24 de junio de 2011

39ª noche - Viernes

—Estás tomando ojeriza a los jóvenes, ¿verdad? Siempre acabas metiéndote con ellos. Se nota que te haces viejo... —me ha reprochado Elisa, tras uno de mis habituales comentarios mientras veíamos televisión.
—En absoluto —repliqué—. No tienen ellos culpa. Es la educación y el ejemplo que se les da. Si me quejo es porque me parece increíble que no se dé cuenta todo el mundo. Aunque creo que ya no tiene arreglo...
—Los jóvenes son jóvenes —resolvió con desparpajo—. Siempre ha sido igual, ¿no recuerdas lo que decían los mayores de nosotros? ¿Y les hacíamos caso?




Raúl siempre fue un niño difícil. En el colegio, con los amigos, en el gimnasio, en todas partes tuvo problemas. María, su madre, pensaba que no eran ni más ni menos que los problemas que tenían todas las madres del mundo con sus hijos, criados en un entorno cada vez menos propicio para una buena educación, de la de antes. Una pelea en la que alguien resultó con un ojo amoratado, insultos a algún profesor, las tareas siempre pendientes de presentar, las malas calificaciones por norma... Travesuras corrientes, decía ella. La muerte del padre cuando Raúl contaba nueve años obligó a María a dedicar más horas a su trabajo; el niño pasaba mucho tiempo solo y la relación entre ambos se distanció.
 
Vicente, el hijo mayor, era fruto de su primer matrimonio. Medio hermano de Raúl y separados por catorce años de diferencia, nunca sintieron apego el uno por el otro. El mayor había sido un muchacho aplicado que parecía tener muy claros sus objetivos en la vida. Aunque apoyó a María en el divorcio y condenaba el maltrato continuo del que su madre había sido objeto, no le agradó que contrajera nuevo matrimonio; algo visceral, pues comprendía que ella intentase rehacer su vida. Pronto le pareció que él estaba allí de más, ya era demasiado mayor para aceptar a un desconocido como padre; se sintió extraño, ajeno, y decidió marcharse. Al cumplir los dieciocho años se alistó en el ejército profesional. María lloró y le suplicó que se quedara, pero los argumentos del joven prevalecieron, pues eran poderosos y bien meditados. El pequeño Raúl estuvo eufórico porque su habitación y la casa en general quedaran sólo para él.
 
Tras la muerte de su segundo marido, María se sintió completamente sola. Los diez años de su segunda relación habían pasado como un soplo. Ella seguía siendo relativamente joven pero ni por un momento pasó por su cabeza que  podría tener otra oportunidad. Vicente aún le dolía y no quería que Raúl siguiera sus pasos. Su segundo marido no había sido un mal hombre, pero cuando pensaba en él sólo venían a su cabeza calcetines, lavadoras, pucheros y el sobre a fin de mes con el salario. A sus cuarenta y siete años y con un hijo que entraba en la adolescencia no debía hacerse ilusiones. Y no las hizo.
 
María recordaba perfectamente el día en que todo cambió. Faltaban pocos meses para que Raúl cumpliese catorce años. Ella volvió del trabajo, tarde, como siempre, pero esta vez el niño no estaba en casa. Esperó hasta la madrugada, sin saber qué hacer. Se decidió por fin a llamar a la policía. Tomaron nota, intentaron tranquilizarla: «Ya verá como sólo es una travesura, no se preocupe... Pero cuando vuelva ponga remedio, eso sí. Y avísenos».

Raúl volvió cuando el día empezaba a clarear. Él no estaba normal, María no sabía qué era pero había algo muy raro en su actitud y en su mirada. Debatiéndose entre el alivio y la indignación, lo recibió con dureza:

—¡¿De dónde vienes a estas horas?! ¿Qué has estado haciendo? —exclamó a gritos, perdidos los nervios.

—Vete a la mierda, vieja. —Fue todo lo que contestó su hijo, camino del dormitorio, sin apenas mirarla. Algo se rompió ese día para siempre.
 
Desde aquel viernes María tenía la sensación de vivir con un extraño. Un extraño peligroso, un enemigo cruel bajo su mismo techo, al que alimentaba y cuidaba, pues era su hijo. No hablaban más que lo imprescindible, normalmente insultos y exigencias del joven cuando algo no estaba a su gusto o necesitaba dinero. Se hicieron corrientes las ausencias en la escuela, las llamadas del director, las citas con el psicólogo a las que Raúl nunca acudía... Hasta la primera vez que la llamó la policía: tenían a su hijo retenido en el cuartelillo.
 
