumonía que la llevó de nuevo al hospital. Estuvo entonces muy cerca de la muerte. Cuando la visité pensé que era la última vez que la veía. Pero lo superó, y la llevaron a otra residencia mucho mejor. Pero residencia al cabo, una sala de espera donde aguardar la muerte: de la cama a la silla, la tele, la comida, la silla, la cama, uno y otro día. Aún estuvo allí unos siete o ocho años más, llena de achaques, pero soportando con dignidad su destino. Nunca dejó, al menos conmigo, de ser cursi. 
    Todos los años desde que la conocí iba a verla por Navidad y le llevaba un pequeño obsequio, lo mismo en su casa que después en la residencia. Pero el último no fui. No estaba yo en buen momento. Es algo que, pasados más de veinte años, aún me pesa. Ella murió en abril. En su entierro estábamos tres personas. Señorita Rosaura, descansa en paz.
© Fernando Hidalgo Cutillas - 2014

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22 de diciembre de 2013

77ª noche - Yaso


 
Decidí no volver a la petanca, ya estaba harto. Tanta banderita y tanto politiqueo. Además, me aburría muchísimo. No sólo las broncas, estupideces y discusiones, también el jueguecito, insulso como él solo. Acabé, como tantos otros jubilados, mirando a los albañiles trabajar en las obras. Ahora hay pocas, por la crisis, pero alguna queda. Ya no se ven tantos moros como antes, diría que casi todos son del país. Y más bien jóvenes.
Cuando la mujer abría la ventana del comedor era la hora de salir a la calle. Ni yo sé estar en casa mientras ella hace sus cosas ni ella se siente bien si yo estoy allí. Los seis o siete euros que solía llevar en el bolsillo dan para poco, así que paseaba, que es gratis. La verdad es que no sabía qué hacer. Y miraba las obras. Ahora avanzan muy rápido, donde hace dos meses sólo había un solar vi días atrás una estructura que ya iba por el cuarto piso. Mucha maquinaria, muchas piezas prefabricadas. Y menos albañiles que antes. Me quedé un rato observando la pericia del gruista y, al irme, me fijé en un perro que daba vueltas a mi alrededor. Parecía un perro vagabundo, de aspecto deslustrado, sin collar y más flaco que un galgo. Se me acercó con su cara de payaso triste, olfateó mis zapatos y se quedó mirándome, como si esperara algo de mí. Me conmovió y le rasqué entre las orejas. Busqué en mis bolsillos una galleta, que él devoró en un instante.
De regreso a casa, el perro me siguió. Al principio, a distancia; después muy de cerca, incluso adelantándome. Iba y venía, hurgaba allí, olisqueaba allá, y parecía que volviera para contarme lo que iba descubriendo. Ya no tenía el aire tristón del principio, hasta se le veía feliz. Como si el hambre y la falta de todo lo necesario no fueran importantes y le bastara la compañía de un ser humano. En uno de sus retornos volví a acariciarlo y le hablé: "¿Cómo te llamas, eh? ¿Cómo te llamas? ¿O es que nadie te ha puesto nombre todavía?". Le rascaba las orejas, le palmeaba el lomo y el perro se volvía loco de contento, revolcándose en el suelo y correteando para volver jadeante a mi lado.
Al pasar frente a un supermercado entré a comprarle un paquete de galletas y en el resto del camino se las fui dando una a una hasta que las terminó. Cuando llegamos a la puerta del edificio donde yo vivía me agaché y le dije sonriendo: "Que tengas suerte, amigo, yo vivo aquí. Ha sido un placer conocerte", y le estreché la mano cogiendo una de sus patas delanteras. Al traspasar el portal no hizo intención de seguirme. Se quedó mirándome con los ojos de nuevo tristes y brillantes mientras yo desaparecía escalera arriba.
"Ya estás manchando el piso" fue el saludo de la mujer. Y era verdad; a pesar de que había frotado las suelas en el felpudo, mis huellas iban quedando marcadas sobre las inmaculadas baldosas. Me quedé inmóvil, sin saber por dónde tirar. Ella trajo la bayeta: "Anda, límpiate bien y pasa a la galería. Ahora te llevo las zapatillas". Obedecí y me dediqué a limpiar la jaula del jilguero hasta la hora de comer.
La televisión es igual que la petanca: un nido de consignas, de broncas y una cosa insulsa. No todo, depende de la emisora, pero sí la mayoría. Yo prefiero ver documentales interesantes o buenas películas pero a la mujer le ha dado por esos programitas de cotilleo que se me hacen insufribles. Ella se acalora: "Será la tía asquerosa... ¡Pues no se acostó ella antes con el otro!". Yo desconectaba, me entraba modorra y solía echar una siesta, aunque a veces soñaba con fulanos y fulanas de mal vivir, supongo que por la influencia de lo que llegaba a mis oídos. Cuando me despertaba, ella dormía también y todo estaba en silencio. Así pasábamos la tarde.
 