Pasado el disgusto inicial, María creyó que la intervención de la policía y los jueces podría enderezar la situación. Pero pronto se dio cuenta de que tampoco ellos arreglarían nada. Cada vez que su hijo ingresaba en algún centro salía más pervertido y aumentaban sus deseos de venganza. Los psicólogos y psiquiatras coincidían en que no era un enfermo, no era una persona incapaz de distinguir el bien del mal; su problema era un trastorno de la personalidad con rasgos psicopáticos. En otras palabras, un antisocial, un egoísta acérrimo, una mala persona como muchas de las que ocupan las cárceles de todas partes, pero perfectamente responsable de sus actos.
 
Pasaron los años y ya perdió la cuenta de las veces que Raúl había entrado y salido de la cárcel, por drogas, por robos, por violencia… La mala vida que llevaban pasó factura pronto. A sus treinta y nueve años, su hijo parecía un viejo prematuro. Y ella se sentía como una muerta en vida.

Raúl ya no servía para nada, ni siquiera para robar o trapichear con cualquier cosa. Había conseguido una invalidez, pasaba la mitad del tiempo en el Centro de Salud y la otra mitad dormido, o fumando frente al televisor, con alguna botella siempre cerca. Cobraba una pequeña pensión, que le duraba tres días. Fundía sus cuatrocientos euros recién cobrados en un par de juergas, de las que regresaba destruido, física y psíquicamente. Después echaba mano a la paga de María, que debía hacer milagros para cubrir las facturas y alcanzar a poner un plato en la mesa a finales de mes. ¡Pobre de ella si no le llevaba los dos paquetes de tabaco que Raúl exigía diariamente! La insultaba, la golpeaba, destrozaba el dormitorio hasta encontrar el dinero. Y lo mismo los viernes, casi todos los viernes, si no le daba los cincuenta euros que él exigía para «dar una vuelta». Pero a veces la buena mujer no tenía nada que dar. Entonces Raúl enloquecía, la sacaba de la casa a golpes y empujones, ¡No vuelvas sin el dinero o te mato!, amenazaba. María era consciente de que sólo el Tranxilium 50 había evitado hasta ese momento una desgracia mayor. «Dele tanto como necesite para estar tranquilo», había aconsejado el médico. Y Raúl lo tomaba de buen grado, pues tampoco él se aguantaba a sí mismo. Pero los viernes no, ese día de la semana él tenía otros planes…
 
Hoy es viernes; María puso sobre la mesa el bote de Tranxilium con la esperanza de que Raúl lo tomase. Pero él, como todos los viernes, no lo tocó. Después de comer se echó en el sofá, con su tabaco, su botella de vino y Tele5 a mano. Estuvo hablando solo un buen rato. Más tarde lo oyó roncar. María lo mira, dormido, y lo ve aún como al niño que una vez amamantó entre sonrisas. Cuando despierta, ya ha anochecido. La mujer sabe lo que va a pasar, y no hay dinero. Un agotamiento insuperable se apodera de ella. Elige anticiparse a los hechos. Cuando él está distraído, coge el abrigo y sale a la calle. Pasará la noche en un banco, como tantas otras. Raúl tendrá que conformarse hoy con la botella de vino que dejó en la mesa, el tabaco, Tele5 y algún video porno de los que pone ante ella, sin reparo. Hace tiempo que María ya no llora; se agotaron sus lágrimas. Pero esta noche un dolor intenso le fluye por todas sus venas y escapa como un torrente por sus ojos, en silencio. En el bolsillo de su abrigo lleva dos frascos de Tranxilium 50: uno, vacío; en el otro aún quedan algunas cápsulas. Suficientes.

 ©Fernando Hidalgo Cutillas - 2011


 



 
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21 de junio de 2011

38ª noche - Aforismo apócrifo

"Cuando la gallina abandona el gallinero puede sentir, al principio, algo de vértigo e inseguridad, pero al menos no le tocan más los huevos".

William Desespehare



Aforismo apócrifo © Fernando Hidalgo Cutillas

37ª noche - Loca

—Pero ¿está loca?
—No, Arora es así.


20 de junio de 2011

36ª noche - El juego de rol

—¡Madre mía!, si ese pobre hombre levantara la cabeza no podría creer que su asesino ande suelto y protegido por el Estado. Creo que volvería a morirse, de humillación.
Yo tenía el estómago revuelto y, como hubiese dicho una barbaridad, preferí seguir callado. Elisa insistió:
—¡Es increíble! Pero ¡¿en manos de quiénes estamos?!

En memoria de Carlos Moreno Fernández




La música cesó por un momento para dejar paso a una sonería westminster que anunció las cuatro de la madrugada. Inmediatamente, las notas de Last dance, de Donna Summer, irrumpieron en la pequeña sala de baile. Era el ritual de cierre de todos los días, la señal de salida para una ceremonia que se repetía cada noche: unas pocas parejas saltaron a la pista, como enloquecidas por apurar hasta el último minuto, los camareros se lanzaron a recoger los vasos esparcidos por todas partes, la mayoría de clientes se dirigió hacia la puerta y los dos guardias de seguridad comenzaron su última ronda. Encendí un cigarrillo, a pesar de la prohibición; ya iban a echarnos, de todos modos... Los guardias no se molestaron en decirme nada; sabían que después de encenderlo pagaría la cuenta y saldría a la calle; era una rutina.
El aire fresco de la noche despejó mis ideas, que desde hacía rato flotaban en los cinco o seis cubalibres que había tomado. Hasta poco antes yo solía beber whisky, pero prefiero no mezclarlo con refrescos y solo, lo bebo demasiado rápido. Por otra parte, aunque jamás tomo café, me agrada la lucidez que produce la cafeína. ¿O será el alcohol? Sí, seguramente es el alcohol y la cafeína solo evita el sueño.
Regresar a casa caminando, sin prisa, es el mejor momento. Cuando era joven la noche me sabía a poco, siempre buscaba algún bar que cerrase más tarde o que abriera muy temprano. No sabía decir ¡basta! Pero ya aprendí a frenar en el punto exacto, ni más ni menos. El punto en el que mi cerebro se convierte en un caleidoscopio de pensamientos y sensaciones.
Paseando, llegué al parque frente a la estación de autobuses, a esas horas cerrada. Durante el día era un lugar muy concurrido. El recinto infantil solía estar repleto de pequeños, vigilados de cerca por sus madres. Los senderos se convertían en pistas de atletismo para personas de todas las edades, aunque era más fácil ver a los mayores acomodados en los largos bancos de madera, tomando el sol y leyendo la prensa. Por la noche el lugar quedaba desierto, poco iluminado y adquiría un aire que cualquiera hubiese podido encontrar siniestro. Eran esos los momentos en los que el parque me parecía acogedor e interesante.
Después de atravesar la plazoleta que da acceso desde la calle principal, entré en la zona arbolada, donde sólo la luz mortecina de alguna farola de tanto en tanto permitía ver dónde pisaba. Ese recorrido, además de resultar agradable, acortaba el camino en unos diez minutos. Para ser un parque urbano era bastante grande y en su núcleo más agreste se tenía la sensación de estar en medio de la naturaleza. Quienes conocen esta costumbre no dejan de desaconsejármela. Que es un sitio solitario y peligroso, dicen. Me parece absurdo: si es solitario, ¿cómo podría ser peligroso? Los malvados no van donde no hay nadie. Es sólo un lugar tranquilo, en el centro de la ciudad.