Al día siguiente salí a dar mi acostumbrado paseo. ¿Qué habría sido del perro?, era la pregunta que me rondaba la cabeza. Tenía la esperanza de encontrarlo frente al portal, pero no fue así. Aunque era lo mejor; yo no podía hacerme cargo y sería cruel para el animal alimentar falsas esperanzas. Cuando giré la esquina mis remilgos se fueron al traste: el perro estaba allí, corrió a mi encuentro y me puso sobre el pecho sus patas manchadas. Lo abracé, eufórico como si hubiera reencontrado a un viejo amigo. Pasamos juntos toda la mañana, fuimos hasta la playa, en esa época casi desierta. Él era buen nadador, me remangué el pantalón y entré en el agua hasta las rodillas. Cuando me parecía que se alejaba demasiado le gritaba: "¡Yaso!, ven aquí" —así había empezado a llamarlo— y venía inmediatamente, mordisqueando las olas. De camino a casa compré en una pollería un buen paquete de despojos que el perro engulló como si no hubiera comido en su vida. Después volvimos a despedirnos, igual que el día anterior.
"¡Vas lleno de arena!, ¿dónde has estado?", fue el saludo de la mujer. "Se me ocurrió acercarme a la playa...", justifiqué. "Si hasta traes mojados los pantalones... Esto no me lo hagas más, que bastante tiene una..." y siguió abroncándome un buen rato hasta que fui a limpiar la jaula del jilguero. La comprendí. Para ella la casa lo es todo. Ni una mota de polvo, ni una brizna en el suelo, todo en orden y en su sitio, cada tapete, cada figurita, cada florecilla de ésas que venden los chinos, cada espejo... Ella cree que es importante, que necesitamos que la casa esté así. No se da cuenta del modo en que todo eso me asfixiaba.
 
Pasaban los días y Yaso me esperaba cada mañana, no junto al portal sino al volver la esquina, parecía que percibiera de algún modo que no debía acercarse a la casa. Es un perro muy despabilado, como todo el que ha pasado hambre. Me encariñé con él desde el primer día y pasadas dos semanas el perro se volvió el centro de mi vida. Ya no hacía siesta sino que bajaba también por las tardes a dar paseos con él, que cada vez eran más largos. Y le contaba mis cosas.
Llegó un momento en que la mujer se mosqueó. Ayer, al regresar a la hora de la cena me dijo: "Oye, tú me escondes algo. Estás raro. ¿No tendrás algún asunto por ahí...?". "Que ya no tengo edad para eso, mujer, ¡cómo se te ocurre! Ves demasiada televisión". Ella no dio su brazo a torcer: "Ah, hay mucha loba que sólo mira lo que puede sacar, y tú eres tan tonto... Aunque ya habría que tener ganas, ya, porque...", y me miraba con cara de asco, de pensar "pero ¿a quién le vas a gustar tú?".
Esa mirada fue para mí un aguijón. De pronto me vi allí, como un payaso triste, frente a una mujer a la que apenas reconocía, tan enjaulado como el jilguero y con una vida vacía a la que aún le quedaban algunos años por delante... Esa era la cruda verdad y nada más importaba. Fui al dormitorio, metí lo indispensable en una bolsa y bajé a la calle a encontrarme con mi amigo.

©Fernando Hidalgo Cutillas 2013

 
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8 de noviembre de 2013

75ª noche - El estudiante de Leyes

 


Miguel sentía una gran vocación por estudiar Leyes pero le costaba aprender y sólo a base de mucho esfuerzo logró ser admitido en la Universidad de Alcalá de Henares. A medida que pasaban los meses notaba que se iba quedando atrás y el temor a que el sacrificio de su familia resultara inútil lo preocupaba día y noche, lo que no hacía más que perjudicar los resultados.
Sentado en el claustro repasaba uno de sus libros cuando, en un momento de desesperación, clamó: "Daría mi alma al diablo por conseguir buenas calificaciones". Un compañero que estaba cerca lo miró con reproche.
—Cuida lo que dices, amigo, que ésta es tierra de inquisidores y por menos de eso he visto dar a algunos el paseo con capirote.
Miguel bajó la cabeza y siguió con lo suyo.
Cuando salió, camino de la casa donde se alojaba, un hombre alto y delgado, vestido con un largo gabán negro se acercó a él.
—He oído que deseas hacer un negocio... —dijo con voz melosa—. Yo podría estar interesado.
Miguel, que no recordaba su imprecación, quedó desorientado.
—Podría convertirte en el mejor estudiante —añadió el hombre del gabán.
—¿Entonces sois...?
—Mefistófeles, para servirte. —Acompañó el anuncio con una ligera venia.
—¿Y cuál sería el precio?
—Tú mismo lo has puesto. Es lo único que tiene interés para mí. Firmarás un documento por el que me entregarás tu alma y a partir de ese instante todo cuanto leas quedará en tu memoria, claro y sencillo. Te bastará una mirada para hacer el trabajo que para otros ocupa semanas.
Miguel era ambicioso y estaba muy apurado por el temido fracaso en la Universidad, así que tomó interés en el asunto.
—¿Puedo ver el documento?
Mefistófeles sacó un viejo pergamino de entre los pliegues de su ropa. Escrito en letras góticas que parecían trazadas con carbón, decía:
 