Llevaba un rato avanzando por el sendero cuando un ruido cercano me puso en alerta. Quizá el crujido de una rama seca bajo el peso de algún animal, o movida por la brisa. Aunque había decenas de explicaciones posibles, presentí algo anormal. Paré unos instantes a escuchar con atención pero solo percibí el silencio alrededor y el lejano rumor de los vehículos que circulaban por las calles periféricas al parque. Estaba a punto de seguir andando cuando una voz me sobresaltó:
—Señor, ¿le pasa algo? No se asuste —dijo alguien desde la oscuridad.
—¿Quién anda ahí? Venga donde pueda verle... —Yo estaba desconcertado.
—Ahora salgo, señor. Aguarde...
Muy despacio, una silueta avanzó desde la profundidad del bosquecillo. Cuando pude observarlo mejor vi que se trataba de un joven de unos veinte años con aspecto enclenque y desarrapado. Con paso inseguro se fue acercando mientras hablaba:
—Por aquí pasa muy poca gente a estas horas, usted es la primera persona que veo en toda la noche...
—¿Qué haces aquí, solo? —pregunté.
—Bueno, en realidad no tiene... —Un teléfono móvil empezó a sonar—. Disculpe, señor, he de responder... ¿Sí?... Sí, ya lo tengo, pensaba que sería inútil pero al final ha habido suerte... Vale, seguimos el plan. Tú, ¿qué tal?... Bien.... Bien.... Dentro de una hora, okey... Lo siento, señor, era un amigo —añadió, sonriendo de un modo estúpido—. ¿Decía...?
—Que es extraño que estés aquí solo, a estas horas —expliqué con impaciencia.
—Ah, sí. No tiene importancia. Es solo un juego. Un juego en el parque, no hay nada más normal. —Lanzó una carcajada por su ocurrencia. A aquel joven le faltaba algún tornillo, pensé.
—¿A qué juegas? —indagué, aunque poco me importaba.
—¿Sabe lo que es un juego de rol? A eso juego, señor.
—¿Y en qué consiste ese juego?
—Dentro de una hora he de reunirme con otros cuatro jugadores. Cada uno tiene que llevar algo elegido al azar…
—¿Y qué tienes que llevar tú?
—Veo que le gusta hacer preguntas, señor, eso está bien. He de llevar un dedo. Concretamente el dedo pulgar de una mano derecha.
Se quedó mirándome con ojos vidriosos. Aquel chico no estaba en sus cabales, seguro que se encontraba bajo los efectos de algún alucinógeno. Aunque no era más que un chalado, la situación no dejó de inquietarme. De pronto el muchacho sacó del cinto un cuchillo de grandes dimensiones y empezó a hurgarse las uñas con él, distraídamente.
—Mira, chico, no quiero hacerte daño... —Yo era mucho más robusto que él.
—Oh no, señor, no tiene nada que temer del cuchillo —Y soltó otra de sus risitas —. Es la pistola lo que debe preocuparle…
Del bolsillo de su chaqueta sacó uno de esos juguetes de plástico que disparan agua. Ya no tuve duda de que se trataba de un pirado. Estaba a punto de seguir mi camino cuando apretó el artilugio y un chorro de líquido empapó la parte superior de mi camisa. No era agua; un penetrante olor me sofocó casi al instante. Contuve la respiración todo lo posible, mientras el joven se acercaba con el cuchillo en la mano. Por unos segundos me vi perdido; ya no podía aguantar más y aquellos vapores me asfixiaban cuando, de súbito, empezó a soplar un fuerte viento que trajo aire fresco a mis pulmones, apartando las emanaciones que aún desprendía la camisa. Aspiré hondo varias veces. El muchacho, sin darse cuenta de mi recuperación, seguía acercándose a lo que él creía una presa segura. Pero en un instante me arranqué la camisa, giré hacia él y reuní fuerzas para lanzar un tremendo puntapié entre sus piernas.
Cayó al suelo sin un gemido, retorciéndose de dolor. De otra patada aparté el cuchillo de su mano. Sentí alivio; solo quería volver a casa, tomar una ducha y dormir. Ya había caminado unos metros alejándome del lugar cuando, rotundas como un rayo, unas palabras retumbaron en mis oídos:


Quien es misericordioso con el hombre cruel es cruel con el hombre misericordioso.

Arrastrándose alrededor, aparecieron decenas de hombres, mujeres y niños mutilados y lívidos como espectros, que extendían sus brazos en dirección a mí rogando lastimosamente: «Sálvanos, sálvanos...». Cerré los ojos unos segundos y la visión desapareció. Volví al lugar, recogí el cuchillo que había quedado en el suelo y atravesé con él la garganta de aquel monstruo. Después, sentado en el suelo, intenté fumar un cigarrillo que los pulmones, aún irritados por el efecto del gas, rechazaron. Juzgué una ironía que después de tanto tiempo buscando a Dios, hubiese encontrado al Diablo. O quizá a los dos a la vez. Pasados unos minutos me sentí mejor y proseguí mi camino, mientras las estrellas, a millones de años luz, titilaban sobre la ciudad en la noche oscura.


El juego de rol © Fernando Hidalgo Cutillas

 
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19 de junio de 2011

35ª noche - Adam & Eve

Ya se acercan las vacaciones; esta tarde estuvimos haciendo planes. Elisa quiere hotel y playa, y a mí eso me aburre mortalmente. Puedo resistir unos días, pero no diez, como ella quiere. Al final, a regañadientes, ha convenido en pasar cinco días en la costa y cinco en el Pirineo oscense. Cuando nos hemos acostado, hace un rato, yo tenía ganas de jugar un poco. Pero a ella le dolía la cabeza, así que me he levantado para distraerme y añadir esta entrada al noctario. ¡Os dejo, que tengo un mensaje en el chat!



Como cada tarde, el anciano salió a dar una vuelta por su jardín. Comprobó que todo estuviese en orden: había llovido la noche anterior, el sol había calentado durante todo el día, los frutales ofrecían un magnífico aspecto... Esa noche volvería a llover, los pastos lo necesitaban. A lo lejos vio a Adam, sentado en el suelo, junto al lago y decidió saludarlo. Al acercarse distinguió los rítmicos movimientos de su brazo derecho y prefirió no molestar. No era la primera vez que esto sucedía. “No es bueno que el hombre esté solo —pensó el anciano—, tendré que hacer algo…”.
Aquella noche se acercó a Adam mientras éste dormía. Viéndolo desnudo, enseguida comprendió lo que tenía que hacer. Debía darse prisa, el trabajo era complicado.
Por la mañana Adam quedó sorprendido al ver a su lado a alguien tan parecido a él. Estaba inerte. Lo miró con curiosidad y comprobó que era parecido, pero no exactamente igual. Cuando se puso a palpar las diferencias, el otro despertó.
—¿Qué haces? —exclamó el recién llegado.
—¿Quién eres tú? —preguntó Adam, apartando la mano rápidamente—. ¿Eres Eve?
—Creo que sí, ése es mi nombre, pero no recuerdo nada más.
Se hicieron amigos rápidamente. Eve también sintió curiosidad por su parecido con Adam y mucha más aún por sus diferencias, así que entre ambos exploraban éstas a menudo y no tardaron en darse cuenta de que en cierto modo sus diferencias eran… complementarias. El anciano vigilaba oculto, satisfecho del resultado de su intervención.

Un día entró Manuel, que así se llamaba el anciano, en unas zarzas para desenredar a un carnero que no podía librarse, cuando los vio ocultos, entretenidos con sus juegos entre la hierba alta.
—Humm… problemas —anunció Eve, al darse cuenta
—Creo que nos va a caer una de Pecado Original —se lamentó Adam.
Manuel los saludó discretamente con un gesto amable y siguió con lo suyo, conteniendo la risa. La pareja quedó un poco desconcertada, pero en cuanto el anciano desapareció olvidaron el incidente y continuaron sus caricias.
Por la noche Eve preguntó:
—Adam, ¿qué es eso que dijiste de un pecado...?
 —¿El Pecado Original? Es algo que leí en un viejo libro, un día que entré en la cabaña buscando a Manuel y él había salido. Es un libro de profecías o algo así, pone todo lo que va a pasar. Por eso sabía tu nombre.
—¿Y qué va a pasar? ¿Lo leíste?
—Muchas cosas, pero lo que me llamó más la atención fue que tenemos que hacer un pecado. Tú me darás una manzana del árbol prohibido y eso será terrible. Mejor será que no toques nada que no conozcas.
—¿Hay un árbol prohibido?
—No, que yo sepa. Pero tiene que haberlo, un árbol o algo parecido. Lo pone el libro. Creí que lo que hacemos cuando estamos solos disgustaría a Manuel pero veo que no es así.
Pasaron los meses en aquella dulce situación, Adam y Eve no hacían otra cosa que retozar y comer los manjares que les ofrecía aquel vergel. Un día Eve estaba descansando cuando Adam se acercó a él con los ojos brillantes de excitación. Eve lo miró, como tantas veces, pero en esta ocasión se le despertó una nueva forma de placer: se sintió deseado. Notó el poder que aquel juego le confería. Adam se echó a su lado e inició las caricias.
—Cariño —interrumpió Eve—, ¿por qué no construyes para mí una cabaña como la del viejo? Es un fastidio no tener donde guarecerse.
Adam miró a Eve, sorprendido.
—¿Una cabaña? ¿Para qué necesitamos una cabaña? —y se dispuso a seguir con lo suyo, pero Eve cortó:
—Hoy no, Adam, no me encuentro bien —y se apartó, dándose la vuelta.