M.C.S. vecino y estudiante de la Villa de Alcalá de Henares, recibirá el don de la sabiduría tras firmar este documento repitiendo por tres veces la fórmula correspondiente al pie de esta nota, de su puño y letra, con lo que su alma pasará a ser de Nuestra Propiedad desde ese instante.
 
Después de leerlo, Miguel preguntó:
—¿Cómo sé que, una vez conseguida mi alma, no desharás el don concedido?
—Puedo darlos, mas no retirarlos, querido amigo. Del mismo modo, tú no podrás echarte atrás, una vez que hayas suscrito el compromiso. Así funciona esto...
—Con sangre, supongo...
—Oh, no, eso son tonterías que inventan los curas. Tinta negra y una buena pluma de ganso serán bastante.
—¡Sea, pues!
Mefistófeles se frotó las manos al estilo de los comerciantes judíos y se aprestó a buscar un sitio donde pudieran apoyarse.
—Allí, en el pretil del pozo. —Señaló.
Aparecieron pluma y tintero como por arte de magia. Miguel los tomó y se dispuso a escribir.
—¿Qué debo poner?
—Es muy sencillo, utilizaremos la fórmula breve para no entretenerte. Sólo "Toma mi alma". Has de repetirlo tres veces, tal como dice el contrato.
Miguel escribió tres veces lo indicado, debajo del texto diabólico. Mefistófeles se apresuró a recoger el documento en cuanto terminó.
—¿Y bien...? —preguntó Miguel.
El otro tocó la cabeza del muchacho con el extremo de la pluma.
—Ya está. —El diablo sonreía, encantado por tener un nuevo siervo—. Abre el libro y lee —ordenó.
Miguel lo abrió al azar y quedó asombrado. Todo era sencillo, claro, el conocimiento entraba en él con sólo pasar la vista por lo escrito. Leyó un buen rato, después alzó la mirada y exclamó:
—Es cierto, podría repetir todo lo que he leído, palabra por palabra; y no sólo repetirlo, sino comprenderlo y llegar hasta las últimas implicaciones de cada una de las ideas... Es magnífico.
—Ya te lo dije —presumió Mefistófeles—. Yo también ardo en deseos de estrenar mi nueva adquisición. Esta noche te quiero aquí, a las doce en punto. Tengo trabajo para ti.
—No estaré, señor Mefistófeles, porque nada os debo. Ese contrato no tiene valor —replicó Miguel.
—¡Cómo te atreves! Ni se te ocurra intentar engañarme, las consecuencias serían terribles para ti. Este contrato te obliga...
—Querido Mefistófeles —interrumpió Miguel con mucha calma—, el contrato no me obliga, puesto que no se cumplen las cláusulas. Ahí dice que yo debía repetir tres veces la fórmula que me dictasteis, y sólo la repetí dos.
El diablo, incrédulo, rebuscó el papel ansiosamente en sus bolsillos. Tras encontrarlo, lo esgrimió ante los ojos de Miguel.
—Nada de eso, por tres veces lo has escrito, ¡tres! ¿Me has tomado por iluso?
Y, en efecto, tres eran las líneas de la firma.
—Yo lo escribí tres veces, mas sólo lo repetí dos, pues la primera no es repetición sino original, ¿no lo entendéis, Mefisto? Y el pacto lo dice claramente: "repitiendo por tres veces". Vuestro contrato es papel mojado, amigo diablo, así que largaos ya al infierno con las manos vacías, porque nada conseguiréis de mí.
Mefistófeles se desvaneció en una llamarada y un fuerte olor a cuerno quemado quedó en el aire. Miguel abrió el libro y, sin dejar de leer, siguió su camino. Aquel mismo año se graduó.
 
©Fernando Hidalgo Cutillas 2013

 
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