En su choza, Manuel torció la boca en una mueca de desagrado. Apagó el monitor del sector B y descolgó el teléfono:
—Uriel, necesito que vengas enseguida. No olvides traer la espada de fuego, los problemas acaban de empezar.



Adam & Eve © Fernando Hidalgo Cutillas 2010


18 de junio de 2011

34ª noche - Paranoia







Están por todas partes, sobre postes larguísimos para no llamar la atención.
Nos vigilan, nos controlan, nos persiguen. Día y noche. Lo saben todo.

Vuelvo a casa, como todas las noches, al terminar mi turno en la gasolinera. Es muy tarde; las avenidas, normalmente abarrotadas, están vacías. Sólo circulan unos pocos taxis y algún particular, quién sabe adónde puedan ir a estas horas. Avanzo por la autopista que entra a la ciudad desde el sur. Siete carriles, que no dan abasto en las horas punta, sólo para mí en la madrugada, como siempre. Cada pocos metros, un panel suspendido sobre la vía repite el mismo mensaje: «Velocidad controlada por radar. Recuerde, límite su velocidad a 50 kilómetros/hora. Por su seguridad». Esa es la cara amable, la de delante. En la de atrás, siete buitres al acecho. En los fines de semana los forasteros caen como moscas, igual que caíamos todos al iniciarse el sistema. ¡A cincuenta, en una autopista de siete carriles, casi vacía, ¿por mi seguridad?! ¡¡Anda ya!! Pero flash, flash, flash...

Hasta que no acumulan cinco fotos no te las envían. Quinientos euros de un plumazo, ¡casi nada! Y sin rechistar o te aplican recargo y te embargan la cuenta. Y todo por mi seguridad. Por ir a sesenta en lugar de cincuenta a las tres de la madrugada en una autopista vacía; ¡hay que joderse! Creo que nos están domando, como a los caballos en el circo, eso es lo que hacen. Hoy tengo un mal día.
 
Aparco en la calle, después de dar unas cuantas vueltas buscando un sitio vacío. En la calle, pero no gratis. La calle ya no es de todos como antes, ahora por aparcar en la calle hay que pagarles. Como en un garaje. Ahora la calle es suya; de todos, o sea, suya. Cierro el coche y miro la hora en el reloj de la iglesia. Entonces la veo: en el cruce, sobre un poste fino y altísimo, dominándolo todo. Un irrefrenable impulso me asalta, una rabia que no puedo contener y le dedico el más sentido corte de mangas que he hecho en mi vida. Lo repito. ¡¡Jódete!!, ¡¡¡jó-dé-té!!!, desde el alma. Se ha movido, creo que me ha visto. Me mira directamente. Camino hacia el portal sintiéndome observado y entro en la casa. Me acuesto, pero no puedo dormir. A través de la ventana, la veo. Aún sigue mirando hacia aquí.
. . .
Otra vez de regreso, siempre por el mismo camino. En la última semana me están sucediendo cosas extrañas. Ayer saltó un flash detrás de mí, en la autopista, pero yo no iba a más de cincuenta, estoy seguro. Y hace tres días, ya cerca de casa, un semáforo me tuvo quince minutos en rojo. No pasó un alma y yo allí parado un cuarto de hora. Ni el perro mejor amaestrado lo haría. Eso no es normal. Pero pasar en rojo cuesta dinero y no me lo puedo permitir. ¡¡Hey!!, ¿qué ha sido eso? Ha saltado otro flash… ¡Pero si voy a cuarenta! ¡Dios mío!, ¿a qué velocidad tendré que ir para que no me desplumen? Yo vivo de mi sueldo, y al día, ¡qué remedio! No lo puedo regalar. Sigo mi camino, intentando no pasar de treinta; tan despacio que me da la sensación de estar parado. Tardo hora y cuarto en llegar a casa, pero al menos no han saltado más flashes. Pronto amanecerá. La miro y allí sigue, en lo alto, siempre vigilando hacia mi casa.
. . .
 
Hoy he dormido fatal, toda la noche con pesadillas. Soñé que venía a casa un hombre grueso con un traje negro, un montón de fotos y un saco de arpillera, de los que usaban los cacos en el siglo pasado. Me iba dando fotos y por cada una de ellas metía algo de la casa en el saco: un jarrón, una cazuela, el teléfono móvil, una cuchara... El saco no debía de tener fondo porque igual cabía el televisor que un sillón o la nevera. Cuando sólo quedaban las paredes, el hombre me tiró a la cara las fotos que sobraban y soltó una carcajada. Entonces vi que estaban todas en blanco.
Más tarde, esa misma noche, soñé que estaba esperando al tranvía, junto a un grupo de gente muy variado. Llegó el convoy y subimos. Iba yo a registrar mi billete en la máquina automática cuando vi que todos se sentaban tranquilamente, sin pagar. Me frené y me dije: entre más de quince personas, ¿sólo pagas tú? ¿Es que eres el tonto del pueblo? Y me senté sin sellar mi tarjeta de transporte; por dignidad, no por ahorrarme unos céntimos. Y ahí vino lo peor. En la siguiente parada un montón de agentes vestidos de un modo que me recordó a la Guerra de las Galaxias, acompañados por varios perros, estaba esperándonos. Pensé: nos van a trincar a todos. Habrá que pagar la multa y pasar un mal rato, ¡mala suerte! Pero cuando el tranvía paró, todo el mundo se escabulló sin que nadie se lo impidiese, como las cucarachas cuando enciendes la luz. Sólo yo quedaba en el vagón cuando ellos entraron, me esposaron y me condujeron a un edificio con rejas en las ventanas.
 
Aquello parecía un interrogatorio, pero no había preguntas. El hombre gordo del saco, el mismo del anterior sueño, hablaba y hablaba, riñéndome...
—No le estoy riñendo; lo amonesto, que es distinto —dijo con su voz aflautada, casi femenina.
—Como usted diga, señor alcalde.
—A ver si lo entiende: tenemos zorros, serpientes, gallinas, conejos, cucos, buitres... Usted es gallina, no por cobarde —eso ya  se presupone— sino porque pone huevos. ¿Lo pilla?
—Allí había mucha gente y sólo me detuvieron a mí —me quejé. Yo no entendía nada.
—Porque eran zorros, serpientes, cucos... Esos no ponen huevos de gallina. No valen. Recuerde el viejo dicho: «Tanto tienes, tanto vales».
—Mejor diga: «Tanto tienes, tanto te puedo quitar». 
El hombre siguió hablando de las ventajas del trabajo, que me permitía vivir un poco mejor que los que no trabajaban, y de la obligación de tirar del carro sin importar cuánta gente se suba en él. Por solidaridad, una de las bases de la civilización desde antes de los griegos. Me habló de la Solidaridad de Milo y la Solidaridad de Samotracia. Hasta me enseñó fotos —siempre fotos— de unas estatuas medio rotas.  
—Aquí todo el mundo puede tener seiscientos u ochocientos euros. Quien quiera más tiene que trabajar. Naturalmente los políticos contamos aparte, somos de otro nivel... Con seiscientos euros no se muere nadie de hambre. ¿Cuánto lleva encima, joven?
—Unos sesenta euros, más o menos.
—Adjudicado. Déjelos sobre la mesa y puede irse.
Y entonces desperté.
 
La semana pasada tuve una crisis de ansiedad en el trabajo. Pensé que me asfixiaba pero se me pasó con un diazepam que me dio el encargado. No puedo ponerme al volante, me entra una angustia insoportable. Decidí ir al psiquiatra, que me dio la baja y unas cuantas pastillas diarias. Dice que tenga paciencia, que será largo.
. . .
Ha pasado un año y me encuentro mucho mejor. El contrato se acabó, pero sigo con la baja. Ahora cobro quinientos euros al mes, una miseria, aunque con eso nadie se muere de hambre. Y ya no me vigilan.
 
Paranoia  © Fernando Hidalgo Cutillas  2011


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17 de junio de 2011

33ª noche - Andreas Vollenweider

¡Treinta y tres noches ya! Os propongo un viaje a Oriente, al país de la magia,  los efrits y los sultanes...